domingo, 31 de julio de 2011

Capítulos 12 y 13

Capítulo 12
-Esta mañana me habló Mark.
Estábamos en la cocina, preparando la cena. Monique había llegado de trabajar un poco más tarde de lo normal, a las siete de la tarde, más o menos. Y ahora estábamos preparando pollo asado al horno.
No sé si ya le había comentado mi odio hacia la cocina, pero de todas maneras no era mucho lo que tenía que hacer, tan solo controlar el pollo dentro del horno, ver como se doraba poco a poco, sin que llegara a chamuscarse.
Había pasado el día sin hacer nada importante. Preparar mi mochila con una libreta y el estuche –no estaba segura, pero por lo menos en España, el primer día tan solo llevábamos boli y libreta, nada de libros –Hablar con mis amigas durante horas, mandarles algunos correos a mis padres, o pasear a Sam.
Un día como otro cualquiera. Y ahora estaba en la cocina con Monique, sin hablar de nada en particular.
Excepto cuando le hablé sobre Mark, que abrió los ojos exageradamente –supongo que por el asombro –y esbozó una gran sonrisa de triunfo.
-Has hablado tú con él para que hable conmigo –afirmé.
Monique me miró durante unos segundos y soltó una carcajada.
-Oye, no me va eso de manipular al personal. Si ha hablado contigo, ha sido porque se ha dado cuenta de que su comportamiento no tenía sentido y era completamente estúpido. Habrá recapacitado, yo que sé.
Solo te puedo decir que es raro que lo haya hecho, cuando se le mete algo en la cabeza… siempre cree que tiene la razón, y es imposible hacerle cambiar de opinión. Más vale que no lo intentes nunca ¿vale?
-Vale, gracias por la advertencia. Jamás intentaré hacerle cambiar de opinión sobre nada. Y perdona por mi pequeña “acusación”, pero es que tienes que entender que me he quedado muy impresionada con su repentino gesto de amabilidad.
Empezaba a pensar que era un gilipollas. Con perdón de la expresión.
Hasta se ha interesado por cómo estaba con respecto a la idea de ir al instituto. Me ha hablado un poco sobre la gente y sobre las cosas que podía hacer ahí. Me ha preguntado sobre mis habilidades, y ha pensado en lo que podía hacer yo allí… Pero lo más impresionante de todo –me quedé mirándola fijamente, para darle un aire de misterio a la situación.
-¡¿Qué?! ¡Suéltalo ya venga! –parecía sentir curiosidad de verdad, y me hablaba con pequeños chillidos mientras sujetaba un bol con patatas en la mano.
-Me ha llamado… ¡Tachán! ¡Hermanita!
Monique puso una cara de sorprendida que de verdad daba algo de miedo, puso el bol en la encimera y se apoyó en ella.
Parecía realmente, ¿emocionada?
-Pero eso es… Eso es increíble. Solo se lo decía a su hermana, pero cuando era mucho más pequeño… Solo para hacerle de rabiar, de alguna manera.
-Pues parece que a mí quería fastidiarme hoy. No lo sé. Créeme, yo me he quedado mucho más sorprendida que tú.
¿Cómo se supone que debo llamarle yo a él? ¿Hermanito?
-No, tan solo llámale Mark.
Ninguna de las dos pudo aguantarse la risa ante tal conversación.
Así que pasamos la cena riéndonos de… la verdad es que ni nosotras lo sabíamos.
Pero yo tenía otras preocupaciones más graves en mi cabeza. Mañana empezaba el instituto, y eso hacía que me sintiera extrañamente desprotegida.


Capítulo 13

Esa noche me desperté de madrugada, como sobresaltada por algo.
Miré el despertador: eran las cuatro de la mañana. Noté que tenía frío, a pesar de estar tapada con la sábana y una fina manta. La ventana estaba abierta, y entraba una brisa fresca.
Intenté recordar aquello que me había hecho despertarme tan sobresaltada, pero era como si se hubiese borrado de mi cabeza.
Y resultaba extraño y decepcionante a la vez. Dicen que cuando te despiertas y acabas de soñar algo, lo recuerdas, a menos que hayan pasado más de diez minutos. Creía recordar que era así.
Tardé unos minutos en darme cuenta de cuál había sido mi pesadilla.
Faltaban dos horas y media para que me tuviera que levantar, ducharme, desayunar y subirme en el coche de Monique, de camino al colegio.
El primer día ella sería la que me llevara, a partir de ahí cogería el autobús escolar.
Y eso era lo que me tenía tan nerviosa, tanto, que me hacía despertarme en plena noche.
Intenté dormirme otra vez, pero resultó imposible; así que me levanté y encendí unas lucecitas que colgaban de un perchero. Las había puesto Monique cuando se enteró de que prefería una iluminación suave.
Caminé por la moqueta con los pies descalzos y encendí mi Ipod.
Agudicé el oído para intentar escuchar a través de las paredes de mi habitación, hasta llegar a la habitación de Mark, pegada a la mía.
Quizá él tampoco pudiera dormir aquella noche…
Cansada de escuchar respiraciones y gente durmiendo, fui hacia el baño, de puntillas y sin hacer ruido. Entré, cerrando la puerta tras mí, y encendí las luces del espejo.
Tenía un aspecto bastante… horrible. Unas ojeras grises cubrían mis párpados y la parte baja de mis ojos oscuros. Mi pelo caía por mis hombros hasta mi pecho, oscuro y totalmente enmarañado.
Recordaba habérmelo lavado la noche anterior, pero ya se había esfumado el resultado.
No podía ducharme a esa hora, despertaría a toda la casa, y Monique trabajaba hasta tarde al día siguiente… Así que me dispuse a irme a mi habitación, y entretenerme con algo hasta que se hiciera un poco más tarde.
Cuando iba a entrar en mi habitación, oí algo.
-Pst –me giré y vi a Mark apoyado en el marco de la puerta de su habitación. Llevaba tan solo el pantalón del pijama, pero no llevaba nada que hiciera de camiseta…
-Lo siento, si te he despertado. No podía dormir.
-Deja de disculparte y entra –me tiró del brazo y me metió en su habitación, para cerrar la puerta acto seguido.
No había entrado allí nunca. Era una habitación más grande que la mía, aunque no mucho más. Las paredes estaban cubiertas de pósters de algunos grupos de Rock o Indie. Desde Oasis hasta Green Day. Pasando por Nirvana, Sum 41 y otros que no alcancé a ver porque aún estaba oscuro.
Junto a la ventana había un escritorio y un ordenador viejo, aunque parecía utilizable. Una estantería llena de libros, medallas y algunos trofeos, al parecer de… algún deporte.
Encima del cabezal de la cama había una camiseta firmada por algún deportista, o quizá cantante.
Parecía ser de baloncesto, de los Ángeles Lakers. Sí, en efecto.
En la mesilla de noche, había un marco grande con una foto de una chica rubia o pelirroja, con unos abultados tirabuzones largos. Sonreía con una sonrisa perfecta. Era Tracy, sin duda.
Pero lo que más me llamó la atención fue una guitarra eléctrica que había colgada en un trozo de pared. Nunca he entendido mucho de guitarras, aparte de la acústica o la española…
Me giré y le miré con expresión de duda en el rostro. Él estaba apoyado en la pared, sonriendo y mirándome con curiosidad.
-¿Qué hago aquí? –le pregunte, intentando no parecer nerviosa.
-Quería que entraras y me dieras tu opinión sobre mi cuarto oscuro… ¿Qué crees que debo cambiar? –me preguntó, aún con la sonrisa en los labios.
Puse los ojos en blanco y sacudí la cabeza. Volví a recorrer la habitación con la mirada, buscando algo que objetar. Finalmente, mis ojos se detuvieron en el marco con Traci, pero intenté disimular ese acto… reflejo.
Pero resultaba que el acto de disimular no servía con él, porque se acercó y cogió el marco con ambas manos, acercándomelo.
-Te dije que me dijeras que debo cambiar, vale. Pero esto… es sagrado.
Noté como me ponía roja e intenté remediar la situación. La suerte es que estaba demasiado oscuro para que él pudiera apreciar mi vergüenza.
-No estaba mirando la foto… Está bien. Aunque quizá el marco sea un poco, ¿anticuado? No sé.
Mark soltó una carcajada en voz baja, y entonces entendí que no me creía una palabra. La verdad es que una de mis habilidades nunca había sido mentir.
-No te sirve de nada que te diga que no me había fijado en la foto, ¿verdad? –le pregunté, esta vez mirándole.
-Pues la verdad es que no. Suelo notar al vuelo las reacciones de la gente, y es imposible que puedan ocultarme nada… Pero no te asustes, eso ha sonado un tanto siniestro.
Ven, siéntate. –dio unas palmaditas en la cama, señalando que me sentara.
Me acerqué, vacilante, pero me rendí y dejé el marco en la mesilla, para sentarme después en el borde de la cama, rodeándome las rodillas con las manos, y apoyando mi cara en ellas.
-Debes saber que en el instituto hay como una especie de grupitos –ahora parecía muy serio. –Está el grupo de los frikies, a los que les gusta dibujar manga, o a algunos cortarse las venas. –Enarqué las cejas ante tanta sinceridad.
-También tenemos el grupo de los empollones, en su mayoría del club de ciencias o algo por el estilo, no se meten con nadie, pero a veces pueden resultar un tanto arrogantes.
El grupo de los deportistas, formados por la gente del equipo de baloncesto, futbol americano, hockey o las animadoras. Esos somos los más numerosos. Luego también hay otros, de judo o cosas por el estilo, pero son una minoría.
El club de teatro. En su mayoría gente que no sabe qué hacer y va allí para desahogar sus penas y hacer algo con su vida. También están los típicos pijillos creídos, que creen que al salir de allí van directos a Julliard. Pero también son minoría.
Están los músicos. A los que les va el heavy metal y esas cosas… suelen estar apartados del resto, en un grupo dentro de ese propio grupo.
Luego la gente que canta, que se junta con los de teatro, y algunos músicos sueltos que van de alternativos o algo por el estilo y se mantienen algo apartados, pero siempre dentro, con los demás.
Poca gente va sola. Aunque hay quien decide ser diferente a los demás y pasar sus años de instituto solos en un rincón. Pero la mayoría terminan por rendirse y unirse al mundo real. –Mark hizo una pausa y me miró, supongo que esperando a que yo dijera algo. No sé cómo sería mi cara en ese momento, pero no fui capaz de decir nada, así que continuó. –La mayoría de toda esta gente son muy diferentes los unos de los otros.
En general –y estoy hablando en general, no lo olvides –la personalidad de cada uno depende de la gente con la que van, o las cosas que hacen.
Por ejemplo, hay un gran grupo de pijos, muy pijos. Ellos no hacen nada, quiero decir, ni son del club de teatro, ni músicos, evidentemente no pertenecen al club de ciencias y tampoco a los deportistas.
Simplemente van por ahí pavoneándose de algo, o presumiendo con sus amigotes del último bolso del mercado.
No olvides que estamos en Nueva York, y aunque estemos en una ciudad de este estado, siempre seguirá siendo Nueva York. –sonrió para darle más intriga al asunto, supongo. –Ellos no se meten con nadie, aunque muchas veces resultan un tanto… repugnantes.
La gente del club de ciencias. Estarán dispuestos a ayudarte siempre que seas un listillo superdotado con habilidades científicas o algo por el estilo. Suelen ir por la vida creyéndose más inteligentes que nadie, y si acudes a ellos siendo alguien que no sabe la raíz cuadrada de Pi, te mandarán a la mierda, no lo olvides.
-Yo no sé cuál es la raíz cuadrada de Pi. –Respondí, sorprendida –¿Quiere decir eso que soy retrasada mental o algo así?
Mark se rió.
-No, eso quiere decir que eres igual que el resto de los mortales. O por lo menos, igual que la mayoría.
Tenemos al club de teatro. Nunca me he relacionado mucho con ellos –con los de ciencias tampoco, evidentemente –pero tengo entendido que son gente maja, siempre dispuesta a ayudar.
Exagerados y sensibles, en su mayoría, pero buena gente al fin y al cabo.
No todos, claro está. Los hay que matarían por una plaza en la mejor academia de arte dramático, y que no dudarían en clavarle una puñalada a su mejor amigo para conseguirlo.
Ese mundo puede ser muy competitivo, no lo olvides. –Estuve a punto de reírme por lo que acababa de decir y por la manera en que lo había hecho, pero prefería callarme y seguir escuchando, estaba interesante el asunto.
–Los músicos. Los hay de todos los tamaños y colores. Tipos enfadados con la vida y con el mundo, que se desahogan pegando gritos o machacando sus guitarras.
Gente que se cree con el mayor talento de la historia, y que su único objetivo es luchar para conseguir ser captados por una discográfica algún día, haciendo lo imposible –y digo lo imposible –para conseguirlo.
O simplemente gente a la que le gusta la música, y compagina su afición con cosas distintas. Yo soy uno de esos. Pero esto no saldrá de aquí, ¿entendido? No quiero que se me relacione con ese grupo, yo pertenezco a otro…
Las animadoras. Suelen ser nuestras chicas. Son las tías que de verdad molan, las que están buenísimas y a las que todo el mundo envidia. Muchas de ellas son unas guarras, que solo aspiran a enrollarse con el capitán de algún equipo. Otras son cotillas, algo pijas, que se dedican a difundir rumores con sus amiguitas, también animadoras. Algunas se meten ahí porque quieren destruir a la jefa del grupo. La jefa de las animadoras.
Pero eso son algunos casos.
Muchas tan solo están ahí porque les gusta hacer lo que hacen, animar y apoyar a su instituto.
Las animadoras son como una colmena: todas trabajan para apoyarse mutuamente. Siempre intentan aparentar eso, aunque se odien y estén ahí por motivos personales, siempre serán las trabajadoras y la reina, luchando juntas por una única causa: animarnos a nosotros y defender su instituto.
Y por último están los deportistas. Nosotros. Probablemente lo que te voy a decir ahora ya lo sabrás por esas películas americanas, pero te tengo que garantizar que es verdad.
Somos los guays, a los que nadie les tose. Respetados por todos, porque defendemos su instituto, los defendemos a ellos.
Solemos tener las novias más guapas, las que dan más caña.
Muchos de mis compañeros son golfos que van de flor en flor, intentando encontrar a la más cañera.
Otros están ahí tan solo para hacer algo, deporte, evidentemente. O porque sienten la necesidad de defender lo que es suyo.
Cuando hay problemas: ahí estamos nosotros.
Solemos llevarnos bien entre nosotros, excepto cuando uno le roba la chica a otro, y eso ocurre a menudo. Entonces todo se termina.
Y me quedan… los frikies. Solo puedo decirte, que a esos ni te acerques, no son tu tipo.
En general todos somos buena gente, no suelen haber conflictos y es un buen instituto.
Encontrarás muchos que hablan español, e inmigrantes, la mayoría de los estudiantes son de otros países, pero eso lo puedes ver si das una vuelta por el barrio, o la ciudad entera.

Me quedé pensativa durante unos minutos, sin decir nada, mirando al vacío.
Mark no interrumpió mis pensamientos, y esperó a que yo hablara la primera.
-Y se supone que… Tengo que creer todo lo que me has dicho –le miré –no parece ser un lugar fácil, y creo que no encajo en ninguno de esos grupos, o lo que sea.
De todas maneras, creo que estás exagerando.
Mark sonrió, como diciendo: “Sabía que dirías eso”.
-Te aseguro que no exagero. Para bien o para mal, es así. Pero también es cierto que hay mucha gente, una cuarta parte, que van solos, que no están con nadie. No se identifican con ninguno de esos grupos, no creen ser músicos, cantantes o deportistas, simplemente van ahí porque tienen que ir, o porque quieren, eso ya no lo sé.
Cuando digo solos, no quiero decir de uno en uno. Quizá sean un grupo de cinco, siete o diez personas. No está tan mal, tan solo es que no encuentran su vocación.
Me quedé mucho más tranquila, y sonreí.
-Creo que yo formo parte de alguno de esos grupos. Espero que tengan sitio para una más…
O quizá deba irme con los frikies, de todas formas, para ellos lo voy a ser en cuanto llegue.
Esperaba que Mark se apiadara de mí, pero no lo hizo. Se limitó a soltar una carcajada.
-Mira, no voy a negarte que vayas a ser una chica extraña para todos –no me gusta mentir, y decirte eso sería mentirte –pero tan solo tienes que demostrarles que eres humana, que no eres de otra galaxia a miles de años luz… Tan solo perteneces a otro lugar a unos cuantos miles de kilómetros.
Una vez superes eso, serás tan normal para ellos como uno de nosotros.
Y si crees que no puedes unirte a ninguno de los grupos, ve por libre. Nunca lo he hecho, pero supongo que no será tan malo, si tantos lo hacen.
Y lo de unirte al grupo de los frikies… Jura ahora mismo que ni se te pasará por la cabeza.
Me quedé mirándole, preguntándome qué le habría pasado con esa gente, pero sabía que no me iba a contestar, así que pasé de preguntarle nada.
-Supongo que debo darte las gracias por llevarme a las cuatro de la madrugada a tu habitación y malgastar tu tiempo de sueño en hacerme una guía completa por el instituto.
-Oye, no te lo creas tanto. Estaba despierto, ¿o es que te crees tan importante para mí, tanto como para que me levante tres horas antes de lo previsto para hablar contigo? Estás loca nena.
Pensé que quizá se había enfadado de verdad y pensaba que era una niñata prepotente, pero entonces vi esa sonrisa torcida en sus labios, y supe que me estaba tomando el pelo un rato.
-¿Sueles ser siempre tan raro? –le pregunté, intentando parecer despreocupada.
Mark abrió los ojos de par en par y puso cara de ofendido, como si le hubiese dicho la cosa más humillante del mundo.
Entonces me arrepentí de haberle dicho nada.
-¿Debo tomarme bien que me llames raro cuando te dé la gana? –me miró buscando una respuesta, y supongo que advirtió mi cara de susto, porque no quiso hacerme sufrir más y echó a reír.
Puse los ojos en blanco.
-¿Te estás riendo de mí? –que pregunta tan absurda.
-¿Tú que crees? –me preguntó, sin dejar de reír. –Ay, Rebeca, aún tienes muchas cosas que aprender conmigo…
Miré hacia la mesita de noche, buscando un reloj o despertador, algo para saber la hora.
-Yo no tengo de eso. Nunca quiero saber la hora que es. Me parece una estupidez. ¿Qué importa sin son las ocho o las nueve? Una hora más o
menos que nos separan de nuestro triste final…
Le hice una mueca.
-Está bien. Ya no me reiré más de ti, por hoy.
Y son las cinco y media. Puedes empezar a ducharte y esas cosas que hacéis las tías en los días que consideráis… importantes.
Yo voy a seguir durmiendo mientras pueda.
Me levanté de la cama y me acerqué a la puerta.
Antes de irme, le miré por última vez. Ya estaba tumbado en la cama, mirándome con los ojos entornados.
-Gracias.
Solo pude ver una última sonrisa en su boca antes de salir de allí.


“La totalidad de este libro está registrada por su autor. Cualquier intento de copia se considerará una violación de los derechos de Propiedad Intelectual del autor”.

viernes, 29 de julio de 2011

Capítulo 10

  He estado varios días recorriéndome todo Queens. Monique me dejó una vieja bici que llevaba años en el trastero, y desde entonces así es como me muevo. Siempre me ha gustado ir en bici, quizá es uno de los pocos deportes que de verdad me guste.
  Solía salir temprano por la mañana y pasear a Sam. En realidad es una tontería, él entra y sale cuando le da la gana, y no necesita que lo paseen.
  Pero disfruto de su compañía, me cae bien este perro.
  He pasado los últimos cuatro días caminando por las calles, conociendo todos los lugares que me podían interesar, y comprando las últimas cosas que necesitaba para el instituto.
  El instituto. Solo quedan dos días. No me he atrevido a ir a verlo, no quiero sufrir por el momento.
  He comprado los libros que necesitaba, Monique se empeñó en ir ella misma a pedir la lista y comprarlos. También compré una mochila, y algunas cosas típicas, lápices, bolis, libretas… esas cosas que debes usar allí.
  Monique ha estado ausente todos estos días. Trabajaba, sobre todo por las mañanas. No ha tenido mucho tiempo de estar conmigo. Pero yo no soy una egoísta, ella tiene que trabajar y punto.
  Mark desapareció durante unos tres días, pero no me atreví a preguntar dónde había ido. Supongo que a casa de su padre, o algo por el estilo.
  Lo cierto es que aparte de nuestra gran incomunicación, o mejor dicho, nuestra comunicación, completamente nula; me sentí sola cuando no estaba.
  Me daba tranquilidad el hecho de tenerlo en la habitación de al lado, saber que estaba allí, que había alguien.
  Pasé algo de miedo cuando Monique tuvo que hacer turnos un par de noches, estaba sola en casa, y eso no me gustaba.
  Así que aproveché los momentos en que mis amigas estaban conectadas al msn, a pesar de la diferencia horaria, y hablé con ellas. Cuando aquí eran las ocho de la tarde, allí eran las dos de la mañana. Así que me conectaba a las siete, y estaba tres horas hablando con ellas, hasta que estaban obligadas a irse.
  Luego invitaba a Sam a mi cuarto y le obligaba a tumbarse en mi cama. Eso aumentaba mi seguridad, con él allí, no entraba nadie.
  A veces no podía dormir hasta que oía el motor de un coche bajo mi ventana, y entonces sabía que Monique ya estaba en casa.
  Algunas veces llegaba tarde, quizá a las cuatro de la mañana, o puede que a las cinco… Así que me terminé los libros relativamente pronto.
   Queens es un sitio perfecto para vivir. Un barrio en apariencia tranquilo, dividido en una especie de vecindarios, o algo así.
  Hay inmigrantes de todos lados, gente de muchas partes del mundo, por lo que también se comparte mucha cultura.
  Pero cada uno vive su vida, tranquilo, y nadie tiene problemas con el vecino de al lado. Puede que a veces se ayuden, se dejen el cortacésped, pero intentan llevarse lo mejor posible.
  También es un barrio o ciudad –no tengo del todo claro como lo consideran los americanos –muy grande.
  Tiene todas las cosas necesarias de una ciudad importante, puedes encontrar lo que quieras. Y si no, siempre tienes la opción de Manhattan, ahí seguro que tienes lo que buscas.
  Me enteré de que Monique ayuda a una mujer que vive en El Bronx.
  Creo que no estaba muy convencida de si decírmelo o no, pero al final lo soltó.
  Ella es como una especie de ONG para esa familia, compuesta por una mujer y sus tres hijos. De raza afroamericana, llegaron a Nueva York con la esperanza de encontrar algo mejor.   El padre se fugó tiempo atrás, y no volvió a aparecer.
  Esto último fue un avance importante en la casa, Sharon, la madre, dejó de ser apaleada brutalmente cada noche.
  El padre era alcohólico. Trabajaba en unos almacenes, y no tenían muchos recursos económicos.
  Cada noche, al salir de trabajar, iba a una taberna y se emborrachaba. Luego llegaba a altas horas de la madrugada, y pagaba todo su sentimiento de culpa con Sharon.
  Los hijos eran conscientes de lo que hacía su padre, pero no eran capaces de hacer nada, tan solo se escondían en el armario de la cocina y esperaban a que todo se calmara.
  El mayor de los hijos, Tom, tiene diecisiete años, catorce cuando Monique los conoció. Intentaba mantenerse alejado de su casa, de su familia, de su vida.
  Salía a la calle, y hacía lo que hacen todos los chavales allí. Robaba a los turistas, si iban solos por la calle, o trapicheaban… Lo que fuera mejor que estar en casa aguantando miserias.
  El mediano, Max, tiene ocho años, cinco cuando conoció a Monique.
  Es el que más ha sufrido con toda esta historia, pero nada ha afectado a su carácter.
  Sigue siendo un niño con ilusión por la vida, que cree que siempre hay un lugar mejor, que las cosas pueden ir bien en su casa en cualquier momento.
  Que su padre volverá, y todo será distinto que como era antes. Que conseguirá un buen trabajo y podrá comprar una casa para su familia, una casa bonita, con jardín, en un buen barrio con gente buena.
  Y la más pequeña, Alice, tiene cuatro años, y era tan solo un bebé cuando Monique llegó. Una niña preciosa, y muy cariñosa. Completamente enganchada a su madre, al parecer tiene miedo de que un día ella desaparezca y la deje sola en este mundo tan horrible.
  Aún no puede dormir sola, y después de su hermano Tom, es la peor parada en esa situación, en cuanto a su situación psicológica.

  Un día, hace tres años, llegó al hospital dónde Monique trabajaba, una mujer de color, con la cara completamente destrozada por los golpes y una pierna rota. Llegó al hospital en una camilla, inconsciente. Al parecer una vecina oyó los golpes y se apiadó de ella, llamando a una ambulancia.
  Cuando entró en la casa, tan solo vio a Sharon, tirada en el suelo de la cocina, parecía que estaba muerta.
  Monique fue su enfermera durante las dos semanas que estaba en el hospital.
  No tenía nada grave, pero los médicos vieron que aquello era un claro signo de maltrato, e intentaron prestarle ayuda psicológica, sin ningún éxito.
  Sharon no tenía intención de hablar con nadie, parecía estar profundamente asustada, y miraba constantemente la puerta, esperando a que su marido entrara en cualquier momento y se la llevara de allí.
  Monique hizo una especial amistad con ella, intentaba escucharla, y no la presionaba para que hablara de cómo había llegado hasta allí.
  Muchas veces hablaba con ella durante horas, después de terminar su turno de trabajo, y al final consiguió que le contara toda la historia.
  Le prometió que la ayudaría, que no debía estar asustada y que su marido jamás le pondría otra vez la mano encima.
  La convenció para que hablara con la psicóloga del hospital, y cuidó de sus hijos hasta que Sharon volvió a casa, completamente recuperada.

  Desde entonces la visita cada semana, dos o tres veces. No por ayudarla, sino por simple amistad. Sharon consiguió un empleo, cuidando ancianos y limpiando casas, y más tarde, de cajera en un supermercado, con un contrato fijo.
  Toda la familia recibió ayuda psicológica, excepto Alice, que tan solo era un bebé.
  Sharon hizo terapia durante tres años, tomó pastillas antidepresivas, hasta que se curó completamente. Tom también tuvo que hacer una dura terapia, y cambió las calles por un instituto más o menos decente. Finalmente se convenció de lo que debía y no debía hacer.
  Monique les ayudó mucho, hasta que consiguieron estabilizarse, y comenzar de cero.
  Y su marido, el cual no conozco su nombre, nunca volvió. Al parecer creyó a Sharon por muerta, ese día. Y no volvió por miedo a que le acusaran de asesinato, lo cual era bastante evidente.


    Capítulo 11

  Ayer estaba sentada en la hamaca, como cada mañana. Esta vez no leía, me mentalizaba sobre el instituto. Ese día era especialmente temprano, no había conseguido dormir en toda la noche, y cansada, me levanté a las ocho de la mañana, dispuesta a charlar un rato con Monique, preguntarle algunas cosas sobre el instituto que aún no le había preguntado.
  Pero entonces recordé que ella tenía guardia esa mañana, desde muy temprano y hasta la hora de comer.
  Así que me mentalicé de que esa mañana no iba a hacer nada, tan solo esperar y ver como pasaba el tiempo.
  Y me fui hasta mi hamaca, llamé a Sam y comencé a hacerle fotos a los árboles. Tenía mil fotos de ese lugar, pero me gustaba hacerlas, y experimentar con distintas tonalidades, en mi ordenador.
  Estaba mirando en mi cámara las distintas fotos que había hecho, cuando noté que alguien se acercaba por mi espalda. Pensé que podía ser Monique, que quizá había salido antes de su turno.
  Pero entonces vi como Mark se acercaba por mi espalda y se sentaba en el suelo, apoyado en un árbol del que estaba colgada mi hamaca.
  Aquella mañana llevaba una camisa azul, arremangada hasta los codos, y unas bermudas por las rodillas. Iba descalzo.
  Por un momento no dije nada, tampoco entendía nada en absoluto. Así que me limité a seguir mirando mis fotos y a mirarlo de reojo de vez en cuando.
  Parecía mirar hacia ninguna parte, pero tampoco pude apreciar su expresión.
  Abrí la boca para decir algo, entonces en ese momento habló él.

  -¿No vas a decirme nada? Después de que me digno a hablarte por primera vez…

  Le miré durante un momento expresando la ira que sentía por dentro. Ya me había tocado las narices. Primero me trataba con una inexplicable rabia, y después me decía gilipolleces.
  Ya era el colmo.
   Pensé en algo que decirle, algo que le dejara claro que no me gustaban sus bromas, si es que estaba intentando bromear… Pero me sonrío, moviendo la cabeza.
  Me quedé bastante parada en ese momento, ya si que me había dejado totalmente descolocada.
  Me miró fijamente con sus ojos azules, y entonces ya no supe qué decir.

  -Oye, sé que me he comportado de una manera un tanto estúpida desde que llegaste. –Le mire y enarqué una ceja, casi sin darme cuenta –Vale, de una manera muy estúpida. Apenas te he dirigido la palabra, o mirado.
  Pero lo siento, entenderás que la idea de un extraño en mi casa, ocupando un lugar que me gusta que esté vacío… me asustaba bastante.
  Primero quería asegurarme de cómo eras… Y después ya tener o no contacto contigo.
  Te pareceré estúpido, pero prefiero asegurarme de las personas con las que voy a tratar, y más si ocupan mi espacio.
  
  Me sonrió y yo le dejé un hueco para que se sentara en la hamaca.
  Me sorprendió enormemente esa especie de confesión, o lo que fuera.
  Siempre había pensado que yo era la rarita allí, demasiado extraña como para que él se acercara lo más mínimo.
  Me había rebanado los sesos en busca de alguna respuesta, miraba a la gente por la calle y me comparaba con ellos… buscando mi error.
  Pero nada, ahora resultaba que el raro era él. Y resultaba todo demasiado ridículo.
  Intenté aportar algo a la extraña conversación.
  -Gracias por decírmelo, ya estaba empezando a preguntarme si de verdad pertenecía a otro planeta. Enserio, no tenía ni idea de qué había hecho mal, no entendía como podías juzgarme sin conocerme, desde el primer momento en que me viste.
  Ahora todo encaja. No soy yo la rara. –Le miré y le sonreí por primera vez, intentando quitarle hierro al asunto. –Quizá el raro aquí seas tú.
 
  Puede que me arrepintiera de decir eso, pero lo solté sin más. Sólo podría saberlo si lo hacía.
  Siguió sonriendo y mirando al horizonte, bueno, mejor dicho… a un cobertizo que había al otro lado del jardín.
  -¿Me estás llamando raro? Pero, ¿cómo te atreves? –se me quedó mirando fijamente, realmente serio. Parecía no estar bromeando, y yo estaba empezando a asustarme de verdad, quizá había dicho algo que no debería.
  Pero entonces soltó una carcajada y se sentó en la hamaca.
  -Oye, te asustas demasiado… Acaso ¿me tienes miedo? Sé que soy un tipo complejo pero, tampoco es para que me temas.
  No sabía si estaba hablando en serio o si me estaba vacilando… Pero intenté seguirle la corriente.
  -Puede que me asustes un poco, y creo que es normal. Y sí, eres bastante rarito. O complejo, como prefieras llamarlo. Primero te pasas semanas sin hablarme, para después venir aquí y explicarme que prefieres tener claro con quien te “comunicas”, como dices tú. Aceptarás que no eres muy normal… Aunque eso para mi no es malo.
  -Exacto hermanita. Creo que es mejor ser algo original, y cuanto más mejor. ¿Y si fuera el típico tío capitán del equipo del instituto, por el que todas las tías suspiran y cotillean en los pasillos, que sale con la chica más guapa del instituto, que casualmente es jefa de las animadoras… ¿Sería eso original?
  Me quedé mirándolo con los ojos abiertos, demasiado sorprendida como para ocultarlo.
  Primero: me había llamado hermanita. Cosa que yo creía que no se utilizaba en ningún sitio. Hermanita, a mí. La intrusa de sus propiedades, la que le quitaba su tranquilidad.
  Segundo: me había descrito perfectamente y con pelos y señales la típica vida perfecta de un adolescente con suerte, por lo menos allí.
  Tercero: me había descrito completamente su vida.
  -¿Y eso de hermanita? ¿Es algo nuevo que está de moda?
  -No, solo quería ver tu reacción y reírme un rato. Pero joder, ¡no me has hecho reír! –Me miró e hizo una mueca, poniendo los ojos en blanco. –Y sé lo que estás pensando: te he resumido mi vida de una manera un tanto… completa. Sí, confirmado. Mi vida es como un tío de película americana, que sale en una de esas series malas de adolescentes.
  -Me gustan esas series “malas” de adolescentes. De hecho, siempre las he preferido antes que ninguna serie española. Pero bueno… tú vida es como estar dentro de una película, sí. Eres tan poco original… Ahora ya te conozco perfectamente.
  Seguro que todo el mundo me hablará de ti: “Pero bueno, ¿Enserio vives con el capitán del equipo? Pero eso, es ¡increíble! Que suerte tienes… Pero lo habrás visto salir de la ducha, ¿verdad? Porque con lo bueno que está…”
  Va a ser demasiado estresante gracias a ti.

  Me sonrió, esta vez dejando ver sus dientes perfectos.
  -Eso de tío bueno… ¿Cómo sabes que te lo dirán? –me dijo con sorna.
  -Créeme, conozco a las chicas. Y si realmente es como creo que es, me obligarán a sacarte fotos sin camiseta, o querrán venir aquí para espiarte por un agujero que hagan en tu puerta, o peor… en el baño.
  Va a ser muy estresante. Será como ser la representante de alguien importante. Todas se acercarán a mi por interés, no sabré quien es realidad una buena amiga… Y todo gracias a ti.
  Era evidente que estaba exagerando, pero me divertía meterme con él, y a él le divertía meterse conmigo, así que estábamos en igualdad de condiciones.
  -Creo que estás exagerando demasiado, quizás no hagan agujeros en el baño, puede que se escondan… ¡debajo de mi cama! Imagínate, tendré que fijarme todo el tiempo, cuando esté desnudo en mi habitación, y mirar si hay alguna ahí, debajo… disfrutando de mis encantos –me enseñó una sonrisa torcida. –O cuando esté con Tracy, ella se enfadará realmente…
  Recordé el incidente de aquel día y noté como llegaba el calor a mi cara y mis orejas… Otra vez.
  Sonrió al verme sufrir de aquella manera, y cambió de tema.
 
  -Pero bueno, háblame de ti. ¿Qué te gusta hacer?
  -En cuanto a algo de deporte… nada. Me temo que voy a ser una frikie horrible en ese lugar.
  -Pues, la verdad es que… sí, un poco. Pero bueno, siempre te queda en club de ciencias. ¿A que se te dan bien las mates?
  -Fatal. No podían ser peores para mí.
  -Ah. Hmm. ¿Qué tal una animadora? Bueno, la verdad es que no te pega nada, pero algo tienes que hacer.
  -¿Animadora? Pero, ¿Por quién me tomas? ¿Quieres que todas esas pijas estiradas me hagan la vida imposible? –no pudo contener una carcajada.
  -Oye, aunque tú lo creas, no son todas así. Hay chicas normales, vale, pocas, pero las hay.
  Algunas se apuntan solo porque quieren que les suba la media de sus notas, y no tienen otra opción. Aunque también es verdad que para estar en cualquier deporte, tienes que sacar una nota mínima, un punto más del aprobado. –Sería un seis para mí, pensé –Pero es fácil, si te lo propones, y siempre puedes probar a ver que te parece, intentarlo.
  Mark siguió mirando el horizonte, pensativo.
  -Bueno, siempre tienes la opción del club de teatro. Tengo entendido que son un poco frikies, por lo menos algunos, pero si te gusta y es lo único que se te da bien… Algo tendrás que hacer ¿no?
  -Bueno, tengo que pensar. Aún no sé si será demasiado duro para mí, todo esto.
  Todo es nuevo. El instituto, la ciudad, el idioma, la gente, mis posibles amigos…
  Todo. Probablemente tenga problemas con entender las clases y aprobar, y por el momento, no creo que sea muy buena idea meterme en algo más, en algo a lo que tenga que dedicar tiempo en el que podría estar estudiando…
  -Oye, lo entiendo. Pero te vuelvo a decir que te preocupas demasiado. Siempre puedes intentarlo y dejarlo cuando te agobies.
  Pero bueno, haz lo que quieras. Eso solo lo puedes decidir tú.
  -De todas maneras, muchas gracias por malgastar algo de tu valioso tiempo en mí. Me ha venido bien hablar con alguien.
  Mark volvió a sonreír, y solo entonces me di cuenta realmente de lo guapísimo que era.
  -No te preocupes, hermanita. Algo tenía que hacer para que quitaras esa cara de susto que siempre llevas encima. –Se levantó de la hamaca y caminó hacia la casa, pero entonces se dio la vuelta –Y no te preocupes por el instituto. No es tan malo, aunque te resulte imposible de creer. Hay gente muy maja, otros dan mucho asco… Pero tú debes saber con quien quieres ir. En no mucho tiempo conseguirás amigos.
  Me volvió a sonreír y desapareció por la puerta de la cocina.
 
  Me quedé un tanto sorprendida por aquella conversación, solo entonces empecé a asimilarla.
  Me había hablado, y eso era increíble. Había tardado dos semanas en asegurarse de cómo era realmente para decidir si relacionarse conmigo o no. Y eso, en realidad… Quizá también lo habría hecho yo, en realidad no lo sé.
  Pero lo más extraño de todo, era ese término que había utilizado dos veces conmigo: hermanita. ¿Qué se le habría pasado por la cabeza? Pero no había sido un error, sino me lo habría dicho solo una vez… Y me lo había repetido dos veces.
  Resultaba ser un chico simpático, cuando hablabas un poco con él. Vale, era raro o complejo o lo que sea… Pero era majo y se había preocupado de alguna manera por mí.
  Se había interesado en mis aficiones y en las cosas que podría hacer en el instituto, y eso significaba mucho.
  Era la primera vez desde que llegué que alguien caía en la cuenta de lo mucho que me preocupaba ese tema… Y había sido él el interesado.
Seguí mirando las fotos, con la cabeza en otra parte.



“La totalidad de este libro está registrada por su autor. Cualquier intento de copia se considerará una violación de los derechos de Propiedad Intelectual del autor”.

miércoles, 27 de julio de 2011

Capítulos 7, 8 y 9

Capítulo 7

Nueva York es absolutamente increíble. Épico. Una ciudad maravillosa, que parece pertenecer a otro planeta. Hay vida… si eso es, hay VIDA.
La gente corre de un lado a otro comiendo por las calles o en los parques. Se les ve felices y tranquilos.
Impresiona, realmente. Esos rascacielos, parece que no puedas quitar la mirada del cielo. Caminas impresionado, esperando quizá, encontrar al mítico King Kong subido al Empire States…
La gente para taxis como si fuera la cosa más normal… pegando silbidos o levantando las manos. Todo el mundo va a su bola, sin importarle lo que pasa en realidad. Parece que estén acostumbrados a ese lugar. Pero yo creo que es difícil acostumbrarse a un sitio así.

Caminamos por todas esas enormes avenidas, por las que pasan cientos de taxis en un día… Luz, vida y color. Movimiento continuo.
No puedo dejar de mirar al cielo. Esos edificios con miles de ventanas parecen mirarme desde arriba. La mayoría de ellos oficinas, otros tiendas, joyerías.

Grandes tiendas con la música a tope, y modelos bailando, haciéndose fotos con los clientes, o clientas, mejor dicho. Con pantalones vaqueros apretados, sin camiseta. Esto es de locos.

Central Park… enorme. Verde. Lagos, gente paseando perros, parejas felices comiendo en la hierba, gente arreglada que descansa, con los pies desnudos en el césped…

La Estatua de la Libertad, que mira el mundo desde arriba, vigilándolo todo. Tan alta, a orillas del mar, dejando ver todo y a todos.

El puente de Brooklyn, con esos dos enormes arcos en el centro, recorriendo todo el río de punta a punta, observando los grandes rascacielos que se ven desde lo alto…

La Quinta Avenida… Increíble. Atestada de gente. Gente rica, principalmente. Las tiendas más pijas, el lujo. Las limusinas que recorren esa calle, con gente famosa, quizá. Los rascacielos al final, con las grandes pantallas iluminadas con anuncios, logos…
Pasamos por la tienda de Abercrombie, anunciada con grandes carteles en blanco y negro, con tíos buenos sin camiseta posando en ellos…
Carteles que ocupan toda la calle, literal. Que mira la gente, embobados… para después entrar a las tiendas.
Quizá sí, un paraíso.

Preciosa, entre los edificios, en plena avenida… La catedral de San Patricio. Impresionante, una avenida llena de gente, de tiendas, de vida y tráfico… Con una catedral gigante en medio de todo. De película.

El Flatiron Building… Dividiendo dos grandes calles. Original e increíble, ante todo.

Chinatown. Vida y movimiento paralelos al mundo entero.
Una China en América, sin duda.
Los grandes letreros iluminados con letras chinas, colocados por todas partes, arriba y abajo. En los edificios y en las tiendas.
El olor a comida china que emana de todos los locales, y la gente, que parece vivir en su propio mundo.
Los adornos y los edificios chinos… Si no hubiera unas manzanas más lejos toda esa vida paralela, tan distinta a esta… Juraría que me he mudado a China, lejos de lo que pensaba.

Un pequeño o quizá grande, barrio Italiano. Con grandes restaurantes adornados “europeamente” distinto a todo lo que hay al otro lado de estas calles…
Manteles a cuadros rojos y blancos, pizzas deliciosas, y olor distinto.

El Bronx… no puedo describirlo. Monique se niega a que lo visitemos, a pesar de mi insistencia.
Si, lo sé. Hay que estar loco para hacerlo a solas. Debo agradecer que se niegue… aunque espero poder ir algún día.
No quiero irme de aquí sin poder ver… algo así.

Quizá me haya olvidado de cosas, cosas que he visto. Pero llevo tanto tiempo andando por las calles de esta ciudad… Que es realmente complicado no olvidar alguna cosa.
Sencillamente es maravillosa e increíble. El lugar en el que todo el mundo querría vivir.
Y de pronto, caigo en la cuenta… de que yo si estoy aquí, en este preciso instante.


Capítulo 8

Sentadas en Starbucks. Ya está anocheciendo. Bebo un batido de chocolate con leche y nata montada.
El sitio es enorme, con grandes ventanales dirigidos a la avenida.
Las paredes de madera, a juego con las mesas y los taburetes. Del techo cuelgan unas lámparas redondas de papel.
-Estos batidos son demasiado para mí. Un vicio –Monique sonríe y se limpia la nata que le queda en el labio. -Enserio, me encanta esto. Es la ciudad perfecta, no se puede pedir más. Lo tiene todo…
-Me alegro de que te guste. Si, la verdad es que… Es Nueva York. ¿Qué más puedes pedir? –Sonríe –Llevo viviendo aquí toda la vida y aún me sigue sorprendiendo a veces. La verdad es que ha cambiado en todos estos años. Siempre ha sido “lo más”, por decirlo de alguna forma… Pero hay cosas distintas.
Puedes venir aquí cuando empieces el colegio, seguro que conoces gente y haces amigas…

Se me tensa el cuello. Colegio. Conocer gente. No me gustaría pensar en eso ahora. Prefiero disfrutar de mi escasa libertad hasta empezar. Monique no parece darse cuenta, y sigue hablando.

-Lo más probable es que tengan todos coches, a tú edad la mayoría de los jóvenes se sacan el carnet. ¿Tú no has pensado en sacártelo?

Coche. Hmm. Saboreo la idea, tan extraña para mí.
-Si que lo he pensado. En España tienes que esperar dos años más para poder conducir, en parte lo veo bien y en parte mal –miro al exterior, dónde las luces y los letreros con luces de neón comienzan a encenderse. –Si llamo a mis amigas y les digo que me he sacado el carnet… Díos, fliparían. No estaría mal darles un poco de envidia…
-Solo por eso merecería la pena –Monique sonríe –Puedo preguntar por autoescuelas cerca de casa… De verdad no me importa.
-Pues –pienso un momento en la idea… Yo conduciendo un coche por Nueva York. Eso no es real. Sacudo la cabeza. –Prefiero esperar un poco a ver como me adapto al instituto… Quizá sea demasiado difícil para mí y no tenga tiempo de hacerlo todo.
-Como quieras.
-Pero lo pensaré, gracias de todas formas. –Miro hacia el exterior. Una pareja se besa apasionadamente junto a una farola. De pronto me viene a la mente una de esas comedias románticas americanas. Doy otro sorbo a mi batido y giro otra vez la cabeza hacia Monique –¿Sabes? Siempre me ha asustado la idea de ir al colegio, y más aquí. Todo va a ser nuevo para mí, la gente, los profesores, el propio colegio, el idioma… Eso es lo que más me preocupa, y una de las cosas más importantes que me frenaron al venir aquí. ¿Y si no entiendo una palabra de lo que me dicen? Os entiendo a vosotros, bueno a ti… Porque me hablas más despacio de lo que sueles hablar normalmente, lo he notado. Pero los profesores no van a estar pendientes de hablar despacio solo para mí. Darán clase normal, a sus alumnos americanos, que hablan el idioma perfectamente y lo entienden sin dificultades.
Las matemáticas. Las odio. Me cuestan y no las entiendo normalmente. Si en español son imposibles para mí… Dime tú aprenderme todo eso, entenderlo en inglés. Todas esas fórmulas, números… Que horror.
Monique me mira fijamente para después sonreír. Suelta una carcajada y le da el último sorbo a su batido.

-Rebeca, te preocupas demasiado, y te olvidas de muchas cosas importantes. El colegio al que vas a ir tiene más de cinco profesores de español, más del veinte por ciento de los estudiantes son de habla hispana y muchos de ellos están aquí de intercambio, un año en el extranjero, como tú. –Sonríe otra vez, al verme más tranquila. –Además, siempre puedes buscar algún profesor particular que te ayude con las matemáticas… No tienes porque preocuparte.
Me coge la mano y la aprieta suavemente, como diciendo: “Venga, ánimo. No stress”. Me relajo mucho más e intento pensar en todo lo que me ha dicho. En realidad es cierto, tiene toda la razón. Hay muchísima gente en mis circunstancias allí mismo. Gente que sabe hablar español, que puede ayudarme si lo estoy pasando mal.
Esta mujer es increíble. Me da una tranquilidad… Exhalo un suspiro y me levanto de la silla.
-Tienes toda la razón, Monique. Yo estoy aquí porque lo he querido así, solo yo lo he decidido. Estoy ahora mismo en Nueva York, una ciudad increíble, ¡Qué narices! Que le den al instituto, lo siento, pero te lo digo así –Miro a mi alrededor y veo que la gente me mira y cuchichea… Con suerte nadie entenderá ni una palabra de lo que estoy diciendo. Me doy cuenta de que estoy de pie, hablando más alto de lo que debería…
Monique sonríe de oreja a oreja, pone un billete encima de la mesa y se dispone a salir del local.
Y así salimos, yo mucho más tranquila. La verdad es que he omitido ciertos detalles importantes… Como mi capacidad nula de conocer gente y hacer amigos, o mi timidez. Pero eso por el momento no me importa, ahora solo quiero disfrutar de mi corta libertad hasta entrar en la pequeña cárcel… Y no pienso perder ni un minuto de esa libertad.


Capítulo 9

El tiempo ha transcurrido relativamente deprisa desde que estoy en la familia Jones. Tan solo llevo una semana aquí, pero ya parece una eternidad. Casi me siento parte de esta casa.
Adoro el olor intenso a café por las mañanas, el sonido del grifo de la ducha a las seis de la mañana, o a las dos, o a las cuatro… Depende del día.
Me encanta la pasta con carne picada y tomate, sobre todo si son espagueti.
El olor a suavizante de flores en la ropa recién tendida en el patio trasero…
Las babas de Sam cuando se cuela en mi habitación y me despierta pronto por las mañanas… Él, Sam, es un perro. No lo vi hasta el tercer día. Parece ser que entra y sale cuando quiere… Y esa vez se tomó unas pequeñas vacaciones.
Es un husky siberiano gris y blanco, con unos grandes ojos azules. Casi tan alto como yo.
Normalmente suelo verlo tumbado en mi cama, justo cuando acabo de hacerla. Me molestaría si no me gustaran los perros, pero la verdad es que me encantan y él me hace mucha compañía cuando estoy sola.
Normalmente paso la mayor parte del día en el jardín trasero. Hay una especie de cama de esas que se cuelgan a los árboles… Una hamaca.
Suelo tumbarme allí y leer largas horas, cuando Monique está en el hospital, menos cuando hace guardias de noche.
Las tardes son muy frescas ahí, y Sam se tumba a mi lado y me mira. Al principio me ponía nerviosa tener sus ojos azules fijos en mí, pero creo que me he acostumbrado.
Otras veces hago fotos a las copas de los árboles, desde abajo. Ya he hecho varias y se las he enviado a mis amigas y a mi madre.
“Esta foto la he hecho hoy, cuando estaba tumbada en la hamaca del jardín. Dadme vuestra opinión… ¿Parezco muy desesperada?”
Opiniones de todo tipo. Unos dicen que voy a perder el norte de tanto aburrimiento, otros dicen que la foto es buena.
Yo estoy bien, paso buenos ratos así.
Mark entra y sale cuando le da la gana, y Traci también. Ya no es como la primera vez, aún me avergüenzo cuando lo recuerdo… ahora simplemente me da igual, hago como si no me diera cuenta.
Apenas ha cruzado varias palabras conmigo desde que llegué, creo que aún sigue enfadado conmigo por mi “incidente”. O quizá esté enfadado por otra cosa que desconozco, ya no sé que pensar realmente. Ya no me importa, o eso creo.
He leído ya unos cinco libros desde que llegué. El otro día me aventuré y fui a buscar una librería en el barrio.
Monique no estaba, y ya no me quedaban más libros, así que salí a la calle y me quedé con la dirección de la casa. Con mi perfecta orientación, lo iba a necesitar. Es ironía, por supuesto.
Salí fuera, dónde todo era tranquilidad. Había un silencio absoluto, la calle parecía desierta. Solo se oía el llanto de un bebé, pero parecía amortiguado, quizá por una ventana cerrada.
Seguí caminando sin ninguna dirección, cruzando todas esas calles tranquilas y verdes.
Por fin llegué a lo que parecía ser un estadio.
No se veía mucho desde fuera, pero al seguir recto por la misma calle, pude asomarme y ver algunas pistas de algo. Nunca se me ha dado demasiado bien los deportes, así que solo sé que eran pistas de algún deporte.
Quizá tenis. Eran bastantes, si, demasiadas. Todo era verde, distintas tonalidades verdosas, y había muchos árboles alrededor.
Bordeé todo el estadio, lo cual me costó bastante, porque ese sitio era enorme, y acabé topándome con unas vías de tren.
Aquello parecía no tener salida, o mejor dicho, no tener ningún lugar por el que cruzar al otro lado.
Empezaba a hacer calor de verdad, ya no había esa brisa fresca de aquella misma mañana. Ahora el sol pegaba con fuerza.
Tuve que investigar un rato más, y colarme entre los árboles para poder llegar hasta lo más parecido posible a un puente, que se alzaba por encima de la calle.
Crucé y llegué al otro lado, dónde tuve que atravesar algunas calles más para encontrar una avenida con algunas tiendas.
Aquello parecía tener más vida, quizá fuera el corazón de ese enorme barrio, o por lo menos, uno de tantos.
Algunos restaurantes, tiendas de electrodomésticos o boutiques… Y una librería. Aún recuerdo el nombre: “Barnes & Noble Booksellers”.
Era de ladrillo rojizo, y unos toldos verdes oscuro cubrían las múltiples ventanas.
Era bastante grande y justo al lado había… ¡Un Starbucks Coffee! Quizá después me diera algún festín, aunque yo sola… Sería un tanto deprimente.
Esa librería parecía ser una franquicia. Sí, lo más probable es que lo fuera, porque aquello era enorme, había escaleras mecánicas y cientos de estanterías con libros de todo tipo. No es que fuera un centro comercial gigante… Pero si mediano. No era la típica librería de pueblo.
Recorrí con parsimonia toda la estancia. Parecía tener dos pisos, y podías acceder a ellos por unas escaleras mecánicas que había a cada lado. El suelo estaba forrado de moqueta gris, y del techo colgaban los típicos fluorescentes.
Busqué la sección de clásicos, esperaba no tener que preguntar a la dependienta.
Era una mujer de unos sesenta años más o menos, pelo peinado perfectamente para atrás, rubio platino. Tenía las típicas gafas de bibliotecaria, y sostenía entre sus manos un libro, el cual no pude ver el título.
Sus larguísimas uñas pintadas de granate me dieron escalofríos, y seguí andando, dispuesta a encontrar los libros yo sola.
Por fin, después de muchas vueltas, y de recorrer con la mirada secciones de perros, fotografía, plantas, setas, cocina… y mil cosas más, encontré lo que buscaba. Clásicos de la literatura inglesa.
Había una gran estantería en un rincón, casi al fondo de la tienda, y justo encima estaba ese rótulo. Me acerqué y me arrodillé en el suelo, dispuesta a tirarme mucho rato y buscar algo que verdaderamente me interesara.
Tenía pensado leer “Hamlet”, “El sueño de una noche de Verano” o “El mercader de Venecia”. Hacía poco que me había aficionado a “William Shakespeare”, y se había convertido en uno de mis autores favoritos. La culpa era de “Romeo y Julieta”.
No me costó mucho esfuerzo encontrar los tres libros, y como no sabía por cual decidirme, terminé comprando los tres. Así tendría lectura para rato, por lo menos una semana.
Pagué por primera vez en mi vida con billetes en dólares y me decidí por ir a tomar un batido.
Mi promesa era que… En cuanto empezara la cárcel dejaría mi vicio.
Entré al Starbucks. Era un sitio pequeño, pero acogedor. Tenía dos grandes ventanas por las que se podía observar el movimiento continuo en la calle.
Era un sitio bonito, me sentía a gusto allí. Lo poco que había visto de este sitio, me encanta. Es perfecto, la gente parece ir a su rollo, no conocerse de nada… Pero sin embargo parecen una gran familia que confíen entre ellos, como si no estuviesen asustados de que entraran ladrones en sus casas o les atracaran por la calle.
Parecen confiados. Me sorprendí el otro día, cuando Monique me dijo que si necesitaba algo, solo tenía que entrar a la casa de la familia de enfrente, que la puerta estaría abierta. Con solo explicarles quién era, me acogerían y me darían lo que necesite. La puerta abierta… eso en España es impensable. A no ser que vivas en un pueblo pequeño del campo, con pocos habitantes, jamás harías eso. Pero aquí, parece ser que la gente piensa diferente.
Pedí un batido de fresa y plátano, con nata, por supuesto. Me senté en una mesa para dos, justo delante de uno de los ventanales, desde el que podía ver la calle.
Tenía ganas de hablarles a mis amigas, de decirles dónde estaba en ese momento. Tan solo habíamos intercambiado un par de correos, pero poco más. Y a veces las echo de menos, parece que las necesito. Me asusta la idea de tener que conocer gente en el instituto. Es difícil para mí, casi imposible.
Dos mesas más allá había una pareja discutiendo. Un chico y una chica, al parecer de mi edad, más o menos. Hablaban en un tono de voz alto, casi gritando. El chico parecía disculparse de algo, típico. Pero a ella no parecía importarle lo más mínimo, lo que él decía. Tan solo lo miraba con odio, muy enfadada. De pronto, la chica le pegó un chillido más alto de lo normal, las pocas personas que había, comenzaron a murmurar sobre lo que ocurría, y el chico salió casi corriendo de allí.
La gente pronto dejó de murmurar y siguió hablando de sus cosas.
La chica parecía realmente afectada, ya estaba llorando. Me fijé un poco más en ella, detenidamente. Tenía el pelo por el hombro, muy liso y de un negro muy oscuro. Parecía ser algo hippie. Llevaba una trenza más larga que su propio pelo, probablemente postiza. Rodeada con hilos de colores. Vestía unos vaqueros cortos desgastados, una camiseta sin manga de colores vistosos, a conjunto con un pañuelo anudado al cuello. Un bolso de tela, éste totalmente hippie, le colgaba del hombro.
Parecía realmente desesperada en ese momento. Miraba de un lado a otro nerviosa, y yo no podía dejar de mirar hacia donde ella estaba.
De pronto, echó a andar hacía la puerta, y yo la seguí con la mirada. Pero cambió de opinión y cuando estaba a punto de salir por la puerta, se acerco a mí y se sentó en mi mesa, en la silla que tenía enfrente.
Me quedé impresionada, sin saber que hacer o decir. Ella estaba impasible, con la cabeza entre las manos. Sacó un pañuelo de su bolso y se limpió la nariz de una manera un tanto estruendosa.
Seguí mirándola con los ojos bien abiertos por la sorpresa, mientras ella seguía mirando hacía algún lugar más allá, pensativa.
De pronto, comenzó a hablarme, ya más calmada.
-Es un cerdo. ¿Sabes lo que me ha dicho ahora? ¡Que lo siente! Joder, ¡Que lo siente! Después de todo… ¿Cómo puede ser tan capullo? –dejó de hablar por un momento, intentando calmarse. Yo estaba estupefacta, totalmente. Venía aquí, a mi mesa, como si me conociera de toda la vida, contándome los problemas con su novio, o quien quiera que fuese.
–Lo siento, estoy muy nerviosa.
June, así me llaman. –Alargó su mano hacia mí con una sonrisa forzada en los labios. Intenté sonreír también y alargué la mía hacia ella. Juntamos las manos como en la típica película.
–Rebeca. Así me llaman a mí. –June volvió a sonreír, mucho más calmada, y me miro con curiosidad, de arriba abajo.
-¿No eres de aquí, verdad? Tu acento… es diferente.

Perfecto, ¿Tanto se notaba, con solo pronunciar dos palabras? Intenté parecer lo más simpática posible.
-No… Yo, estoy aquí por una especie de intercambio. Bueno, realmente no es un intercambio, porque no viene nadie a mi casa después.
Pero yo si que paso un año aquí –June sonrío otra vez, parecía divertirse fácilmente –Ahora vivo… con otra familia, americana.
-Has elegido un buen destino… Nueva York, chica lista –dijo, guiñándome un ojo de una manera un tanto cómica –Este sitio es genial, el mejor del mundo. Solo te aconsejo una cosa: nunca te fíes de los tíos de aquí, es una advertencia que te será muy útil. Como este tipo con el que estaba discutiendo hace un momento… ¿Sabes que? Me pone los cuernos con una guarra pelirroja, y después me dice que lo siente, que no le importó nada. ¡Que no le importó nada! Joder, ¡Pero a mí si! Osea, que ahora te tiras a la primera pelirroja que te pasa por delante, y después le dices a tu novia que no te importó, que todo sigue igual. ¿Sabes que te digo? ¡Una mierda! Estoy realmente harta de esos tíos. ¿Me has entendido? Quiero decir si… hablo demasiado rápido para que puedas entenderme, si te estoy aburriendo con mis historias…
Yo seguía mirándola con los ojos abiertos como platos, sorprendida. Sabía que la gente de España era espontánea, por lo menos la mayoría, pero creía que esta espontaneidad no se podía superar. Y en cambio, llega una chica totalmente desconocida, en un país totalmente desconocido, en un continente más desconocido aún… y se sienta a contarme sus problemas sentimentales, nada menos.
Ella estaba esperando una respuesta por mi parte, así que me esforcé al máximo por encontrar algunas palabras.

-Eh… Si, bueno, me cuesta un poco entenderte, pero supongo que tendré que acostumbrarme, la gente no se acordará siempre de hablarme más despacio…
Y no me aburres, lo que sea menos aburrirme. –Le sonreí, y ella me devolvió la sonrisa. Tenía los ojos negros, totalmente negros. Era casi sorprendente. –Además, llevo unos días un tanto aburrida, devorando libros en el jardín, y es bastante entretenido que una chica desconocida se siente conmigo y empiece a contarme sus problemas –Pensé que quizá se lo tomaría mal, pero me equivoqué, porque esbozó una sonrisa mucho más amplia que las anteriores, dejando ver unos dientes perfectos y blanquísimos.
-Me has dado hambre. Voy a pedirme un batido –Levantó la mano para llamar a la camarera, y enseguida se acercó una chica bajita, la misma que me había atendido a mí. –Uno de chocolate con leche y nata montada encima, por favor. –Ese es mi batido favorito, soy como una adicta al chocolate, es una droga para mí.
-También es mi favorito, pero pedí este por cambiar un poco.
-Se llamaba Law, y era mi novio. Llevábamos seis meses justos. Teníamos una buena relación, bueno, es un poco mayor que yo, pero nos entendíamos bastante bien. Le conocí… Yo trabajaba paseando perros, era voluntaria de una perrera. Los bañaba, les de daba de comer, los paseaba… En fin, las típicas cosas de perros. Un día estaba andando por la calle y ¡zas! Me topé con él. Supongo que sería uno de esos flechazos de los que habla la gente, en realidad no lo sé.
Empezamos a hablar, tanto rato que llegué tarde a la perrera, y me echaron una bronca de narices por devolver tarde a los perros. No sé por qué pero me dio su móvil, y le mandé un mensaje diciéndole que me habían echado por su culpa.
Era mentira, pero supongo que lo hice para que me invitara a cenar o algo así.
Y… me invitó a cenar. Esa misma noche. Fuimos a una pizzería cerca de Manhattan, cenamos, charlamos, nos besamos y… me invitó a su casa, no muy lejos de allí. Pero no creas que hicimos nada ¡eh! ¡No! Antes muerta que hacerlo con uno la primera noche.
Pasé más tiempo con él, y unos días después empezamos a salir.
Era el chico perfecto para mí, estaba muy enganchada, quizá demasiado. Le encantaban los animales como a mí. Solíamos hacer fotos a algunos de ellos, con una cámara genial que tenía él.
¡Hasta lo llevé a mi casa! Imagínate, el panorama. Creo que se pensaron que estaba embarazada o algo de eso, y por eso me presenté allí, para decirles algo así como: “Querida familia, estoy embarazada. Él es Law, mi novio, y nos vamos a casar en Las Vegas, tan pronto como podamos. Lo siento, pero no vais a poder hacer nada para impedírnoslo”.
Me reí ante la broma. La verdad es que era una chica graciosa y bastante simpática. Y sobre todo: extrovertida.
-Pero bueno, tuvo que terminar. Supongo que todo lo bueno termina tarde o temprano –Dio un sorbo largo a su batido y me miró después, pensativa. Parecía estar pensando decirme algo –Tú… ¿Te has enamorado alguna vez?

Una expresión amarga me cruzó el rostro. Intenté evitarlo, pero creo que me fue imposible. Creó que me entendió, porque intentó arreglarlo rápidamente.
-Lo siento, de verdad. No tenía que habértelo preguntado. A veces soy bastante… estúpida. Me meto donde no me llaman. No tienes por qué contármelo si no quieres. Es más, ya no quiero que me lo cuentes.
-No te preocupes, no pasa nada. Debería poder contártelo, pero la verdad es que me cuesta… No suelo contar esas cosas.
Quizá soy rara por ello, pero es muy difícil para mí.
-¡La rara soy yo! ¡Rara y cotilla, además! No debería preguntar cosas así a gente desconocida. –Se carcajeó –Te habré asustado, seguro. Ya te imagino corriendo a tú casa para decir que una chica loca y despechada te ha empezado a hablar de su novio…
-No, créeme. No lo haré. –Sonreí –Creo que tengo que irme. Es tarde ya, y no le he avisado de que me iba a dar una vuelta.
-¿Avisar? ¿A quién?
-A mi madre adoptiva. Monique.
Se rió ante ese término y nos levantamos de la mesa, dispuestas a salir ya por la puerta. Pagamos los batidos y me iba a despedir de ella, cuando sonó su teléfono.
Miró la pantalla y sobre su rostro se cruzó una expresión de triunfo.
-Ajá. Lo sabía. Es él, Law. Lo siento, tengo que irme. A lo mejor nos volvemos a ver algún día.
-Eso espero. –Fue lo único que pude decir, porque desapareció corriendo por la calle de al lado.
Que chica tan… interesante. Sí, puede parecer un poco rara al principio, pero es solo extrovertida y enérgica. Me sorprende.
No estaría mal volver a verla y hablar otra vez con ella. Hace que desaparezca mi soledad, ahora que aún no conozco nada.
Seguí caminando por la acera, camino de mi casa, riéndome por dentro de una situación tan… divertida.



“La totalidad de este libro está registrada por su autor. Cualquier intento de copia se considerará una violación de los derechos de Propiedad Intelectual del autor”.

martes, 26 de julio de 2011

Capítulo 6

Sigo encogida sobre mi misma, apoyada en la puerta. Tengo la cabeza agachada, apoyada en las rodillas, y ya respiro más tranquilamente. He conseguido hablar con mi madre. Han contestado a mis e-mails rápidamente. Parecía que estaban esperando delante de la pantalla del ordenador a que les mandara alguno.
Todos están bien, la vida sigue normal para ellos. El trabajo, la casa, la rutina… Está terminando el verano, pero allí aún hace calor. Todavía es septiembre, pero quizá a mediados de octubre venga el frío de verdad.
Casi he conseguido olvidar el terrible episodio que he pasado hace más de media hora. Ya no siento esa vergüenza que me aprisionaba el pecho hace apenas unos minutos. Ahora me siento como un globo desinflado, sin aire y sin nada. Tengo mucha hambre. No me sienta bien eso de saltarme las comidas.
Oigo el motor de un coche en la calle, y me levanto corriendo para asomarme a la ventana. Es Monique. Se apea del coche y se dirige hacia la puerta cargada con bolsas. Pienso en ayudarla.
-¡Hola Monique! ¿Quieres que baje a ayudarte con las bolsas?

Mira hacia arriba y me sonríe.
-No te preocupes, ya puedo yo. –Y desaparece por la puerta de entrada. Por fin. Por fin ha llegado, ya no me siento tan mal, sino más segura.
No sé si él se ha ido o sigue en su habitación. No sé que era lo que tenía que hablar tan urgentemente con su madre, aunque la verdad es que siento cierta curiosidad.
Me asomo a la puerta, dispuesta a bajar a la cocina, y justo en ese momento la veo subir por las escaleras.
-Rebeca –me sonríe con amabilidad. –Justo ahora venía a buscarte.
-Y yo justo ahora iba a buscarte a ti.
Suelta una carcajada poco ruidosa.
-¿Quieres ayudarme a preparar la comida? No te he preguntado si te gusta cocinar…
-Sí, cocinar está bien. –Miento lo mejor que puedo. Hay pocas cosas que odie más que cocinar. Pero solo quiero despejarme y hablar con alguien.
Le sonrío. –Me muero de hambre.
Bajamos hacia la cocina y comienza a vaciar las bolsas del supermercado, y a colocar todo sobre la encimera.
-¿Qué te apetece comer? No sé lo que te gusta… ¿Quizá algo de pasta?
-Sí, la pasta me encanta. No te preocupes por que cocinar, me gusta prácticamente todo.
-Toma esta olla. –Dice, poniéndome una olla en la mano. –Llénala de agua.
Abro el grifo de la pila a tope y lleno la olla.
-Ya está. –Digo, poniéndola sobre la vitrocerámica.
-Vale, ahora los macarrones. –Dice, buscando en el armario de la cocina.
Pienso en como sacarle el tema, necesito hablar con ella y preguntarle sobre Mark. Preguntarle, de una manera no muy brusca, qué es lo que tiene en contra de mí. Opto por el camino más fácil.
-Monique. –Digo con una voz que pretende restarle importancia a mis palabras. –El otro día me dijiste que Mark estaba en una edad difícil, que no hablabais mucho…
Sigue haciendo el sofrito de la pasta, y sonríe sin mirarme. No parece molesta, así que sigo con mi tema.
-Es que verás, creo que también demuestra esa etapa conmigo… No sé es como si, si le molestara o algo. No parece muy contento con mi presencia aquí… Quiero aclarar que no pretendo que te cabrees con él ni mucho menos, ni que le obligues a que se relacione más conmigo… Solo quería contártelo.
Monique sigue mirando el sofrito con tomate, sin decir palabra. Se queda callada durante unos segundos eternos, y después me mira.
-Mira Rebeca, te diré una cosa. –Parece realmente seria. –Mark es un chico difícil, nunca muestra sus sentimientos y trata a casi todas las personas como si tuviera algo contra el mundo, como si alguien le hubiera hecho algo horrible y quisiera vengarse comportándose de una manera muy estúpida.
Yo lo he intentado con él, he hablado con él mil veces sobre el tema, preguntándole qué es lo que realmente le ronda por la cabeza. Qué le he hecho yo, qué le ha hecho su hermana para que trate así a su familia… Pero nunca he conseguido que hable conmigo. Es imposible.
Así que no tienes de que preocuparte. Siempre se ha comportado así con casi todo el mundo, excepto con sus amigos y esa novia suya… Traci.
Con su hermana es igual, en el fondo creo que si se marchó a Canada fue en parte porque estaba harta de la relación que tenía con su hermano.
No dejes que te afecte lo que él pueda pensar sobre ti. Tú has venido aquí para disfrutar, vivir experiencias… no dejes que esas experiencias se vean afectadas por algo tan insignificante para ti.
Me quedo asombrada con su franqueza. Es realmente consciente de todo lo que ocurre, y no intenta maquillarlo o tratarlo como un tema tabú. Yo también he considerado siempre que las cosas hay que tratarlas y hablarlas. No puedo más que responder:

-Gracias.
Y seguimos como si nada, cocinando, ajenas a todo lo que hay a nuestro alrededor, olvidándonos del tema de conversación que acabamos de terminar. Y eso me gusta y me hace sentir bien. Por lo menos hay alguien que me comprenda. Si, tiene razón. Yo he venido aquí a disfrutar y no voy a dejar que nadie me estropee mi año. Siempre he soñado con esto, vivir aquí, en Nueva York. Llevo años pensando en esto cada noche, sin conseguir pegar ojo hasta muy tarde. Y ahora puedo tocarlo, está al alcance de mi mano. Lo tengo, y lo voy a disfrutar.
Monique interrumpe mis pensamientos.
-Esta misma tarde nos vamos a Manhattan. No trabajo y aún te quedan unos días para empezar el instituto, así que tienes tiempo para conocerlo todo. Te va a encantar. Es increíble, una ciudad mágica. No vas a poder dejar de mirar al suelo la primera vez que vayas, pero te acostumbrarás.
–Deja de cocinar por un momento y me mira, sonriéndome. – ¿Has traído la maleta muy llena?
-Bueno, teniendo en cuenta que me quedo un año… Pues sí. –Me río.
–Creo que ya sé porque me lo dices, comprar aquí es increíble y las tiendas más ¿no?
-Si, pero tienes que saber comprar. Y yo sé, llevo toda la vida viviendo aquí y he aprendido. –Sonríe. –Te va a encantar, estoy segura. Creo que Macy´s es para ti.
-Hmm Macy´s… Genial, siempre he soñado con ir a esa tienda. Yo, comprando en Macy´s, con un montón de bolsas en las manos…

Suelta una carcajada.
-Vamos a parecer las chicas de Sexo en Nueva York. Yo soy Carry ¿eh?
-Bien, esa quería ser yo… En ese caso seré Samantha.
Seguimos bromeando y riéndonos, y consigo olvidar todas mis preocupaciones, realmente me siento muy a gusto hablando con ella. De pronto, irrumpe Mark en la cocina, y se apoya en el arco de la puerta, parece que va a salir.
-Voy a comer a casa de Tracy –Dice, apenas mirándome. –Volveré por la noche.
-Ah, creía que te quedabas a comer… bien. Nos vemos luego. –Monique vuelve a llamarlo justo cuando está a punto de salir por la puerta. –Mark, vamos a ir después a Manhattan, quizá volvamos tarde.

Contesta con un simple gesto de cabeza y acto seguido sale por la puerta.
-Siempre es así de simpático, ya te lo he dicho, no te preocupes.
Supongo que tendré que hacerle caso, al fin y al cabo ella es su madre, y la que lo conoce de verdad, y lo soporta todos los días…
Y a partir de ahora, yo también. Para mi suerte o mi desgracia.
-Esto casi está… Voy a poner la mesa.
-Puedo hacerlo yo. –Insisto. No quiero que piense que no intento ayudarla.
-Está bien, busca las cosas en los armarios, tendrás que acostumbrarte.
–Sonríe.

Pienso en la forma de hacerle esa pregunta, que ha estado rondándome por la cabeza toda la mañana. Es simple curiosidad, siempre me han interesando las cosas que pasan a mi alrededor, siempre he sido muy observadora, quizá demasiado.
Nunca me ha gustado considerarlo “cotilla”. Odio esa palabra, hasta en inglés. “Gossip” suena enormemente ridículo.
Abro todos los armarios en busca de cubiertos, servilletas y unos mantelitos pequeños para poner la mesa. Voy encontrando cosas y colocándolo todo encima, mientras que sigo dando vueltas a la cabeza, buscando una manera de abarcar el tema.
-Oye Monique. –me giro y la miro durante un instante. Luego bajo la mirada. –Me gustaría hacerte una pregunta, ¿Puedo?

Monique sonríe para sus adentros y sigue colocando la pasta con tomate en los platos.
-Claro, dime. Aunque la verdad es que ya lo has hecho… has dicho ¿Puedo? –Sonrío ante un chiste tan malo como ese. Y ella también reprime una carcajada. Sin duda alguna, solo quiere hacerme sentir cómoda.
-¿Qué era eso tan importante que tenías que decirle a Mark? No quiero parecer cotilla, pero es que ha sido simple curiosidad... –Intento arreglarlo, pero creo que no lo consigo.
-No te preocupes, puedes preguntarlo, en realidad no tiene verdadera importancia. –Se acerca a la mesa y coloca los platos, para después sentarse y comenzar a comer. Huele bastante bien. Me meto un macarrón en la boca y la miro, esperando una respuesta. –Verás, el padre de Mark, Paul, vive a unos sesenta kilómetros de aquí, en una especie de… rancho. Danielle va a verlo una vez al año, o quizá dos, cuando pasa por aquí. Pero Mark suele ir más a menudo, cada dos semanas más o menos. Paul está casado con otra mujer, Tiffany. Es una pintora bohemia, veinte años más joven que él… ya te la puedes imaginar. –Intento no reírme. Claro que me la imagino… ¿Quizá una “roba-maridos”? Por el tono con el que habla Monique, así parece ser. Bah. Tampoco me interesa lo más mínimo.
-Mark va allí de vez en cuando, está con su padre un par de días y vuelve. No pasa mucho tiempo con él, a Tiffany no le gustan las molestias ya sabes… Necesita mucha concentración para pintar, se pasa el día en el estudio. –Imita su voz haciendo falsete. Esta vez no puedo evitar reírme.
-Paul le deja a Mark hacer lo que le da la gana, y cuando le da la gana. No tiene normas en su casa. Estoy segura de que Mark lleva siempre a Tracy y duerme con ella en su habitación. A su padre no le importa para nada. Es así de liberal. Quizá fue eso lo que me enamoró de él… Pero bueno, eso es otra historia.
El caso, la razón por la que tenía prisa por hablar con Mark… Como ya he dicho, nada importante. Su padre le prometió hace más de un año comprarle una moto… Bueno, más bien restaurarle una antigua. Creo que es una “Harley Davison”… No estoy muy enterada. –Guau, un tío con mucha suerte. –Y esta mañana llamó para decirme que ya estaba lista y que podía ir a recogerla mañana mismo, por eso tenía prisa por hablar con él, hace planes tan rápido… Que nunca se sabe.
No es que a mi me haga mucha gracia que vaya con la moto esa, en realidad no me hace nada de gracia. Pero bueno, por una vez su padre ha de intervenir. Él ya tiene el coche… Pero prefiere la moto. –No es de extrañar… Una “Harley” a los dieciocho. Joder, que bien viven algunos.

-¿Tiene coche? ¿Dónde lo aparca? No lo he visto…
-Bueno, es que lo aparca en la parte trasera, al otro lado del jardín. No puedes verlo desde la ventana de tu habitación.
-Ah.
-Y ahora se ha ido a comer a casa de Traci. –Se levanta y coloca los platos en el lavavajillas. –Nunca me ha gustado esa chica. Esto te sonará a película: es la jefa de las animadoras, en el instituto. –Sí, de película americana total. –Y Mark es el capitán del equipo de béisbol. También te sonará a película ¿eh? Pero aquí las cosas son así.
-A mi me gustan así, es como estar en pleno rodaje. –Que broma más mala, pero lo hago para quitarle hierro al asunto. Aunque parece que Monique tiene ganas de hablar.
-No es que haya hablado nunca con ella, un par de veces… Pero me parece la típica rubia tonta, sin cerebro. –Discrepo. Típica rubia, si. Típica animadora. Pero de tonta nada, listilla de verdad.
-No sé, no quiero tampoco agobiarte con mis problemas…
-No te preocupes, siempre me ha gustado escuchar a la gente. –Sonrío. Es verdad. No sé porque, pero la gente siempre me cuenta sus problemas, aunque me conozca poco. Pienso en Alex, por un momento.
-Y a mi me gusta hablar contigo. –Sonríe. –Sube a tu cuarto y recoge lo que necesites. Vas a ver Nueva York, la ciudad de verdad. La de las películas.

Esa idea es… terriblemente tentadora y… genial. Absolutamente increíble. Subo las escaleras de dos en dos y entro en mi habitación casi sin aliento. Cojo mi bolso y meto algunas cosas: mi libreta y un boli, nunca se sabe cuando puedes encontrarte un famoso… Mi cartera con algo de dinero, pañuelos, mi móvil, aunque no creo que me sirva de mucho. Voy al baño y me lavo los dientes más rápido que en toda mi vida. Estoy emocionada… Por fin. Entro por última vez a mi habitación y me aseguro de que la cámara esté cargada. Estoy segura de que la voy a necesitar. Nunca salgo sin mi cámara… Pero esta vez es un momento mucho más importante. Quizá me falte memoria para hacer todas las fotos que tengo pensado hacer…



“La totalidad de este libro está registrada por su autor. Cualquier intento de copia se considerará una violación de los derechos de Propiedad Intelectual del autor”.

lunes, 25 de julio de 2011

Capítulo 5

Un rayo de sol se filtra por la ventana, rozándome la cara. Me aporta cierta calidez, a la vez que me hace cerrar los ojos con más fuerza. La persiana está casi cerrada, tan solo se filtra el calor del sol por unas cuantas rendijas que han quedado abiertas. Tengo los músculos contraídos y los huesos agarrotados. Parece que he dormido encogida sobre mi misma. Me duele la mandíbula, quizá sea de tanto apretar los dientes.
No quiero levantarme. Me pasaría todo el día en la cama. Miro el reloj despertador que hay sobre la mesita, un clásico despertador que emite el típico “riiiiinnnnggg”. Son las once y media. No oigo a nadie, probablemente habrán salido, lo pienso, y por una parte deseo que haya sido así. Pego la oreja a la pared, pero al otro lado no hay nada, ni un solo murmullo. Quizá aún esté durmiendo. Bah, me da igual. Me levanto de la cama de un salto y me pongo mis chanclas de Snoopy. Me duele el cuello, creo que he dormido en una mala postura. Abro la persiana y la ventana, para dejar que se ventile la habitación. No hay nadie en el jardín, y los vecinos de enfrente tampoco dan señales de vida. Rebusco en mi armario en busca de algo de ropa cómoda, decantándome por unos vaqueros cortos y una camiseta de tirantes azul claro. Cojo mis converse azules y toda mi ropa y abro la puerta con mucho cuidado. Está oscuro, tan solo la luz provinente del piso de abajo ilumina un poco. Me dirijo hacia el baño y me meto en la ducha. Lo necesitaba. Necesitaba una ducha, y mejor si es fría.
Me pongo debajo del grifo y lo abro a tope. Un torrente de agua fría me moja el pelo, baja hasta los pies y desemboca en el desagüe. Intento reprimir un grito causado por la impresión del agua helada.
Poco a poco se me van aclarando las ideas, lo veo todo con más claridad. Tengo ganas de cantar, pero me reprimo, por miedo a que él pueda oírme si está en su habitación. Está claro que en esta casa las paredes son de papel. Me enjabono el pelo con mi champú de lavanda. Huele bastante bien, es relajante.
Asomo el brazo por la cortina, en busca de mi toalla. Salgo de la ducha con cuidado y me miro al espejo. Tengo mejor cara. Los ojos ya no se ven cansados, llenos de pequeñas venas rojas formadas por el agotamiento. Ahora son simplemente marrones, como siempre lo han sido, y las ojeras ya casi han desaparecido. El pelo me cae largo sobre los hombros, perdiéndose en mi espalda. Quizá esté ya demasiado largo. Bah, de todas formas tampoco importa. Me peino y me hago la ralla a un lado, después me visto y me pongo un poco de maquillaje en los ojos. No excesivamente, nunca me ha gustado mucho ir demasiado maquillada.
Voy a la habitación y coloco toda la ropa en su sitio, hago la cama, y me asomo a la ventana. Fuera hace un día bastante bonito. El cielo está azul y el sol brilla, sin una nube alrededor. Quizá haga demasiado calor. Cierro los ojos y dejo que la poca brisa que corre me dé en la cara y me seque el pelo mojado. Y me quedo así durante unos minutos, apoyada en el alféizar y respirando el olor de ese nuevo lugar.
De pronto, veo un coche que viene por el final de la calle, dobla y para justo delante de la puerta. Es un volkswagen escarabajo rojo, descapotable.
Dentro hay una chica joven, más o menos de mi edad. Es realmente guapa. Su pelo, rubio oscuro casi rojizo, le cae por los hombros y le llega casi a la cintura. Rizado y brillante. No alcanzo a ver sus ojos, unas enormes gafas se los cubren. Lleva unos leggins rojos hasta los pies, muy apretados, a juego con una camiseta roja de tirantes. Un pañuelo con dibujos rojos y blancos le cuelga del cuello. Sale del coche con un movimiento casi elegante, y puedo ver las plataformas de cuña con las que logra caminar. Estoy preguntándome quien es esa chica, no entiendo que hace ahí aparcada, cuando sale Mark por la puerta.
La chica, al verlo, se le abalanza y le coge del cuello, besándolo con una pasión que resulta un tanto… fuera de lugar. Él le responde al beso y acto seguido la coge de la mano y la conduce hasta el interior de la casa.
Dios. Van a entrar. ¿Dónde está Monique? Estoy segura de que no está en casa, no es posible. Viendo como me hablaba ayer, y lo que pensaba de la relación de su hijo con… esa chica, no es posible que esté cerca.
No se que hacer. Debo bajar, comprobar si está en la cocina. Quizá esté esperándome para el desayuno, ya son más de las doce. En su caso, quizá vayamos a comer ya. Intento oír a través de la puerta de mi habitación, pero no consigo escuchar nada. Quizá no estén, quizá se hayan ido andando por la puerta trasera. Pero, no es posible. Yo los he visto entrar. Me quedo quieta en el sitio, aún escuchando a través de la puerta. Espero durante unos segundos que se me hacen eternos.
Tengo que salir. Tengo que comprobar si Monique está abajo, ellos ya se han ido. No pueden seguir aquí, sino ya habrían subido a la habitación. O quizá hayan decidido hacerlo en el salón. Bah, nunca lo sabré si no salgo.
Me armo de valor y respiro hondo, llenando mis pulmones de aire. Giro el picaporte con cuidado y asomo un poco la cabeza, apenas unos centímetros.
De pronto, oigo pasos que se aproximan. Vienen de la escalera. Asomo un poco más la cabeza, intentando ver si son ellos. Justo en ese momento, veo a Mark y a su novia subir, rápidamente. Él la lleva en brazos, y la besa enloquecido, casi parece desesperado. Ella no lleva puesta la camiseta. En su lugar lleva un sujetador negro de encaje con bordados rojos. También lo besa, con una pasión demasiado difícil de describir. Lo tiene agarrado del cuello con fuerza, y le susurra palabras al oído, como intentando… joder, ponerle cachondo. Lo coge del pelo, casi con rabia, con deseo. Están en pleno momento y yo estoy aquí, mirando. Una vez más, me siento una intrusa. Quiero cerrar la puerta y esconderme en un rincón de la habitación, pero si me muevo ahora sabrán que estaba espiándoles. Aunque realmente no lo estaba…
Unos escalones más y ya están arriba. Mark la deja en el suelo, y entran corriendo a la habitación. Desesperados. Lo último que puedo ver es una camiseta azul que vuela por los aires y se detiene frente a mí, cerca de mi puerta.
Estoy sorprendida. Estos no se cortan un pelo. Yo jamás haría algo así en mi casa, sabiendo que puede entrar mi madre en cualquier momento. Tan solo pensar en esa idea me hace enrojecer. No sé si de vergüenza o rabia. Estoy harta de tener que esconderme de él, de intentar no molestar y pasar desapercibida. Y ahora estoy aún más cabreada por ver lo que he visto, tendré el sentimiento de culpa de no contárselo a Monique. Sé que no es asunto mío, que no me importa para nada, que no debería haberme asomado y menos verlos. Pero si Monique me preguntara algo… Yo a él no le debo nada, no tengo por que cubrirle las espaldas. Lo único que ha hecho en menos de veinticuatro horas es de todo menos hacer que me sienta bien… Parece que me odie.
Salgo de la habitación y cierro la puerta de un portazo, como queriendo demostrar que estoy aquí. Se oyen sus respiraciones y sus voces, apenas susurros, al otro lado de la puerta. Me paro por un momento en medio del pasillo, pero acto seguido bajo las escaleras de dos en dos, cada vez más irritada. Me aproximo a la cocina y miro de un lado para otro, buscando a Monique. Todo está perfectamente ordenado y allí no hay nadie.
Suena algo. Riiiiiiiiiiiiiiinnnggg. Un teléfono. Es en la cocina, el que está colgado de la pared, junto a la nevera. Me quedo quieta en el sitio, esperando a que lo coja él. Uno, dos, tres veces suena, pero nadie lo coge. Quizá sea algo importante. Me aproximo y lo cojo.
-¿Sí? –Pregunto, esperando ansiosamente que sea Monique.
-Rebeca, ¿Eres tú? –Es ella. Exhalo un gran suspiro y tiro todo el aire de golpe por la boca. –Hola, ¿Cómo te has levantado?
-Bien gracias, estaba muy cansada.
-Lo entiendo, te has levantado muy tarde, casi a la hora de comer. –Se ríe al otro lado del teléfono. –Bueno, en tu caso no, pero aquí comemos a esta hora.
-Lo sé, creo que me voy a saltar el desayuno.
-Si, será lo mejor. He salido al supermercado, ayer no tuve tiempo de ir a comprar, como te dije. ¿Está Mark? Le he llamado al móvil unas cuantas veces, pero no lo coge.
Mark. El móvil. Me entran unas ganas tremendas de reírme, de dar una carcajada. Como te lo va a coger si está…
-¿Rebeca? ¿Sigues ahí? –Vuelve a preguntar.
-Si, si estoy.
-Pásamelo por favor, tengo que decirle una cosa.
-Es que no sé si… No sé, si ahora… Si en este momento se puede poner.
Joder, que mal miento. Me estoy poniendo nerviosa. Empiezan a sudarme las palmas de las manos.
-¿Por qué? Mira, da igual, aunque esté con la música. Que deje por un momento de hacer lo que está haciendo y que se ponga. –Su voz parece mucho más dura de lo que creo que pretendía. –Por favor.
-Está bien, iré a llamarle, un momento.
Por un instante pienso en la idea de colgar el teléfono y decirle después que se cortó, misteriosamente. Pero no, esa no es la salida. Podría volver a llamar y tendría que cogerlo. Además, parecía que de verdad necesitaba hablar con él, de lo contrario habría esperado hasta llegar, creo yo.
Pero no puedo llamarle ahora, no puedo, ¿Cómo voy a irrumpir en la habitación, ahora que está con su novia…? Sería demasiado. Demasiado vergonzoso y ridículo. Me odiaría aún más.
Pero Rebeca ¿A que vienen tantos remordimientos? Ve allí arriba y avísale, ahora mismo, su madre está esperando al otro lado del teléfono, y si no te das prisa va a pensar que eres estúpida, que no eres capaz de hacer una cosa tan simple. Tan simple.
Dejo el teléfono sobre la encimera y corro hacia el piso de arriba, subiendo las escaleras de dos en dos e intentando hacer el máximo ruido posible.
Por un momento parece que no se oye nada al otro lado. Intento llamarle, pero solo soy capaz de emitir un susurro apenas audible.
-Mark. Mark, tu madre…
Así no terminaré nunca. Me acerco a la puerta y toco con los nudillos, lo más fuerte que soy capaz. Nada. No hay respuesta. Levanto la mano para tocar de nuevo, pero entonces la puerta se abre de golpe y aparece esa chica. Prácticamente desnuda, tan solo lleva bragas y sujetador. Tiene el pelo alborotado y enmarañado sobre la cara, y la expresión de su cara indica sorpresa y curiosidad. Me mira fijamente, sin bajar la mirada ni un segundo, con una ceja enarcada y una sonrisa maliciosa en los labios.
-Hmm. Tú debes de ser…
-Rebeca. –Apenas puedo respirar. El corazón se me va a salir por la boca en cualquier momento. Me arden las orejas, siento la cara ardiendo, roja de pura vergüenza, creo que todo mi cuerpo va a explotar de un momento a otro. –Lo siento, pero es que ha llamado la madre de Mark, y parecía…
-¿Importante? –Termina mi frase con una sonrisa aún más burlona en el rostro. –Amor, tu madre al teléfono.
-¿Mi madre? ¿Pero que…?
Oigo como se levanta de la cama, sus pisadas sobre la moqueta, apresuradas.
-Me voy ¿Vale? Nos vemos esta tarde en mi casa. A las cinco. Te espero. –Coge su ropa rápidamente del suelo de la habitación y, acto seguido, le da un beso largo en los labios, para luego desaparecer corriendo escaleras abajo. Pero antes, me sonríe forzadamente, aguantando la risa. Haciéndome sentir… ¿Ridícula?
Mark la mira bajar por las escaleras, con una expresión de visible irritación en el rostro. No lleva camiseta. Por suerte, si lleva pantalones. Pero la ausencia de camiseta deja ver su torso desnudo, perfectamente bronceado y marcado. Se podría decir que… tiene tableta. Joder, pero si está muy bueno, la verdad. No puedo parar de mirar, no puedo levantar la cabeza, siento demasiada vergüenza como para mirarlo a los ojos.
No sé que hago pensando en eso ahora mismo. Levanto la cabeza y lo miro, directamente a los ojos. Parece cada vez más enfadado, casi fuera de sí. Sus ojos azules centellean, rabiosos. Tiene los puños apretados, y la mandíbula tensa. Me mira por última vez, con un odio infinito e indescriptible, me aparta con la mano, con un simple empujón; y corre escaleras abajo.
Yo me quiero morir. Corro hacia mi habitación y cierro la puerta detrás de mí. Me siento apoyada en ella, rodeándome las rodillas con los brazos. Cierro los ojos con muchísima fuerza y aprieto los dientes, creyendo que así esa sensación puede abandonarme antes.
Nunca había sentido tanta vergüenza en toda mi vida. Nunca. Bueno, quizá cuando… No. Nunca. Es imposible. Indescriptible, lo que siento.
Intento hacer una recapitulación de los hechos. Les he visto subir por la escalera, a punto de… casi desnudos. Y luego, no contenta con eso, les he abierto la puerta. Justo cuando estaban en pleno… Bueno, la verdad es que técnicamente la ha abierto ella. Recuerdo su belleza, esos ojos tan azules, que me miraban intensamente, interrogantes. Esa mirada divertida, irónica, que me recorría de arriba abajo, intentando aumentar mi vergüenza. Luego él, que me ha mirado de ese modo. Con tanto odio… Es imposible describir esa mirada, era demasiado fuerte. Si las miradas mataran, yo habría muerto hace apenas dos minutos. Intento apartar esos pensamientos de mi mente, pero no es fácil. Nada fácil.
Me acerco al cajón de la mesita y cojo mi ordenador apple, verde pistacho. Solo quiero distraerme, buscar algo que hacer para no pensar en este momento. Despejarme…
Lo abro, lo enciendo y me conecto a Internet. Busco el msn, lo abro y comienzo con un correo.
Escribo a toda velocidad, intentando no pensar. Quizá mintiendo, diciendo solo la mitad de la verdad. Estoy bien, muy a gusto. Deseando conocerlo todo más a fondo. Sí, estoy perfectamente, todo es fantástico, mejor de lo que esperaba.
Escribo todo esto sin acabar de entender por que me engaño a mí misma de esa manera.


“La totalidad de este libro está registrada por su autor. Cualquier intento de copia se considerará una violación de los derechos de Propiedad Intelectual del autor”.

Capítulos 3 y 4

Capítulo 3

-Hola, yo soy Rebeca.
-Hola Rebeca, yo soy Monique, encantada de conocerte.
-Gracias, igualmente.
Me gustaría hacerle pronunciar mi nombre como lo es en español, con una “r” fuerte, pero no lo hago.
Una presentación un tanto formal, pero supongo que querrá parecer educada. Parece una mujer serena y fuerte, agradable. Y eso me tranquiliza, me da calidez y seguridad.
De pronto se acerca a mí y me abraza, como si llevara tiempo esperándome. Es un abrazo fuerte, con mucha energía. Casi se me cae la mochila que llevo en el hombro, pero respondo al abrazo, mucho más tranquila.
Poco después me mira y me sonríe.
-Deja que te ayude con la maleta, debes de estar agotada.
-Bueno, no te preocupes, puedo llevarla yo.
-No, de verdad, no me cuesta nada –responde aún con la sonrisa en los labios.
-Está bien, pero yo llevaré la mochila.
Caminamos por el aeropuerto, hacia el coche, supongo. No tengo ni idea de nada. No sé si tiene marido, hijos o perro. Nada. Ahora me arrepiento de no haber mirado la hoja de información. Tendría que haberlo hecho y evitar la angustia que me produce el no saber.

-Mark no ha venido. Mark es mi hijo mayor. Tiene dieciocho años. Tengo otra hija, Danielle; pero ella está estudiando en Vancouver y vive allí.
Viene a visitarnos algunas veces.
-Ah, me encantaría conocerla. ¿Cuántos años tiene?
-Veintiuno. Es una chica increíble. Está viviendo sola en Canadá desde que tenía dieciocho años. Estuvo trabajando desde los dieciséis años en una cafetería, para ahorrar dinero y poder ir a estudiar fuera. No gastó ni un céntimo desde que empezó a trabajar. Todo se lo guardó para el futuro. Me dijo que podía darme algo para los gastos de la casa, pero evidentemente me negué.
Luego, dos años después, se fue a miles de kilómetros lejos de casa, a buscarse la vida y a estudiar. Allí buscó un piso con dos amigas que también habían ido con ella; y encontró a Levi, su novio.
Y claro, no creo que vuelva. Se quedará a vivir allí cuando termine la carrera.
-¿Por qué? Nunca se sabe. A lo mejor luego se animan los dos a venir aquí.
Monique sonríe amargamente.
-No creo. La familia de él está allí. Además, a ella le gusta eso. Le encanta Vancouver, está muy a gusto.
No insisto más. Parece que a ella no le gusta hablar de ese tema, por lo que evito hablar más de él.
-Pero bueno, háblame un poco de ti. ¿Has estado alguna vez en Nueva York?
-No, nunca.
-¿Y porque elegiste esta ciudad?
-Pues porque siempre me ha parecido muy interesante. Me gustan mucho las ciudades así, ciudades con vida, en las que se puede hacer de todo.
Aunque nunca haya estado, siempre he querido venir algún día.
Y cuando me ofrecieron la posibilidad de venir aquí, lo elegí. Además, sé que vive mucha gente de fuera, que habla español, así que no estaré muy sola.
-Te va a encantar. Además, Queens es un sitio muy tranquilo. Es precioso, y hay gente de todas partes, prácticamente. Muchos inmigrantes vienen aquí cada año, por lo que puedes encontrar amigos de muchos sitios distintos.
Y sí, mucha gente que habla español, eso también.
Me gusta hablar con ella. Hace que se me olvide en lo que estaba pensando, además, es una mujer muy agradable.
Seguimos caminando por el enorme aeropuerto, hasta llegar al parking.
-Creo que recuerdo dónde he dejado el coche.
Caminamos por ese parking enorme, buscando el coche de Monique. Intento imaginármelo, supongo que será uno de esos familiares.
En efecto.
-Aquí está.
Es un volvo grande, de un color plateado oscuro. El típico coche familiar, con la baca para poner las bicicletas e irte de excursión. Recuerdo las películas americanas, y en la mayoría de ellas aparecen coches como estos.
Monique interrumpe mis pensamientos.
-Es un volvo. No recuerdo exactamente cual, no es que esté muy interesada en los coches. Lo compré hace algunos años, en el año 2003 para ser exactos.
-Está muy bien, es muy grande.
-Sí, al principio me costaba un poco acostumbrarme a conducirlo, pero pronto lo conseguí –dice riéndose.
Quiere que me sienta bien, se le nota. Intenta sacar conversaciones de donde sea.
Abre el coche y mete la maleta en el maletero.
-¿Quieres que también meta tu mochila?
-No, prefiero llevarla en el asiento, mi madre me llamará de un momento a otro.
-Está bien, la entiendo. Debe de estar preocupada. –contesta con una sonrisa de complicidad.
Subimos al coche. Tiene un ligero olor a pino. Ese de los ambientadores, que tanto me gusta. Es ironía, lo odio. Me da ganas de vomitar, pero no se lo digo.
-No entiendo como podéis tener esa valentía, de ir a vivir a un país tan lejano al vuestro, lejos de todo. No entendía a mi hija… Pero en cambio tú eres más joven. ¿Tienes dieciséis años no?
-Si. No creas que yo soy una persona a la que puedas llamar valiente. Lo he hecho porque quería vivir experiencias, alejarme de todo y de todos por un tiempo, y no encontré mejor manera para hacerlo que esta. –Omito la parte de mi amor y su novia.
Aparte, me parece muy interesante venir a vivir aquí.
-Si, eso lo entiendo. Mi hija piensa igual que tú, por eso se fue, no quería estar toda la vida pegada a las faldas de su madre; siempre ha sido una chica muy independiente. –admite con los ojos llenos de orgullo. –Pero Mark, mi hijo, jamás haría una cosa así, creo que es demasiado cobarde.
No es que sea cobarde, y además es muy independiente, pero no sé… No le veo con valor para hacerlo.
-¿Por qué no ha venido? –se lo suelto así, sin ni siquiera pensarlo.
A Monique le recorre una expresión incómoda, o quizá de dolor, por el rostro.
-Lo siento, soy una cotilla, no tenía que haberte preguntado eso. –Intento disculparme.
-No, no te preocupes, puedes preguntar lo que quieras.
Verás, no es que tengamos una relación muy buena, no solemos hablar mucho… Se podría decir que lleva la adolescencia muy mal.
Y hoy, cuando le dije que viniera a acompañarme a recogerte, me dijo que ya tenía otros planes… Así que preferí no insistir.
-No pasa nada, no me importa. –Miento, no sé si bien o mal. En realidad no me importa, pero si que me asusta. Me asusta porque quizá me tiene manía o celos, por haber invadido su casa, su territorio. Seguro que es así, y no es capaz de tragarme.
Avanzamos por una gran autopista, en la que se pueden observar grandes aparcamientos enormes, llenos de coches. Algunos aviones. Una especie de edificios que parecen fábricas, de metal.
De pronto siente la necesidad de desahogarse, de alguna manera.
–Yo me separé de mi ex marido cuando Mark y Danielle eran pequeños. Tenían dos y seis años. Danielle se lo tomó bastante bien, a pesar de ser tan pequeña lo entendió; siempre ha sido muy madura, incluso cuando tenía seis años.
Pero para Mark fue mucho más duro, aún en este momento no lo ha superado. Siempre ha tenido esa espina clavada.
Me sorprende tanta sinceridad. No había conocido persona tan sincera en mi vida. Y el hecho de que me suelte eso de sopetón, me hace sentirme algo incómoda.
Poco a poco el coche aminora la velocidad, y giramos a la izquierda, entrando en una carretera rodeada de casas. Parece que hemos entrado de lleno en el barrio de Queens.

-Esta es la Fleet Street. Recuerdalo, vivimos justo aquí.
Y a continuación gira a la derecha y aparca el coche junto a la acera.
-Hemos llegado. Mark está en casa, le diré que baje a saludarte.
-¿Cómo sabes que está?
-Su ventana. –Contesta mirando hacia arriba. –Está la luz encendida.
Espera, te ayudaré a bajar la maleta del coche.
Bajamos del coche. Es un pequeño jardín, sencillo. Un camino de piedras incrustadas en el césped perfectamente cortado, indica por dónde se va a la puerta de entrada. Frente a él, una valla baja de madera y arbustos que lo rodean. Bajo los ventanales blancos de la planta baja hay unos arbustos y flores de colores.
Hay varios enanitos de jardín en el suelo, junto a una pequeña fuente de mármol. En la acera hay un buzón y un cubo de basura negro.
Monique baja del coche y coge mi maleta.
-¿Te gusta? Es sencilla, pero por esos ventanales entra mucha luz.
-Sí, es realmente preciosa.
-¿Justo como te la imaginabas?
-No exactamente, pero parece una de esas casas que aparecen en las películas americanas. Con chimenea y tejados inclinados… Con ventanas grandes y jardines.

Ella sonríe y se dirige hacia la puerta. Subimos por unas pequeñas escaleras y entramos en la casa.
Las paredes están cubiertas con madera y papel, sustituyendo la pintura. En el recibidor hay una mesita pequeña de madera, con un teléfono, y una caja para guardar llaves.
Varios cuadros de paisajes adornan las paredes. A la derecha está el salón.
Es pequeño pero acogedor. Las paredes son de madera blanca, y están adornadas con multitud de cuadros grandes. En el centro hay un sofá color beige, con varios cojines de colores encima. En el lado opuesto, formando una esquina, hay otro sofá de un color más oscuro. En la esquina de los sofás hay una pequeña mesa de café con unas velas y algunos libros. Enfrente hay una enorme tele de plasma, encima de un mueble de madera oscura. En el otro lado del salón hay una chimenea de ladrillos, y junto a ella una caja llena de leña. Al fondo, una mesa de comedor con cuatro sillas, y detrás, una librería de madera blanca. Encima de la mesa, una gran lámpara negra.

-¿Te gusta? –Pregunta Monique, con una ligera preocupación.
-Si, si… Es precioso de verdad. Justo como pensaba. –Contesto sonriendo.
-Por aquí está la cocina. Puedes ir a verla mientras subo tu maleta a tu habitación y llamo a Mark.
-No te preocupes, puedo subirla yo, no me molesta.

Monique hace como si no me hubiera oído, a pesar de que he hablado alto y claro.
Mi habitación. Mi habitación. Todo esto es tan extraño…
Camino hacia el recibidor y entro en la cocina.
No hay puerta, sino un arco. Está pintada de un color melocotón, y una de las paredes es de ladrillo. Es pequeña, pero está decorada con gusto. En una esquina hay una mesa redonda con un par de sillas. Encima una lámpara color anaranjada. Los muebles de cocina, las encimeras, son de ladrillo, y hay una vitrocerámica y una campana de metal. En la pared hay varios cuadros y un reloj redondo de cristal. Desde una ventana situada junto a la mesa se puede ver la parte trasera del jardín. Hay un columpio para dos personas, junto a un gran árbol.
-Hola. Soy Mark.
Oigo una voz detrás de mí. Pego un respingo, me ha dado un buen susto. Me giro poco a poco, intentando no parecer nerviosa o asustada, y lo veo allí, plantado delante de mí.
No podía ser más guapo… maldita sea. Maldita sea una y otra vez. Es alto, bastante más que yo, aunque eso no sea difícil. Tiene el pelo corto, y negro, y los ojos increíblemente de un azul claro. Lleva una camiseta de manga corta negra, ajustada al cuerpo, que me hace pensar en sus abdominales. Intento no pensar en eso, intento no mirarle de arriba abajo otra vez.

-Hola, encantada. Yo soy Rebeca. –Creo que me he puesto un poco roja. Joder, siempre me pasa… ¿Por qué no puedo actuar con naturalidad delante de un tío bueno?
-Igualmente.
Y acto seguido, sale de la cocina y sube rápidamente las escaleras. Ni una mirada, ni una palabra más de la cuenta. Ni un… “¿Cómo estas?” Nada. Simple cortesía y nada más. Seguro que le ha obligado su madre a saludarme. Comienza a dolerme ligeramente el estómago.
-Ya está tu maleta arriba. ¿Qué tal te ha parecido Mark? –Pregunta, un poco preocupada y con cara de curiosidad.
-Eh… Muy, muy simpático. Si, bueno… Parece ser un chico majo.
-Si, solo tienes que conocerlo un poco mejor… Al principio puede parecer un poco frío, pero es solo una fachada.

Acto seguido se acerca a la nevera, y la abre, buscando algo de comer, supongo.
-Voy a ver que podemos cenar, sino tendré que salir un momento al supermercado. No he tenido tiempo de ir esta mañana, tenía que trabajar. Puedes ir a tu habitación e instalarte si quieres, recuerda que estás en tu casa.
-Muchas gracias. Si, será mejor que guarde la ropa y descanse un poco.
Y con esas palabras, subo por las escaleras de madera, blancas y marrones
claro. Hay marcos de fotos en las paredes, junto a la escalera.
Puedo oír una música altísima en el piso de arriba. Viene de detrás de una puerta. Por un momento, pienso en abrirla, pero pronto borro esa idea de mi mente. Monique aparece detrás de mí.
-Lo siento, no te he dicho cual es tu habitación, ni si quiera te he enseñado el piso de arriba…
Mira, esta es tu habitación. Esa es la habitación de Mark, como podrás imaginar. Suele tener siempre la música a todo volumen. –Después, se acerca a mí y me habla un poco más bajo. –Toca la guitarra eléctrica. Lo hace realmente bien, pero no creo que lo comparta contigo y toque para ti. Es muy suyo.
Bueno, este de aquí es el cuarto de baño, abajo hay otro, detrás de la escalera.
Aquí está mi habitación.
El baño es pequeño, está decorado como si fuera un pequeño barco. El techo es más bajo por una parte que por otra, es decir, está en pendiente. Hay decoración marinera por todos lados. La cortina de la bañera tiene unos dibujos de pequeñas anclas, y en las paredes hay un salvavidas de adorno. Sobre una mesa que hay junto al lavabo, hay una pequeña pecera redonda, con un pez de colores dentro.
Monique se da cuenta de que lo estoy mirando.
-Es Phil. Si, un nombre un poco extraño para un pez. Se lo puso Danielle, la verdad es que nunca he sabido porque.
Aquí, en este armario puedes guardar tus cosas, he vaciado un estante.
-Bien, gracias.
-Ven por aquí. –Dice saliendo del baño. –Aquí está el estudio y mi habitación.
El estudio es más bien una habitación pequeña. Tiene una librería y un escritorio con un ordenador. Encima, un flexo de metal ilumina la estancia. Hay también un gran sillón de piel negra, situado enfrente del escritorio. El suelo es una moqueta, a excepción del salón y la cocina, que tienen el suelo de madera.

-Ven por aquí, te enseñaré mi habitación.
Entramos en una habitación más grande, decorada con unas cortinas verde azulado a juego con la colcha. La cama es bastante grande, y tiene un dosel que la cubre.
A cada lado, hay unas mesas de madera oscuras, y encima unas lámparas y un despertador. Hay un armario situado al otro lado de la habitación, de color crema. El suelo es moqueta, como en el escritorio.
-Es muy acogedora, me gusta mucho, sobre todo el color de la colcha y las cortinas.
-Muchas gracias. –Contesta sonriendo. –Me parece acogedora, por eso me gustan esos colores.
-Si, quedan muy bien.
-Y por último, me queda enseñarte tu habitación. Era la habitación de Danielle, sigue como la dejo, espero que te guste.
Mi habitación. Danielle. Me siento como… una intrusa. Una intrusa que ha invadido lo que no debe.
La puerta de “mi habitación” es blanca. Hay una gran ventana al fondo, junto a un escritorio de madera clara. Una silla de plástico, de color morado, y un flexo también morado en la mesa.
La cama está pegada a una esquina, y tiene una colcha morada, con bordados negros. La moqueta del suelo es también morada, a juego con todo lo demás, al igual que las cortinas. En el techo, una lámpara de papel, con dibujos indefinidos. Al final de la habitación, hay un armario de dos puertas, de color crema. La cama tiene un cuadro encima, un cuadro en blanco y negro, una foto de los rascacielos neoyorquinos. Las paredes son de madera y de tela, con diversas formas de colores oscuros. Están totalmente cubiertas por cuadros, cuadros de Marilyn Monroe a colores, otros con la famosa lata de tomate Campbell´s, y algunos más de taxis de Nueva York.
-¿Te gusta? –Esta vez Monique si que parece realmente preocupada.
-Si, es perfecta de verdad, el morado es mi color favorito. Además, estos cuadros me encantan, no podía ser mejor.
-¿De verdad? –Sonríe alegre. –Me alegro mucho de que te guste, puedes instalarte. Si necesitas cualquier cosa, estoy en la cocina.
-Vale, gracias.
Y acto seguido, sale de la habitación, dejándome sola por primera vez. Lo necesitaba, un poco de soledad. Necesito descansar, estoy agotada. El viaje es realmente agotador.
Me siento encima de la cama, quitándome las zapatillas. Es perfecta. Increíble. Me encanta. Siempre me ha gustado ese estilo, no lo he dicho solo por quedar bien. Ni en mi propia casa he tenido una habitación como esa.
Me tumbo en la cama, apoyando la cabeza en la almohada, y cierro los ojos. Pienso en todo. En lo rápido que ha ocurrido todo. En el viaje, en Alex. En la casa. En la simpática Monique… Y poco a poco, me quedo dormida.


Capítulo 4

Mis ojos se abren lentamente. Está oscuro. La lamparita de la mesita de noche está encendida, y emite una luz tenue y cálida. Hace calor. Me levanto para abrir un poco la ventana. Pero algo me sobresalta. Salto rápidamente de la cama.
-Lo siento. Me ha dicho Monique que te llame, vamos a cenar.

Mark.
-Ah, eres tú. –Qué estupidez. Eres tú. –Está bien, ahora voy.
Y sin darme tiempo a contestar, desaparece de la habitación.
Genial. Le caigo estupendamente.
Me levanto a duras penas. Tengo el pelo enmarañado y la cabeza me da vueltas. Me miro en un espejo que hay junto al armario. Estoy pálida, aunque eso no es extraño en mí. Despeinada. Tengo ojeras, enormes, oscuras, que rodean mis ojos completamente. Me peino un poco con la mano, y me hago una coleta.
Llega un olor a comida, delicioso, del piso de abajo. Se oyen voces, como si la tele estuviera encendida.
-¡Has dormido mucho! ¿Estás más descansada? –Monique está junto a la mesa sirviendo los platos. –He preparado huevos y filetes de ternera. ¿No eres vegetariana verdad? Lo siento, fui a preguntar… pero estabas dormida y no quise despertarte.
¿Vegetariana? ¿Por qué iba a serlo?
-No, no está bien. No soy vegetariana. Y los huevos y la carne… me gustan, están bien.
-Perfecto. Danielle se ha hecho vegetariana, por eso te lo he preguntado. Es una estupidez pero…
-No te preocupes, está bien. –Intento tranquilizarla, se ve que se esfuerza porque me sienta cómoda.
-Vamos Mark, siéntate, vamos a cenar.

Mark está al otro lado de la cocina, mirando por la ventana.
-Hoy tengo guardia. No te lo había dicho, pero soy enfermera. Trabajo en el Queens Hospital Center, cerca de aquí, al otro lado del lago. A veces tengo que hacer guardias, como hoy, por ejemplo. Esta noche trabajo de once a cuatro.
-Ah. ¿Y no te molesta eso de trabajar de noche?
-La verdad es que a veces me da pereza. Cuando ellos eran pequeños era lo peor. Tenía que llamar a mi madre para que los cuidara… Pero ahora Danielle ya no vive aquí, y Mark es mayor, así que se queda solo.
Lo miro. No alza la mirada. Tiene la cabeza agachada, y mira su plato sin decir palabra. Simplemente come. Tengo que dejar de mirarlo, sino Monique se pensará algo raro.
-¿Qué tal es el instituto de aquí? –Es lo único que se me ocurre decir.
-Mark, vamos háblale del instituto.
Mark levanta la cabeza por primera vez. Primero mira a su madre, luego a mí, y finalmente otra vez a su madre.

-Está… Bien.
-Oh vamos, habla un poco más.

Tengo que cortar esto por lo sano.
-¿Cuándo viene Danielle a visitaros? Digo, normalmente.
-En Navidad suele venir. Y en verano pasa un mes aquí. También viene Levi. Nos lo pasamos muy bien cuando viene, ¿verdad Mark? Hacemos un montón de cosas…
-Si, genial. –Responde Mark casi obligado.
Empiezo a irritarme. Me empieza a entrar calor, y me sudan las manos. ¿Pero que le he hecho yo a este tío? No puede tenerme tanta manía sin más…
De pronto, el sonido de un teléfono interrumpe mis pensamientos. Mark se levanta corriendo de la mesa y lo coge.
-Hola… ¿Traci? –Y desaparece por las escaleras.
Miro su plato. Vacío. Me quedo pensativa, mirando fijamente su sitio vacío.
-Traci… es su novia. Nunca habla con ella delante de mí, supongo que será normal. –Hace una mueca y se levanta de la mesa. –La verdad es que apenas la conozco. La he visto en contadas ocasiones.
-¿Y cómo es? –Estúpida. Estúpida soy yo, por hacer preguntas que no me importan.
-Es realmente guapa. La típica chica guapísima, con el pelo sedoso y rubio, y los ojos claros. Animadora de instituto…
-Como una chica de película.
Monique suelta una carcajada mientras coloca los platos en el lavavajillas.
-¿Tú tienes novio? –Me pregunta queriendo parecer desinteresada, pero no lo consigue.
Una punzada de dolor me aprieta en el pecho, y se refleja en mi mirada. Intento impedirlo.
-No. Además, creo que si lo tuviera lo habríamos dejado antes de venirme aquí. Las relaciones a distancia no pueden ser muy buenas…
-Tienes razón. Yo siempre he pensado eso. Además, quizá sois muy jóvenes para tener novio… -Mira el reloj de la cocina. –Oh, mierda llego tarde. Tengo que darme prisa. –Y empieza a recoger más rápidamente.
-¿Quieres que te ayude?
-No, no importa, lo hago en un momento… A veces me da miedo que Mark salga con Tracy. Ya sabes, ahora los jóvenes empezáis con las relaciones sexuales tan pronto… Imagina si la dejara embarazada o algo.
–Y acto seguido desaparece y sale de la cocina.
Vaya, tiene ganas de hablar. No es por nada personal, pero no me gusta hablar de sexo con personas adultas, y menos que no conozco. Menos mal que tiene prisa. Que alivio.
Vuelve a aparecer con la chaqueta puesta y el bolso colgado en el hombro.
-Siento haberte soltado todo este rollo Rebeca, pero es que normalmente no tengo nadie con quien hablar. –Sonríe. –Ahora si que me voy. Tienes toallas encima de tu cama. Habla con Mark si necesitas algo. Hasta mañana.
Y acto seguido, sale por la puerta.
Me quedo sola en la cocina. Pensando en algo. Pensando en algo que ni yo misma sé. Me parece que no voy a necesitar nada. Antes sobrevivo con lo que sea, que pedirle algo a él. No hay duda de que me odia… Y sin motivo.
Apago la luz de la cocina y subo a mi habitación. Guardo todo, coloco la ropa y me pongo el pijama. Voy a asearme al baño y de vuelta a mi habitación miro su habitación. Por debajo de la puerta se asoma un resquicio de luz. Son las dos. Me ha llevado mucho tiempo guardar mis cosas. Y él aún sigue despierto. Entro en la habitación y cierro la puerta. Miro por la ventana, pero no veo nada, está demasiado oscuro. Solo se puede ver la casa de enfrente, iluminada vagamente por una farola de luz débil. En la maleta aún me quedan algunas cosas. Mi peluche. Es una gilipollez, pero pensé que me acompañaría en mis noches más solitarias, como la de hoy. Lo cojo. Es un elefante. Muy suave. Lo tengo desde que tenía cinco años. Me lo regaló mi padre al salir del zoo, como recuerdo de ese bonito día.
El álbum de mis amigas. No puedo verlo. Las necesito demasiado en estos momentos. Solo conseguiría ponerme más triste de lo que ya lo estoy. Siento como algo aplastante, una fuerza que me oprime el pecho y no me deja respirar. Siento que me falta el aire. Me tumbo en la cama, intentando relajarme. Miro mi móvil. Un sobrecito parpadea indicando un mensaje.
Mi madre.
“Rebeca, no he podido llamarte hoy. La diferencia de hora es demasiado grande, y no he encontrado momento. Mañana te llamaré sin falta. ¿Cómo estás? ¿Qué tal la familia? ¿Son majos contigo? ¿Qué tal la casa? ¿Te gusta? Tienes que contarme mil cosas. Mañana te llamo. Te quiero mucho. Te echamos de menos. Un beso.”
Oigo una música al otro lado de la pared. Acerco más la oreja.
“Across the universe” de “Los Beatles”. Adoro completamente esa canción. Es su habitación. Es Mark, escuchando música a las dos de la mañana.
Puedo oírlo a él también. Está hablando.
-Bueno, yo estoy bien. Si, si ya ha llegado. Pues… es bastante rara, no sé. Físicamente, tranquila, nada del otro mundo. Es bastante baja, tiene los ojos oscuros, y el pelo rizado y castaño. La típica española, sí. No, no he hablado con ella. Sí, mi madre insiste, pero intentaré evitarla lo más que pueda… Vale, yo también te quiero. Adiós.
Rara. Nada del otro mundo. Típica española… Era yo. Hablaba de mí. Todo eso me lo decía a mí. A mí, que no me conoce. A mí, que acabo de llegar a esa casa, con gente extraña, a una ciudad extraña, a un país extraño… A mí, que me siento tan mal en este momento… Que no puedo reprimir… Una lágrima cae por mi mejilla. Y los sollozos vienen después. Yo lo sabía, sabía que esta noche iba a llorar, por una cosa o por otra. Lo esperaba, esperaba sentirme mal, estaba preparada. Demasiado agotamiento para mí. Miedo e inquietud acumulada. Pero no contaba con los comentarios de él… No lo entiendo, soy incapaz.
No puedo contener los sollozos. Mi pecho sube de arriba abajo, intentando respirar. Me falta el aire. Muerdo el colchón para que no me oiga. Aunque creo que sería feliz si me viera llorar por sus palabras.


“La totalidad de este libro está registrada por su autor. Cualquier intento de copia se considerará una violación de los derechos de Propiedad Intelectual del autor”.