lunes, 25 de julio de 2011

Capítulo 5

Un rayo de sol se filtra por la ventana, rozándome la cara. Me aporta cierta calidez, a la vez que me hace cerrar los ojos con más fuerza. La persiana está casi cerrada, tan solo se filtra el calor del sol por unas cuantas rendijas que han quedado abiertas. Tengo los músculos contraídos y los huesos agarrotados. Parece que he dormido encogida sobre mi misma. Me duele la mandíbula, quizá sea de tanto apretar los dientes.
No quiero levantarme. Me pasaría todo el día en la cama. Miro el reloj despertador que hay sobre la mesita, un clásico despertador que emite el típico “riiiiinnnnggg”. Son las once y media. No oigo a nadie, probablemente habrán salido, lo pienso, y por una parte deseo que haya sido así. Pego la oreja a la pared, pero al otro lado no hay nada, ni un solo murmullo. Quizá aún esté durmiendo. Bah, me da igual. Me levanto de la cama de un salto y me pongo mis chanclas de Snoopy. Me duele el cuello, creo que he dormido en una mala postura. Abro la persiana y la ventana, para dejar que se ventile la habitación. No hay nadie en el jardín, y los vecinos de enfrente tampoco dan señales de vida. Rebusco en mi armario en busca de algo de ropa cómoda, decantándome por unos vaqueros cortos y una camiseta de tirantes azul claro. Cojo mis converse azules y toda mi ropa y abro la puerta con mucho cuidado. Está oscuro, tan solo la luz provinente del piso de abajo ilumina un poco. Me dirijo hacia el baño y me meto en la ducha. Lo necesitaba. Necesitaba una ducha, y mejor si es fría.
Me pongo debajo del grifo y lo abro a tope. Un torrente de agua fría me moja el pelo, baja hasta los pies y desemboca en el desagüe. Intento reprimir un grito causado por la impresión del agua helada.
Poco a poco se me van aclarando las ideas, lo veo todo con más claridad. Tengo ganas de cantar, pero me reprimo, por miedo a que él pueda oírme si está en su habitación. Está claro que en esta casa las paredes son de papel. Me enjabono el pelo con mi champú de lavanda. Huele bastante bien, es relajante.
Asomo el brazo por la cortina, en busca de mi toalla. Salgo de la ducha con cuidado y me miro al espejo. Tengo mejor cara. Los ojos ya no se ven cansados, llenos de pequeñas venas rojas formadas por el agotamiento. Ahora son simplemente marrones, como siempre lo han sido, y las ojeras ya casi han desaparecido. El pelo me cae largo sobre los hombros, perdiéndose en mi espalda. Quizá esté ya demasiado largo. Bah, de todas formas tampoco importa. Me peino y me hago la ralla a un lado, después me visto y me pongo un poco de maquillaje en los ojos. No excesivamente, nunca me ha gustado mucho ir demasiado maquillada.
Voy a la habitación y coloco toda la ropa en su sitio, hago la cama, y me asomo a la ventana. Fuera hace un día bastante bonito. El cielo está azul y el sol brilla, sin una nube alrededor. Quizá haga demasiado calor. Cierro los ojos y dejo que la poca brisa que corre me dé en la cara y me seque el pelo mojado. Y me quedo así durante unos minutos, apoyada en el alféizar y respirando el olor de ese nuevo lugar.
De pronto, veo un coche que viene por el final de la calle, dobla y para justo delante de la puerta. Es un volkswagen escarabajo rojo, descapotable.
Dentro hay una chica joven, más o menos de mi edad. Es realmente guapa. Su pelo, rubio oscuro casi rojizo, le cae por los hombros y le llega casi a la cintura. Rizado y brillante. No alcanzo a ver sus ojos, unas enormes gafas se los cubren. Lleva unos leggins rojos hasta los pies, muy apretados, a juego con una camiseta roja de tirantes. Un pañuelo con dibujos rojos y blancos le cuelga del cuello. Sale del coche con un movimiento casi elegante, y puedo ver las plataformas de cuña con las que logra caminar. Estoy preguntándome quien es esa chica, no entiendo que hace ahí aparcada, cuando sale Mark por la puerta.
La chica, al verlo, se le abalanza y le coge del cuello, besándolo con una pasión que resulta un tanto… fuera de lugar. Él le responde al beso y acto seguido la coge de la mano y la conduce hasta el interior de la casa.
Dios. Van a entrar. ¿Dónde está Monique? Estoy segura de que no está en casa, no es posible. Viendo como me hablaba ayer, y lo que pensaba de la relación de su hijo con… esa chica, no es posible que esté cerca.
No se que hacer. Debo bajar, comprobar si está en la cocina. Quizá esté esperándome para el desayuno, ya son más de las doce. En su caso, quizá vayamos a comer ya. Intento oír a través de la puerta de mi habitación, pero no consigo escuchar nada. Quizá no estén, quizá se hayan ido andando por la puerta trasera. Pero, no es posible. Yo los he visto entrar. Me quedo quieta en el sitio, aún escuchando a través de la puerta. Espero durante unos segundos que se me hacen eternos.
Tengo que salir. Tengo que comprobar si Monique está abajo, ellos ya se han ido. No pueden seguir aquí, sino ya habrían subido a la habitación. O quizá hayan decidido hacerlo en el salón. Bah, nunca lo sabré si no salgo.
Me armo de valor y respiro hondo, llenando mis pulmones de aire. Giro el picaporte con cuidado y asomo un poco la cabeza, apenas unos centímetros.
De pronto, oigo pasos que se aproximan. Vienen de la escalera. Asomo un poco más la cabeza, intentando ver si son ellos. Justo en ese momento, veo a Mark y a su novia subir, rápidamente. Él la lleva en brazos, y la besa enloquecido, casi parece desesperado. Ella no lleva puesta la camiseta. En su lugar lleva un sujetador negro de encaje con bordados rojos. También lo besa, con una pasión demasiado difícil de describir. Lo tiene agarrado del cuello con fuerza, y le susurra palabras al oído, como intentando… joder, ponerle cachondo. Lo coge del pelo, casi con rabia, con deseo. Están en pleno momento y yo estoy aquí, mirando. Una vez más, me siento una intrusa. Quiero cerrar la puerta y esconderme en un rincón de la habitación, pero si me muevo ahora sabrán que estaba espiándoles. Aunque realmente no lo estaba…
Unos escalones más y ya están arriba. Mark la deja en el suelo, y entran corriendo a la habitación. Desesperados. Lo último que puedo ver es una camiseta azul que vuela por los aires y se detiene frente a mí, cerca de mi puerta.
Estoy sorprendida. Estos no se cortan un pelo. Yo jamás haría algo así en mi casa, sabiendo que puede entrar mi madre en cualquier momento. Tan solo pensar en esa idea me hace enrojecer. No sé si de vergüenza o rabia. Estoy harta de tener que esconderme de él, de intentar no molestar y pasar desapercibida. Y ahora estoy aún más cabreada por ver lo que he visto, tendré el sentimiento de culpa de no contárselo a Monique. Sé que no es asunto mío, que no me importa para nada, que no debería haberme asomado y menos verlos. Pero si Monique me preguntara algo… Yo a él no le debo nada, no tengo por que cubrirle las espaldas. Lo único que ha hecho en menos de veinticuatro horas es de todo menos hacer que me sienta bien… Parece que me odie.
Salgo de la habitación y cierro la puerta de un portazo, como queriendo demostrar que estoy aquí. Se oyen sus respiraciones y sus voces, apenas susurros, al otro lado de la puerta. Me paro por un momento en medio del pasillo, pero acto seguido bajo las escaleras de dos en dos, cada vez más irritada. Me aproximo a la cocina y miro de un lado para otro, buscando a Monique. Todo está perfectamente ordenado y allí no hay nadie.
Suena algo. Riiiiiiiiiiiiiiinnnggg. Un teléfono. Es en la cocina, el que está colgado de la pared, junto a la nevera. Me quedo quieta en el sitio, esperando a que lo coja él. Uno, dos, tres veces suena, pero nadie lo coge. Quizá sea algo importante. Me aproximo y lo cojo.
-¿Sí? –Pregunto, esperando ansiosamente que sea Monique.
-Rebeca, ¿Eres tú? –Es ella. Exhalo un gran suspiro y tiro todo el aire de golpe por la boca. –Hola, ¿Cómo te has levantado?
-Bien gracias, estaba muy cansada.
-Lo entiendo, te has levantado muy tarde, casi a la hora de comer. –Se ríe al otro lado del teléfono. –Bueno, en tu caso no, pero aquí comemos a esta hora.
-Lo sé, creo que me voy a saltar el desayuno.
-Si, será lo mejor. He salido al supermercado, ayer no tuve tiempo de ir a comprar, como te dije. ¿Está Mark? Le he llamado al móvil unas cuantas veces, pero no lo coge.
Mark. El móvil. Me entran unas ganas tremendas de reírme, de dar una carcajada. Como te lo va a coger si está…
-¿Rebeca? ¿Sigues ahí? –Vuelve a preguntar.
-Si, si estoy.
-Pásamelo por favor, tengo que decirle una cosa.
-Es que no sé si… No sé, si ahora… Si en este momento se puede poner.
Joder, que mal miento. Me estoy poniendo nerviosa. Empiezan a sudarme las palmas de las manos.
-¿Por qué? Mira, da igual, aunque esté con la música. Que deje por un momento de hacer lo que está haciendo y que se ponga. –Su voz parece mucho más dura de lo que creo que pretendía. –Por favor.
-Está bien, iré a llamarle, un momento.
Por un instante pienso en la idea de colgar el teléfono y decirle después que se cortó, misteriosamente. Pero no, esa no es la salida. Podría volver a llamar y tendría que cogerlo. Además, parecía que de verdad necesitaba hablar con él, de lo contrario habría esperado hasta llegar, creo yo.
Pero no puedo llamarle ahora, no puedo, ¿Cómo voy a irrumpir en la habitación, ahora que está con su novia…? Sería demasiado. Demasiado vergonzoso y ridículo. Me odiaría aún más.
Pero Rebeca ¿A que vienen tantos remordimientos? Ve allí arriba y avísale, ahora mismo, su madre está esperando al otro lado del teléfono, y si no te das prisa va a pensar que eres estúpida, que no eres capaz de hacer una cosa tan simple. Tan simple.
Dejo el teléfono sobre la encimera y corro hacia el piso de arriba, subiendo las escaleras de dos en dos e intentando hacer el máximo ruido posible.
Por un momento parece que no se oye nada al otro lado. Intento llamarle, pero solo soy capaz de emitir un susurro apenas audible.
-Mark. Mark, tu madre…
Así no terminaré nunca. Me acerco a la puerta y toco con los nudillos, lo más fuerte que soy capaz. Nada. No hay respuesta. Levanto la mano para tocar de nuevo, pero entonces la puerta se abre de golpe y aparece esa chica. Prácticamente desnuda, tan solo lleva bragas y sujetador. Tiene el pelo alborotado y enmarañado sobre la cara, y la expresión de su cara indica sorpresa y curiosidad. Me mira fijamente, sin bajar la mirada ni un segundo, con una ceja enarcada y una sonrisa maliciosa en los labios.
-Hmm. Tú debes de ser…
-Rebeca. –Apenas puedo respirar. El corazón se me va a salir por la boca en cualquier momento. Me arden las orejas, siento la cara ardiendo, roja de pura vergüenza, creo que todo mi cuerpo va a explotar de un momento a otro. –Lo siento, pero es que ha llamado la madre de Mark, y parecía…
-¿Importante? –Termina mi frase con una sonrisa aún más burlona en el rostro. –Amor, tu madre al teléfono.
-¿Mi madre? ¿Pero que…?
Oigo como se levanta de la cama, sus pisadas sobre la moqueta, apresuradas.
-Me voy ¿Vale? Nos vemos esta tarde en mi casa. A las cinco. Te espero. –Coge su ropa rápidamente del suelo de la habitación y, acto seguido, le da un beso largo en los labios, para luego desaparecer corriendo escaleras abajo. Pero antes, me sonríe forzadamente, aguantando la risa. Haciéndome sentir… ¿Ridícula?
Mark la mira bajar por las escaleras, con una expresión de visible irritación en el rostro. No lleva camiseta. Por suerte, si lleva pantalones. Pero la ausencia de camiseta deja ver su torso desnudo, perfectamente bronceado y marcado. Se podría decir que… tiene tableta. Joder, pero si está muy bueno, la verdad. No puedo parar de mirar, no puedo levantar la cabeza, siento demasiada vergüenza como para mirarlo a los ojos.
No sé que hago pensando en eso ahora mismo. Levanto la cabeza y lo miro, directamente a los ojos. Parece cada vez más enfadado, casi fuera de sí. Sus ojos azules centellean, rabiosos. Tiene los puños apretados, y la mandíbula tensa. Me mira por última vez, con un odio infinito e indescriptible, me aparta con la mano, con un simple empujón; y corre escaleras abajo.
Yo me quiero morir. Corro hacia mi habitación y cierro la puerta detrás de mí. Me siento apoyada en ella, rodeándome las rodillas con los brazos. Cierro los ojos con muchísima fuerza y aprieto los dientes, creyendo que así esa sensación puede abandonarme antes.
Nunca había sentido tanta vergüenza en toda mi vida. Nunca. Bueno, quizá cuando… No. Nunca. Es imposible. Indescriptible, lo que siento.
Intento hacer una recapitulación de los hechos. Les he visto subir por la escalera, a punto de… casi desnudos. Y luego, no contenta con eso, les he abierto la puerta. Justo cuando estaban en pleno… Bueno, la verdad es que técnicamente la ha abierto ella. Recuerdo su belleza, esos ojos tan azules, que me miraban intensamente, interrogantes. Esa mirada divertida, irónica, que me recorría de arriba abajo, intentando aumentar mi vergüenza. Luego él, que me ha mirado de ese modo. Con tanto odio… Es imposible describir esa mirada, era demasiado fuerte. Si las miradas mataran, yo habría muerto hace apenas dos minutos. Intento apartar esos pensamientos de mi mente, pero no es fácil. Nada fácil.
Me acerco al cajón de la mesita y cojo mi ordenador apple, verde pistacho. Solo quiero distraerme, buscar algo que hacer para no pensar en este momento. Despejarme…
Lo abro, lo enciendo y me conecto a Internet. Busco el msn, lo abro y comienzo con un correo.
Escribo a toda velocidad, intentando no pensar. Quizá mintiendo, diciendo solo la mitad de la verdad. Estoy bien, muy a gusto. Deseando conocerlo todo más a fondo. Sí, estoy perfectamente, todo es fantástico, mejor de lo que esperaba.
Escribo todo esto sin acabar de entender por que me engaño a mí misma de esa manera.


“La totalidad de este libro está registrada por su autor. Cualquier intento de copia se considerará una violación de los derechos de Propiedad Intelectual del autor”.

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