domingo, 31 de julio de 2011

Capítulos 12 y 13

Capítulo 12
-Esta mañana me habló Mark.
Estábamos en la cocina, preparando la cena. Monique había llegado de trabajar un poco más tarde de lo normal, a las siete de la tarde, más o menos. Y ahora estábamos preparando pollo asado al horno.
No sé si ya le había comentado mi odio hacia la cocina, pero de todas maneras no era mucho lo que tenía que hacer, tan solo controlar el pollo dentro del horno, ver como se doraba poco a poco, sin que llegara a chamuscarse.
Había pasado el día sin hacer nada importante. Preparar mi mochila con una libreta y el estuche –no estaba segura, pero por lo menos en España, el primer día tan solo llevábamos boli y libreta, nada de libros –Hablar con mis amigas durante horas, mandarles algunos correos a mis padres, o pasear a Sam.
Un día como otro cualquiera. Y ahora estaba en la cocina con Monique, sin hablar de nada en particular.
Excepto cuando le hablé sobre Mark, que abrió los ojos exageradamente –supongo que por el asombro –y esbozó una gran sonrisa de triunfo.
-Has hablado tú con él para que hable conmigo –afirmé.
Monique me miró durante unos segundos y soltó una carcajada.
-Oye, no me va eso de manipular al personal. Si ha hablado contigo, ha sido porque se ha dado cuenta de que su comportamiento no tenía sentido y era completamente estúpido. Habrá recapacitado, yo que sé.
Solo te puedo decir que es raro que lo haya hecho, cuando se le mete algo en la cabeza… siempre cree que tiene la razón, y es imposible hacerle cambiar de opinión. Más vale que no lo intentes nunca ¿vale?
-Vale, gracias por la advertencia. Jamás intentaré hacerle cambiar de opinión sobre nada. Y perdona por mi pequeña “acusación”, pero es que tienes que entender que me he quedado muy impresionada con su repentino gesto de amabilidad.
Empezaba a pensar que era un gilipollas. Con perdón de la expresión.
Hasta se ha interesado por cómo estaba con respecto a la idea de ir al instituto. Me ha hablado un poco sobre la gente y sobre las cosas que podía hacer ahí. Me ha preguntado sobre mis habilidades, y ha pensado en lo que podía hacer yo allí… Pero lo más impresionante de todo –me quedé mirándola fijamente, para darle un aire de misterio a la situación.
-¡¿Qué?! ¡Suéltalo ya venga! –parecía sentir curiosidad de verdad, y me hablaba con pequeños chillidos mientras sujetaba un bol con patatas en la mano.
-Me ha llamado… ¡Tachán! ¡Hermanita!
Monique puso una cara de sorprendida que de verdad daba algo de miedo, puso el bol en la encimera y se apoyó en ella.
Parecía realmente, ¿emocionada?
-Pero eso es… Eso es increíble. Solo se lo decía a su hermana, pero cuando era mucho más pequeño… Solo para hacerle de rabiar, de alguna manera.
-Pues parece que a mí quería fastidiarme hoy. No lo sé. Créeme, yo me he quedado mucho más sorprendida que tú.
¿Cómo se supone que debo llamarle yo a él? ¿Hermanito?
-No, tan solo llámale Mark.
Ninguna de las dos pudo aguantarse la risa ante tal conversación.
Así que pasamos la cena riéndonos de… la verdad es que ni nosotras lo sabíamos.
Pero yo tenía otras preocupaciones más graves en mi cabeza. Mañana empezaba el instituto, y eso hacía que me sintiera extrañamente desprotegida.


Capítulo 13

Esa noche me desperté de madrugada, como sobresaltada por algo.
Miré el despertador: eran las cuatro de la mañana. Noté que tenía frío, a pesar de estar tapada con la sábana y una fina manta. La ventana estaba abierta, y entraba una brisa fresca.
Intenté recordar aquello que me había hecho despertarme tan sobresaltada, pero era como si se hubiese borrado de mi cabeza.
Y resultaba extraño y decepcionante a la vez. Dicen que cuando te despiertas y acabas de soñar algo, lo recuerdas, a menos que hayan pasado más de diez minutos. Creía recordar que era así.
Tardé unos minutos en darme cuenta de cuál había sido mi pesadilla.
Faltaban dos horas y media para que me tuviera que levantar, ducharme, desayunar y subirme en el coche de Monique, de camino al colegio.
El primer día ella sería la que me llevara, a partir de ahí cogería el autobús escolar.
Y eso era lo que me tenía tan nerviosa, tanto, que me hacía despertarme en plena noche.
Intenté dormirme otra vez, pero resultó imposible; así que me levanté y encendí unas lucecitas que colgaban de un perchero. Las había puesto Monique cuando se enteró de que prefería una iluminación suave.
Caminé por la moqueta con los pies descalzos y encendí mi Ipod.
Agudicé el oído para intentar escuchar a través de las paredes de mi habitación, hasta llegar a la habitación de Mark, pegada a la mía.
Quizá él tampoco pudiera dormir aquella noche…
Cansada de escuchar respiraciones y gente durmiendo, fui hacia el baño, de puntillas y sin hacer ruido. Entré, cerrando la puerta tras mí, y encendí las luces del espejo.
Tenía un aspecto bastante… horrible. Unas ojeras grises cubrían mis párpados y la parte baja de mis ojos oscuros. Mi pelo caía por mis hombros hasta mi pecho, oscuro y totalmente enmarañado.
Recordaba habérmelo lavado la noche anterior, pero ya se había esfumado el resultado.
No podía ducharme a esa hora, despertaría a toda la casa, y Monique trabajaba hasta tarde al día siguiente… Así que me dispuse a irme a mi habitación, y entretenerme con algo hasta que se hiciera un poco más tarde.
Cuando iba a entrar en mi habitación, oí algo.
-Pst –me giré y vi a Mark apoyado en el marco de la puerta de su habitación. Llevaba tan solo el pantalón del pijama, pero no llevaba nada que hiciera de camiseta…
-Lo siento, si te he despertado. No podía dormir.
-Deja de disculparte y entra –me tiró del brazo y me metió en su habitación, para cerrar la puerta acto seguido.
No había entrado allí nunca. Era una habitación más grande que la mía, aunque no mucho más. Las paredes estaban cubiertas de pósters de algunos grupos de Rock o Indie. Desde Oasis hasta Green Day. Pasando por Nirvana, Sum 41 y otros que no alcancé a ver porque aún estaba oscuro.
Junto a la ventana había un escritorio y un ordenador viejo, aunque parecía utilizable. Una estantería llena de libros, medallas y algunos trofeos, al parecer de… algún deporte.
Encima del cabezal de la cama había una camiseta firmada por algún deportista, o quizá cantante.
Parecía ser de baloncesto, de los Ángeles Lakers. Sí, en efecto.
En la mesilla de noche, había un marco grande con una foto de una chica rubia o pelirroja, con unos abultados tirabuzones largos. Sonreía con una sonrisa perfecta. Era Tracy, sin duda.
Pero lo que más me llamó la atención fue una guitarra eléctrica que había colgada en un trozo de pared. Nunca he entendido mucho de guitarras, aparte de la acústica o la española…
Me giré y le miré con expresión de duda en el rostro. Él estaba apoyado en la pared, sonriendo y mirándome con curiosidad.
-¿Qué hago aquí? –le pregunte, intentando no parecer nerviosa.
-Quería que entraras y me dieras tu opinión sobre mi cuarto oscuro… ¿Qué crees que debo cambiar? –me preguntó, aún con la sonrisa en los labios.
Puse los ojos en blanco y sacudí la cabeza. Volví a recorrer la habitación con la mirada, buscando algo que objetar. Finalmente, mis ojos se detuvieron en el marco con Traci, pero intenté disimular ese acto… reflejo.
Pero resultaba que el acto de disimular no servía con él, porque se acercó y cogió el marco con ambas manos, acercándomelo.
-Te dije que me dijeras que debo cambiar, vale. Pero esto… es sagrado.
Noté como me ponía roja e intenté remediar la situación. La suerte es que estaba demasiado oscuro para que él pudiera apreciar mi vergüenza.
-No estaba mirando la foto… Está bien. Aunque quizá el marco sea un poco, ¿anticuado? No sé.
Mark soltó una carcajada en voz baja, y entonces entendí que no me creía una palabra. La verdad es que una de mis habilidades nunca había sido mentir.
-No te sirve de nada que te diga que no me había fijado en la foto, ¿verdad? –le pregunté, esta vez mirándole.
-Pues la verdad es que no. Suelo notar al vuelo las reacciones de la gente, y es imposible que puedan ocultarme nada… Pero no te asustes, eso ha sonado un tanto siniestro.
Ven, siéntate. –dio unas palmaditas en la cama, señalando que me sentara.
Me acerqué, vacilante, pero me rendí y dejé el marco en la mesilla, para sentarme después en el borde de la cama, rodeándome las rodillas con las manos, y apoyando mi cara en ellas.
-Debes saber que en el instituto hay como una especie de grupitos –ahora parecía muy serio. –Está el grupo de los frikies, a los que les gusta dibujar manga, o a algunos cortarse las venas. –Enarqué las cejas ante tanta sinceridad.
-También tenemos el grupo de los empollones, en su mayoría del club de ciencias o algo por el estilo, no se meten con nadie, pero a veces pueden resultar un tanto arrogantes.
El grupo de los deportistas, formados por la gente del equipo de baloncesto, futbol americano, hockey o las animadoras. Esos somos los más numerosos. Luego también hay otros, de judo o cosas por el estilo, pero son una minoría.
El club de teatro. En su mayoría gente que no sabe qué hacer y va allí para desahogar sus penas y hacer algo con su vida. También están los típicos pijillos creídos, que creen que al salir de allí van directos a Julliard. Pero también son minoría.
Están los músicos. A los que les va el heavy metal y esas cosas… suelen estar apartados del resto, en un grupo dentro de ese propio grupo.
Luego la gente que canta, que se junta con los de teatro, y algunos músicos sueltos que van de alternativos o algo por el estilo y se mantienen algo apartados, pero siempre dentro, con los demás.
Poca gente va sola. Aunque hay quien decide ser diferente a los demás y pasar sus años de instituto solos en un rincón. Pero la mayoría terminan por rendirse y unirse al mundo real. –Mark hizo una pausa y me miró, supongo que esperando a que yo dijera algo. No sé cómo sería mi cara en ese momento, pero no fui capaz de decir nada, así que continuó. –La mayoría de toda esta gente son muy diferentes los unos de los otros.
En general –y estoy hablando en general, no lo olvides –la personalidad de cada uno depende de la gente con la que van, o las cosas que hacen.
Por ejemplo, hay un gran grupo de pijos, muy pijos. Ellos no hacen nada, quiero decir, ni son del club de teatro, ni músicos, evidentemente no pertenecen al club de ciencias y tampoco a los deportistas.
Simplemente van por ahí pavoneándose de algo, o presumiendo con sus amigotes del último bolso del mercado.
No olvides que estamos en Nueva York, y aunque estemos en una ciudad de este estado, siempre seguirá siendo Nueva York. –sonrió para darle más intriga al asunto, supongo. –Ellos no se meten con nadie, aunque muchas veces resultan un tanto… repugnantes.
La gente del club de ciencias. Estarán dispuestos a ayudarte siempre que seas un listillo superdotado con habilidades científicas o algo por el estilo. Suelen ir por la vida creyéndose más inteligentes que nadie, y si acudes a ellos siendo alguien que no sabe la raíz cuadrada de Pi, te mandarán a la mierda, no lo olvides.
-Yo no sé cuál es la raíz cuadrada de Pi. –Respondí, sorprendida –¿Quiere decir eso que soy retrasada mental o algo así?
Mark se rió.
-No, eso quiere decir que eres igual que el resto de los mortales. O por lo menos, igual que la mayoría.
Tenemos al club de teatro. Nunca me he relacionado mucho con ellos –con los de ciencias tampoco, evidentemente –pero tengo entendido que son gente maja, siempre dispuesta a ayudar.
Exagerados y sensibles, en su mayoría, pero buena gente al fin y al cabo.
No todos, claro está. Los hay que matarían por una plaza en la mejor academia de arte dramático, y que no dudarían en clavarle una puñalada a su mejor amigo para conseguirlo.
Ese mundo puede ser muy competitivo, no lo olvides. –Estuve a punto de reírme por lo que acababa de decir y por la manera en que lo había hecho, pero prefería callarme y seguir escuchando, estaba interesante el asunto.
–Los músicos. Los hay de todos los tamaños y colores. Tipos enfadados con la vida y con el mundo, que se desahogan pegando gritos o machacando sus guitarras.
Gente que se cree con el mayor talento de la historia, y que su único objetivo es luchar para conseguir ser captados por una discográfica algún día, haciendo lo imposible –y digo lo imposible –para conseguirlo.
O simplemente gente a la que le gusta la música, y compagina su afición con cosas distintas. Yo soy uno de esos. Pero esto no saldrá de aquí, ¿entendido? No quiero que se me relacione con ese grupo, yo pertenezco a otro…
Las animadoras. Suelen ser nuestras chicas. Son las tías que de verdad molan, las que están buenísimas y a las que todo el mundo envidia. Muchas de ellas son unas guarras, que solo aspiran a enrollarse con el capitán de algún equipo. Otras son cotillas, algo pijas, que se dedican a difundir rumores con sus amiguitas, también animadoras. Algunas se meten ahí porque quieren destruir a la jefa del grupo. La jefa de las animadoras.
Pero eso son algunos casos.
Muchas tan solo están ahí porque les gusta hacer lo que hacen, animar y apoyar a su instituto.
Las animadoras son como una colmena: todas trabajan para apoyarse mutuamente. Siempre intentan aparentar eso, aunque se odien y estén ahí por motivos personales, siempre serán las trabajadoras y la reina, luchando juntas por una única causa: animarnos a nosotros y defender su instituto.
Y por último están los deportistas. Nosotros. Probablemente lo que te voy a decir ahora ya lo sabrás por esas películas americanas, pero te tengo que garantizar que es verdad.
Somos los guays, a los que nadie les tose. Respetados por todos, porque defendemos su instituto, los defendemos a ellos.
Solemos tener las novias más guapas, las que dan más caña.
Muchos de mis compañeros son golfos que van de flor en flor, intentando encontrar a la más cañera.
Otros están ahí tan solo para hacer algo, deporte, evidentemente. O porque sienten la necesidad de defender lo que es suyo.
Cuando hay problemas: ahí estamos nosotros.
Solemos llevarnos bien entre nosotros, excepto cuando uno le roba la chica a otro, y eso ocurre a menudo. Entonces todo se termina.
Y me quedan… los frikies. Solo puedo decirte, que a esos ni te acerques, no son tu tipo.
En general todos somos buena gente, no suelen haber conflictos y es un buen instituto.
Encontrarás muchos que hablan español, e inmigrantes, la mayoría de los estudiantes son de otros países, pero eso lo puedes ver si das una vuelta por el barrio, o la ciudad entera.

Me quedé pensativa durante unos minutos, sin decir nada, mirando al vacío.
Mark no interrumpió mis pensamientos, y esperó a que yo hablara la primera.
-Y se supone que… Tengo que creer todo lo que me has dicho –le miré –no parece ser un lugar fácil, y creo que no encajo en ninguno de esos grupos, o lo que sea.
De todas maneras, creo que estás exagerando.
Mark sonrió, como diciendo: “Sabía que dirías eso”.
-Te aseguro que no exagero. Para bien o para mal, es así. Pero también es cierto que hay mucha gente, una cuarta parte, que van solos, que no están con nadie. No se identifican con ninguno de esos grupos, no creen ser músicos, cantantes o deportistas, simplemente van ahí porque tienen que ir, o porque quieren, eso ya no lo sé.
Cuando digo solos, no quiero decir de uno en uno. Quizá sean un grupo de cinco, siete o diez personas. No está tan mal, tan solo es que no encuentran su vocación.
Me quedé mucho más tranquila, y sonreí.
-Creo que yo formo parte de alguno de esos grupos. Espero que tengan sitio para una más…
O quizá deba irme con los frikies, de todas formas, para ellos lo voy a ser en cuanto llegue.
Esperaba que Mark se apiadara de mí, pero no lo hizo. Se limitó a soltar una carcajada.
-Mira, no voy a negarte que vayas a ser una chica extraña para todos –no me gusta mentir, y decirte eso sería mentirte –pero tan solo tienes que demostrarles que eres humana, que no eres de otra galaxia a miles de años luz… Tan solo perteneces a otro lugar a unos cuantos miles de kilómetros.
Una vez superes eso, serás tan normal para ellos como uno de nosotros.
Y si crees que no puedes unirte a ninguno de los grupos, ve por libre. Nunca lo he hecho, pero supongo que no será tan malo, si tantos lo hacen.
Y lo de unirte al grupo de los frikies… Jura ahora mismo que ni se te pasará por la cabeza.
Me quedé mirándole, preguntándome qué le habría pasado con esa gente, pero sabía que no me iba a contestar, así que pasé de preguntarle nada.
-Supongo que debo darte las gracias por llevarme a las cuatro de la madrugada a tu habitación y malgastar tu tiempo de sueño en hacerme una guía completa por el instituto.
-Oye, no te lo creas tanto. Estaba despierto, ¿o es que te crees tan importante para mí, tanto como para que me levante tres horas antes de lo previsto para hablar contigo? Estás loca nena.
Pensé que quizá se había enfadado de verdad y pensaba que era una niñata prepotente, pero entonces vi esa sonrisa torcida en sus labios, y supe que me estaba tomando el pelo un rato.
-¿Sueles ser siempre tan raro? –le pregunté, intentando parecer despreocupada.
Mark abrió los ojos de par en par y puso cara de ofendido, como si le hubiese dicho la cosa más humillante del mundo.
Entonces me arrepentí de haberle dicho nada.
-¿Debo tomarme bien que me llames raro cuando te dé la gana? –me miró buscando una respuesta, y supongo que advirtió mi cara de susto, porque no quiso hacerme sufrir más y echó a reír.
Puse los ojos en blanco.
-¿Te estás riendo de mí? –que pregunta tan absurda.
-¿Tú que crees? –me preguntó, sin dejar de reír. –Ay, Rebeca, aún tienes muchas cosas que aprender conmigo…
Miré hacia la mesita de noche, buscando un reloj o despertador, algo para saber la hora.
-Yo no tengo de eso. Nunca quiero saber la hora que es. Me parece una estupidez. ¿Qué importa sin son las ocho o las nueve? Una hora más o
menos que nos separan de nuestro triste final…
Le hice una mueca.
-Está bien. Ya no me reiré más de ti, por hoy.
Y son las cinco y media. Puedes empezar a ducharte y esas cosas que hacéis las tías en los días que consideráis… importantes.
Yo voy a seguir durmiendo mientras pueda.
Me levanté de la cama y me acerqué a la puerta.
Antes de irme, le miré por última vez. Ya estaba tumbado en la cama, mirándome con los ojos entornados.
-Gracias.
Solo pude ver una última sonrisa en su boca antes de salir de allí.


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