miércoles, 27 de julio de 2011

Capítulos 7, 8 y 9

Capítulo 7

Nueva York es absolutamente increíble. Épico. Una ciudad maravillosa, que parece pertenecer a otro planeta. Hay vida… si eso es, hay VIDA.
La gente corre de un lado a otro comiendo por las calles o en los parques. Se les ve felices y tranquilos.
Impresiona, realmente. Esos rascacielos, parece que no puedas quitar la mirada del cielo. Caminas impresionado, esperando quizá, encontrar al mítico King Kong subido al Empire States…
La gente para taxis como si fuera la cosa más normal… pegando silbidos o levantando las manos. Todo el mundo va a su bola, sin importarle lo que pasa en realidad. Parece que estén acostumbrados a ese lugar. Pero yo creo que es difícil acostumbrarse a un sitio así.

Caminamos por todas esas enormes avenidas, por las que pasan cientos de taxis en un día… Luz, vida y color. Movimiento continuo.
No puedo dejar de mirar al cielo. Esos edificios con miles de ventanas parecen mirarme desde arriba. La mayoría de ellos oficinas, otros tiendas, joyerías.

Grandes tiendas con la música a tope, y modelos bailando, haciéndose fotos con los clientes, o clientas, mejor dicho. Con pantalones vaqueros apretados, sin camiseta. Esto es de locos.

Central Park… enorme. Verde. Lagos, gente paseando perros, parejas felices comiendo en la hierba, gente arreglada que descansa, con los pies desnudos en el césped…

La Estatua de la Libertad, que mira el mundo desde arriba, vigilándolo todo. Tan alta, a orillas del mar, dejando ver todo y a todos.

El puente de Brooklyn, con esos dos enormes arcos en el centro, recorriendo todo el río de punta a punta, observando los grandes rascacielos que se ven desde lo alto…

La Quinta Avenida… Increíble. Atestada de gente. Gente rica, principalmente. Las tiendas más pijas, el lujo. Las limusinas que recorren esa calle, con gente famosa, quizá. Los rascacielos al final, con las grandes pantallas iluminadas con anuncios, logos…
Pasamos por la tienda de Abercrombie, anunciada con grandes carteles en blanco y negro, con tíos buenos sin camiseta posando en ellos…
Carteles que ocupan toda la calle, literal. Que mira la gente, embobados… para después entrar a las tiendas.
Quizá sí, un paraíso.

Preciosa, entre los edificios, en plena avenida… La catedral de San Patricio. Impresionante, una avenida llena de gente, de tiendas, de vida y tráfico… Con una catedral gigante en medio de todo. De película.

El Flatiron Building… Dividiendo dos grandes calles. Original e increíble, ante todo.

Chinatown. Vida y movimiento paralelos al mundo entero.
Una China en América, sin duda.
Los grandes letreros iluminados con letras chinas, colocados por todas partes, arriba y abajo. En los edificios y en las tiendas.
El olor a comida china que emana de todos los locales, y la gente, que parece vivir en su propio mundo.
Los adornos y los edificios chinos… Si no hubiera unas manzanas más lejos toda esa vida paralela, tan distinta a esta… Juraría que me he mudado a China, lejos de lo que pensaba.

Un pequeño o quizá grande, barrio Italiano. Con grandes restaurantes adornados “europeamente” distinto a todo lo que hay al otro lado de estas calles…
Manteles a cuadros rojos y blancos, pizzas deliciosas, y olor distinto.

El Bronx… no puedo describirlo. Monique se niega a que lo visitemos, a pesar de mi insistencia.
Si, lo sé. Hay que estar loco para hacerlo a solas. Debo agradecer que se niegue… aunque espero poder ir algún día.
No quiero irme de aquí sin poder ver… algo así.

Quizá me haya olvidado de cosas, cosas que he visto. Pero llevo tanto tiempo andando por las calles de esta ciudad… Que es realmente complicado no olvidar alguna cosa.
Sencillamente es maravillosa e increíble. El lugar en el que todo el mundo querría vivir.
Y de pronto, caigo en la cuenta… de que yo si estoy aquí, en este preciso instante.


Capítulo 8

Sentadas en Starbucks. Ya está anocheciendo. Bebo un batido de chocolate con leche y nata montada.
El sitio es enorme, con grandes ventanales dirigidos a la avenida.
Las paredes de madera, a juego con las mesas y los taburetes. Del techo cuelgan unas lámparas redondas de papel.
-Estos batidos son demasiado para mí. Un vicio –Monique sonríe y se limpia la nata que le queda en el labio. -Enserio, me encanta esto. Es la ciudad perfecta, no se puede pedir más. Lo tiene todo…
-Me alegro de que te guste. Si, la verdad es que… Es Nueva York. ¿Qué más puedes pedir? –Sonríe –Llevo viviendo aquí toda la vida y aún me sigue sorprendiendo a veces. La verdad es que ha cambiado en todos estos años. Siempre ha sido “lo más”, por decirlo de alguna forma… Pero hay cosas distintas.
Puedes venir aquí cuando empieces el colegio, seguro que conoces gente y haces amigas…

Se me tensa el cuello. Colegio. Conocer gente. No me gustaría pensar en eso ahora. Prefiero disfrutar de mi escasa libertad hasta empezar. Monique no parece darse cuenta, y sigue hablando.

-Lo más probable es que tengan todos coches, a tú edad la mayoría de los jóvenes se sacan el carnet. ¿Tú no has pensado en sacártelo?

Coche. Hmm. Saboreo la idea, tan extraña para mí.
-Si que lo he pensado. En España tienes que esperar dos años más para poder conducir, en parte lo veo bien y en parte mal –miro al exterior, dónde las luces y los letreros con luces de neón comienzan a encenderse. –Si llamo a mis amigas y les digo que me he sacado el carnet… Díos, fliparían. No estaría mal darles un poco de envidia…
-Solo por eso merecería la pena –Monique sonríe –Puedo preguntar por autoescuelas cerca de casa… De verdad no me importa.
-Pues –pienso un momento en la idea… Yo conduciendo un coche por Nueva York. Eso no es real. Sacudo la cabeza. –Prefiero esperar un poco a ver como me adapto al instituto… Quizá sea demasiado difícil para mí y no tenga tiempo de hacerlo todo.
-Como quieras.
-Pero lo pensaré, gracias de todas formas. –Miro hacia el exterior. Una pareja se besa apasionadamente junto a una farola. De pronto me viene a la mente una de esas comedias románticas americanas. Doy otro sorbo a mi batido y giro otra vez la cabeza hacia Monique –¿Sabes? Siempre me ha asustado la idea de ir al colegio, y más aquí. Todo va a ser nuevo para mí, la gente, los profesores, el propio colegio, el idioma… Eso es lo que más me preocupa, y una de las cosas más importantes que me frenaron al venir aquí. ¿Y si no entiendo una palabra de lo que me dicen? Os entiendo a vosotros, bueno a ti… Porque me hablas más despacio de lo que sueles hablar normalmente, lo he notado. Pero los profesores no van a estar pendientes de hablar despacio solo para mí. Darán clase normal, a sus alumnos americanos, que hablan el idioma perfectamente y lo entienden sin dificultades.
Las matemáticas. Las odio. Me cuestan y no las entiendo normalmente. Si en español son imposibles para mí… Dime tú aprenderme todo eso, entenderlo en inglés. Todas esas fórmulas, números… Que horror.
Monique me mira fijamente para después sonreír. Suelta una carcajada y le da el último sorbo a su batido.

-Rebeca, te preocupas demasiado, y te olvidas de muchas cosas importantes. El colegio al que vas a ir tiene más de cinco profesores de español, más del veinte por ciento de los estudiantes son de habla hispana y muchos de ellos están aquí de intercambio, un año en el extranjero, como tú. –Sonríe otra vez, al verme más tranquila. –Además, siempre puedes buscar algún profesor particular que te ayude con las matemáticas… No tienes porque preocuparte.
Me coge la mano y la aprieta suavemente, como diciendo: “Venga, ánimo. No stress”. Me relajo mucho más e intento pensar en todo lo que me ha dicho. En realidad es cierto, tiene toda la razón. Hay muchísima gente en mis circunstancias allí mismo. Gente que sabe hablar español, que puede ayudarme si lo estoy pasando mal.
Esta mujer es increíble. Me da una tranquilidad… Exhalo un suspiro y me levanto de la silla.
-Tienes toda la razón, Monique. Yo estoy aquí porque lo he querido así, solo yo lo he decidido. Estoy ahora mismo en Nueva York, una ciudad increíble, ¡Qué narices! Que le den al instituto, lo siento, pero te lo digo así –Miro a mi alrededor y veo que la gente me mira y cuchichea… Con suerte nadie entenderá ni una palabra de lo que estoy diciendo. Me doy cuenta de que estoy de pie, hablando más alto de lo que debería…
Monique sonríe de oreja a oreja, pone un billete encima de la mesa y se dispone a salir del local.
Y así salimos, yo mucho más tranquila. La verdad es que he omitido ciertos detalles importantes… Como mi capacidad nula de conocer gente y hacer amigos, o mi timidez. Pero eso por el momento no me importa, ahora solo quiero disfrutar de mi corta libertad hasta entrar en la pequeña cárcel… Y no pienso perder ni un minuto de esa libertad.


Capítulo 9

El tiempo ha transcurrido relativamente deprisa desde que estoy en la familia Jones. Tan solo llevo una semana aquí, pero ya parece una eternidad. Casi me siento parte de esta casa.
Adoro el olor intenso a café por las mañanas, el sonido del grifo de la ducha a las seis de la mañana, o a las dos, o a las cuatro… Depende del día.
Me encanta la pasta con carne picada y tomate, sobre todo si son espagueti.
El olor a suavizante de flores en la ropa recién tendida en el patio trasero…
Las babas de Sam cuando se cuela en mi habitación y me despierta pronto por las mañanas… Él, Sam, es un perro. No lo vi hasta el tercer día. Parece ser que entra y sale cuando quiere… Y esa vez se tomó unas pequeñas vacaciones.
Es un husky siberiano gris y blanco, con unos grandes ojos azules. Casi tan alto como yo.
Normalmente suelo verlo tumbado en mi cama, justo cuando acabo de hacerla. Me molestaría si no me gustaran los perros, pero la verdad es que me encantan y él me hace mucha compañía cuando estoy sola.
Normalmente paso la mayor parte del día en el jardín trasero. Hay una especie de cama de esas que se cuelgan a los árboles… Una hamaca.
Suelo tumbarme allí y leer largas horas, cuando Monique está en el hospital, menos cuando hace guardias de noche.
Las tardes son muy frescas ahí, y Sam se tumba a mi lado y me mira. Al principio me ponía nerviosa tener sus ojos azules fijos en mí, pero creo que me he acostumbrado.
Otras veces hago fotos a las copas de los árboles, desde abajo. Ya he hecho varias y se las he enviado a mis amigas y a mi madre.
“Esta foto la he hecho hoy, cuando estaba tumbada en la hamaca del jardín. Dadme vuestra opinión… ¿Parezco muy desesperada?”
Opiniones de todo tipo. Unos dicen que voy a perder el norte de tanto aburrimiento, otros dicen que la foto es buena.
Yo estoy bien, paso buenos ratos así.
Mark entra y sale cuando le da la gana, y Traci también. Ya no es como la primera vez, aún me avergüenzo cuando lo recuerdo… ahora simplemente me da igual, hago como si no me diera cuenta.
Apenas ha cruzado varias palabras conmigo desde que llegué, creo que aún sigue enfadado conmigo por mi “incidente”. O quizá esté enfadado por otra cosa que desconozco, ya no sé que pensar realmente. Ya no me importa, o eso creo.
He leído ya unos cinco libros desde que llegué. El otro día me aventuré y fui a buscar una librería en el barrio.
Monique no estaba, y ya no me quedaban más libros, así que salí a la calle y me quedé con la dirección de la casa. Con mi perfecta orientación, lo iba a necesitar. Es ironía, por supuesto.
Salí fuera, dónde todo era tranquilidad. Había un silencio absoluto, la calle parecía desierta. Solo se oía el llanto de un bebé, pero parecía amortiguado, quizá por una ventana cerrada.
Seguí caminando sin ninguna dirección, cruzando todas esas calles tranquilas y verdes.
Por fin llegué a lo que parecía ser un estadio.
No se veía mucho desde fuera, pero al seguir recto por la misma calle, pude asomarme y ver algunas pistas de algo. Nunca se me ha dado demasiado bien los deportes, así que solo sé que eran pistas de algún deporte.
Quizá tenis. Eran bastantes, si, demasiadas. Todo era verde, distintas tonalidades verdosas, y había muchos árboles alrededor.
Bordeé todo el estadio, lo cual me costó bastante, porque ese sitio era enorme, y acabé topándome con unas vías de tren.
Aquello parecía no tener salida, o mejor dicho, no tener ningún lugar por el que cruzar al otro lado.
Empezaba a hacer calor de verdad, ya no había esa brisa fresca de aquella misma mañana. Ahora el sol pegaba con fuerza.
Tuve que investigar un rato más, y colarme entre los árboles para poder llegar hasta lo más parecido posible a un puente, que se alzaba por encima de la calle.
Crucé y llegué al otro lado, dónde tuve que atravesar algunas calles más para encontrar una avenida con algunas tiendas.
Aquello parecía tener más vida, quizá fuera el corazón de ese enorme barrio, o por lo menos, uno de tantos.
Algunos restaurantes, tiendas de electrodomésticos o boutiques… Y una librería. Aún recuerdo el nombre: “Barnes & Noble Booksellers”.
Era de ladrillo rojizo, y unos toldos verdes oscuro cubrían las múltiples ventanas.
Era bastante grande y justo al lado había… ¡Un Starbucks Coffee! Quizá después me diera algún festín, aunque yo sola… Sería un tanto deprimente.
Esa librería parecía ser una franquicia. Sí, lo más probable es que lo fuera, porque aquello era enorme, había escaleras mecánicas y cientos de estanterías con libros de todo tipo. No es que fuera un centro comercial gigante… Pero si mediano. No era la típica librería de pueblo.
Recorrí con parsimonia toda la estancia. Parecía tener dos pisos, y podías acceder a ellos por unas escaleras mecánicas que había a cada lado. El suelo estaba forrado de moqueta gris, y del techo colgaban los típicos fluorescentes.
Busqué la sección de clásicos, esperaba no tener que preguntar a la dependienta.
Era una mujer de unos sesenta años más o menos, pelo peinado perfectamente para atrás, rubio platino. Tenía las típicas gafas de bibliotecaria, y sostenía entre sus manos un libro, el cual no pude ver el título.
Sus larguísimas uñas pintadas de granate me dieron escalofríos, y seguí andando, dispuesta a encontrar los libros yo sola.
Por fin, después de muchas vueltas, y de recorrer con la mirada secciones de perros, fotografía, plantas, setas, cocina… y mil cosas más, encontré lo que buscaba. Clásicos de la literatura inglesa.
Había una gran estantería en un rincón, casi al fondo de la tienda, y justo encima estaba ese rótulo. Me acerqué y me arrodillé en el suelo, dispuesta a tirarme mucho rato y buscar algo que verdaderamente me interesara.
Tenía pensado leer “Hamlet”, “El sueño de una noche de Verano” o “El mercader de Venecia”. Hacía poco que me había aficionado a “William Shakespeare”, y se había convertido en uno de mis autores favoritos. La culpa era de “Romeo y Julieta”.
No me costó mucho esfuerzo encontrar los tres libros, y como no sabía por cual decidirme, terminé comprando los tres. Así tendría lectura para rato, por lo menos una semana.
Pagué por primera vez en mi vida con billetes en dólares y me decidí por ir a tomar un batido.
Mi promesa era que… En cuanto empezara la cárcel dejaría mi vicio.
Entré al Starbucks. Era un sitio pequeño, pero acogedor. Tenía dos grandes ventanas por las que se podía observar el movimiento continuo en la calle.
Era un sitio bonito, me sentía a gusto allí. Lo poco que había visto de este sitio, me encanta. Es perfecto, la gente parece ir a su rollo, no conocerse de nada… Pero sin embargo parecen una gran familia que confíen entre ellos, como si no estuviesen asustados de que entraran ladrones en sus casas o les atracaran por la calle.
Parecen confiados. Me sorprendí el otro día, cuando Monique me dijo que si necesitaba algo, solo tenía que entrar a la casa de la familia de enfrente, que la puerta estaría abierta. Con solo explicarles quién era, me acogerían y me darían lo que necesite. La puerta abierta… eso en España es impensable. A no ser que vivas en un pueblo pequeño del campo, con pocos habitantes, jamás harías eso. Pero aquí, parece ser que la gente piensa diferente.
Pedí un batido de fresa y plátano, con nata, por supuesto. Me senté en una mesa para dos, justo delante de uno de los ventanales, desde el que podía ver la calle.
Tenía ganas de hablarles a mis amigas, de decirles dónde estaba en ese momento. Tan solo habíamos intercambiado un par de correos, pero poco más. Y a veces las echo de menos, parece que las necesito. Me asusta la idea de tener que conocer gente en el instituto. Es difícil para mí, casi imposible.
Dos mesas más allá había una pareja discutiendo. Un chico y una chica, al parecer de mi edad, más o menos. Hablaban en un tono de voz alto, casi gritando. El chico parecía disculparse de algo, típico. Pero a ella no parecía importarle lo más mínimo, lo que él decía. Tan solo lo miraba con odio, muy enfadada. De pronto, la chica le pegó un chillido más alto de lo normal, las pocas personas que había, comenzaron a murmurar sobre lo que ocurría, y el chico salió casi corriendo de allí.
La gente pronto dejó de murmurar y siguió hablando de sus cosas.
La chica parecía realmente afectada, ya estaba llorando. Me fijé un poco más en ella, detenidamente. Tenía el pelo por el hombro, muy liso y de un negro muy oscuro. Parecía ser algo hippie. Llevaba una trenza más larga que su propio pelo, probablemente postiza. Rodeada con hilos de colores. Vestía unos vaqueros cortos desgastados, una camiseta sin manga de colores vistosos, a conjunto con un pañuelo anudado al cuello. Un bolso de tela, éste totalmente hippie, le colgaba del hombro.
Parecía realmente desesperada en ese momento. Miraba de un lado a otro nerviosa, y yo no podía dejar de mirar hacia donde ella estaba.
De pronto, echó a andar hacía la puerta, y yo la seguí con la mirada. Pero cambió de opinión y cuando estaba a punto de salir por la puerta, se acerco a mí y se sentó en mi mesa, en la silla que tenía enfrente.
Me quedé impresionada, sin saber que hacer o decir. Ella estaba impasible, con la cabeza entre las manos. Sacó un pañuelo de su bolso y se limpió la nariz de una manera un tanto estruendosa.
Seguí mirándola con los ojos bien abiertos por la sorpresa, mientras ella seguía mirando hacía algún lugar más allá, pensativa.
De pronto, comenzó a hablarme, ya más calmada.
-Es un cerdo. ¿Sabes lo que me ha dicho ahora? ¡Que lo siente! Joder, ¡Que lo siente! Después de todo… ¿Cómo puede ser tan capullo? –dejó de hablar por un momento, intentando calmarse. Yo estaba estupefacta, totalmente. Venía aquí, a mi mesa, como si me conociera de toda la vida, contándome los problemas con su novio, o quien quiera que fuese.
–Lo siento, estoy muy nerviosa.
June, así me llaman. –Alargó su mano hacia mí con una sonrisa forzada en los labios. Intenté sonreír también y alargué la mía hacia ella. Juntamos las manos como en la típica película.
–Rebeca. Así me llaman a mí. –June volvió a sonreír, mucho más calmada, y me miro con curiosidad, de arriba abajo.
-¿No eres de aquí, verdad? Tu acento… es diferente.

Perfecto, ¿Tanto se notaba, con solo pronunciar dos palabras? Intenté parecer lo más simpática posible.
-No… Yo, estoy aquí por una especie de intercambio. Bueno, realmente no es un intercambio, porque no viene nadie a mi casa después.
Pero yo si que paso un año aquí –June sonrío otra vez, parecía divertirse fácilmente –Ahora vivo… con otra familia, americana.
-Has elegido un buen destino… Nueva York, chica lista –dijo, guiñándome un ojo de una manera un tanto cómica –Este sitio es genial, el mejor del mundo. Solo te aconsejo una cosa: nunca te fíes de los tíos de aquí, es una advertencia que te será muy útil. Como este tipo con el que estaba discutiendo hace un momento… ¿Sabes que? Me pone los cuernos con una guarra pelirroja, y después me dice que lo siente, que no le importó nada. ¡Que no le importó nada! Joder, ¡Pero a mí si! Osea, que ahora te tiras a la primera pelirroja que te pasa por delante, y después le dices a tu novia que no te importó, que todo sigue igual. ¿Sabes que te digo? ¡Una mierda! Estoy realmente harta de esos tíos. ¿Me has entendido? Quiero decir si… hablo demasiado rápido para que puedas entenderme, si te estoy aburriendo con mis historias…
Yo seguía mirándola con los ojos abiertos como platos, sorprendida. Sabía que la gente de España era espontánea, por lo menos la mayoría, pero creía que esta espontaneidad no se podía superar. Y en cambio, llega una chica totalmente desconocida, en un país totalmente desconocido, en un continente más desconocido aún… y se sienta a contarme sus problemas sentimentales, nada menos.
Ella estaba esperando una respuesta por mi parte, así que me esforcé al máximo por encontrar algunas palabras.

-Eh… Si, bueno, me cuesta un poco entenderte, pero supongo que tendré que acostumbrarme, la gente no se acordará siempre de hablarme más despacio…
Y no me aburres, lo que sea menos aburrirme. –Le sonreí, y ella me devolvió la sonrisa. Tenía los ojos negros, totalmente negros. Era casi sorprendente. –Además, llevo unos días un tanto aburrida, devorando libros en el jardín, y es bastante entretenido que una chica desconocida se siente conmigo y empiece a contarme sus problemas –Pensé que quizá se lo tomaría mal, pero me equivoqué, porque esbozó una sonrisa mucho más amplia que las anteriores, dejando ver unos dientes perfectos y blanquísimos.
-Me has dado hambre. Voy a pedirme un batido –Levantó la mano para llamar a la camarera, y enseguida se acercó una chica bajita, la misma que me había atendido a mí. –Uno de chocolate con leche y nata montada encima, por favor. –Ese es mi batido favorito, soy como una adicta al chocolate, es una droga para mí.
-También es mi favorito, pero pedí este por cambiar un poco.
-Se llamaba Law, y era mi novio. Llevábamos seis meses justos. Teníamos una buena relación, bueno, es un poco mayor que yo, pero nos entendíamos bastante bien. Le conocí… Yo trabajaba paseando perros, era voluntaria de una perrera. Los bañaba, les de daba de comer, los paseaba… En fin, las típicas cosas de perros. Un día estaba andando por la calle y ¡zas! Me topé con él. Supongo que sería uno de esos flechazos de los que habla la gente, en realidad no lo sé.
Empezamos a hablar, tanto rato que llegué tarde a la perrera, y me echaron una bronca de narices por devolver tarde a los perros. No sé por qué pero me dio su móvil, y le mandé un mensaje diciéndole que me habían echado por su culpa.
Era mentira, pero supongo que lo hice para que me invitara a cenar o algo así.
Y… me invitó a cenar. Esa misma noche. Fuimos a una pizzería cerca de Manhattan, cenamos, charlamos, nos besamos y… me invitó a su casa, no muy lejos de allí. Pero no creas que hicimos nada ¡eh! ¡No! Antes muerta que hacerlo con uno la primera noche.
Pasé más tiempo con él, y unos días después empezamos a salir.
Era el chico perfecto para mí, estaba muy enganchada, quizá demasiado. Le encantaban los animales como a mí. Solíamos hacer fotos a algunos de ellos, con una cámara genial que tenía él.
¡Hasta lo llevé a mi casa! Imagínate, el panorama. Creo que se pensaron que estaba embarazada o algo de eso, y por eso me presenté allí, para decirles algo así como: “Querida familia, estoy embarazada. Él es Law, mi novio, y nos vamos a casar en Las Vegas, tan pronto como podamos. Lo siento, pero no vais a poder hacer nada para impedírnoslo”.
Me reí ante la broma. La verdad es que era una chica graciosa y bastante simpática. Y sobre todo: extrovertida.
-Pero bueno, tuvo que terminar. Supongo que todo lo bueno termina tarde o temprano –Dio un sorbo largo a su batido y me miró después, pensativa. Parecía estar pensando decirme algo –Tú… ¿Te has enamorado alguna vez?

Una expresión amarga me cruzó el rostro. Intenté evitarlo, pero creo que me fue imposible. Creó que me entendió, porque intentó arreglarlo rápidamente.
-Lo siento, de verdad. No tenía que habértelo preguntado. A veces soy bastante… estúpida. Me meto donde no me llaman. No tienes por qué contármelo si no quieres. Es más, ya no quiero que me lo cuentes.
-No te preocupes, no pasa nada. Debería poder contártelo, pero la verdad es que me cuesta… No suelo contar esas cosas.
Quizá soy rara por ello, pero es muy difícil para mí.
-¡La rara soy yo! ¡Rara y cotilla, además! No debería preguntar cosas así a gente desconocida. –Se carcajeó –Te habré asustado, seguro. Ya te imagino corriendo a tú casa para decir que una chica loca y despechada te ha empezado a hablar de su novio…
-No, créeme. No lo haré. –Sonreí –Creo que tengo que irme. Es tarde ya, y no le he avisado de que me iba a dar una vuelta.
-¿Avisar? ¿A quién?
-A mi madre adoptiva. Monique.
Se rió ante ese término y nos levantamos de la mesa, dispuestas a salir ya por la puerta. Pagamos los batidos y me iba a despedir de ella, cuando sonó su teléfono.
Miró la pantalla y sobre su rostro se cruzó una expresión de triunfo.
-Ajá. Lo sabía. Es él, Law. Lo siento, tengo que irme. A lo mejor nos volvemos a ver algún día.
-Eso espero. –Fue lo único que pude decir, porque desapareció corriendo por la calle de al lado.
Que chica tan… interesante. Sí, puede parecer un poco rara al principio, pero es solo extrovertida y enérgica. Me sorprende.
No estaría mal volver a verla y hablar otra vez con ella. Hace que desaparezca mi soledad, ahora que aún no conozco nada.
Seguí caminando por la acera, camino de mi casa, riéndome por dentro de una situación tan… divertida.



“La totalidad de este libro está registrada por su autor. Cualquier intento de copia se considerará una violación de los derechos de Propiedad Intelectual del autor”.

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