martes, 2 de agosto de 2011

Capítulos 14 y 15

Capítulo 14

Cuando bajé a la cocina para buscar a Monique, ella no estaba. Se suponía que ese día me iba a llevar al instituto. En su lugar estaba Mark, apoyado en la encimera, tomando algo de una taza.
Entré en la cocina y se me quedó mirando de arriba abajo.
Le miré fijamente a los ojos intentando comprender por qué me miraba de ese modo, pero no era fácil adivinar sus pensamientos.
Miré hacia mis pies examinando mi ropa, intentando encontrar el problema.
Había elegido unos pantalones shorts vaqueros, una camiseta de manga corta de rallas de colores y unas sandalias blancas. No llevaba prácticamente accesorios, tan solo un colgante largo que llegaba hasta mi pecho. Era de plata, del símbolo de la paz.
Volví a mirar a Mark.
-¿Esto es el problema? –pregunté, señalando el colgante.
Antes de que dijera nada, me lo quité y lo guardé en la mochila.
-No te he dicho que te lo quitaras –dijo con sorna, sonriendo.
-Por si acaso. Quizá piensan que soy una pacifista hippie o algo por el estilo. Por el momento no quiero permanecer en ningún grupo… No me has dicho si hay un grupo de hippies.
Le miré, esperando una respuesta.
Tan solo soltó una carcajada y metió la taza en la pila. Se acercó a la mesa y se colgó la mochila al hombro.
Me acerqué a la nevera buscando algo de comer, pero me di cuenta de que tenía el estómago cerrado y no iba a ser posible comer nada. Así que descarté la idea rápidamente: era preferible no tener nada que vomitar, solo por si acaso.
-¿Has visto a Monique? –pregunté. –Se suponía que era ella la que debía llevarme hoy al colegio.
-No. No la he visto. –Me lanzó una manzana, que pillé al vuelo milagrosamente. –Tienes que comer algo, aunque no puedas.
Guardé la manzana en la mochila.
-Hay algo que aún no has visto. –se acercó a mi y me empujó hacía la puerta de la cocina, cogiéndome por los hombros. –Ven por aquí, tenemos diez minutos.
Le seguí, o mejor dicho, me empujó hasta la puerta trasera de la cocina, que salía al jardín trasero.
Estaba bastante nublado, quizá convendría subir y coger el paraguas…
Vi que nos dirigíamos hacia el cobertizo o garaje, y era verdad que nunca había visto lo que había dentro.
De pronto, Mark me adelantó y se paró delante de mí.
-Vale, espérame aquí. Si pasas… no tiene gracia, y quiero ver la cara que pones.
Me asusté por eso de “la cara que pones”, ahora si que no sabía que iba a sacar de ahí dentro.
Mark levantó la puerta del garaje, sin abrirla apenas, y se coló dentro.
Noté como una gota de agua caía desde el cielo y aterrizaba en mi nariz. Definitivamente, debía coger el paraguas en ese mismo instante.
Oí un ruido como de un motor, quizá de un coche o… ¿de una moto? Era fuerte.
Vi como Mark subía la puerta del todo, y salía a la luz, dejándome ver su “sorpresa”.
Iba montado en una Harley Davinson enorme, de un rojo fuerte y negro. Llevaba un casco que le cubría toda la cara, y solo le dejaba al descubierto sus ojos azules.
Se había puesto una chupa de cuero negra.
Me dieron ganas de reírme de él, parecía un macarrilla recién salido de “Grease” o algo por el estilo.
Aunque no podía verle la boca, supe que estaba sonriendo, quizá por ver la cara que yo había puesto.
-Vale, esa cara quería ver yo. –Se quitó el casco y me sonrió –¿Vienes?
Me quedé mirándole con cara de pocker, intentando que viera la respuesta reflejada en mi rostro.
-¿De verdad quieres que relacionen al tío más “guay” del instituto, el perfecto deportista, llevando en su moto nueva a una frikie como yo? Yo creo que no…
Mark sonrió y se levantó para cerrar la puerta del garaje, que seguía abierta. Se puso el casco y se montó en la moto, pero antes abrió la visera.
-El collar estaba bien. Pero yo de ti me cambiaría esos pantalones tan… cortos. No están permitidos.
Suerte, recuerda todo lo que te he dicho. Quizá me veas por allí, pero dudo que te salude. Pero tú no te lo tomes a mal eh…
Acto seguido, salió a toda velocidad y dobló la esquina, dejando una gran nube de polvo tras de sí y un ruido infernal.


Capítulo 15

La lluvia caía con fuerza sobre el capó del coche, dejando grandes manchas de agua sobre el cristal delantero.
Monique conducía con calma, ignorando los pitidos de los coches vecinos.
Yo escuchaba música en mi Ipod, intentando ignorar todo lo que ocurría a mi alrededor.
Quizá parecía una maleducada, encerrada en mi mundo, pero no podía evitarlo, y esperaba que Monique lo entendiera.
Había sustituido mis shorts prohibidos por unos vaqueros largos, seguro que no estarían prohibidos.
Ocultaba mi pelo, enmarañado por la humedad, con la capucha de mi chaqueta. Suponía que también estarían prohibidas las capuchas, pero esperé que tuvieran algo de compasión, solo por hoy, y me dejaran en paz.
Llevaba unas botas de agua en lugar de las sandalias, obviamente; ya pasaba de lo que dijeran: estaba lloviendo demasiado.
Sentada en el asiento del copiloto, con mi mochila encima de las piernas, arrancándome el esmalte negro de las uñas, de puro nerviosismo.
Habíamos planeado llegar media hora antes de que empezaran las clases, para reunirme con alguien de secretaria, dar mis datos y que me diera mi horario y me acompañara a la clase, tal como acordaron en la academia en España.
Monique notaba la tensión en el ambiente.
-Parece que Mark no ha elegido el mejor día para estrenar la moto. –Dijo –Debería de haberse esperado, aunque sea a mañana. Aunque por mí, que no la coja nunca.
A pesar de estar escuchando música, oía todo lo que decía.
-Y pretendía que me fuera con él. –Me reí para mis adentros.
-Que pretendía… ¿Qué?
Pareció notar que no tenía ningunas ganas de discutir en ese momento, porque me dejó en paz enseguida y no siguió con el tema.
La lluvia seguía cayendo con fuerza, y los minutos pasando. Cada vez estaba más nerviosa, no podía llegar tarde mi primer día de clase. Si entraba cuando todo el mundo estaba sentado en su mesa, tendrían una oportunidad mejor para mirarme de arriba abajo, detenidamente y todos a la vez. Y eso no podía ser bueno.
Quizá me hablaran, me preguntaran cosas, demasiado rápido para que yo pudiera entenderles. Entonces nada saldría bien…
Sacudí la cabeza intentando apartar esos pensamientos.
Por fin, la masa de coches se fue reduciendo poco a poco, y conseguimos llegar al instituto diez minutos más tarde de lo previsto.
Me apeé del coche rápidamente, y Monique bajó la ventanilla.
-Puedo acompañarte. Iré hasta secretaría y me marcharé –giró el volante para aparcar en la acera.
-No, Monique. Gracias, de verdad, pero prefiero hacerlo sola. De todas maneras no debe ser tan difícil, creo que no me perderé.
Me puse el chubasquero y me colgué la mochila a un hombro.
-Mucha suerte. Pasaré a por ti a la una.
Y acto seguido, dobló la esquina y desapareció, intentando evitar la gran masa de tráfico.
Miré a mi alrededor. Había un gran jardín en la puerta del instituto, dividido por dos caminos que llegaban al mismo sitio: la puerta del instituto.
Era un edificio enorme, increíblemente grande. Mi instituto de antes no era ni la cuarta parte de ese. Las paredes, grises, estaban cubiertas por grandes ventanales.
Además de grande, era un edificio precioso. Muy diferente a los colegios que estaba acostumbrada a ver.
Tenía una gran torre en el centro, bastante alta.
Quise quedarme ahí toda la mañana, contemplándolo, viendo cómo pasaban las horas.
Pero la lluvia cada vez era más fuerte, y los alumnos corrían de un lado para otro, cubriéndose con sus mochilas o libros.
Me percaté de que si me quedaba parada en el mismo sitio mucho tiempo, la gente me miraría y hablaría de “Esa extraña chica que contempla todo como si nunca lo hubiera visto”. Técnicamente, era verdad.
Fui andando deprisa hasta la puerta, correr en esos casos no era una buena idea.
La puerta era grande, y estaba abierta a todo el mundo. Había un hombre de unos cincuenta años, de pelo canoso, que vestía un uniforme marrón y gris. Parecía ser el conserje. Fregaba el vestíbulo con parsimonia, a la vez que metía prisa a la gente que entraba.
Pasé dentro sin entretenerme demasiado.
El vestíbulo era… Increíblemente grande. Jamás había visto un colegio o instituto tan enorme.
Las paredes, pintadas de colores claros, estaban cubiertas por carteles o murales. El techo era muy alto, y había muchos conductos de ventilación.
En el centro había una gran escalera de metal, con una barandilla. La gente subía rápidamente, algunos bajaban, y otros se detenían durante un momento para mirar el reloj que había justo arriba.
Las ocho menos cuarto.
Dejé de mirarlo todo, y me concentré en encontrar la secretaría.
Había un par de cuartos a la derecha, cubiertos por cristaleras. Ninguno de ellos parecía ser lo que estaba buscando.
Uno debía ser el cuarto del conserje, y el otro… quizá alguna sala de reuniones.
A mi izquierda había un pasillo. No podía ver dónde terminaba, así que seguí ese camino.
Me quité el chubasquero y la capucha de la chaqueta. No quería que me dijeran nada el primer día.
El pasillo era largo. A cada lado se podían ver vitrinas con copas, medallas o fotos de antiguos alumnos, supuse.
El baño de chicas estaba junto a una de esas grandes vitrinas, y el de chicos unos metros más lejos.
Había algunos cuartos con la puerta cerrada, y al fondo el que yo estaba buscando.
Las paredes eran una vitrina, por lo que pude ver lo que había dentro, y asegurarme de que aquello era la secretaría.
Las paredes eran de un color amarillo claro. Había numerosos marcos de fotos colgados, algunas copas en estanterías, un megáfono en una esquina.
A mi derecha, tres sillas que me recordaron a las de la consulta del médico.
Colocadas en fila, todas iguales, azules oscuro.
Un gran mostrador ocupaba todo el ancho de la sala, y justo detrás había una señora. Parecía tener unos sesenta años, el pelo corto y pelirrojo, y unas gafas triangulares de pasta. Parecía concentrada en algo.
Miré a mi alrededor buscando otra persona libre, pero no había nadie. Ni alumnos, ni profesores ni nada.
Carraspeé intentando llamar la atención de la señora, pero ella seguía mirando la pantalla del ordenador, ensimismada.
Me invadió la sensación de que me sonaba de algo, creía haberla visto antes. Intenté recordar de qué me sonaba su cara, pero entonces desvió la mirada de la pantalla del ordenador y puso sus ojos en mí.
Tenía cara de pocos amigos, me miraba como si le hubiera interrumpido de un asunto de vital importancia.
La verdad es que al principio me asustó su cara, y más cuando vi sus uñas largas y rojas repiqueteando en la mesa… Pero luego me dio igual. No tenía tiempo para tonterías.
-Hola, soy Rebeca. De la familia Jones. La chica española que viene por el intercambio…
Puso los ojos en blanco y comenzó a buscar en su ordenador. De vez en cuando, me miraba de reojo. Yo lo notaba, pero me hacía la tonta.
A la derecha de la sala, al final, había un pequeño cubo de cristal. Dentro, una mujer de unos cuarenta años, de pelo liso y largo y cara agradable. Parecía estar ordenando un montón de papeles, y de vez en cuando soltaba un suspiro y continuaba su trabajo.
Sentí la curiosidad de preguntarle a aquella señora quién era esa mujer, pero la verdad es que no tenía muchas ganas.
Finalmente, la mujer dejó de escribir en el ordenador, se quitó las gafas y me miró.
-Bueno, bienvenida al Forest Hills School. Ahora mismo imprimiré tu horario de clases, el resguardo de tu matrícula y otros documentos.
Ahora, esa señora que está allí –dijo señalando a la mujer del cubo de cristal –te acompañará hasta tu clase. Puedes preguntarle cualquier duda que tengas a ella.
-¿Quién es? –pregunté.
-Tiffany. La secretaria del director.
Como ya sabes, tu horario de clases es de ocho de la mañana a una de la tarde. A las diez hay un descanso de media hora, y de doce a doce y media es la hora del almuerzo. Los martes y los jueves tienes clase por la tarde, de dos a cuatro.
Aquí puedes ver las diferentes opciones de talleres que tienes. –Dijo, acercándome un papel. –Hay muchas opciones, y tienes más de una semana para elegir qué hacer.
Eché una ojeada. Taller de cocina, taller de dibujo, taller de teatro y canto, taller de moda… Guardé el papel en mi carpeta antes de estresarme aún más.
-Bien. Ahora voy a llamar a Tiffany. Tienes que entregarle estos documentos a la señora… Jones. Es la solicitud de transporte escolar, el servicio de cafetería y la elección de las actividades.
Acto seguido, se levantó no sin esfuerzo y fue hasta el cubo de cristal. Pude ver como hablaba con Tiffany sin mucho entusiasmo, mientras ella miraba hacía dónde yo estaba y sonreía.
Poco después, se levantó y se acercó a mí, tendiéndome la mano.
-Encantada. Soy Tiffany Stuart, la secretaria del director y tu orientadora.
Le estreché la mano, a pesar de lo raro que me resultaba: esa costumbre no era de España, ni mucho menos.
Me hizo gracia la palabra orientadora.
-Bien –empezó a hablar, abriendo la puerta de secretaría, y empujándome suavemente hacía el pasillo. –Voy a acompañarte hasta tu clase. Si lo prefieres, puedes hablar con el director, el señor Williams. Puedo llamarle ahora mismo si quieres, y él te explicará todo personalmente…
Me sorprendió el cuidado con el que pretendían tratarme.
-No, está bien así. –Respondí, sin saber bien qué decir.
Seguimos andando por el pasillo, y subimos por las enormes escaleras. Al final de ellas había unos grandes ventanales, por los que se filtraba algo de luz. Parecía que había dejado de llover.
Doblamos por el camino de la derecha del final de las escaleras. Ya no quedaba casi gente fuera de las clases.
-Ahora mismo solo voy a acompañarte a tu clase, pero si quieres también puedo enseñarte el resto del instituto. Hoy tienes permiso para llegar un poco más tarde –sonrió.
Mi mente relacionó la idea de llegar un poco más tarde con la idea de interrumpir una clase llena de alumnos curiosos, dispuesto a preguntar y a entusiasmarse por la chica nueva.
-No, prefiero llegar a la hora. El instituto… Podré investigarlo a la hora del almuerzo.
-Bueno, como quieras.
Avanzamos por un ancho pasillo, lleno de taquillas pintadas de azul oscuro a los lados. Debería de haber… ¿Quizá quinientas? ¿O quizá más?
Sentí la necesidad de preguntarle a Tiffany el número de estudiantes.
-Una pregunta…
-Sí, dime –me dijo. Parecía entusiasmada por el hecho de que tuviera preguntas que ella pudiera responder.
-¿Cuántos alumnos hay aquí? Estudiantes… en total.
Tiffany pareció pensar durante un momento.
-Pues, en total, debe de haber unos cuatro mil… más o menos. Quizá más.
Si hubiera estado bebiendo algo, me habría atragantado. Si hubiera estado sentada en una silla, me habría caído.
¿Cuatro mil? ¿Más de cuatro mil? Pero eso era… Una barbaridad.
No me costó mucho caer en la cuenta de que eso era Queens, Nueva York. Uno de los institutos más importantes de la ciudad.
Yo venía de un instituto que no sobrepasaba los trescientos estudiantes.
Y había ido a parar a uno… Con cuatro mil, o más.
Tiffany me miró y se rió.
-¿Algún problema? –preguntó.
-No, nada. –Respondí, aún sin aliento.
Seguimos por aquel pasillo, que parecía interminable. De pronto, Tiffany se detuvo y me mostró una taquilla.
-Esta es la tuya. La trescientos tres.
Me tendió una llave, que guardé en el bolsillo pequeño de la mochila.
-Conviene que no la pierdas demasiado pronto –sonrió –La segunda vez que la perdéis, vale cinco dólares.
Pensé en colgármela de un colgante, o algo así.
Seguimos caminando y doblamos hacia la derecha.
El panorama era bastante distinto ahora. A los dos lados del pasillo había puertas de cristal, cada una con un letrero.
Parecía ser el curso.
Al final, estaba mi clase.
Tiffany me miró por última vez.
-Recuerda que a la una, cuando terminen las clases, tienes que pasar por secretaría. Estaré allí, y haremos un informe sobre qué te ha parecido todo esto, si has tenido algún problema…
Típico. Muy típico.
-Está bien, allí estaré.
-Tranquila, y suerte.
No me tranquilizaron nada esas palabras. Parecía que me iba a la guerra, o algo así. Tranquila y suerte. No, no eran palabras tranquilizadoras.
-Gracias –respondí.
Tiffany abrió la puerta y se hizo a un lado, dejándome pasar primero.
-Hola a todos, ella es Rebeca. Viene de España, y tiene dieciséis años. Desde hoy, es vuestra compañera.



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