jueves, 4 de agosto de 2011

Capítulos 16 y 17

Capítulo 16

Recorrí la clase con la mirada. Era un aula grande, con un par de estanterías blancas acristaladas en la pared del fondo. Supuse que servirían para guardar libros, diccionarios o cosas así.
En la parte alta de las paredes, había cartulinas de colores, con el nombre del instituto, o algunos mensajes básicos que hay en las clases.
Los pupitres estaban colocados de uno en uno, en fila. Estaban pintados de verde claro, a conjunto con las sillas.
Las paredes estaban pintadas a conjunto con las del resto del edificio, todas de colores claros, beiges y cremas.
Había dos pizarras enormes, una de tiza y otra de rotulador. Y un ordenador fijo en una esquina.
Un proyector colgaba del techo.
La mesa del profesor era enorme, de un color distinto a la de los alumnos, de madera clara.
La silla era muy grande, de piel negra y con ruedas.
En la otra esquina de la case, junto a unos ventanales enormes que ocupaban todas las paredes, había una mesa con una bola del mundo.
Encima de las pizarras, un reloj.
Fluorescentes y conductos de ventilación ocupaban todo el techo.

La gente estaba empezando a sentarse en los pupitres cuando entré.
Algunos hablaban en una esquina de la clase, demasiado rápido para que yo pudiera comprender nada; otros mandaban mensajes o apagaban los móviles, un chico alto besaba a una chica al final de la clase…
Cada uno iba a su rollo, sin prestar demasiada atención a su alrededor.
Excepto cuando entré yo.
Todos giraron su cabeza a la misma vez, dirigiendo sus miradas hacia mí.
Los que hablaban, dejaron de hablar y pasaron a cuchichear entre ellos en voz baja. Otros dejaron los móviles y se dedicaron a escrutarme.
Los chicos que se besaban sonrieron al verme entrar.
Parecían estar evaluándome, comprobándome.
Me sentí como si estuviera en una mesa de quirófano y los médicos hablaran en susurro sobre mi estado.
Aquello era igual, solo que yo estaba en medio de la clase, observando a los que me observaban, y ellos no eran médicos, sino adolescentes con una novedad fresca delante.
Me pregunté qué era lo que murmuraban, si les habría parecido aceptable o no.
Algunos sonreían, otros parecían tener cara de asco. Me sentí terriblemente pequeña entre toda esa gente. Como si fueran una manada de leones a punto de devorarme.
Miré los pupitres, buscando alguno libre. El más lejano, al fondo de la clase y al lado de la ventana, llamó mi atención.
Me acerqué entre ese pasillo de gente, oyendo murmullos imposibles de descifrar para mí.
Me senté y tiré el chubasquero y la mochila al suelo.
Me aseguré de que mi móvil estaba apagado, y esperé con impaciencia a que la clase empezara ya, que terminara todo.
No tardó en entrar un señor mayor, de unos cincuenta años, con el pelo canoso y medio calvo, bajito y con una ropa un tanto… peculiar.
Llevaba un montón de libros en las manos, saludó a Tiffany, o mejor dicho, la echó, y se sentó en su silla.
Los murmullos comenzaron a disiparse poco a poco, la gente se sentó y comenzó a sacar libretas, hojas de papel y bolis.
Saqué mi libreta y un boli, y esperé a que al señor se le ocurriera decir algo pronto.
Carraspeó, y nos miró a todos de uno en uno. Cerré los ojos con fuerza y me agaché disimuladamente en la silla, deseando que no se percatara de mi presencia.
Pero el hecho de que todos siguieran mirándome, no ayudó mucho.
Paró su mirada en mí, y me sonrió. Se puso unas gafas horribles, de culo de vaso, para verme mejor, supongo.
Ya no había escapatoria.
-Supongo que usted es la señorita –miró una hoja que tenía sobre la mesa –Jones.
Técnicamente se podía decir que era de la familia Jones, sí. Aunque no era mi verdadero apellido. Asentí.
-Bienvenida al Forest Hills School. Soy el señor Stevenson. Vuestro profesor de historia.
Perfecto, de historia.
-Tú eres de España ¿verdad? –Preguntó –Hmm ¿Por qué no te acercas aquí y nos cuentas algo sobre ti?
No. No, por favor, no.
Me levanté poco a poco, y me acerqué a la mesa.
-¿Cómo te llamas?
-Rebeca.
El señor Stevenson hizo un mohín.
-Rebeca, ¿Podrías presentarte como es debido? –me dijo, un tanto impaciente.
No me pude negar a eso.
-Sí, claro. Me llamo Rebeca, tengo dieciséis años y vengo de España.
Le miré, buscando su aprobación.
-Cuéntanos algo más sobre ti, ¿Cuáles son tus aficiones?
Noté una punzada en el estómago. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora?
-Me gusta mucho leer, viajar y la música.
-¡Es una intelectual! –gritó uno desde el fondo.
-Empollona –gritó otro.
Noté cómo me sudaban las manos y se me aceleraba el corazón.
-¿Qué música te gusta? ¿High School Musical? –chilló otro.
Yo no podía ver a los dueños de esas voces, todo era tan confuso… que pensaba que me iba a desmayar.
-¡Silencio! –gritó el señor Stevenson.
Se lo agradecí.
-No te preocupes, algunos aquí son un tanto… mejor no termino la frase. –Miró a su alrededor.
-No pasa nada. –Susurré.
-No te voy a hacer sufrir más. Por lo menos por hoy. –Dijo el señor Stevenson, sonriendo. –Puedes sentarte.
Me fui a mi pupitre andando deprisa. Me senté y solté un largo suspiro.
-Muy bien, espero que hayáis tenido unas buenas vacaciones y… bla bla bla. Sí, sé que vosotros también esperáis que yo haya tenido buenas vacaciones, gracias a todos.
Qué irónico, este señor Stevenson.
De pronto, sus palabras fueron interrumpidas por una chica que entró rápidamente en la clase, haciendo un ruido estruendoso.
Era una chica de pelo corto y negro, con un flequillo recto. Llevaba una ropa muy original, hippie, se podría decir.
Llevaba en las manos un montón de libros, y un bolso colgado del hombro. Al abrir la puerta, todos los libros que llevaba se desparramaron por los suelos, haciendo más ruido aún, y provocando un enfado cada vez más grande en el señor Stevenson.
-¡Señorita! ¿Puede hacer el favor de armar tanto ruido? –gritó, mirando el reloj situado sobre su cabeza.
Toda la clase miraba con asombro a aquella chica tan extraña. Algunos soltaban risitas casi imperceptibles, otros simplemente la observaban sorprendidos.
Y a mí… A mí me resultaba algo familiar.
-¡Ya son las ocho y diez! –bramó el señor Stevenson.
La chica se disculpó mientras recogía los libros del suelo.
-Por favor señor, déjeme pasar. He tenido un pequeño problema con el coche, ya sabe, primer día de instituto y recién sacado el carnet –se excusó, con una sonrisa un tanto apurada. –Por favor, le prometo que me sentaré en un pupitre y no armaré más ruido.
El señor Stevenson pareció cavilar durante unos instantes, frotándose la calva.
-Está bien, siéntese rápido y deje de interrumpir. –Dijo, finalmente.
La chica sonrió y cruzó rápidamente la clase, cruzando la mirada de un lado a otro, buscando algún sitio libre.
El señor Stevenson se levantó de su asiento con un suspiro y comenzó a escribir algo en la pizarra.
La chica llegó a un pupitre que estaba en el otro extremo de la clase, lejos del mío.
Colocó sus cosas sobre la mesa, y le hizo un gesto con el dedo al señor Stevenson, que traduje como un “Vete a la mierda”.
Todos sonrieron y el señor Stevenson se giró, molesto, percibiendo una sonrisa en la cara de la chica, que disimulaba bastante bien.
La escruté más atentamente, intentando averiguar dónde la había visto antes. Su pelo, sus ojos rasgados y oscuros… todo me sonaba familiar, como si la hubiera visto antes en algún sitio.
El señor Stevenson nos explicaba en qué consistiría su clase durante el próximo año, mientras que escribía un esquema en la pizarra.
No entendía ni una sola palabra de lo que decía. Absolutamente nada. Parecía que se había olvidado de que estaba allí, en realidad todo el mundo parecía haberse olvidado ya.
Por una parte, eso me hacía feliz.
Me alegré porque aquella chica había desviado la atención de todos hacia ella. Como si hubiera quitado una nube que había sobre mi cabeza y la había trasladado hacia la suya. Aunque a ella no parecía importarle…
La observé una vez más y pude ver como hablaba con una chica de al lado, pelirroja y de ojos muy verdes. La otra chica parecía más normal, y mantenían una conversación al parecer, divertida.
El señor Stevenson se giró, realmente malhumorado al oír sus risas.
-Perdonen, señoritas. –Dijo, mirando principalmente a la chica morena.
–Estaría bien que nos contaran qué les hace tanta gracia.
La chica pelirroja parecía asustada, y casi se agachaba en su asiento, mirando hacia otro lado.
En cambio, la chica morena lo miraba desafiante, y sonreía.
-Bien. Tengo interés en saber de lo que estaban hablando. Ahora pueden compartir con todos su conversación, señorita…
-June. Me llamo June. –Dijo, con una sonrisa burlona.
De pronto me acordé de ella. La chica rara del Starbucks. La que me había contado su vida. Estaba allí, y me salvaba de la atención de los otros.
Parecía un milagro que June estuviera ahí. No del todo un milagro, pero casi.


Capítulo 17

Intenté acercarme a June para comprobar si aún se acordaba de mí, aunque en realidad lo dudaba. Fue imposible. En cuanto el señor Stevenson terminó de hablar sobre la importancia de la cultura en los seres humanos; ella salió disparada de allí y no la volví a ver.
Supuse que se reuniría con su novio o iría a llamarle al móvil.
Suspiré.
Las dos primeras clases de la mañana habían terminado, primero Historia y después Matemáticas.
Si ya me había costado entender una sola palabra de lo que el señor Stevenson decía, la experiencia de las matemáticas había sido…
Había pasado toda esa clase con la cara escondida detrás del de adelante, riéndome yo sola. Me había dado un ataque de risa al ver todas esas fórmulas escritas en la pizarra: un resumen de lo que haríamos durante el curso.
Ya tendría tiempo para llorar más tarde, en ese momento preferí tomármelo a risa.
Después de esas dos experiencias tocaba la hora del almuerzo. Sí, ese momento en el que todos se reunían en la cafetería o fuera, cada uno se sentaba con sus amigos o iba con su grupo –a no ser que fueras un marginado social y nadie quisiera que fueras con ellos –y conversaban sobre que tal había ido el día. Ese momento en el que tocaba relacionarse. Relacionarse.
Pensé en tomarme el almuerzo en el recreo, detrás de un árbol lo suficientemente grande como para que nadie pudiera verme.
Al final opté por aquella opción.
Salí al patio cuando todo el mundo había salido ya, intentando que nadie pudiera verme.
Aquel sitio era increíble. Mi tendencia a comparar este instituto con mi antiguo instituto en España hacía que me sintiera… quizá afortunada.
Había bancos con mesas en algunas esquinas, cerca de los árboles. Grandes jardines ocupaban casi todo el espacio.
A lo lejos pude ver algo parecido a una pista de algún deporte. Supuse que sería de futbol americano o algo por el estilo.
De momento era tan solo una mancha verde a lo lejos, más tarde quizá me acercara a ver.
Aquel sitio era precioso, de aquello no dudaba. Era el instituto más grande y perfecto que había visto nunca.
Me acerqué al árbol más alejado que vi, caminando despacio e intentando pasar desapercibida. Me senté debajo y dejé la mochila junto a mí.
Comencé a sacar mi almuerzo, el que me había preparado Monique.
Un sándwich de… de algo. Creo que queso. Un zumo de piña.
Miré a mi alrededor buscando a Mark. En el fondo sabía que era imposible encontrarlo, pero aún no había perdido las esperanzas. Seguramente estaría con Traci en algún baño o algo así.
Miré al cielo: unas nubes espesas y grises tapaban un sol que intentaba salir. Había dejado de llover, pero suponía que no tardaría en volver a empezar.
Intenté observar disimuladamente a la gente que podía ver desde allí.
No había nadie de los que antes estaban en mi clase. Quizá ese sitio no era para los nuestros, y yo estaba haciendo el ridículo. Aunque no parecía que nadie se fijara en mí.
Tan solo veía a gente que parecía más mayor que yo. Quizá unos diecisiete.
Un grupo de chicas se reía de algo. Pude ver que eran cinco: dos rubias, dos morenas y otra castaña. Todas se reían de algo que decía la rubia más alta, quizá fuera la líder del grupo.
Un poco más lejos, junto a un árbol, un chico y una chica –al parecer mayores que yo –se besaban sin descanso sin hacer caso de nada ni nadie. No comprendí cómo podían respirar.
Otro grupo, esta vez de chicos, hablaba de algo. Supuse que de nada en particular, la conversación no parecía muy animada.
De pronto, algo o alguien se cruzó en mi campo de visión. Levanté la vista para ver de que se trataba, y vi la sonrisa perfecta de June en mi cara.
Sus ojos negros estaban muy abiertos, como si estuviera sorprendida.
Me dí cuenta de que se había cortado el pelo, ahora su pelo negro y liso le llegaba hasta los hombros.
-Vaya, ¡Eres tú! –gritó.
Se sentó a mi lado y sacó una cámara de fotos de su mochila. Sin darme casi cuenta me sacó una foto con flash.
-La necesito –Se excusó.
Se sonreí como única respuesta. No me molestaba que me sacara una foto, aunque hubiera preferido que me avisara antes.
-No me puedo creer que…
-¿Vayamos al mismo instituto y a la misma clase? –me interrumpió.
Parecía distraída, mirando las fotos de su cámara.
-Era de esperar –continuó diciendo, aún sin mirarme –Supuestamente este es el mejor instituto de Queens, y uno de los más grandes, así que lo más probable era que las dos coincidiéramos aquí. Mira esta foto –me dijo, acercándome la cámara.
Contemplé la foto durante un minuto, pensativa. Una niña sonriente, con los ojos rasgados y el pelo largo, liso y negro. Tenía la cara redonda y la boca manchada de chocolate. Delante de ella había una enorme tarta, al parecer de chocolate.
La foto era en blanco y negro y en una esquina había un destello de luz procedente del sol.
-Es mi hermana –dijo, interrumpiendo mis pensamientos –Lucy. Cumplió tres años el fin de semana pasado y es del norte de Asia. –Me sonrió –Realmente no es mi hermana biológica, aunque yo la considero como tal.
Me quitó la cámara de un tirón, para seguir mirando sus fotos.
Yo no sabía qué hacer o qué decir. Parecía que June se interesaba por mí, que quería hacerme compañía. Pero a la vez, esos gestos tan bruscos que tenía… No estaba acostumbrada a tanta espontaneidad.
Volvió a interrumpir mis pensamientos, como de costumbre.
-La adoptamos hace dos años y medio. Ella tan solo tenía seis meses. Cuando mi madre murió hace tres años… Mi familia se quedó como vacía. Sabíamos que iba a pasar de un momento a otro, estábamos mentalizados. Pero a pesar de ello, no nos resultó fácil a ninguno. –Suspiró, como haciendo un esfuerzo por seguir. Yo tenía los ojos muy abiertos y estaba perpleja.
-Mi hermano tenía dieciséis años en aquel momento. No fue fácil para él, se encerró en si mismo durante mucho tiempo.
Mi padre intentaba hacerlo lo mejor que podía. Vagaba por la casa intentando demostrar que estaba bien. Pero todos sabíamos que no era así.
Y yo… yo dejé de hablar. Tenía trece años cuando ocurrió aquello. Estuve sin hablar un año entero. Tenía una libreta para escribir las cosas simples como “Pásame la sal”, pero por lo demás, ni una palabra.
Mis padres llevaban años con los trámites de la adopción de Lucy. Cuando mi madre se fue, mi padre pensó por un momento en dejarlo todo, en olvidarse de la niña, aún estaba a tiempo.
Pero al parecer lo pensó mejor y se decidió a hacerlo, como última voluntad de mi madre, o algo así.
Entonces fue Lucy la que llegó y cambió la vida de todos. Fue duro, porque tan solo era un bebé que necesitaba miles de cuidados, pero supongo que gracias a ella todo fue mucho más fácil.
Quizá deba sentirme afortunada por tenerlos a ellos, Lucy ni siquiera sabrá nunca dónde están sus verdaderos padres ni quiénes son.
Yo, en cambio, tengo a mi verdadera familia.
¿No es para quererla? –Sonrió, quizá con cierta amargura.
Noté como se me formaba un nudo en el estómago. June me miraba ahora, buscando que dijera algo, pero yo no sabía qué decir ante una confesión tan importante. Pensé en lo fuerte que debía ser ella para contarme algo así, sin derrumbarse. A mí, una completa extraña. Parecía haberlo superado.
De pronto, dejó de mirarme y volvió a sonreírme.
-Lo siento –murmuré –Sé que es lo típico que se suele decir, pero créeme, solo puedo decirte eso.
June soltó una carcajada y me sonrió.
-No te preocupes, de verdad. Y si, es lo típico que suelen decirme. Aunque no creas que le cuento esto a todo el mundo. Pero tú… no sé, me das confianza.
Le sonreí, aunque aún no era capaz de entenderla.
Se levantó de un salto y guardó su cámara en la mochila.
-¿No comes? –preguntó.
Miré el sándwich en mi mano derecha. El nudo en el estómago aún no había desaparecido.
-No tengo hambre –contesté.
June sonrió.
-Vamos, no vas a pasarte toda la vida debajo de este árbol. –Dijo, tendiéndome la mano.
Le agarré de la mano y me levanté.
-¿Adonde vamos? –pregunté.
-A cualquier parte –contestó June.
Buena respuesta, pensé.
No tenía nada mejor que hacer, así que la seguí, aún con el nudo en el estómago y la cabeza dándome vueltas.



“La totalidad de este libro está registrada por su autor. Cualquier intento de copia se considerará una violación de los derechos de Propiedad Intelectual del autor”.

1 comentario:

  1. Olaa yo leia tu historia en tuenti pero como te lo han cerrado lo seguire leyendo por aqui que cada vez esta mas interesante jeje

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