viernes, 5 de agosto de 2011

Capítulos 18, 19, 20, 21 y 22

Capítulo 18

Caminaba con June por los pasillos del instituto, mirando de vez en cuando a la gente que me rodeaba. La mayoría apenas me prestaba atención, alguno giraba la cabeza y fruncía el ceño, pensando si me había visto antes.
La gente allí parecía mas mayor y madura que en los colegios en los que había estado antes. Aunque quizá me estuviera equivocando completamente.
-¿Sabes que? –dijo June, sonriendo, como siempre. –Tu acento es muy gracioso.
-¿Se supone que me lo tengo que tomar como un insulto? –dije, enarcando una ceja.
June soltó una carcajada.
-¿Qué dices? Es perfecto. La gente se fijará más en ti. –Dijo, guiñándome un ojo.
-No creo que eso sea una buena idea…
June volvió a reírse.
-No hablaba en serio.
Seguimos avanzando por los pasillos interminables de aquel enorme lugar.
Vi cómo se acercaba un chico de pelo negro y rizado, ojos castaños, y muy delgado.
Frunció el entrecejo como queriendo saber quiénes éramos en realidad, y acto seguido sonrió.
Vino casi corriendo hasta nosotras, y abrazó fuertemente a June, levantándole los pies del suelo.
June se reía estrepitosamente, y yo agradecí que no hubiera nadie cerca.
-¡Bájame ya! ¡Oh, vamos Reese! –gritaba June.
Al otro parecía no importarle en absoluto.
De pronto, desvió su mirada hacia mí, y su sonrisa se ensanchó aún más. Soltó a June, se colocó la camiseta y se colgó la mochila al hombro.
-Vamos, Reese. Esta no es para ti. Se merece algo mucho mejor.
El tal Reese levantó la mirada hacia mí y me tendió la mano.
Lo miré fijamente, intentando adivinar sus intenciones. La verdad es que poco me importaban, así que le tendí la mano.
-Reese. Para servirte.
Oí cómo June soltaba una estruendosa carcajada.
-¿Y tú? Supongo que tendrás un nombre…
-Rebeca –le interrumpí.
Reese sonrió por última vez antes de soltarme la mano y abrazarme con fuerza.
Me quedé atónita, apenas podía respirar.
Respondí a su abrazo sin ocultar mi sorpresa.
-Guau, parece ser que aquí tendéis mucho al contacto físico –bromeé.
June y Reese se rieron ante mi comentario.
-Entiéndeme. Estar tres meses sin ver a esta sex symbol … se me hace muy duro. –Dijo, mirando a June.
June le respondió con un puñetazo en el hombro. Empezaba a preguntarme si June había olvidado a aquel chico del Starbucks.
Aparté esas ideas de mi cabeza e intenté mostrarme interesada por la situación.
El chico no era feo del todo…
-Bueno, ¿Qué queréis hacer? –preguntó Reese, dirigiéndose a mi principalmente.
Miré a June esperando que fuera ella la que contestara, pero se había alejado del mundo, y estaba otra vez mirando las fotos de su cámara.
-Me acoplo a cualquier plan –respondí –Quiero decir, que podemos hacer lo que queráis.
Reese me sonrió y comenzó a andar dirección a alguna parte.
Se acercó un poco más a mí.
-Bueno, entonces, ¿Qué te ha hecho venir aquí? Porque tengo entendido que eras de fuera –se quedó un minuto pensativo, como si intentara recordar de dónde venía. –Está bien, no me acuerdo. Quizás… ¿Francia?
-¿De verdad lo crees? –le pregunté, hablándole en español.
Sonrió y abrió los ojos de par en par.
-¡¿Española?! –preguntó, parándose en seco.
-Sí, ¿Qué es lo que te sorprende? –pregunté, un tanto asustada.
-Vaya… Vas a sufrir de verdad. En cuanto mis amigos se enteren de que eres española…
Fruncí el ceño intentando entender a qué se refería.
-Verás… ¿Cómo te lo explico? –dijo, fingiendo estar pensando.
Puse los ojos en blanco.
-Bueno, la verdad es que las españolas tenéis fama de tener mucho arte
–dijo, simulando acento andaluz.
No pude evitar reírme.
-Mira, si te digo la verdad… Si a lo que te refieres es a las sevillanas o al flamenco, no tengo arte y nunca me interesado en ello.
Reese hizo una mueca.
-Estás bromeando ¿no? Tengo entendido que allí a todas os enseñan de eso. Según mis estudios sobre vosotras –carraspeó –Os va mucho el rollo de pegar zapatazos alrededor de una hoguera, cantar como si os estuvierais atragantando, dormir durante toda la tarde y ver cómo clavan cosas a los animales. ¿Me equivoco en algo?
-En todo –respondí. Sonreí. Sabía que este momento no estaría demasiado lejos. –Mis padres jamás han sido fanático de eso del zapateao o como se llame, oír como cantan flamenco o verme vestida de Sevillana. Más que nada, porque no somos de allí, y no tenemos esas costumbres. Si que hay gente a la que le gusta eso, pero no a todas las españolas, como tu pensabas.
Lo de dormir durante toda la tarde… Si que es cierto que tenemos la llamada siesta, pero no consiste en dormir toda la tarde y hacer el vago, aunque la mayoría de la gente de fuera lo crea.
Suele ser una o dos horas como máximo, después de comer. Y es una costumbre de toda la vida para nosotros.
Aunque si te digo la verdad, la única vez que fui capaz de dormir la siesta, tenía treinta y nueve de fiebre, prácticamente deliraba y mi cuerpo solo me pedía dormir.
Aparte de ese día… Creo que nunca he dormido siesta.
Ver como clavan cosas a los animales –me reí –Se llama el supuesto arte de torear. Los animales son los toros. Los que los matan, los toreros. El acto, corrida de toros. El lugar donde se hace, plaza de toros.
Y las personas que estamos en contra de eso… antitaurinas.
¿Qué quiere decir esto? –Hice una pequeña pausa –que mis padres jamás me han animado a ser fanática de las corridas de toros, y que yo decidí hace mucho tiempo estar en contra de ellas. Me da asco verlo. Y nunca me he alegrado, precisamente, de que a todos los españoles se nos relacione con ese tema, como si a todos nos gustara y estuviéramos de acuerdo.
Ya sé que la mayoría de los extranjeros piensan lo mismo que tú pensabas hace un momento, y la verdad es que me gustaría que dejara de ser así.
Reese se quedó callado durante un buen rato, pensativo.
Yo sonreía para mis adentros, consciente del shock que había supuesto para él todas mis palabras.
Al poco tiempo se recuperó y me miró, sonriendo.
-Vaya, veo que tendré que aprender bastantes cosas de ti. Te juro que toda la vida he estado pensando…
-Lo sé. –Le interrumpí. –Pero este es el gran día en el que la verdad sale a la luz.
Reese soltó una carcajada y June se incorporó a nuestra conversación.
-Eh, ¿Qué pasa? ¿De qué os reís? –preguntó, curiosa.
-Al parecer llevaba toda la vida equivocado sobre un tema, y Rebeca me ha abierto los ojos en un par de minutos. –Dijo, guiñándome un ojo.
-Hmm… Me encantaría saber cuál es ese tema, pero me temo que va a tocar la sirena –miró su reloj de pulsera –en: cinco, cuatro, tres, dos, uno…
Riiiiiiiiiiing.
Las puertas se abrieron y las ovejas entraron en el redil, nerviosas.
-Bueno, creo que tenemos que volver a clase –Dijo June, mirándome.
–Nos vemos luego Reese.
Reese se había alejado, y contestó con un movimiento de cabeza.
June comenzó a andar a paso ligero entre la gente, subió las escaleras apresuradamente hasta llegar al piso dónde estaban la mayor parte de las taquillas. Entre ellas la mía.
-¿Te parece simpático? –Me preguntó –me refiero a Reese.
-Sí, parece un buen tío –respondí.
-Lo es. Es mi mejor amigo desde hace varios años –sonrió, mirándome –y parece que le has gustado…
Esperó a que yo dijera algo, en vano, por que no contesté.
-No te preocupes. No le has gustado en ese plan, creo.
Seguimos andando entre el gentío. Noté que el nudo de mi estómago ya no estaba y casi no me temblaban las manos.
Encontrar a June había sido de una gran ayuda.


Capítulo19

Aún llovía. Estaba sentada en el alféizar de mi ventana, contemplando como las gotas de lluvias resbalaban por el cristal. Primero comenzaban siendo muy pequeñas, casi invisibles, pero en su recorrido iban alimentándose de otras gotas también muy pequeñas, hasta hacerse mucho más grandes y desaparecer.
Parecía un ciclo sencillo, quizá como la vida misma.
La calle estaba tranquila. No se oía absolutamente nada. Quizá era una de las pocas veces en las que intentas oír lo que hay a tú alrededor, convencida de que el silencio absoluto no existe, y entonces te das cuenta de que en ese momento solo oyes silencio.
Mark no estaba. Prefería no preguntarme dónde estaba, en cierto modo ya lo sabía.
Monique estaba de guardia.
Y yo agradecía la soledad. De vez en cuando necesitaba estar sola, pensar sin estar obligada a seguir un tema de conversación o escuchar a nadie.
Realmente no pensaba en nada en particular. Algunos pensamientos del día se me cruzaban por la mente, pero nada realmente importante.
El día había transcurrido tranquilo, al fin y al cabo. Había pasado las otras dos clases siguientes sola. June no tenía esas clases. Literatura Inglesa y Economía. La hora de literatura había llegado como un regalo, y yo realmente lo agradecí. Prefería la lengua mucho antes que los números. Economía… esa no había sido una hora tan perfecta. No me había enterado de nada, como de costumbre.
Cuando salí de esa clase, June me esperaba en la puerta, con una de sus sonrisas. Me preguntó que qué tal me había ido todo, lo típico. Y después nos fuimos a la cafetería.
Aquel sitio era sencillamente espectacular. Tan grande que casi no podías recorrerlo del todo.
En la parte derecha estaba la comida, aunque no se veía a los cocineros y o cocineras que la preparaban. Supongo que preferían mantenerse alejado de las bestias.
Había unas bandejas dónde colocabas la comida envasada que preferías.
Era como un buffé libre, dónde la gente cogía la comida que quería, que estaba colocada detrás de una especie de vitrina de cristal.
El menú era bastante variado. Digamos que había uno para la gente a la que le gustaba mantenerse apartado de las grasas, y otro para a los que aquello le daba igual.
Ese día preferí ser de los que pasaban de su dieta, y comí lo que me dio la gana.
Había una máquina de bebidas, con refrescos y agua.
Era un sitio perfecto, de película. Preferí no pensar en la cara que debería tener yo mirando todo de arriba abajo, sin poder creerme dónde estaba.
La cafetería estaba llena de mesas cuadradas, con sillas de plástico. Las paredes, de un color crema claro, estaban cubiertas por cuadros de nada en particular, simplemente algo abstracto.
Un reloj grande en lo alto de la pared daba la hora.
Las mesas eran blancas, con espacio para más de ocho personas, quizá diez. Las sillas, de color beige, eran de plástico con las patas de metal.
En la parte izquierda había unos grandes ventanales que daban al patio y a las grandes pistas que había visto antes.
Constaté que esa pared estaba cubierta con azulejos de colores. También había un gran cuadro
Las mesas las ocupaban diferentes grupos de personas. Eran cerca de las doce y media y todas las mesas aún no estaban ocupadas, pero pronto pude hacerme una idea de los diferentes grupos de gente que había.
En una de ellas, un grupo de chicas hablaba animadamente de algo, a la vez que se reían. No quise juzgar a primera vista si era un grupito de animadoras rubias y tontas, las típicas pijas; pero probablemente fuera así.
Apenas me miraron cuando pasé a su lado, siguiendo a June, lo cual agradecí.
Otra mesa estaba ocupada por chicos guapos, algunos de ellos altos. Supuse que sería la mesa de los deportistas, como me había dicho Mark. June se sentó en una mesa desde dónde se podía ver aquella mesa de los tíos buenos.
Estaba claro que lo había hecho aposta, porque, además, no paraba de mirar con cara de idiota a un chico que había.
No podía entender cómo era posible que todos los que había allí tuvieran una cara prácticamente perfecta. Era casi evidente que la mayoría no tendrían cerebro, pero estaba bien mirarlos mientras comías.
Evidentemente, yo era mucho más discreta que June.
Al poco tiempo, vino Reese, y se sentó delante de June, quitándole todo su campo de visión.
Los dos empezaron a discutir, pero a Reese no hubo quién lo quitara de allí.
Al final se unieron a nuestra mesa un par de chicas más. Una de ellas, era la pelirroja que había estado hablando con June durante la clase del señor Stevenson. Era una chica guapa, con muchas pecas en la cara y los ojos muy verdes. No hablaba apenas, y casi no levantaba la vista de su plato, así que supuse que sería demasiado tímida para mantener una conversación conmigo, y no le hablé. Ella era Ingrid.
La otra chica, era la más habladora, después de June, claro está. Tenía el pelo largo, rizado y castaño, recogido en una coleta alta. No intercambié muchas palabras con ella, pero me pareció una chica maja. Se llamaba Lyla, como la de la canción de Oasis.
Hablaba con todo el mundo, especialmente con June, pero ni una palabra dirigida a Reese. Parecía como si él no existiera. Llegué a la conclusión de que estarían enfadados por algún tema en particular, pero pensé en preguntárselo más tarde a June y no inventarme ninguna historia por mi cuenta.
Reese era el que más me hablaba. No sé si sólo intentaba que yo me sintiera a gusto, como la mayoría de la gente de allí; pero lo cierto es que parecía divertirse hablando conmigo, lo cual era increíble.
Hablábamos de cualquier cosa, pero sobre todo cosas que él me preguntaba, sobre mi vida en España.
Parecían entretenerle un montón mis historias, y yo me encontraba a gusto contándoselas, así que todo era perfecto de momento.
Después de la cafetería, tan solo me quedaba una clase. Por suerte, ese día me tocaba salir antes que la mayoría de los días, que salía a las tres y media o más tarde.
Estaba metalizándome sobre cuál sería mi próxima clase, deseando que no fuera demasiado dura, pero entonces llegó Tiffany y me salvó.
Me dijo que tenía una reunión con ella, con la coordinadora de la agencia y con el director del instituto.
Tan solo querían hablarme de cómo había sido mi primer día de clase, si me sentía a gusto allí y si estaba yendo con algunos de mis compañeros durante el recreo.
Explicarme un poco las normas del centro –que ya sabía gracias a Mark
–y darme las solicitudes de las distintas actividades a las que tenía que apuntarme.
Tenía varias posibilidades, en realidad muchísimas.
Una cosa interesante fue la existencia de un periódico: “The Beakon”. En mi anterior vida, jamás había tenido acceso a nada parecido. En España eso de los periódicos no se estilaba mucho, por lo menos en mi instituto.
Ahora tenía la posibilidad de pasar a formar parte de uno, y eso era una idea que me parecía interesante.
Había infinidad de actividades que había leído sin interés, prácticamente pasando de largo. Las únicas en las que me había detenido habían sido: Caricaturas e Ilustración, del Departamento de artes visuales, y quizá Moda y Pintura.
Había leído que la Moda era prácticamente una asignatura obligatoria, lo que me hizo pensar rápidamente en la gente que acudiría a esa clase.
Miré el montón de papeles que había sobre mi mesa.
Tenía una semana para elegir, y prefería consultar con June o Reese mis posibilidades. Ellos sabían de qué iba el tema, y lo más importante: eran alumnos.
Así que decidí esperar hasta poder hablar con ellos.
Había quedado con June en que, si no llovía más por la tarde, iríamos a dar una vuelta por ahí, a enseñarme las cosas importantes que debía saber y visitar.
También me dijo que necesitaba un móvil. Supuse que había visto mi triste móvil, y había llegado a esa conclusión.
Además, lo mejor era conseguir un número de móvil y un contrato de allí.
La tormenta no amainaba, al contrario: cada vez era más fuerte.
Monique estaba trabajando, como la mayoría de las tardes y noches. Nuestro horario no compaginaba muy bien: libraba por las mañanas, cuando yo no estaba, y trabajaba por las tardes y noches.
Mark casi nunca estaba en casa, y cuando venía, era para encerrarse en su cuarto con Traci.
Aunque la verdad es que yo agradecía la soledad, nunca me había gustado estar todo el día rodeada de gente, siempre necesitaba un poco de tiempo para estar sola.
Estaba claro que esa tarde no iba a salir a ningún sitio, ahora llovía con muchísima más intensidad que hacía un minuto. Me asomé a la ventana y pude ver un cielo completamente negro.
Disfrutaba del olor a tierra mojada que entraba por un resquicio. No había nada que me gustara más que ese olor.
Pronto tuve que cerrarla, muy a mi pesar, porque el agua comenzaba a entrar en la habitación y a mojarlo todo.
Pensé que Monique haría unas horas extras aquella noche, no sería fácil salir en coche con el tiempo así.
Me quité las zapatillas y me tumbé en el suelo de moqueta. Cogí mi Ipod y los altavoces y lo puse en modo aleatorio. Cerré los ojos y me concentré en el sonido de la lluvia y la canción Man on the moon, de Rem.
De pronto, oí algo parecido a pisadas en el pasillo, pero pasé de incorporarme. Aquello era muy relajante.
No tardó en aparecer Mark, asomando la cabeza por la puerta.
Abrí los ojos, y aún tumbada en el suelo, lo miré.
-¿Qué? Es muy relajante –susurré.
-Y una buena canción –me contestó, con una sonrisa en los labios.

Se me quedó mirando durante un instante.
-Puedes pasar –le animé.
Volvió a sonreír, y se coló dentro, cerrando la puerta a sus espaldas.
-Tan solo venía a preguntarte qué tal te había ido tu primer día…
Me incorporé y me senté apoyada en un cojín. Le tiré otro.
-Pues ha sido incluso mejor de lo que imaginaba –dije, con un suspiro –Por cierto, no te he visto en ningún momento.
Una sonrisa maliciosa cruzó su boca.
-Digamos… que tenía otros asuntos.
-Ah.
-Pero bueno, cuéntame. ¿Qué has visto?
Pensé durante un momento e hice un repaso del día en mi cabeza.
-La verdad es que no me ha dado tiempo a verlo todo. Si te digo la verdad, menos de la mitad.
-Es normal. Ese sitio es gigante. Pero por lo menos habrás visto lo básico, la cafetería, los pasillos principales, el despacho del director –sonrió otra vez. Empecé a cansarme de su sonrisa perfecta.
-Sí, eso sí. –Contesté. –Al parecer, se preocupan mucho de cómo me encuentro allí.
-Típico de ellos. Este instituto es muy formal. Apuesto a que en tu antiguo instituto podías ponerte esos pantalones cortos que ibas a ponerte hoy.
Entorné los ojos.
-Pues la verdad es que sí. Para bien o para mal, allí cada uno se vestía como le daba la gana.
-Eso estaría bien –dijo, pensativo.
No me costó adivinar en qué estaba pensando.
-La comida está bien –dije.
-Ah. Ya. Las cocineras nunca se dejan ver por allí, pero sea quien sea el o la que cocina… se lo curra.
Oí un trueno que hizo temblar el suelo bajo mis pies, y acto seguido, un relámpago cruzó el cielo. No alcancé a verlo, pero pude ver la cara de Mark. Estaba segura de que tan solo quería asustarme.
-Esta casa tendrá pararrayos ¿no? –dije, incorporándome.
Mark soltó una carcajada.
-¿Estás loca? Evidente. Estamos en Nueva York, nena; no lo olvides. –Dijo, guiñándome un ojo.
Puse los ojos en blanco, y me levanté para cerrar la persiana.
-¿Has encontrado algo parecido a amigos? –preguntó.
-Sí. Resulta que me he encontrado con una chica que ya conocía…
Mark puso cara de sorpresa.
-Un día salí a dar una vuelta, y fui a un Starbucks que hay aquí cerca. Una chica empezó a hablarme de su vida. Acababa de discutir con el novio allí mismo, y vino a sentarse a mi mesa para contármelo todo. Me quedé flipando… Pero le seguí el juego. No tardó en marcharse, sin darme su número ni nada. Así que pensé que no volvería a verla, lógicamente…
Y hoy he descubierto que ir a un instituto de 4000 personas, tiene algunas ventajas. Allí estaba ella, en mi clase.
Mark se quedó pensando por un momento.
-No tengo ni idea de quién es –dijo, al fin.
-Se llama June. No sé el apellido.
-Sigo sin saber quién es. ¿Sabes si se dedica a algo, animadora, club de ciencias…?
-No. Creo que es de esos que me dijiste que iban de por libre. Y el grupo también.
Mark enarcó una ceja, de nuevo sorprendido.
-¿Tiene un grupo? –preguntó.
-Sí. Son cuatro. O quizá debería decir que ya somos cinco. –Sonreí –Reese, Ingrid y Lyla. Tampoco sé los apellidos, y si me los han dicho, no me acuerdo.
Mark sacudió la cabeza.
-No conozco a ninguno, que yo sepa. Quizá solo sean un grupo de frikis…
Le miré, muy seria.
-Que no sean deportistas cachas no quiere decir…
-Sabía que lo harías –me interrumpió. Soltó una ruidosa carcajada, que fue amortiguada por un trueno. –Solo lo he dicho para picarte un poco…
-Ah. Supongo que tendré que acostumbrarme a esos arrebatos tuyos. –Dije.
-Será lo mejor –contestó, con una sonrisa en los labios.
De pronto, me alegré de acordarme de una cosa.
-¿Qué tal con la moto? –pregunté, con una sonrisa maliciosa. –¿Un buen día para estrenarla?
Mark entornó los ojos y me miró fijamente.
-Eres buena –susurró. –Pero las he visto mucho mejores.
Se levantó del suelo y me alargó la mano.
-Venía porque quería que vieras algo –dijo.
Le cogí de la mano y me levanté.
-Te advierto de que si vamos a algún sitio que no esté protegido por un pararrayos… No pienso moverme de aquí.
Mark se rió.
-Tranquila, que está protegido. –Abrió la puerta de la habitación y encendió todas las luces del pasillo. –Por cierto… no sabía que te daban tanto miedo las tormentas.
-No es eso –mascullé. –Pero no quiero aparecer en los periódicos como la próxima víctima alcanzada por un rayo.
Mark dejó la puerta de su habitación abierta para que yo entrara detrás de él. Entré en su cuarto y cerré la puerta.
Vi cómo Mark rebuscaba algo en unos cajones de su escritorio.
Miré a mi alrededor y observé que todo seguía igual que la última vez que había estado allí, exceptuando que estaba mucho más desordenada.
-Ya lo sé –dijo Mark, que seguía buscando no se qué –tengo que limpiar todo esto. Está bastante hecho un desastre, para tu opinión… pero para como suele estar, te aseguro que hoy no podía estar más ordenada.
Miré a mi alrededor y agradecí que hubiera suficientes habitaciones en esa casa.
De pronto, Mark dejó de buscar lo que buscaba y me enseñó una sonrisa triunfal. Me puso una llave del tamaño de mi dedo meñique, delante de la cara.
Le miré interrogante, esperando que me dijera para qué era esa llave.
-Es la llave que me conduce a un lugar siniestro y apartado del mundo… -susurró.
Me quedé mirándole con cara de pocos amigos. Estaba empezando a impacientarme.
-Enséñame rápido eso tan “siniestro y apartado del mundo”. Preferiría estar ahora mismo tumbada en el suelo de mi habitación.
Señaló una trampilla que había en el techo, junto a la ventana. Era tan pequeña que dudaba que un niño pequeño pudiera pasar por ahí.
Abrió la trampilla y de pronto, cayó una escalerilla de ahí dentro. Era plegable, y supuse que no sería demasiado estable.
Mark desplegó completamente la escalerilla y desapareció arriba, sin decirme nada.
Consiguió entrar.
Me acerqué hasta ese agujero en el techo y miré hacia arriba. Estaba oscuro, y Mark no parecía dar señales de vida.
Carraspeé, intentando llamar su atención, pero me ignoró por completo.
No quería parecer demasiado desesperada llamándole a gritos, así que esperé. La curiosidad sobre lo que había allí arriba iba en aumento. Era evidente que aquello era un desván o algo por el estilo, pero tampoco tenía intención de quedarme allí abajo sola, mientras fuera se desataba una tormenta de mil demonios.
Sin pensármelo mucho más, agarré la escalera con fuerza y subí por ella.
No me costó prácticamente nada entrar por ese agujero cuadrado; parecía que desde el suelo se veía mucho más pequeño de lo que en realidad era.
No podía ver nada. Todo estaba tan oscuro que ni siquiera era capaz de ver mi mano, a tan solo unos centímetros de mi cara. Por el agujero se filtraba una luz tan tenue que no alumbraba casi nada de aquel lugar, y yo estaba empezando a impacientarme.
-Mark, ya está bien. Has hecho la gracia de no contestarme cuando estaba abajo, pero ya puedes hablarme. –Casi grité.
No obtuve respuesta. Tan solo pude ver una luz tan tenue que era casi imperceptible, al final de la estancia. Me levante despacio con cuidado de no darme un golpe en la cabeza. El techo era de forma triangular, típico de los desvanes. Era evidente que sería muy difícil que me chocara contra el techo, aún estando desnivelado, dudaba ser lo suficientemente alta como para llegar a darme. Pero solo por si acaso, me desplace casi a gatas por aquel lugar. Agradecí que no hubiera una luz que me permitiera observar a las arañas o bichillos que probablemente habría a mi alrededor. No tenía nada en contra de ellas, al contrario, las consideraba una especie interesante; pero eso no quitaba que me dieran asco.
Y mucho peor las telarañas que se pegan por todos lados y no te dejan ni caminar.
Avancé sigilosamente por aquel pasillo oscuro. Sabía que Mark pretendía asustarme con su silencio, así que por lo menos iba sobre aviso.
Lo que no me esperaba fue lo que pasó después.
Una luz casi cegadora se encendió de pronto no muy lejos de mí, dejándome aturdida. Mis ojos no tardaron en acostumbrarse a la penumbra, y al recibir el impacto de aquella luz, parpadearon, confusos.
Me incorporé un poco más e intenté abrir los ojos. Observé mi alrededor. Aquel lugar no era ni por asomo el típico trastero o desván que yo había imaginado.
Las paredes, lejos de estar cubiertas de moho o humedades, estaban forradas con placas de madera oscura. El suelo era de moqueta, y no parecía estar roída o áspera, todo lo contrario. Era suave y de un color beige claro. Alcé un poco más la vista y pude ver una bombilla que colgaba del techo. ¿Dónde demonios estaba ese interruptor…?
Frente a mí estaba Mark, mirándome con una mirada de satisfacción, con los brazos cruzados y una sonrisa torcida en el rostro. Estaba sentado en un sofá marrón de piel, de dos plazas. Al lado, había otro sofá igual, pero de tres. Haciendo esquina entre los dos sofás, había una mesilla baja de madera y cristal. Encima una lamparita de metal, color cobre. De las paredes colgaban infinidad de pósters de grupos de rock, en su mayoría. Reconocí algunos, los más conocidos, pero la mayor parte eran desconocidos para mí.
Algunos de esos pósters estaban amarillentos y algo arrugados. Supuse que serían muy antiguos. También había algunas medallas colgadas en las paredes. Eran en su mayoría de premios deportivos, lógicamente. Encima de una estantería también de madera oscura, había libros, revistas y algunos trofeos.
El lugar tenía su encanto, de eso no cabía duda. Mark seguía mirándome fijamente, y eso me incomodaba.
Finalmente, opté por decir algo.
-He de reconocer que es un sitio acogedor. –Susurré.
Me miró como si esperara que yo dijera algo más.
-Está bien, no es el trastero viejo y mierdoso que yo imaginaba –reconocí.
-Eso me gusta más. –Dijo él, sin dejar de sonreír..
Me senté junto a Mark, en el sofá de tres plazas. Me encogí sobre mi misma y abracé un cojín viejo que había en un rincón, cómo solía hacer.
-¿Cuál es el propósito de este desván? Porque está claro que no es un simple trastero.
Reflexionó durante un momento, y me di cuenta de que estaba intentando encontrar una respuesta ingeniosa o interesante. No se cansaba nunca.
-¿Tú que te imaginabas que era?... Antes de que encendiera la luz.
–Preguntó, al fin.
-Vuestro picadero. –Dije sin pensármelo.
Mark entornó los ojos.
-Eso ha sido un golpe bajo. –Dijo, muy serio. –No me ha gustado nada.
-Está bien, vuestro nidito de amor –rectifiqué.
Soltó una estruendosa carcajada. Me dí cuenta de que desde allí no se oía la tormenta.
-Estaba bromeando. Sí, alguna vez ha sido nuestro picadero. Aunque tengo que reconocer que las camas son más cómodas… Si tenemos demasiada prisa y nos da, podemos utilizar el pasillo de picadero, como tú le llamas…
-No entres en detalles –le interrumpí.
Sonrió y cambió rápidamente de tema.
-Y tú… ¿Coleccionas algo? –preguntó.
Esa pregunta me pilló algo por sorpresa.
-Bueno… Antes, de niña, coleccionaba los fascículos de la Barbie, canicas, o pegatinas en un álbum –Sonreí, al recordar eso. –Luego me dio por coleccionar etiquetas de ropa.
Pero me parece que ahora no estoy interesada en coleccionar nada. Guardo todas mis colecciones de estupideces, eso por supuesto.
¿Y tú? –pregunté.
-Yo colecciono momentos. –Sonrió.
No quise preguntar a qué se refería con eso. Me pareció bastante obvio, y me quedé pensando durante un rato en el tema.
El silencio no era incómodo en ese lugar, parecía tener vida propia. Cada uno tenía sus pensamientos, o yo por lo menos tenía los míos, y los vivíamos en silencio.
-¿En qué piensas? –Dijo, al fin.
-¿Desde cuándo llevas saliendo con Traci? –le solté. La verdad es que apenas lo pensé, me salió inesperadamente.
Pero a él no pareció molestarle.
-Desde hace un año y tres meses. –Contestó.
-¿Cómo ocurrió… lo vuestro? –pregunté.
-Bueno, la verdad es que es la típica historia entre adolescentes.
Pensé durante una fracción de segundo, mirando fijamente mis pies descalzos.
-Da igual. Quiero oírla.
-Está bien. Bueno, yo era el capitán del equipo de fútbol, y ella la jefa de las animadoras.
Pasó como suele pasar…

No sé cuanto tiempo pasamos hablando, lo cierto es que perdí la noción del tiempo antes de subir a ese desván. El tiempo voló, mientras estaba hablando con Mark.
Todo era tan sencillo con él, no tenía que preocuparme de nada, tan solo de buscar respuestas, preguntas o afirmaciones que lo desmarcara.
Pero eso me resultaba hasta divertido.
Eran las seis de la tarde cuando entramos al desván, ya casi había oscurecido por la tormenta.
Se me ocurrió mirar el reloj cuando ya llevábamos lo que parecía ser una eternidad hablando… Las diez y media.
El tiempo volaba con Mark, y yo me dejaba llevar.


Capítulo 20

El segundo día de institut levanté como nueva. Sentía que una nueva vida acababa de comenzar para mí, al fin. Aquella vida que yo había estado esperando al mudarme a Nueva York durante un año.
Aquella especie de pandilla me había acogido ya en el primer día, y se había preocupado de que me sintiera a gusto. Era consciente de que la responsable de ello era June, pero aún así estaba segura de que a los demás no les molestaba mi presencia.
No había intercambiado apenas palabras con ninguno de ellos, pero a pesar de ello, sentía cómo me daban buenas vibraciones y me sentía bien.
Estaba muy agradecida. Y valoraba la suerte que había tenido.
Ese día me desperté antes de que el despertador sonara a las seis y media. Parecía como si mi cuerpo supiera que aquel nuevo día acababa de empezar y que estaba preparada para disfrutarlo al máximo posible.
Abrí el cajón y cogí unos vaqueros lo suficientemente largos como para poder llevarlos. Me puse unas zapatillas y fui al baño.
Aún no había nadie levantado, así que procuré no hacer demasiado ruido.
Monique había llegado de su turno de noche más tarde de lo normal, a causa de la lluvia, y sabía que dormiría toda la mañana.
Y Mark… Bueno él se levantaba cuando le daba la gana, con el tiempo justo.
Me miré al espejo. Definitivamente, tenía mejor cara que el día anterior. Por lo menos, se notaba que estaba viva.
Recogí mi pelo en un medio recogido. Me lavé la cara con agua helada y me froté las manos con jabón.
Mi ritual de cada mañana llegaba a su fin.
Tuve que esperar unos cuarenta y cinco minutos sentada en el suelo de mi habitación, esperando a que fuera lo suficientemente tarde como para bajar a la cocina.
Aún no me sentía del todo cómoda como para deambular por la casa a mis anchas, bajar y subir cuando me daba la gana.
Cuando oí algo de movimiento en la habitación de al lado, abrí la puerta de mi cuarto para que quedara claro que ya estaba levantada.
Vi la puerta de Mark entreabierta, por un resquicio se colaba algo de luz.
Asomé la cabeza, y pude ver cómo salía de la habitación, con algo parecido al pantalón de un pijama, y poniéndose una camiseta.
Se frotó los ojos, y no tardó en darse cuenta de mi presencia.
-Ya estás levantada… Joder, no sé cómo eres capaz.
Se metió en el baño y cerró la puerta.
Volví a mi habitación y metí las últimas cosas en mi bolso. Mi Ipod, un cuaderno, mi estuche…
Bajé a la cocina antes que Mark, y empecé a prepararme el almuerzo. Era la primera vez que lo hacía.
Abrí un armario tras otro intentando encontrar pan de sándwich, y no me costó demasiado encontrarlo. Saqué jamón y queso Philadelphia que vi en la nevera y comencé a untarlo en el pan, sin demasiada prisa.
Por la ventana de la cocina se filtraba un poco de luz, que me daba directamente en los ojos. Esperé que el sol iluminara aquel día de Septiembre. Parecía que la tormenta del día anterior había terminado con todo el agua de las nubes.
Guardé mi sándwich en el bolso y busqué la cafetera. No debería de estar demasiado lejos…
-¿Buscas esto? –me preguntó Mark, aún somnoliento.
Vi como rebuscaba en un armario que había justo encima del fregadero. Hice un esfuerzo por no mirarle el culo.
Sacó una cafetera y echó unas cuantas cucharadas de café y un poco de agua. La puso en la vitrocerámica y encendió la tostadora.
Le acerqué el pan de molde que había usado para el sándwich y puse un par de tazas en la mesa.
Vi cómo sacaba huevos de la nevera, y los colocaba junto a una sartén.
-Vosotros no coméis de esto ¿no? –me preguntó, con una sonrisa.
-Claro que sí. Pero no de buena mañana.
Me acercó la tostadora y el pan, respondiéndome de esta manera.
Esperé a que el café y las tostadas estuvieran preparados, mientras miraba por la ventana. No había movimiento. En teoría, el autobús del instituto pasaría cerca de las siete y media por la puerta.
-¿Quieres café? –me preguntó Mark, señalando la cafetera con la cabeza.
Asentí.
Nos sentamos los dos en la mesa, cada uno frente a su taza, sin pronunciar palabra. El vapor del café me daba en la cara, pero no era desagradable. Le puse mucha leche y cuatro cucharadas de azúcar.
Mark me miraba con curiosidad.
-¿Por qué no le echas un poco más de azúcar? –me preguntó, con sorna.
Hice un mohín y seguí a lo mío.
Miraba el reloj de la cocina de vez en cuando, desinteresadamente. El tiempo pasaba despacio.
-Hoy coges el bus ¿verdad? –preguntó, mirando por la ventana.
-Sí. ¿Es demasiado difícil?
-No lo sé. Nunca he ido en bus al colegio.
Se levantó de la mesa y se puso a recogerlo todo. Era evidente que no se había levantado tan rápido porque tenía prisa. Había dicho algo que le había molestado.
No supe cómo hacerlo, cómo preguntarle qué había hecho mal, pero no tuve que esperarle mucho.
-Antes solía llevarme mi hermana. –Susurró, sin mirarme. –Cuando uno de las dos no podía, se turnaban. Nunca hubo necesidad de coger un autobús.
No respondí a aquello. Tampoco había nada que pudiera decir. Tan solo que lo comprendía.
Dejó todo sobre la encimera y salió de la cocina. Pude oír sus pasos subiendo por la escalera.
Recogí mi bolso y salí a la calle. No tardaría demasiado en llegar el bus. La calle estaba demasiado desierta para ser un día de trabajo, pero eso me gustaba. El sol ya brillaba y calentaba tanto que agradecí no haberme llevado chaqueta. La tormenta del día anterior había resultado muy útil, parecía que las nubes no tendrían ganas de llover en mucho tiempo.
Vi a Mark salir por la puerta de detrás, hacia el garaje. Hoy si que hacía un buen día para su moto.
No tardé en verlo pasar por delante de mí, en dirección al instituto. Antes de seguir, paró junto a la puerta y me saludó con la mano. Pude distinguir un gesto en su boca que identifiqué como: “Buena suerte”. Le dije “Gracias” al aire.
No tardó en pasar el autobús por delante de mis ojos. Se detuvo primero una manzana más lejos y después vino hasta mí.
Un autobús amarillo, con un cartel de “Stop” en la parte derecha, el mensaje más que evidente de “School Bus” delante, cubierto por pequeñas ventanas… tal cual salía en las películas. Y yo iba a subir en uno de esos. Si me hubieran visto en España… se habrían reído de mí, probablemente.
La conductora era una mujer rellena, de color. Llevaba el pelo recogido en dos trenzas, y un uniforme azul. Ni siquiera me miró cuando subí, estaba anotando algo en una libreta.
No había mucha gente en ese autobús. Prácticamente, todo estaba en silencio, y si hablaban, lo hacían en voz baja.
Miré a mi alrededor. Había muchos sitios libres, pero en todos había una persona sentada al lado. Fui hasta el final, con la esperanza de encontrar algún sitio libre, y no verme obligada a molestar a nadie.
Entonces fue cuando reconocí a Lyla. Llevaba la misma coleta que el día anterior, alta y rizada. Vestía unos vaqueros ajustados con unas zapatillas altas hasta el tobillo, y una camiseta de manga corta. Un look deportivo, quizá.
Me acerqué con cuidado. Estaba apoyada en la ventanilla, con los auriculares puestos y los ojos cerrados. Supe que no estaba durmiendo porque movía ligeramente la mano derecha.
Cuando me senté a su lado, abrió los ojos y me miró, algo aturdida.
-¡Ay! Eres tú. No sabía que subías en este autobús. –Dijo, desperezándose. –Bueno, claro que no lo sabía, si no hemos hablado de ello.
Me sonrió y se quitó los auriculares.
-¿Cómo estás? –preguntó.
-Bien. Increíblemente descansada. –Contesté, sonriendo.
-¿Sí? Yo estoy increíblemente agotada. Y no lo entiendo, no he hecho nada de deporte…
Se quedó pensativa durante un instante.
-Vas a clase con Ingrid y June ¿verdad? –preguntó.
-Sí. ¿Y tú?
-Yo voy sola. Bueno, quiero decir que no voy con ninguno de los que tú conoces. A mí y a Reese nos ha tocado separados de los demás, este año.
¿Qué tal te parece todo?
-Grande. Supongo que tardaré un tiempo en acostumbrarme. No es normal para mí, todo esto.
-No te preocupes –dijo, sonriéndome –te acostumbrarás tú solita. Y sino, tendremos que ayudarte.
Eso espero, pensé.
-Mira quién llega. –Dijo, señalando la puerta del autobús.
Era June. Con su look un tanto hippie, como siempre. Llevaba una falda morada, larga hasta los tobillos, una camisa de flores atada con un cinturón, unas sandalias con pedrería atadas a los tobillos y el pelo recogido en varias trenzas. Iba mirando algo en su móvil. Se acercó hasta dónde estábamos y se sentó detrás, sin decir ni una palabra. Seguía mirando algo en su móvil, ensimismada y con el ceño fruncido. Lyla y yo nos quedamos mirándonos sin saber muy bien qué pensar.
-¿Os podéis creer que, después de que le perdone por haberse liado con esa zorra… no me llame ni muestre un pequeño interés por mí? –dijo, levantando la voz. –De verdad, no entiendo a los tíos, ¡no los entiendo!
Tiró el móvil al asiento de al lado y cruzó los brazos sobre el pecho.
Lyla se quedó mirando al frente durante unos segundos, intentando pensar algo que pudiera calmarla.
-Mira June… Te lo he dicho muchas veces. Todos los tíos son iguales. –Levantó un dedo para hacerla callar. –No me digas que es un tópico, porque está más que demostrado. Al principio te tratan como un juguete nuevo, te prestan todo tipo de atenciones, y esperan más de ti… Pero tarde o temprano se cansan y te tiran a la basura. ¡Tienes que metértelo en la cabeza de una maldita vez! ¿A que sí, Rebeca?
Me quedé mirándola fijamente, buscando en sus ojos avellana… algo que responder a eso.
-Yo también pienso que está demostrado. Y también pienso que, en la mayoría de los casos, sólo buscan ponerse un condón por primera vez. Perdonadme porque sea tan clara pero…
June se me quedó mirando y Lyla soltó una carcajada.
-Tú eres de las mías. ¡No hay nada que perdonar! Tienes toda la razón. –Dijo Lyla, aún sin poder contener la risa.
-No es que me deis muchos ánimos vosotras –protestó June, frunciendo el ceño.
-Tan solo tienes que creernos –dijo Lyla –no pienses que puedes fiarte de los hombres, porque no puedes.
Vi cómo entraba Ingrid por la puerta del autobús. Llevaba unos vaqueros claros y una camiseta de manga corta rosa, con un chaleco negro. Unas Converse negras.
Se acercó hasta nosotras y se sentó en el asiento libre que había junto a June.
-¿A que si, Ingrid? Preguntó Lyla, sonriendo.
Ingrid la miró con cara de asombro, entornando los ojos.
-Eh, espera. No pienso decir que sí a algo que no sé.
Lyla soltó una ruidosa carcajada, y June comenzó a sonreír levemente.
-Estábamos hablando sobre lo capullos que son los tíos, sobre como te utilizan durante un tiempo, y después te abandonan. Al principio te hacen creer que no puedes ser más feliz por estar junto a ellos, que son lo mejor que te ha pasado en la vida… Y luego, ¡ZAS! Te dejan destrozada.
Ingrid y June intercambiaron una mirada de complicidad. Yo no entendía nada de aquel asunto.
Ingrid abrió la boca para hablar, pero se calló.
-Lyla… Que aquel capullo de Jason te jodiera pero bien, no quiere decir que todos tengan que ser iguales –dijo Ingrid, al fin. –Hay tíos buenos en el mundo, aunque no lo creas. Cierto es que cometen errores todo el tiempo, inevitablemente… Pero ¿Qué se puede hacer? La naturaleza los ha hecho así.
Deberías superarlo, quizá puedas encontrar a otra persona que te vuelva a hacer feliz…
No tardó en parar de hablar, porque el rostro de Lyla se iba torciendo cada vez más, en un gesto parecido a la furia. Estaba al lado de ella, y tenía miedo de lo que podía llegar a hacer.
La situación no duró mucho, porque pronto llegamos al instituto, el autobús paró junto a otros autobuses que también estaban en la puerta, y la gente empezó a salir con parsimonia de allí.
Me levanté del asiento, al ver que Ingrid y June también lo hacían, y me aparté cuando Lyla pasó rápidamente a mi lado y salió del autobús empujando a la gente. Estaba realmente cabreada.
Me quedé mirándolas con un interrogante en el rostro, pero no me contestaron. El reloj del instituto marcaba las ocho menos diez, aún teníamos diez minutos para atravesar el enorme lugar y llegar a clase.
-Bueno, yo me voy ya. –Dijo Ingrid, al llegar a la puerta. –Quiero pasar por la biblioteca un momento, antes de clase.
June puso los ojos en blanco.
-Nos vemos luego.
-Vale, y a ver que se te ocurre para que se le pase el cabreo. –Contestó, para después perderse entre la gente y desaparecer por un pasillo.
June se me quedó mirando durante un momento y después esbozó una sonrisa torcida.
-Supongo que te preguntarás qué le pasa a Lyla. –Preguntó.
-Pues la verdad es que sí.
-Verás –dijo, mientras subíamos por las escaleras y enfilábamos el pasillo –Lyla es una chica dura. Me atrevería a decir que es la típica chica deportista que se preocupa por conseguir lo máximo posible todos los días, y no duda en ser dura consigo misma y con los demás. Quizá demasiado. No quiero decir que no sea una buenísima persona… Pero tiene ese defecto.
Hace poco más de un año conoció a un chico, Jason. Tenía diecisiete años, dos más que ella. Se conocieron en un campeonato de patinaje. Bueno, no te he dicho que Lyla es patinadora profesional, y compite en campeonatos algo duros.
Bueno, como decía… Se conocieron en un campeonato. Ella era una de las mejores patinadoras de allí, y él, lo mismo. Cada uno tenía su pareja de patinaje.
Se gustaron nada más verse. Ya ves que Lyla es una chica que llama la atención, tiene cuerpo de atleta, y es guapísima… Y el otro no se quedaba atrás. Alto, moreno con los ojos más verdes que he visto nunca. Hasta yo pensé en robarle el novio. –Soltó una carcajada. –Eso era broma eh. Bueno, estuvieron saliendo unos cinco meses. Él era un chico con experiencia con las tías, lógico, porque las tenía a todas detrás.
Lyla nunca había tenido un novio. Y no es que no tuviera pretendientes... Los tenía a montones, pero ella nunca se había decantado por ninguno.
Pasados esos cuatro meses, Jason quería más. No se conformaba con besos, caricias, y el amor que sentía Lyla por él. Puede sonar tremendamente cursi, pero estaba enamoradísima.
Él tenía experiencia… Pero Lyla no. Aún no había cumplido los dieciséis, y no se sentía del todo preparada para algo más.
Cuando él se lo propuso… Ella se asustó muchísimo. Recuerdo que me llamó súper nerviosa y me preguntó que qué podía hacer. Yo solo pude decirle que hiciera lo que sentía, cuando lo creyera conveniente.
Estuvo cerca de un mes dándole vueltas a lo mismo, evitando quedarse a solas con él, pensando en qué debía hacer. Nunca había visto a Lyla tan estresada como aquella vez. Y eso que ella está acostumbrada al estrés máximo… Pero aquello era demasiado.
Un día, decidimos –Ingrid y yo –hablar con ella y decirle que aquello no podía seguir así mucho tiempo.
Recuerdo que era primavera. El baile de primavera se acercaba y las dos pensamos que lo mejor es que se lanzara para ese día. Después del baile, sería la ocasión perfecta. Ella aceptó, sabía que tarde o temprano tendría que perder sus miedos.
Nos recorrimos medio Nueva York y todo Queens para encontrar un vestido y unos zapatos perfectos. No se sentía bien con nada, nada le parecía lo suficientemente bueno.
Al final nos decantamos por un vestido palabra de honor rosa palo, y unos zapatos del mismo color, con un poco de tacón. Le alisamos la mitad del pelo y le dejamos algunos de sus bucles. Le recogimos algunos mechones de pelo con un broche plateado. La maquillamos. Se dejó hacer hasta lo impensable… Todo porque aquella noche fuera perfecta.
Al final quedó impresionante. En serio, te lo digo de verdad. Estaba jodidamente guapa. Parecía otra persona. Era impresionante, la verdad.
Jason flipó al verla, pero aún no sabía por qué se había puesto tan especial aquella vez. Ella quería que todo fuera una sorpresa.
Durante el baile, Ingrid y yo estuvimos vigilándolos disimuladamente. Parecían más enamorados que nunca. No se separaban ni un segundo,algo que no es propio de Lyla, que suele agobiarse con facilidad cuando alguien se pega mucho a ella.
Al final de la noche, nos despedimos. Ingrid y yo nos fuimos a dormir a mi casa, y ella se fue con Jason.
Jason se despidió pronto de ella, dijo que estaba muy cansado, que dentro de unos días tenía campeonato y que era mejor que descansara. Ella aceptó, esperando colarse luego en su habitación, y darle una sorpresa. Pensó en pedirle a su hermano mayor que le abriera la puerta, él se reiría, pero lo entendería y la dejaría pasar.
Al final, lo dejaron así. Jason se fue a su casa, y Lyla se fue por otro lado. Insistió en que no hacía falta que la llevara a la suya, que había quedado con nosotras.
Esperó durante media hora en una calle a una manzana de la casa de Jason, esperando a que él llegara y se metiera en su habitación.
Finalmente, fue hasta la casa de él, teniendo tanta suerte de que sus padres no estaban y su hermano le abrió la puerta.
Subió despacio hasta su habitación, se quitó los zapatos y se metió entre las sábanas.
Esperó a que Jason llegara, ya que su hermano le había dicho que no había llegado aún.
Fueron tan solo diez minutos. Cuando Lyla oyó ruido en el pasillo, apagó la luz y esperó.
Lo que no esperaba es que Jason entrara por la puerta besándose con otra chica, y la lanzara a la cama, junto a Lyla. Obviamente, no se había dado cuenta de que ella estaba allí, pero cuando encendió la luz, y las vio a las dos en la cama…
Lyla no dijo nada, ni si quiera lloró. Tan solo cogió sus zapatos y salió de allí a toda prisa. Nos contó que –como era normal –Jason fue detrás pidiéndole perdón, diciéndole que no tenía ni idea de que ella se había decidido y que estaba allí, que la otra chica –no recuerdo el nombre –no era importante…
Lyla salió descalza de la casa. El hermano de Jason la miró asombrado, desde el sofá del salón. Nos contó que al principio pensó en largarse de allí y no volver a hablarle nunca más en su vida… Pero se le ocurrió una idea mejor.
Cogió un enanito que la madre de Jason guardaba con canto cariño en el jardín; y lo tiró con fuerza hacia la ventana de la habitación de Jason.
Con tan mala –o buena suerte, según lo mires –que le dio a Jason en la cabeza. Ella se piró de allí y no se enteró hasta dos días después, por boca de Reese, de que Jason había pasado dos días en el hospital por un fuerte golpe en la cabeza, y que le habían tenido que dar varios puntos en una ceja.
No recuero si Lyla se alegró o se enfadó consigo misma por aquello, no nos dijo nada.
Esa misma noche, Ingrid y yo habíamos quedado para dormir en casa. Estábamos en mi habitación, ya con el pijama y apunto de acostarnos. Eran cerca de las tres y media de la mañana, cuando oí el timbre, que sonó varias veces.
Ingrid y yo nos miramos pensando lo peor, y bajamos corriendo a ver quién era. Mi padre y mi hermano no se enteraron, milagrosamente. Lucy dormía como un tronco.
En la puerta estaba Lyla. Nunca en mi vida, de tantos años que la conozco, la había visto así. Tenía la cara llena de manchas negras, del maquillaje que se le había corrido. El pelo enredado y el vestido hecho un desastre. Iba descalza y llevaba los zapatos en una mano.
No dijo nada, tan solo con aquella mirada lo comprendimos todo. La acompañamos hasta mi habitación, le busqué algo de ropa para dormir y la llevé hasta el baño. Se dio una ducha, le ayudamos a quitarse todo el maquillaje y a peinarse.
Se acostó sin decir ni una palabra. Tan solo al día siguiente, me dijo que por favor llamara a mi madre y le dijera que se había quedado en mi casa, que no se preocupara.
Pasó una semana sin salir de su casa y hablar con nadie. Les dijo a sus padres que tenía algo en el estómago y que se encontraba demasiado mal como para poder salir.
Ingrid y yo nos turnamos para ir a su casa y cuidarla por las tardes, después del instituto.
No le hablábamos ni nos hablaba, pero nos hacíamos compañía mutuamente, y ella nos lo agradecía, al fin y al cabo.
Dos días después vino Reese a visitarla y nos dijo lo del “accidente” de Jason. Lyla no abrió la boca, y se tomó la noticia con una indiferencia increíble.
Tan solo dos semanas después, cuando volvió al colegio con mejor cara; nos contó toda la historia. No derramó ni una sola lágrima, supongo que ya había llorado bastante aquella noche.
Desde ese momento, nunca ha querido saber nada más de ningún tío. En lugar de tomarse la noticia de una manera trágica, optó por enfadarse con todos ellos y endurecerse aún más.
Jason no se acercó a ella nunca más, y procuró no encontrarse con ella por los pasillos.
Este año ya está en la universidad, así que no se han visto más.
No solemos hablar mucho con ella del tema, como comprenderás… Pero cada vez que la hacemos entrar en razón, saca toda esa furia. A veces le dura días.
Aunque estoy segura de que en el fondo sabe que está equivocada. Pero tan en el fondo…
Escuché con atención toda la historia, sin decir ni una sola palabra. Supuse que tendría cara de asombro, porque la verdad es que estaba realmente impresionada. Creía que esas cosas no pasaban en la vida real… pero ahora podía ver que realmente no era así.
La historia de Lyla era tan irreal… Y triste a la vez. Lo más probable es que no quisiera enamorarse de otra persona nunca más.
-Qué, ¿Te ha impresionado? –me preguntó June.
-La verdad es que mucho. Para mi es algo tan irreal. Yo pensaba que esas cosas no pasaban esta vida.
June se rió.
-¿En qué vida, entonces?
La conversación se terminó cuando sonó el timbre. Entramos las dos en clase de matemáticas, y mi cabeza desconectó nada más cruzar el umbral de esa puerta.
No dejé de pensar en la historia de Lyla. No entendía nada de aquellos garabatos sin sentido de la pizarra, así que me centré en mis pensamientos y miré fijamente al profesor, haciendo como si escuchaba todo lo que decía, aunque mi mente viajaba lejos de allí.


Capítulo 21

Las dos primeras clases de la mañana, fueron como si aún siguiera durmiendo en mi cama. Al principio, intenté escuchar algo de lo que decían, pero después, me dejé llevar por los pensamientos que invadían mi cabeza, que eran demasiados. Escogía los asientos que estaban al final del aula, junto a la ventana, preferentemente. Miraba por la ventana y me distraía con cualquier cosa.
June no venía a todas las clases conmigo, pero cuando estábamos juntas, se sentaba cerca de mí y me mandaba notas con mensajes, la mayoría estupideces. Parecía ser que ella se aburría tanto como yo, o quizá incluso más. No parecía prestar la mínima atención a nada de lo que decían los profesores, porque se las arreglaba con una habilidad increíble para arrancar pequeños trozos de papel de su cuaderno y enviarme mensajes como: “¿Has visto los zapatos de la profesora? ¿No te parecen extrañamente horribles?”. Yo me reía ante esos comentarios y contestaba como podía.
Y así pasábamos la clase, haciendo comentarios tontos sobre lo que nos rodeaba, ajenas a todo y a todos. Y la gente no parecía prestarnos demasiada atención.
Pasé las dos primeras clases de la mañana con June, y luego nos encontramos con Ingrid junto a las taquillas. Lyla no estaba.
-¿La has visto en toda la mañana? –preguntó June, mientras buscaba algo en su taquilla.
-No, no he tenido ninguna clase con ella. –Contestó, con cara de preocupación. –Quizá no debería haberle dicho nada… Me siento como una gilipollas.
-No te rayes. –Contestó June, ahora mirándola seriamente. –Tiene que darse cuenta de las cosas, tal y como son. No puede vivir engañada siempre…
Escuchaba la conversación atentamente, pensando si intervenir o no.
-Pues no sé que vamos a hacer esta vez para que se le pase este cabreo… -susurró Ingrid.
Realmente parecía preocupada, y en sus ojos verdes pude ver algún rastro de remordimiento.
Mi cabeza trabajaba rápidamente intentando encontrar algo que decir.
-Has dicho: No sé como vamos a hacer esta vez. –Dije, hablando para mí misma. – ¿Acaso suele enfadarse con facilidad?
Ingrid y June me miraron, como fascinadas de que hablara por primera vez en todo el día.
-Sí, es muy sensible con este tema. Cada vez que intentamos que abra los ojos… es imposible con ella. –Contestó June. –Yo solo sé una cosa.
Ingrid y yo nos quedamos mirándola esperando lo que ella tenía que decir, deseando que fuera alguna solución útil.
-Mi estómago está rugiendo pidiéndome este trozo de tarta de manzana que guardo en mi taquilla. –Dijo, señalando el interior de la taquilla y sonriendo. –Es la primera vez que mi padre se atreve a hacerla… Comprenderéis que sienta curiosidad.
Ingrid puso los ojos en blanco y se fue andando por el pasillo.
-Os veo en la cafetería. –Dijo, sin darse la vuelta.
Abrí mi taquilla y saqué mi almuerzo. June se acercó a curiosear.
-Deberías decorarla un poco. –Dijo, con una enorme sonrisa. –Si quieres podría ayudarte.
Acto seguido, abrió su taquilla –que estaba cerca de la mía –y señaló dentro.
Toda la parte interior estaba forrada con papel brillante de colores, formando ondas y formas. Había pegatinas de grupos de música, y otras con mensajes pacifistas. Tenía algunas en la que la reconocí a ella, principalmente. Ella besando a tres chicos diferentes, cada uno totalmente distinto. Ella sonriente con Ingrid y otras dos chicas. Ella paseando perros por las calles de Nueva York. Ella con un hombre que supuse que sería su padre, su hermana Lucy y su hermano. Ella sonriente en todas esas fotos. Habría unas cincuenta fotos en aquella taquilla. Del techo colgaba una especie de “atrapasueños” o “quitapesadillas” o una cosa de esas que se cuelgan en las camas para atrapar los malos sueños. Era pequeño, estaba hecho con plumas y parecía tremendamente delicado.
-Me lo hizo mi madre. –Susurró June. – ¡Ah! Y no pienses que he estado con todos esos chicos a la vez… Han sido mis tres únicos novios. No he quitado las fotos de ahí porque pensé que alguna vez han sido importantes.
No suelo enseñarle esta taquilla a todo el mundo, así que considérate afortunada. –Dijo, con una amplia sonrisa.
-Sí, la verdad es que no me vendría mal tu ayuda para decorar la mía. –Conteste. –Cuando quieras empezamos.
-Después de comerme esta tarta. –Dijo, para a continuación cerrar la taquilla y caminar por el pasillo, hacia la cafetería.
Vimos a Reese por el pasillo, que no tardó en llegar hasta nosotras.
-¿Qué tal chicas? –dijo, pasándole la mano por el hombro a June.
-Mejor si dejas de hacer eso. –Contestó June, intentando resistirse.
-Me voy a por esa… Deseadme buena suerte. –Susurró Reese. Salió apresuradamente detrás de una chica rubia, con la piel muy blanca y los ojos claros.
June entornó los ojos, mirando fijamente a la chica, sin cortarse un pelo.
-Hmmm –murmuró. –Elena Johansson.
-¿Quién es? –pregunté.
-Otra chica más de este mundo. No es mal partido. –Dijo, encogiéndose de hombros.
Quizá June vigilaba a todas las chicas que tenían el mínimo acercamiento con Reese… O viceversa.
Estaba prácticamente segura de ello, a juzgar por cómo había mirado a la tal Elena.
Nos encontramos con Ingrid en la cafetería. Estaba sola, sentada en la misma mesa que el día anterior. Comía una manzana y miraba hacia algún lado, con la mirada ausente.
Nos sentamos a su lado, y ella pareció no vernos. Reese no tardó en llegar.
Se sentó junto a June.
-¿Qué pasa? ¿Qué no me vais a preguntar qué tal me ha ido? –Dijo, mirándonos a las tres.
Miré a June y enseguida me dí cuenta del poco interés que intentaba mostrar por la situación. Ingrid seguía mirando hacia alguna parte, ajena a todo y a todos.
-¿Qué tal te ha ido? –me aventuré a decir, mientras daba el primer bocado a mi sándwich.
Reese me miró sorprendido, y pude ver un destello de brillo en sus ojos.
-¿Os dais cuenta? –dijo, hablando más alto. –Ésa es una chica lista, que se interesa por los demás. –Dijo, dándole más énfasis a esa última palabra. Miró a Ingrid y después a June, y puso los ojos en blanco al ver que ninguna de las dos le prestaba la mínima atención.
-Pues verás –empezó diciendo, mirándome únicamente a mí, esta vez. –Esa chica… es Elena Johansson. Tiene dieciséis años, una gata blanca que se llama Liz y un hermano un tanto protector. Pero no te preocupes por él, lo tengo controlado. –Dijo, guiñándome un ojo. –Lleva una eternidad colada por mí, y yo colado por ella, no te voy a mentir.
Hoy por fin, me he decidido a que nos diéramos una oportunidad, después de mucho tiempo mirándonos por los pasillos como dos imbéciles…
Y parecer ser que ha funcionado. Hemos quedado el viernes para ir a Manhattan. Ya sabes… Nueva York lo puede todo. –Me dijo, con una sonrisa en los labios.
-Pues espero que tengas suerte. –Le contesté, sonriendo también.
-¿Podrías darme algunos consejos? Ya que estas dos no me hacen ni caso –Dijo, señalándolas con un dedo, con fingido desprecio.
Dediqué unos momentos a pensar en algo que le resultara útil.
-Todo depende de cómo sea la chica. No puede servirte el mismo consejo para personas diferentes. Cada una es de una manera, y en ocasiones, no se parecen en nada.
Así que… Lo más importante es que te asegures de conocerla lo suficiente, y la hagas sentir especial ese día. Eso siempre funciona.
Reese me sonrió y sacó una pequeña libreta de su mochila. Hizo como si apuntara todo lo que acababa de decirle.
Solté una carcajada al verle hacer eso.
-Vamos, no puede ser tan difícil…
Estaba animada con la conversación, me entretenía. Era una distracción, que valoraba, el hecho de poder hablar con Reese. Me hacía sentir ligera, como si no tuviera nada de que preocuparme, y tan solo debía preocuparme de disfrutar del momento, como hacía él.
Aquel era mi segundo día con aquellos chicos tan curiosos, y ya estaba prácticamente acostumbrada. La acogida había sido enorme.
No buscaba nada. No pretendía nada. Tan solo estabilidad, poder sentirme a gusto.
Estaba concentrada en la conversación con Reese, pensando en que decir a cada momento. Todos mis sentidos estaban ocupados.
Mi sentido de la vista, estaba ocupado con Reese, mirándole a los ojos mientras le hablaba.
Mi sentido del tacto estaba ocupado, sosteniendo mi sándwich entre mis manos.
Mi sentido del olfato estaba concentrado en distinguir cada uno de los olores que me rodeaban. El olor dulce de la manzana de Ingrid, el olor del azúcar glass en la tarta de June o el olor afrutado del batido de Reese…
Mi sentido del oído estaba ocupado oyendo las risas de la gente en aquel lugar, las conversaciones ajenas o la mía propia, que estaba manteniendo en aquel momento.
Mi sentido del gusto saboreaba el pan de mi sándwich y le mandaba a mi cerebro las señales necesarias para identificar cada bocado que tragaba.
En definitiva, cada uno de mis sentidos estaba ocupado en algo diferente, pero igual de útil que los demás.
Giré levemente la mirada y la dirigí hacia la puerta acristalada de la cafetería. Había gente que entraba y salía, conversando con las personas de al lado, riendo o simplemente andando sin más.
Pero entonces, mis ojos captaron durante una milésima de segundo, algo nuevo en su campo de visión.
Al parecer, era una persona, de eso no cabía duda.
Reese ya casi no me hablaba, así que me permití el lujo de girar totalmente la mirada y concentrarme en aquella cosa nueva.
Era un chico. Un chico, sí, quizá de unos dieciséis años. Tenía el pelo rubio trigueño y un flequillo que le tapaba la frente. Me fijé aún un poco más en su pelo: era liso. Tenía los ojos… Marrón claro, sí. Quizá del color de una avellana.
No era demasiado alto, pero tampoco demasiado bajo.
Vestía unos vaqueros caídos, una camisa corta, de cuadros verdes claros y azules celestes, a juego con unas zapatillas hasta el tobillo, también azules. Llevaba una camiseta blanca, debajo de la camisa.
Andaba indiferentemente, al parecer sin mirar a ningún lado en concreto.
Notaba como todos mis sentidos se habían centrado ya en él.
Principalmente, el oído, la vista y el olfato.
Me obligué a dejar de mirarle, porque no tardé en darme cuenta de que venía hacia nosotros, hacia nuestra mesa.
Actuando impulsada por un acto reflejo, rebusqué en mi bolso buscando mi Ipod. Puse cualquier canción, ni siquiera me paré a mirarla. Me puse un auricular, y me permití mirarlo una vez más, mientras se acercaba hacia allí.
Miré a Ingrid. Ya había salido de su estupor, ahora hablaba con June sobre algo que yo no era capaz de oír.
Bajé la mirada hacia mi Ipod y comencé a pasar las canciones.
Tan solo dejé que mis oídos se centraran en lo que pasaba a mí alrededor.
-¿Qué pasa chicos? –preguntó la voz.
Era una voz… quizá dulce para ser la de un chico. No daba signos de ser la voz fea, típica de la pubertad, en un adolescente.
Tuve que comenzar a mirar, por el alboroto que se formó a mí alrededor.
June soltó un pequeño grito, al parecer de alegría, y se abalanzó sobre el chico. Él le correspondió al abrazo, y entonces pude verle sonreír… Tenía unos dientes perfectos.
-¿Cómo estás, tío? –preguntó June, casi gritando. –Joder, anda que te has dejado ver por aquí… ¿Dónde narices te has metido todo este tiempo?
El chico mostró una amplia sonrisa, pero no dijo nada. Reese también se levantó, con una cara de evidente sorpresa que casi me provoca echarme a reír.
Lo estrechó en un abrazó tan fuerte que me pregunté cómo no podía hacerle daño.
-Tío… No te vayas a pensar que has sido indispensable para nosotros ¿eh? Nos las hemos apañado muy bien sin ti. –Dijo, sonriendo. -¡Qué va! Joder, te hemos echado de menos. Todo el verano sin dar señales de vida… ¿Cómo no avisaste de que venías?
-Prefería que fuera una sorpresa. Además, tampoco tuve oportunidad…
Ingrid corrió hasta el e interrumpió sus palabras.
-¡Jaden! –gritó, mientras lo abrazaba. –Por fin tío… Te has resistido ¿eh?
Así que Jaden. Aquel era Jaden.
-¿Dónde está Lyla? –preguntó, mirando a su alrededor. –Creía que ya había llegado…
No hubo tiempo de que nadie contestara, porque entonces otra chica se acercó por detrás y lo abrazó. Era una chica rellena, de color, con el pelo rizado y muy negro. Llevaba una camiseta verde y larga, a juego con unos leggins y unas zapatillas de sport.
Lo abrazó por detrás, y él pareció un poco sorprendido, hasta que la vio.
-¡Shanna! –gritó Jaden, abrazándola también.
Los siguientes minutos transcurrieron entre abrazos y reprimendas los unos a los otros. Nadie parecía observarnos con especial interés, parecía que aquello era algo normal.
Yo observaba la escena sentada, un poco cohibida. Quizá me sentí algo apartada del resto, sin tener nada que decir o hacer. Aunque realmente era verdad, estaba apartada del resto en ese momento.
Miré la escena sin intervenir.
No fue demasiado duro: no tardaron en sentarse en la mesa y comenzar a hablar. Ahora yo era como una más en ese grupo.
Vi como Shanna se sentó a mi lado, aunque no pareció darse cuenta de mi presencia.
Escuchaba las conversaciones intentando comprenderlas, lo cual era realmente difícil.
Cuando miré el reloj me di cuenta de los pocos minutos que faltaban para volver a clase, y comencé a guardar mis cosas en el bolso.
Fue entonces cuando mi invisibilidad desapareció, y especialmente Shanna, me miró, sorprendida.
Empleó unos segundos en mirarme de arriba abajo, estudiándome. Yo hice como si no me daba cuenta de nada.
-Hola, no te había visto. –Vi una mano alargada hacia mí, y una sonrisa de dientes blancos, en contraste con una piel tan oscura. –Soy Shanna, encantada.
No me molesté tanto en estudiarla, eso ya lo había hecho antes.
-Yo soy Rebeca. Encantada, también. –Dije, con la mejor sonrisa que pude.
En ese momento todos miraron hacia nosotras. Parecieron darse cuenta de que no nos habían presentado.
Fue entonces cuando también dejé de ser invisible para él. Me miró, no sin cierta curiosidad, y me sonrió.



Capítulo 22

  El despertador sonó a las diez y media de la mañana. June se había empeñado en dormir en el suelo, con un saco de dormir, y dejarnos a Ingrid y a mí su cama y la que había debajo de ésta.
  La persiana estaba bajada por la mitad, y se podía filtrar mucha luz. Las cortinas tapaban el sol levemente. Por la puerta entreabierta se colaba un olor a sirope de caramelo o algo dulce. Miré a mi alrededor y vi a June, durmiendo de una forma algo extraña en su saco. Había cambiado tanto la postura que su cabeza se encontraba en el lugar de los pies, y viceversa. Apenas le veía la cara, se había tapado hasta arriba.
  Ingrid también dormía profundamente, con un brazo colgando en mi dirección y los tirabuzones cayéndole a un costado. Los rayos de sol provocaban destellos aún más rojos en su pelo.
  Esperé durante cinco minutos a que se despertaran, pero al ver que no lo hacían, aproveché por ir al baño la primera.
  Salí de la habitación, descalza y de puntillas, y atravesé el pasillo rápidamente. Desde el piso de abajo se oía una radio con el volumen muy bajo, y el olor a caramelo era aún más intenso desde ahí.
  Cerré la puerta del baño sin hacer ruido, y encendí la luz que había junto al espejo. Comprobé que los tirabuzones de mi pelo habían desaparecido, y en su lugar quedaban unos rizos mucho menos definidos que caían a ambos lados de mi cabeza. Me recogí unos mechones de pelo con un gancho y me lavé la cara.
  Tardé unos diez minutos en abrir la puerta del baño para volver a la habitación. Cuando dí un paso para salir de allí, vi a una niña de unos tres o cuatro años, frente a mí, mirándome. Tenía un cuerpo muy pequeño, tanto que parecía una muñeca. Su pelo era muy negro y liso, cortado por debajo de las orejas, y con flequillo. Tenía la cara redondeada y sonrosada, los ojos muy rasgados y la nariz chata.
  Llevaba un pijama de Hello Kitty rosa, y llevaba sus pequeños pies descalzos. Cogía una pequeña taza con ambas manos, evitando que se le cayera.
  Me miró expectante, con una mirada sumamente tierna. Sus ojos eran negros y profundos. Me sonrió.
  -Hola, tú debes de ser Lucy. ¿A que he acertado? –Susurré.
  Su sonrisa se ensanchó aún más y dejó ver sus dientes de leche, pequeños y perfectos.
  -Sí. –Contestó con su dulce vocecilla. –Soy Lucy. ¿Y tú quién eres?
  -Yo me llamo Rebeca, y soy amiga de tu hermana June.
  -Ah. Me gusta conocerte. –Exclamó. –Digo, eso… Un encanto conocerte. –Balbuceó.
  Me hizo gracia la manera en que se esforzaba por decir una frase que a mí me parecía tan sencilla.
  -Dice papá que tenéis que bajar. –Dijo, volviéndose hacia las escaleras. –El desayuno está.
  Desapareció escaleras abajo.
  Cuando entré en la habitación ellas ya se habían puesto en movimiento. June se esforzaba por ponerse unos vaqueros largos, Ingrid miraba pensativa dos vestidos que había encima de la cama.
  -Hola –dijo June, apenas sin mirarme. Seguía con sus pantalones.
  -Toma, póntelo. –Dijo Ingrid. Vi como el vestido volaba por encima de la cama y aterrizaba entre mis brazos.
  Las observé durante un instante. Vi a Ingrid indecisa, delante de un par de vestidos igual de perfectos, con la mirada fija en ellos, como si aquello fuera una decisión de vida o muerte. June buscaba su móvil con nerviosismo, preguntándose si aquel chico le habría devuelto la llamada.
  Entonces me dí cuenta de que tenía una gran suerte de haberlas encontrado. No llevaba más de un mes en Estados Unidos, y ya compartía mis pensamientos con un grupo genial, que me había acogido sin el mínimo esfuerzo. Ya me quedaba a dormir en casa de una chica extravagante y divertida, que me contaba su vida y sus problemas como si nos conociéramos desde siempre. Aquello era increíble para mí, pero yo lo valoraba mucho.
  Entonces decidí que el día que llegaba solo podía ser perfecto, si me molestaba en analizarlo.
  June interrumpió mis pensamientos, para variar. Le respondí con una enorme sonrisa.
  -¿Estás preparada? –me preguntó. Y frunció ligeramente el ceño al verme sonreír,  acontecimiento que no era demasiado común en mí.
  -¿Cómo vamos a llegar hasta donde queramos llegar? –Pregunté.
  -Nena –empezó diciendo June, con una mirada pícara. –Esto es América. Pronto cumpliré los diecisiete años. ¿Crees que no tengo un coche que puedo conducir? –Me sonrió, cogió una mochila y se dirigió a la puerta.
  Ingrid le respondió con una carcajada, y fue detrás de ella. Al final se había decantado por aquel vestido corto color coral, a juego con su pelo rojizo y sus ojos verdes.
  Sonreí y sentí una pizca de euforia creciendo dentro de mí. Abajo, en la cocina, había un señor corpulento, de pelo negro y corto, delante de una sartén. Llevaba una ropa sencilla, pantalón, camiseta y unas chanclas. June nos invitó a que nos sentáramos en la mesa de la cocina, dónde ya estaba Lucy.
  Cuando llegamos, nos miró sonriente, y siguió viendo la tele. Nunca había visto Bob Esponja en original. Era divertido.
  -Rebeca –Me dijo June, dirigiéndose hacia su padre. –Este es Jack, mi padre.
  Jack se giró hacia mí y me sonrió, mostrándome una sonrisa tan perfecta como la de June. Noté lo bien que se conservaba aquel hombre, lo musculoso y fornido que estaba, y lo increíblemente guapo que era. No me imaginé cómo sería vivir con un padre así.
  Se acercó hacia mí y me tendió la mano. Casi había olvidado que allí lo de los dos besos no era común.
  -Yo soy Rebeca –dije, estrechándole la mano. –Encantada.
  June volvió a sentarse alrededor de la mesa, esta vez al lado de Lucy.
  -¿Cómo fue la película de ayer? –le preguntó June.
  Noté cómo le brillaban los ojos a aquella niña cuando miraba a su hermana, y pensé en la admiración que debía de tenerle.
  -Muy bien. Eran dibujos de plastilina.
  El ambiente era agradable, familiar. Lucy y June parecían compartirlo todo, y su padre parecía entenderles con tan solo una mirada.
  Me gustaba. Estaban compenetrados.
  Vi como el padre se acercaba a la mesa, con una sartén en la mano derecha.
  -Aquí está mi especialidad. –Dijo, Sonriendo. –Bueno, la verdad es que copié la receta de Food Network. Pero tienen un toque especial.
  -Sí, esto es lo mejor que se come en esta casa, os aviso. –Dijo June, echando sirope de chocolate en las tortitas.
  Sabía que en América se desayunaba bien, pero no era consciente de lo que en realidad era. Tortitas con sirope de chocolate y nata, por la mañana.
  Aquello iba a ser divertido.
  Sonreí cuando el padre de June puso un plato delante de mí, con el sirope aún caliente y nata en abundancia. Ingrid miraba el plato un poco preocupada, pero nadie parecía prestarle demasiada atención.
  -Esta mañana te tocará quedarte con tu hermana. –Dijo Jack, como si hablara solo.
  Giré la cabeza para encontrar a aquella persona, entonces lo vi, apoyado en el marco de la puerta.
  Era un chico no demasiado alto, moreno, con el pelo corto y tan negro como el de June. Sus ojos, pequeños y ligeramente rasgados, también eran profundamente negros.
  Llevaba unos pantalones cortos rojos, y una camiseta de tirantes blanca. Parecía que salía a hacer deporte. Y que jodidamente bien le quedaba aquella ropa. Se notaba que era un adicto al gimnasio, tenía los músculos de los brazos muy pronunciados, y debajo de su camiseta ajustada se podían apreciar unos abdominales perfectamente tonificados.
  En ese momento no pude entender por qué a la gente nos tocaban unos “hermanos” tan increíblemente perfectos.
  -¿Esta mañana? Pensaba salir a correr justo ahora –Dijo, con una voz algo quejumbrosa. Miró a June con los ojos entornados, y ella le respondió con una de sus perfectas sonrisas, que interpreté como un “jódete”.
  -Si no te he presentado… Él es Neil. Sí, desgraciadamente lo es.
  Miré detrás de mi, y vi como él se acercaba hacia mi, sonriendo. También tenía los dientes perfectos. Toda esa familia los tenía…
  Pareció ignorar el comentario de su hermana, se sentó en una silla a mi lado y me estrechó la mano.
  -Sí, con esto me ha tocado vivir. –Dijo Neil, mirando a June con el rabillo del ojo. –Encantado.
  -Rebeca. Lo mismo digo. –Estreché su mano, aunque creo que no era consciente de la diferencia entre la fuerza de su brazo, y el mío. Casi me hace puré la mano.
  -Podrías montar en mi bici, que tiene la sillita para Lucy. –Dijo Jack, que estaba apoyado en la encimera, mirándonos. –Así puedes hacer las dos cosas: trabajas esas piernas y cuidas de ella.
  June soltó una carcajada sonora, mientras que Ingrid intentaba sin mucho éxito aguantar la risa.
  -¿De verdad quieres destruirme la vida de esa manera? –Contestó Neil. –Yo, Lucy, una sillita de bebé, una bici, la calle, gente… No.
  -Sería muy divertido. –Gritó June. ¡Podríamos grabarlo! Papá, dime que le obligas, por favor…
  Jack sonrió y dejó su taza en el fregadero.
  -Me voy a dar una ducha, que esta mañana tengo que aprovechar para hacer algunas cosas…
  Desapareció de la cocina y June aprovechó para reírse de Neil un poco más.
  -Venga, te daré veinte pavos si lo haces… ¡Por favor! –Dijo, imitando una cara de pena algo peculiar.
  -¡Cállate! Déjate ya de gilipolleces…
  -Bueno –dijo June levantándose de la mesa. –Ya recoges tú ¿no? Ya sabes, el último recoge.
  Sonrió a su hermano con sorna y cogió su bolso.
  -Ah –volvió a decir, pasándole el brazo por detrás de los hombros. –Y hoy me toca a mi el coche. Y no puedes oponer resistencia…
  Neil le miró con cara de odio y ella le guiñó un ojo y le dio un beso en la mejilla. No sabía que se dedicaba a vacilar de aquella manera. Era divertido, verlos a los dos discutir.
  -Hasta luego, hermanito.
  Lucy corrió hasta ella y se subió entre sus brazos.
  -¿Y yo qué? –Dijo, sonriendo.
  -Adiós cariño –Contestó June, y le dio un beso en la mejilla.

  -A ver Lucy, ¿A qué quieres jugar hoy? –Preguntó Neil con voz monótona.
  Las tres soltamos una carcajada.
  Salimos por la puerta trasera que había en el salón, y daba a la otra parte del jardín.






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