viernes, 12 de agosto de 2011

Capítulos 23, 24, 25 y 26

Hola otra vez!
Por fin, después de varios días he conseguido ir a un ciber, y aquí os dejo los capítulos que os prometí!
Un beso a tod@s, espero que disfrutéis! :)

Capítulo 23

  En la parte trasera de la casa había un gran jardín, con un estanque rodeado de pequeñas piedras. Al lado, había una gran fosa de arena, con palas, rastrillos, cubos y demás.
  Pero lo mejor era aquel Jeep descapotable y amarillo.
  Me imaginé a tres niñatas como nosotras subidas en ese pedazo de coche y me entraron unas ganas repentinas de reír. Me pregunté si aquello estaba permitido.
  June quitó la capota del coche, y nos indicó que subiéramos. Preferí subir en la parte de atrás, mientras que Ingrid se sentó con June delante. Pusieron música a todo volumen, y quise esconderme debajo del asiento cuando salimos del garaje a la calle, y todo el mundo nos miraba extrañados. Algunos se reían, otros comentaban. Yo supuse que aquello sería normal. Ellas ignoraban cualquier tipo de comentario y hablaban entre sí, de cualquier tontería, intentando que me integrara en la conversación.
  El aire me daba con fuerza en la cara, y el pelo intentaba volar a su aire. Pensé en el esfuerzo de la noche anterior al intentar arreglarnos el pelo. Pero me gustaba aquella sensación.
  -¿Adónde vamos? –Pregunté alzando la voz, intentando que me escucharan.
  Ingrid se giró y me miró con una sonrisa radiante que no me gustó lo más mínimo.
  -Primero, vamos a recoger a Lyla, y después quedaremos con Jaden, Reese y Shanna en un parking cerca de Manhattan. Cogeremos el metro y llegaremos hasta el centro.
  -¿Y no hubiera sido más fácil coger el metro directamente? –Pregunté, casi gritando.
  -Claro, pero es mucho más divertido hacer esto ¿no crees? –Sonrió, y volvió a su tema de conversación con June.
  Puse los ojos en blanco. Ellas, tan mal de la cabeza como siempre. Me pregunté si alguna vez harían algo en serio.
  No tardamos en hacer un intento de aparcar cerca de casa de Lyla, pero tan solo fue unos segundos, porque no tardó en aparecer corriendo, al final de la calle.
  Iba con su look de siempre, lo más deportivo posible. Una sudadera, leggins y zapatillas altas. Llevaba un gran bolso colgado del hombro, y el pelo recogido en una coleta.
  Entró con rapidez en el coche.
  -Hola, ¿Qué tal todas? –preguntó. –Daros por besadas. June, arranca. Ya.
  La miré extrañada, parecía nerviosa.
  -¿Podemos preguntar a qué se debe tanta prisa? –preguntó June, arrancando y dando un ligero derrape para volver a entrar en el carril.
  No contestó, tan solo sacó el móvil del bolsillo de la sudadera y lo miró una y otra vez, nerviosa.
  Ingrid se giró y la miró, con ojos interrogantes, casi exigiendo una respuesta.
  -Jason ha estado aquí, en mi casa. Ahora entenderéis por qué quiero correr –susurró.
  Ingrid abrió los ojos de par en par y miró rápidamente a June. Pude ver su cara por el espejo retrovisor, y era de una gran sorpresa.
  -¡¿Jason?! –gritó June. –Jason, Jason… ¿Jason el cabrón? ¿Desde Atlanta?
  -Shh Sí, Jason el cabrón. Desde Atlanta. Lo que no sé es qué ha venido a hacer aquí. ¡A mi casa, por Dios! ¿Cómo se atreve a volver? No lo entiendo…
  -Ni tu ni nadie. Quizá necesita que le tiren algo a la cabeza…
  Lyla la miró, entornando los ojos.
  -Lo siento –se disculpó June. –Es que cada vez que me acuerdo…
  -Bueno ya está. –Las interrumpió Ingrid. –Lo más importante de todo, ¿te ha llamado? Porque si aún conserva tu móvil…
  -Sí, me ha llamado. Tres veces. Me he levantado esta mañana, estaba sola en casa. Mi madre estaba comprando con mi hermana, y mi padre no sé dónde andaba. He oído el timbre y he bajado corriendo, pensando que quizá os habríais adelantado. Pero entonces he visto su sombra, reflejado en el marco de la puerta. Y me he subido corriendo a mi habitación.
  No sabéis cómo me he quedado, el susto que me ha dado. Entonces ha empezado a llamarme. Pero, obviamente, no le he cogido el teléfono.
  Joder, no sé que hacer, esto es surrealista, no puede ser verdad. –Volvió a mirar la pantalla del móvil.
  -¿Y después, se ha ido? –Preguntó June, mirando por el espejo retrovisor. –Has visto… ¿Iba con alguien? Alguna tía, ¿alguien?
  -No, que yo sepa no. No he visto nada. Ni siquiera el coche… Mierda, tenía que haberme fijado, no sé cogerle la matrícula o algo.
  -Pero, ¿qué dices? –Gritó Ingrid. –Tía, no seas exagerada.
  Vi cómo entrábamos en un puente que cruzaba las vías del tren. Miré a mi alrededor, observando cada detalle. Era una gran estructura de metal, con unas vigas de hierro en la parte superior. La carretera constaba de cuatro carriles, dos en una dirección, y los otros en la dirección contraria.
  Desde dentro del coche pude observar las grandes vías, que se perdían en la distancia, interminables.
  No podía ver mucho desde allí, ya que había unas chapas de metal verdes, que actuaban como quitamiedos o algo parecido. Pero vi en la distancia grandes edificios, en su mayoría grandes y blancos. La gente paseaba a ambos lados del puente, ajenos a todo.
  Oí como June alzaba la voz por encima de la de Ingrid y Lyla. Me di cuenta de que había desconectado, y volví a la conversación.
  -Lo primero, vamos a tranquilizarnos. Lo más probable es que tan solo quiera hablar contigo, contarte sus últimas novedades, o simplemente dejar claro que no te tiene… Ningún rencor.
  Una de dos: o eso, o es un completo gilipollas.
  -Tiene razón. –Me atreví a decir. –Quizá tan solo quiera ver cómo estás, ya que se fue tan rápido que ni si quiera pudo hablar contigo por última vez… No te preocupes tanto.
  Me sonrió y le devolví la sonrisa.
  -Eso, hoy vamos a disfrutar. Acabamos de empezar el instituto, no hay demasiados deberes, ni exámenes… Somos jóvenes, tenemos dieciséis años y nos vamos en coche a Manhattan. ¿Se puede pedir algo más? –Gritó June. Y subió mucho más la música.
  Aquello no era real, no podía serlo. Para mí todo era extraño, de película, irreal… En ese momento estaba flotando en una nube.
  Seguimos por una carretera que parecía industrial, con fábricas alrededor. No tardamos en entrar a otro puente, que también se elevaba sobre las vías del tren, como el anterior.
  El sol me daba en los ojos, y el aire me revolvía el pelo. Era una sensación agradable.
  Pasamos al lado de una gran extensión de árboles, tan grande que no pude ver dónde terminaba. Estaba compuesta por un montón de edificios, que no pude ver demasiado bien desde mi punto de vista, aunque daba la impresión de ser una residencia, un hospital o algo parecido. Los edificios estaban dispuestos de una forma extraña, como con forma de hexágono o algo así, según me dijeron.
  En efecto, aquello era el hospital de “Queensbridge”.
  Me quedé impresionada, aquel lugar era perfecto, en absoluto parecía un hospital.
  Y entonces enfilamos el puente de  “Queensboro”. Tan increíblemente grande, una estructura gigante de metal, que parecía estar apoyada en el agua sin ningún esfuerzo.
  Con cuatro carriles, un gran techo formado por pesadas vigas de cemento, al parecer, aguantando toda su envergadura.
  Pasamos el “Queensbridge Park” y entonces comenzamos a cruzar por encima del agua.
  Me encantaba aquella sensación, una ligera brisa, removiéndome el pelo. Las vistas eran inmejorables. Desde ese lugar se podían ver los primeros rascacielos, majestuosos, e increíbles como siempre. Ya había ido allí antes, pero aquella vez la sensación fue mucho mejor.
  Las vistas eran impresionantes, y no me quise ni imaginar cómo sería ver aquello después, cuando pasáramos por la noche. Todas las luces, el agua iluminada… Era perfecto.
  Aquel puente, que comunicaba el otro lado, Queens… Con ese trozo de tierra alargado, que tenía vida propia. Era casi como una pequeña ciudad en medio del mar, comunicado por dos puentes a Nueva York, y por otro lado al tranquilo Queens.
  Estaba fascinada, en ese momento. Y ellas, como no, lo notaron.
  -Creo que Rebeca está flipada –Dijo June, lo suficientemente alto para que yo la oyera. –Vamos a hacer algo para que se le pase…
  -Sí, ¿Qué podemos hacer? –Continuó Lyla.
  -Oye, ¿De verdad creéis que no estoy escuchando? Que tenga cara de gilipollas mirando todo esto no quiere decir que mis oídos hayan dejado de funcionar. –Dije, sonriendo, pero sin apartar la mirada de mi alrededor.
  Pasamos encima de aquel gran trozo de tierra habitado, y las vistas eran increíbles. Me asomé aún más y entonces agradecí que el coche fuera descapotable.
  A mi derecha pude ver aquellos rascacielos alienados, situados cerca de la orilla. De verdad era impresionante… ¿Quién imaginaría unos rascacielos junto a la orilla?
  Pude ver hasta dónde llegaba la isla, y los grandes edificios que había alrededor, en la distancia.
  Aquello estaba mezclado con el color azul del mar, y el verde de los múltiples parques.
  Empecé a preguntarme cuándo terminaría aquel puente, que parecía tan interminablemente largo. Llevábamos un rato atravesando las calles encima de aquella gran estructura, pero lo que yo quería era poder observarlo todo más de cerca. Bajar a la calle, pisar aquel suelo… Otra vez.
  Miré al cielo, y pude ver, a través de los huecos formados por las vigas; los edificios alzándose por encima de nosotras, con miles de pequeñas ventanas.
  Aquellos taxis amarillos, tan perfectos, empezaban a circular.
  Y entonces dejamos atrás aquellas vigas y los edificios se alzaron ante nosotras. Más grandes, mas pequeños, más oscuros o más claros. Y aquel cartel verde azulado, colocado en lo alto de un poste, en medio de la carretera. Las letras blancas. “Welcome to Manhattan”.
  Antes de meternos en el corazón de Manhattan, lo cual hubiera resultado imposible para circular, giramos hacia la derecha y nos dirigimos hacia un parking subterráneo.
  Mujeres y hombres trajeados, sentados en los bancos en la puerta de la oficina, comiendo algo o simplemente charlando. La vida amena de aquella ciudad.
  Sentí una punzada de envidia, y ganas por hacer lo mismo que ellos.
  -Sms. Están en la puerta del parking. –Dijo Ingrid, mientras miraba en su móvil.
  -Vale, llegaremos en cuanto este capullo se quite de en medio… ¡Vamos! –Gritó June, haciéndose oír.
  La calle era algo estrecha, y en una parte había una fila de conos naranjas… Lo cual dificultaba un poco el tráfico. Pero nada importante.
   Miré sobre mi cabeza intentando mirar el final de aquel edificio de cristales oscuros, lo que se hacía llamar “Parking.”
  -Guau. –Dije, sin ser consciente.
  Lyla me miró y me sonrió.
  -Bien, llega la recolecta. –Dijo June cuando entrábamos en el supuesto parking. –Son tres dólares cada una.
  Fui a sacar mi cartera, aún sin saber muy bien para qué, pero entonces Lyla me interrumpió:
  -Tú estás perdonada, por ser el primer día. Pero no te acostumbres… ¿eh? –Sonrió.
  -Pero, ¿para qué es? –Pregunté.
  -Para pagar el parking. Este enorme edificio, como dices tú, con miles de plantas… No se mantiene solo ¿sabes?
  -Es verdad. –Contesté. –Lógico. Vale, la próxima vez contribuiré.
  El parking era lo único normal y poco interesante que había visto aquella mañana.
  -Algún día –Dijo June, mirándome por el espejo retrovisor. –Iremos a una especie de parking muy gracioso… Entonces si que podrás decir “Guau”.
  -¿A que te refieres? –Pregunté, alzándome en el asiento. –¿Es que también hay aparcamientos especiales aquí?
  -Bueno, si. –Y las tres soltaron una carcajada. Fruncí el ceño sin comprender. – Son unos aparcamientos en los que los coches quedan encasillados, unos encima de otros, en largas filas… Aparcas en una rampa, el mecánico o la maquina o lo que sea sube el coche, y queda suspendido en el aire.
  -Venga va –Susurré, con los ojos muy abiertos.
  -Ay ay… Incrédula. Lo verás con tus propios ojos. –Rió Lyla.
 



  Capítulo 24

  Aparcamos el coche y subimos en ascensor hasta la calle. Justo enfrente del edificio del aparcamiento había una gran plaza, con una fuente en medio. Varios bancos enfrente de la calzada, y la gente sentada, charlando con el de al lado, o simplemente sin hacer nada.
  Reese, Jaden y Shanna nos esperaban en la puerta. La primera que nos vio fue Shanna, que vino hacia nosotras con esa sonrisa suya, tan particular.
  -Hola, chicas. –Nos dio dos besos a cada una. – ¿Qué tal ayer?
  -Estuvo bien. ¿Y tú que tal con los niños? –Preguntó June.
  -Bueno, aguantables. Pensé seriamente en ponerles un valium en la cena… Pero lo pensé mejor. No quiero terminar entre rejas a los dieciséis. –Soltó una carcajada.
  -Sí, mejor será que pienses algo más útil. –Dijo Lyla, riéndose.
  -Y ¿qué tal con estos? –Preguntó June, señalando con el dedo hacia Reese y Jaden.
  Shanna giró la cabeza y los miró con indiferencia.
  Yo miraba a Reese, y luego a Jaden. A Jaden y más tarde a Reese. Pero sobre todo me detenía en la sudadera azul de claro de Jaden, su camiseta blanca y sus pantalones vaqueros, caídos. Y esas zapatillas negras, altas.
  Luego, en sus ojos, y en su pelo, que caía ligeramente por su frente.
  Algo me interrumpió en ese preciso momento.
  Shanna y Lyla se habían acercado a ellos, pero June me había dado un ligero empujoncito en el hombro.
  -¿Qué me vas a decir ahora? –Susurró, con una enorme sonrisa. –Quizá que mirabas… No sé, dímelo tú.
  -Calla. –Farfulle.
  Comencé a andar despacio hacia los demás, mientras oía la risa estruendosa de June a mi espalda. Mierda.
  Reese miraba fijamente la pantalla de su móvil. Jaden hablaba con Lyla sobre algo, y se reían exageradamente.
  De pronto me sentí algo fuera de lugar, fuera del mundo, de aquella conversación. Y llegó aquella pregunta a mi mente: ¿Qué hago aquí?
  Pero entonces ví que sus ojos marrones se cruzaban ligeramente con los míos, y su boca esbozaba aquella sonrisa.
  Alzó la mano, en forma de saludo.
  June me arrastró por detrás, y me acercó a ellos.
  -Bueno, ¿Qué hacemos? –Preguntó June, mirándolos de uno en uno. Se detuvo algo más en Reese, que seguía con la vista fija en su móvil, y murmuraba algo en voz baja. –Oh, vamos. ¿Qué haces?
  Se acercó al móvil e intentó mirar también la pantalla. Reese levantó la mirada levemente y pareció darse cuenta de dónde estaba.
  -Ah, amor. No me había dado cuenta de que estabas aquí.
  -Calla –gritó June, dándole un ligero puñetazo en el brazo. –Y no me llames amor.
  -Vale, amor. –Dijo, sonriendo. Ignoró la cara de furia de June y se giró hacia nosotros. –Hola, chicos. ¿Qué tal Rebeca?
  -Bien –Contesté, tímidamente.
  -Perfecto, así me gusta. ¿Qué queréis hacer hoy?
  Nadie le hizo caso. Shanna, Lyla e Ingrid hablaban sobre algo que no alcanzaba a oír, June estaba cotilleando su móvil y Jaden me miraba fijamente, haciéndome sentir algo incómoda.
  -¿Por qué no dejamos que lo decida ella? –Preguntó, señalándome con un dedo. Sonreía.
  Joder. No.
  -Yo me acoplo a lo que sea. Cualquier plan está bien para mí. –Contesté, en voz alta.
  -Muy bien. –Dijo, sonriendo. Y cambió de postura, apoyando la planta de un pie en la pared.
  Notaba la mirada de June pegada a mi nuca. Sabía que se estaba riendo, casi la oía.
  -Vamos a ver. –Dijo Lyla, mirándonos a todos. –Parece mentira que no sepáis quién está aquí…
  -Es verdad. –Dijo June, poniendo los ojos en blanco. –Miss Orden y Perfección.
  -Cierto, casi nos habíamos olvidado… Vamos a ver Lyla, ¿Qué tienes preparado para nosotros? –Preguntó Reese.
  Lyla rebuscó en su enorme bolsa y sacó un gran mapa y una libreta.
  -Bueno, hoy he preparado un recorrido perfecto. Pensando en ti especialmente, Rebeca. –Dijo, mirándome y sonriendo. Sonreí como respuesta. –Os iré diciendo los sitios a los que vamos conforme el día vaya avanzando.
  June soltó una carcajada, pero Lyla la ignoró por completo.
  -Bien –prosiguió, después de carraspear. Su aspecto era casi cómico. Me mordí el labio para no reírme. –Primero vamos a visitar el Museo de Arte Metropolitano…
  -Pff –Soltó Reese. –Enserio, ¿Qué te hemos hecho en otra vida? ¿De verdad nos vas a someter a la tortura de pasar la mañana allí?
  -Shh. –Lo hizo callar Lyla, muy seria. –Es uno de los museos más importantes de arte del mundo, algo que es obligatorio ver. Creo que Rebeca está obligada, como el resto de los mortales.
  Abrí la boca para protestar, pero Lyla me lanzó una mirada con los ojos entrecerrados, y cerré la boca de inmediato.
  -Andando. –Dijo Lyla.
  June volvió a reírse, y cogió a Reese del brazo.
  -¿Me dejarás que te joda un poquitín cuando me aburra? –Le dijo, con una sonrisa.
  Reese arrugó la nariz y sonrió ampliamente.
  -Solo si después tú me dejas que te joda…
  -¡Eh! –Le interrumpió June, dándole un puñetazo.
  -Vamos chicos –Dijo Lyla. –No hagáis que este día sea más largo de lo normal. –Todos nos reímos al escuchar ese comentario. Me sentí como una niña de escuela primaria en su primer día de excursión. –Cogeremos el metro para ir al Museo, y llegaremos en menos de media hora…
  Comenzamos a andar, reunidos en algo parecido a pequeños grupos. Ingrid y Shanna iban detrás del todo, algo apartadas, hablando sobre el trabajo de niñera de Shanna, según lo poco que pude oír.
  Lyla iba a su lado, pero estaba más concentrada en su libreta y en su mapa que otra cosa.
  Reese y June iban los primeros, formando aquella pareja tan singular. Me pregunté muy enserio si alguna vez habrían tenido algo importante.
  June daba pequeños puñetazos a Reese en el hombro, se pegaban empujones e intentaban apartarse mutuamente de la acera.
  Parecían dos estúpidos enamorados, pero era verdaderamente gracioso. También me pregunté que ocurriría si June pegaba un puñetazo con más fuerza de la habitual…
  Jaden caminaba solo, más cercano a mi que cualquier otro. Y yo lo sabía. Era consciente de los pocos metros que nos separaban, y de la conversación que podía formarse de un momento a otro.
  Aunque él parecía ocupado con su Ipod y sus enormes cascos.
  Saqué el mío e hice lo mismo. Tenía los sentidos puestos en mi entorno, aquellos rascacielos altos, la gente y los paseadores de perros. Las alcantarillas que tiraban humo y el cielo, más azul que de costumbre.
  A la vez, intentaba seguir el ritmo de los demás, procurando no perderme. Pero también controlaba a Jaden con el rabillo del ojo, cuya expresión era constante.
  No tardamos en llegar a una acera mucho más estrecha, en la que mantener una conversación era casi obligatorio.
  Tampoco tardó en sacarme un tema de conversación.
  Se quitó los cascos, colocándoselos alrededor del cuello, y se acercó más a mí, con las manos metidas en los puñeteros bolsillos. Típico gesto.
  Le miré con el rabillo del ojo, intentando aparentar que no me daba cuenta de su presencia. Pobre tonta e inocente.
  Sonrió, y estoy segura que lo hizo al darse cuenta de mi fracaso intento por desviar mi atención.
  -¿Qué música escuchas? –Preguntó, al fin.
  Le miré durante unos segundos. Sonreía.
  -Mucha. –Contesté. Mierda. Buena explicación.
  -Mmmm. Interesante. –Dijo, mirando al frente.
  ¿Interesante? Vamos… Le habría costado encontrar esa respuesta.
  -¿Te gusta Nueva York? –Preguntó. Resopló.
  Me reí para mis adentros. Las conversaciones tampoco parecían ser fáciles para él.
  -Claro que me gusta. –Contesté, intentando sonreír. –Es Nueva York, esto le gusta a cualquiera.
  Se rió.
  -Y vives en casa de…
  -Con el famoso Mark Jones. –Le interrumpí.
  -Ah.
  -¿Y tú a qué te dedicas? Supongo que serás deportista o algo así, sino músico… ¿verdad? –Pregunté. Y ni siquiera sé cómo lo hice.
  -Si, si me tengo que encasillar en un grupo… Soy deportista, supongo. –Sonrió. –Hockey sobre hierba.
  -Ah. Yo tengo que decidir mi futuro profesional antes de la semana que viene. –Dije, mirando al suelo.
  Soltó una carcajada.
  -No te lo tomes como si fuera tan importante… Es solo algo qué hacer en el instituto. –Dijo, aún sonriendo.
   Le miré. Quizá tuviera razón.
  -Bueno, tenía entendido que aquí en América se tomaban las cosas muy enserio… En cuanto a las actividades de los hijos desde el colegio y todo ese rollo.
  -Sí, la gente se lo toma muy enserio, en general. Pero siempre puedes decidir no formar parte de esa gente.
  Le miré, frunciendo el ceño.
  -Interesante reflexión. Pero supongo que prefiero encasillarme.
  Sonrió y suspiró a la vez.
  -¿Y en qué grupo te encasillas? –Preguntó.
  -Bueno, aún no he tenido tiempo para decidirme…
  -Ya, pero habrá algo en lo que sobresalgas.
  -La verdad es que nunca me había parado a pensarlo.
  -¿Deportes?
  -¡No! –Casi grité.
  Soltó una carcajada.
  -Vale, fuera deportes. Aunque si nos deshacemos de los deportes… Supongo que también habrá que prescindir de las animadoras.
  -Sí, sin duda alguna.
  Volvió a sonreír.
  -Algún día tendrás que decirme por qué has sido tan rotunda con eso.
  -Quizá algún día…
  -Bien. ¿Moda?
  -Paso. Todo el día rodeada de obsesos… No.
  Volvió a reírse. Me pregunté si se estaba riendo de mí, o simplemente le hacía gracia lo que decía, o cómo lo decía.
  -Bueno. ¿Quizás el periódico… redactora?
  -Podría ser. –Contesté sonriendo.
  -¡Por fin! –exclamó. –Joder, contigo es difícil.
  -Vamos… si fuera fácil no sería tan divertido.
  Me arrepentí a la milésima de haber dicho eso. Aunque a él pareció divertirle, como todo.
  -También está el teatro o la música…
  -Hmmm –Le interrumpí. –No lo creo, pero podría ser.
  -¿Y qué tal te tratan, esos Jones? –Preguntó, mirando al suelo.
  Le miré durante un momento.
  -La verdad es que bastante bien. Me dan independencia sin pasar de mí, que es lo más importante. No se preocupan en exceso y me dejan mi espacio.
  Monique Jones, mi supuesta madre adoptiva; es enfermera, y tiene unos turnos que no coinciden mucho con mis horarios de instituto… Pero en realidad lo prefiero así. Me gusta llegar a casa y poder poner música y tumbarme en el suelo de mi habitación, sabiendo que no hay nadie que pueda verme.
  Tampoco es que me guste aislarme del mundo y vivir en mi soledad, pero si necesito mis momentos.
  -Tú y el resto del mundo. –Contestó.
   De pronto me di cuenta de la facilidad con la que habíamos mantenido una conversación, aún sin hablar de nada en concreto. Me di cuenta de lo fácil que era hablar con él, a pesar de lo mucho que me intimidaba.
  Todos los tíos me intimidaban. No sentía exactamente miedo, pero si desconfianza… Pero con él, las primeras palabras habían sido distintas. Mi cerebro no estaba alerta mientras hablaba con él, y las palabras salían de mi boca con tremenda facilidad.
  Caminamos por una gran avenida, cerca de Central Park. Podía ver ligeramente la abundante vegetación, los inmensos árboles y los pequeños niños jugando en los parques. Sentí ganas de acercarme, de sentarme en la hierba y simplemente observar a toda esa gente. Pero ni me planteé el preguntárselo a Lyla.
  -¿Te impresiona? –Me preguntó Jaden, mirando detrás de mí, hacia el parque.
  -Sí. –Contesté, mirando por encima de mi cabeza. Los rascacielos seguían, imperturbables. –Si te digo la verdad, he estado tanto tiempo esperando ver esto con mis propios ojos, que a veces pensé que pasaría mucho tiempo antes de conseguirlo…
  -¿Enserio? Tú fuiste la que decidiste venir aquí… Al menos fue decisión propia.
  Suspiré. Sin duda había sido mi decisión.
    -Echas de menos todo aquello –afirmó, mirándome a los ojos.
  -Sí. Echo en falta todo, más de lo que pensaba.
  Lo miré durante unos segundos, pero entonces me fue imposible evitar una carcajada.
  -Lo siento –Susurré, entre dientes. Intenté serenarme y ponerme seria, pero me fue inevitable no esbozar otra sonrisa. –Lo siento, pero es que todo esto es tan surrealista… No es normal. Ni si quiera sé si todo esto es real, si verdaderamente estoy aquí, y no en mi casa discutiendo con mi madre, cotilleando con mis amigas… Estoy aquí, rodeada de gente que no habla mi lengua, intentando integrarme socialmente, haciendo amistad con gente a la que no conozco, y compartiendo mi vida contigo.
  ¿No es para volverse loca? –Aquello era una clara pregunta retórica.
  Jaden me miró durante un instante, y luego sonrió, dejando mostrar su maldita perfecta sonrisa.
  -Yo de ti me lo haría mirar. –Dijo. –Esto puede acabar en esquizofrenia, y ya sabes… Visiones, pensamientos extraños, camisa de fuerza y paredes acolchadas en un magnífico lugar… Mal rollo. –Giró su dedo índice alrededor de su sien, poniéndose bizco.
  Aquello fue una imagen muy graciosa y peculiar.
  -Está bien, si va a más prometo mirármelo. –Le sonreí.
  Giré la cabeza y busqué entre la gente. Me di cuenta de que me había olvidado del mundo, entre ellos de las cinco personas con las que íbamos.
  Aminoré el paso y me puse de puntillas intentando identificar los rostros de la gente.
  -No jodas –Dijo Jaden, con su cabeza fija en la masa que había a nuestro alrededor.
  Me cogió del brazo para apartarme a un lado y dejar paso a aquellas personas tan estresadas. Vi cómo sacaba su móvil del bolsillo y fruncía el entrecejo, marcando unas teclas.
  Entonces oí unas voces más cerca de nosotros, y ví a June salir de detrás de un kiosko cogida de la mano de Reese.
  Los miré durante un momento con los ojos entornados, y entonces comprendí que todo había sido una magnífica broma por su parte.
  June se acercó a nosotros riendo, pegando pequeños brincos y arrastrando a Reese tras de sí.
  -¿Qué pasa? Ibais tan concentrados en vuestra interesante conversación que ni siquiera os acordáis de que vais con más gente. –Seguía sonriendo, y hablaba entre dientes, intentando reprimir una carcajada. –Que fuerte me parece…
  -Es verdad –Dijo Reese mirando a Jaden, con el semblante completamente serio. –Me parece muy fuerte tío… Creía que eras un amigo. Te dije que ella era para mí, que era mía. Y vienes tú y te la ganas en diez minutos.
  Abrí los ojos de par en par y lo miré durante un segundo. Noté cómo el calor se acumulaba detrás de mis orejas y en mis mejillas. No. No.
  June y Reese seguían bromeando, muy juntitos, cogidos de la mano… Comentando comentarios que no me divertían.
  Pensé en formular el mío propio, también estaba en mi derecho ¿no?
  Pero entonces vimos aparecer a las demás por detrás de nosotros, que aún seguían con su animada conversación sobre lo que quiera que fuese. Jaden no podía evitar reírse ante los comentarios que acababa de oír. Cogió a Reese por el brazo y lo separó algo de June.
  -Anda, vamos. –Dijo, sonriendo. –Lyla no consentirá que no cumplamos su plan y hagamos todo lo que dice… ¿Queréis estar en el museo hasta la noche?
  -Ya ya, claro. –Dijo Reese, hablando lo suficientemente alto como para que pudiera oírle. –Ahora no intentes cambiar de tema…
  Vi cómo se alejaban ligeramente, y June iba detrás. Me incorporé al grupo de Ingrid, Lyla y Shanna; y pensé en acoplarme a cualquier conversación que tuvieran de ahora en adelante.
 


  Capítulo 25

  El museo de arte Metropolitano de Nueva York era uno de los mejores museos de arte de todo el mundo. Uno de los más grandes, por supuesto.
  El exterior constaba de una gran fachada con seis grandes columnas, de apariencia romana, según pude observar. Las paredes eran de un color marrón claro, y tres grandes ventanales entre cada una de las columnas.
  Había una gran puerta principal, a la que se accedía por unas anchas escaleras. Estaban repletas de gente, algunos sentados esperando, y otros haciendo cola.
  El interior era de estilo moderno, principalmente, con los suelos de madera clara, extremadamente brillantes; tanto que podía ver mi cara reflejada en ellos. El algunas salas el tejado se inclinaba dando paso a una gran cristalera compuesta por numerosas ventanas, por las que se filtraba la luz.
  Las paredes eran blancas, y las salas muy luminosas en su mayoría, debido a la luz que entraba.
  Otras de las estancias eran enormes, tanto que no daba tiempo a recorrerlas enteras, con el suelo de mármol, y las paredes de un color beige oscuro. También las había con grandes arcos sostenidos por columnas, que daban paso a grandes galerías y pasillos.
  La arquitectura no era lo mío, así que tampoco me preocupé demasiado por descifrar los tipos de arcos, o el material.
  Era bonito, y punto. Eso si que podía decirlo con certeza.
  Lyla nos guiaba, y sosteniendo un mapa y varios folletos en las manos, nos resumía “brevemente” el contenido.
  -El museo posee más de dos millones de obras de todo el mundo.
Desde tesoros de la antigüedad clásica, a pinturas y esculturas de casi todos los maestros de Europa y una gran colección de obras estadounidenses. Están expuestas obras maestras de Rafael, Tiziano, el Greco, Rembrandt, Velázquez, Pizasso, Pollock, Braque… entre los más importantes. –De vez en cuando hacía una pausa, y nos observaba, asegurándose de que le estábamos escuchando. Para mi no podía ser real, parecía una enciclopedia, no una compañera de clase.
El museo posee numerosas piezas de arte egipcio, africano, asiático, de Oceanía, Oriente Medio, Bizantino e islámico.
El museo tiene tres pisos, y la colección egipcia se encuentra en el principal, a la derecha del hall central.
  Mientras caminábamos por los pasillos de aquel inmenso lugar, tan silencioso y lleno de vida, miraba a Jaden por encima de mi hombro, intentando reconocerlo entre todas las personas que había a nuestro alrededor.
  Desde el momento en que Reese había abierto su bocaza, no se había vuelto a acercar a mí. Tampoco habíamos tenido demasiadas ocasiones para hablar, Lyla iba con su mapa del museo de aquí para allá, guiándonos en la visita. Nos explicaba cada pequeña cosa que veíamos, procedencia, año, autor y una pequeña historia… Todo.
  Reese y June seguían bromeando, comenzaban a reírse en voz baja cuando Lyla no les miraba, y comentaban cada pequeña cosa que veían.
  Ingrid y Shanna escuchaban con atención cada palabra que Lyla decía, no sé si por verdadero interés o por temor a que se enfadara.
  Yo miraba a mi alrededor con mucha atención, intentando captar cada detalle que veía. De vez en cuando, cuando mi mente me lo permitía, me centraba en las palabras de Lyla, e intentaba comprenderlas.
  De vez en cuando, Lyla nos dejaba un tiempo para ver alguna sala en especial, recordándonos lo importante que era y sus obras de arte, pidiéndonos que nos fijáramos bien en cada detalle…
  Entramos en ese momento a una gran galería de cuadros, muy bien iluminada, que contaba con un gran ventanal en una parte del techo.
  La luz en ese lugar era casi cegadora.
  Quedamos con Lyla en vernos diez minutos más tarde, dónde nos habíamos separado. Había varios pasillos que daban a la misma galería, por lo que cada uno elegimos un lugar que ver primero.
  Yo, simplemente me quedé observando un cuadro de colores claros, en la sala del gran ventanal.
  Entonces vi a Jaden caminando hacia mí, con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos. El flequillo le caía por la frente.
  Rápidamente, intenté disimular mirando el primer cuadro que vi cerca de mí, haciendo como si no lo viera venir.
  Por el rabillo del ojo lo vi acercarse, y justo cuando se colocó detrás de mí, lo miré intentando hacerme la sorprendida.
  Me sonrió, y miró a su alrededor. Supuse que estaría comprobando si Reese y June estaban por allí. No había nadie, aquellos pasillos eran como un gran laberinto, y Lyla nos había dejado diez minutos para ver esa zona, para más tarde quedar con ella dónde nos habíamos separado.
  -No hay nadie, quizá nos hemos vuelto a perder. –Dije, intentando hacer una broma que fracasó en el intento.
  -No sería difícil. Este sitio es enorme. –Contestó.
  Hubo un silencio incómodo de unos segundos de duración. Al poco tiempo volvió a reanudar la conversación.
  -No les hagas caso. Ignórales, yo siempre lo hago. –Susurró.
  -No te preocupes, yo a June no la tomo muy enserio. Es lo mejor. –Contesté. –Y Reese… Bueno, Reese la sigue ella.
  -¿De verdad?
  -Eso parece. ¿No crees? –Pregunté, mirándole.
  -No. Ellos no tienen nada, simplemente son casi hermanos. Lo único que les impide no serlo es la sangre.
  -Ah. –Respondí, sin saber bien qué decir. –De todas formas, las relaciones entre hermanos no son así… Al menos que se produzca un incesto. Lo cual no es lo normal.
  Soltó una carcajada, y movió el pelo de una manera un tanto particular.
  -Lo siento, soy muy bestia. –Susurré. –Vete acostumbrando a mis comentarios.
  Sonrió.
  -No te preocupes. A veces podemos permitirnos el lujo de decir lo que se nos pasa por la mente, sin pensarlo antes.
  No supe qué contestar ante eso.
  -¿Y qué tal llevas el instituto? –Preguntó. –Me refiero a las clases. ¿Te cuesta entenderlas?
  -La verdad es que sí. Demasiado. –Suspiré. –No sé cómo va a terminar este curso, la verdad. Quizá no haya sido una buena idea, y tenga que repetirlo cuando llegue a España… No lo sé.
  Me miró durante un instante, frunciendo ligeramente el ceño.
  -¿Lo dices enserio? No me puedo creer que te estés rindiendo tan rápido. ¿Has pensado, al menos, lo que puedes hacer para aprobar? Técnicas, ayudas…
  Lo pensé durante un instante.
  -Más o menos. Sé que el instituto me puede ofrecer un refuerzo de lengua inglesa, para ayudarme a entender mejor las clases. Pero lo cierto es que eso no es lo que verdaderamente me preocupa.
  -A ver, ¿qué es lo que verdaderamente te preocupa?
  Sonreí.
  -Bueno, la verdad es que no hay una única cosa que me preocupe… Pero sí, mi mayor dolor de cabeza tiene un nombre. –Sonreí otra vez. –Matemáticas, le llaman.
  Abrió los ojos y su rostro se tornó algo sorprendido. Sonrió.
  -¿Sabes quién es un Dios con las matemáticas? –Preguntó, levantando ligeramente la ceja.
  Evidentemente lo sabía.
  -No, ¿quién? –Pregunté, mirándole con fingida curiosidad.
  -Pues casualmente, lo tienes delante.
  Miré detrás de él, y fruncí el ceño, haciendo como si no comprendiera.
  -Oh, vamos –Se rió. –Soy yo.
  Le miré con los ojos muy abiertos, y me mordí el labio para no soltar una carcajada. Tomarle el pelo era divertido.
  -¿Tú? –Lo miré con desconfianza. –Sinceramente, no tienes pinta.
  Soltó una carcajada, y pude ver sus dientes perfectos.
  -Ah, ¿no?
  -No. –Contesté.
  -¿Y se puede saber cuál es tu criterio para evaluar quién es bueno en matemáticas, y quién no?
  -La verdad es que no tengo ningún criterio establecido. –Sonreí. –Pero desde luego, a ti no te pega nada.
  -Pues siento decirte –se colocó bien el pelo, vacilándome con descaro –que te has equivocado conmigo.
  -Quizá –susurré.
  Miré el reloj, y vi a Ingrid y a Shanna entrando a la misma sala en la que estábamos nosotros. Nos vieron y se acercaron hacia nosotros, mirándose entre ellas y riendo.
  -¿Cómo vais? –Preguntó Shanna.
  -Grande ¿eh? –Dijo Ingrid. –Yo nunca he conseguido recorrerlo entero, aunque ya he venido varias veces…
  -Yo creo que es imposible. –Continuó Shanna, mirando a Ingrid. –Tía, ¿No te das cuenta de que lo hacen a propósito? Lo hacen tan grande y con tantísimas cosas por una sencilla razón: para que vuelvas y pagues la entrada otra vez. Aunque por mucho que vuelvas, siempre habrá algo que no hayas visto…
  -Ya –Contestó Ingrid riendo. –Bueno, Rebeca ¿Qué te parece?
  -Impresiona, la verdad. Es enorme, y hay tantas cosas que ver… Me preguntó quién leerá todos esos carteles.
  -Yo también. –Dijo Shanna, riendo. –Vaya, ¿Sabéis lo que sería una buena idea? Traer aquí a mis niños. Sería tan gracioso…
  -No lo hagas. –Contestó Ingrid, con los ojos muy abiertos. –Si no quieres que te denuncien por destruir posesiones antiguas… y adelanten la edad mínima para ingresar en prisión.
  -He dicho que sería gracioso, no que lo vaya a hacer.
  -¿Cuidas niños? –Interrumpí.
  Shanna me miró y sonrió.
  -Si, dos preciosos niños de dos y tres años. Leslie y Tommy. Dos hermanos rubios de ojos claros, pequeños, con apariencia angelical.
  Eso pensaba yo, hasta que su madre desapareció por la puerta…
  -Sí, no puedes saber de que habla hasta que pasas una tarde entera con ellos, y sobrevives a esas interminables horas. –Dijo Ingrid.
  Jaden soltó una carcajada, y yo no pude reprimir reírme.
  -Y, ¿Por qué no lo dejas? –Pregunté.
  -No puedo, necesito el trabajo. –Contestó, algo seria. –Bueno, el trabajo no. El dinero, más bien. Aunque no me guste, tengo que joderme y aceptar lo que me toca.
  -Sí, pero quizás podrías buscar un trabajo mejor… Algo que realmente te guste. –Repliqué.
  -No es tan fácil, el trabajo escasea, y más entre los de nuestra edad. Es un trabajo bueno, no puedo dejarlo. –Contestó.
  -Bueno, supongo que esos diez minutos de Lyla se habrán convertido en algunos más ¿no? –Preguntó Jaden.
  En efecto, porque en ese momento vimos a Lyla entrar por la puerta, con paso apresurado, y el mapa escondido debajo del brazo.
  -Oh, vamos chicos. ¡A este paso no nos dará tiempo de ver ni la mitad! Dejad las charlas para más tarde…
  Sentí ganas de decirle: A sus órdenes.
  Pero me reprimí, y seguí a todos los demás cuando se dirigían a la salida.



 Capítulo 26

 
  Tardamos menos de veinte minutos en llegar a la Pizzeria Lombardi´s. Ya había oído antes hablar de ese sitio, la famosa pizzeria en la Pequeña Italia, esos platos tan exquisitos, un sitio al que había que ir…
  Lo cierto es que la sugerencia de ir allí fue de Lyla y no mía, aunque todas las elecciones que tomaba eran buenas, y yo hubiera dicho que quería ir allí sino estuviera planeado, así que no hubo queja por parte de nadie.
  El metro nos dejó en una de tantas avenidas que había, pronto olvidé el nombre de cual era, o quizá ni siquiera me fijé realmente.
  La mayoría de los edificios eran de ladrillo rojizo o marrón, con numerosas ventanas oscuras. Esas escaleras colgadas de las paredes, por las que podías acceder a los balcones de las casas, metálicas, negras y verdes.
  Siempre había sentido curiosidad por verlas.
  No tardamos mucho en llegar a la pizzeria. Un edificio de ladrillo rojo que hacía esquina en un cruce de cuatro calles.
  El sitio parecía bastante normal, no había nada en particular. Las puertas y ventanales que daban a la calle eran de madera oscura, las pareces negras, y en una de ellas había un cuadro de la Mona Lisa, en el que sostenía una gran pizza. Me gustó aquel detalle, era sencillamente original.
  Justo encima, un pequeño cartel de de madera negra, en el que ponía “Pizzería”. Un pequeño toldo rojo, anunciando el nombre de la pizzeria, e iluminado por bombillas blancas y farolillos.
 El restaurante por dentro era un gran barullo de gente, ruidos de platos y olor a pasta y a tomate. Delicioso, la verdad.
  Los sillones eran de piel marrón oscura y sobre las mesas de madera colgaban unas lámparas de metal del techo.
  Era bastante informal, pero aquel estilo era perfecto para un sitio como ese.
  Nos asignaron la mesa más alejada y arrinconada que encontraron, temerosos de que montáramos demasiado escándalo (aunque la verdad era imposible que hubiese más ruido del que ya había); una mesa grande, con un sofá que la rodeaba, pegada a un gran ventanal que daba a la calle.
  Me pedí una coca cola, y comencé a mirar hacía la gente que corría apresurada, el humo de las alcantarillas, el sol reflejado en las hojas de los árboles… Y desconecté por completo.

  El resto del día fue sencillamente agotador. El intenso y específico plan de Lyla nos obligó a visitar cada uno de los sitios que había previsto, sin excluir ninguno de ellos.
  Hubo algunos de ellos que sólo vimos de pasada, pero procuré hacer suficientes fotos e intenté que mi cerebro absorbiera toda la información posible.
  Sitios como La Quinta Avenida, Broadway o Central Park… que tan solo pude recorrerlos brevemente con la mirada. Pasábamos casi corriendo por lugares cerca de allí, y de paso aprovechábamos para girar nuestras cabezas y percatarnos de que habíamos llegado a un nuevo monumento, parque o calle. Cualquier cosa, Lyla estaba allí para recordarnos que debíamos mirar, o tomar fotos. Debíamos resultar bastante cómicos.
  Tan estresante fue esa mañana, que en ciertos momentos desistí y dije que no importaba que viéramos todo aquel mismo día, que podíamos volver en cualquier otro momento, que no se preocuparan porque lo viera todo… Palabras inútiles, porque Lyla tan solo respondía con una sonrisa y me ignoraba sutilmente.
  Prometió, eso sí, que volveríamos a visitar la Estatua de la Libertad y El Empire States, porque subir hasta la cima no tenía ningún desperdicio… Era algo que sencillamente debíamos hacer.
  Acabé tan agotada, que al llegar a casa solo quería dormir. Dormir, lo necesitaba. Llegué cuando estaba anocheciendo. Monique estaba en la cocina, viendo un programa sobre gente que contestaba preguntas estúpidas y ganaba dinero. La saludé brevemente y contesté a sus preguntas. Gasté las pocas energías que aún conservaba en subir las escaleras y pegarme una ducha. Engullí la cena y cuando me metí entre las sábanas y apoyé la cabeza en la almohada me invadió una ola de felicidad absurda. Felicidad porque podía descansar. Felicidad porque al día siguiente era domingo. Felicidad porque había hecho fotos buenas. Felicidad porque tenía cosas nuevas que contarle a mis padres. Felicidad porque… Cerré los ojos y tardé menos de dos segundos en dormirme.






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