sábado, 20 de agosto de 2011

Capítulos 27, 28, 29, 30 y 31

Capítulo 27

  El resto del fin de semana lo pasé en casa, haciendo deberes e intentando entender los puñeteros problemas de trigonometría.
  El tiempo había cambiado considerablemente: hacía mucho más frío que un par de días atrás, y lloviznaba vagamente.
  Las chicas no me habían llamado, aunque supuse que estarían ocupadas. El domingo por la tarde estaba algo desquiciada de estar encerrada en casa, y al ver el cielo algo más despejado, me decidí a salir a dar una vuelta.
  No había visto a Mark desde hacía dos días, probablemente no habríamos coincidido, o quizá habría llegado demasiado tarde por la noche como para que nadie pudiera oírle.
  Monique no había trabajado en todo el fin de semana, y habíamos tenido algo de tiempo para hablar. Como siempre, había demostrado su preocupación hacía mí, lo que me hacía sonreír e intentar tranquilizarla.
  Cogí la correa de Sam (acto totalmente inútil e innecesario), y salí a la calle. El día era bueno, a pesar de que la brisa era fresca y helaba mi nariz, que siempre se tornaba de un color rojizo.
   Encendí mi Ipod y fui andando deprisa hacia un parque cercano.
   Las ramas de los árboles se movían ligeramente debido al viento, y Sam andaba desinteresadamente sin demasiada prisa.
   Doblé una calle para entrar en otra mucha más habitada, con pequeñas tiendas, entonces lo vi.
  Jaden, con camiseta de cuadros y pantalones caídos, venía andando hacía mi. A su lado, una chica ligeramente más alta que él, con el pelo oscuro y largos tirabuzones que le caían a los lados de la cara. Llevaba un vestido extremadamente corto, con estampado de flores; y unos zapatos de tacón. Parecía mayor que él, aunque no demasiado.
  Mi reacción involuntaria fue parar en seco en medio de la calle, algo sorprendida. Ajusté la correa a Sam, y lo acerqué un poco más hacia mi.
  En ese momento, no supe qué hacer. Quizá, si hubiera estado solo, lo habría saludado brevemente y me habría excusado diciéndole que tenía prisa y debía irme rápido.
  Pero aquella mujer me frenó bastante. Pensé que se quedaría sorprendida al oír mi acento y comenzaría a preguntar, así que continué parada sin moverme y saqué el Ipod, simulando que estaba buscando alguna canción.
  De reojo seguía sus pasos, pero entonces él y su acompañante entraron en una tienda; lo cual me sorprendió porque era domingo y muchas de las tiendas de aquella calle estaban cerradas.
  Suspiré aliviada, y continué mi camino, fijándome mucho en si volvía a aparecer.
  Pasé la tienda rápidamente, aunque me detuve unos momentos delante del escaparate, y miré hacia dentro, buscándolo.
  Parecía una tienda de ropa, una pequeña boutique de algún particular. La puerta era de cristal, pero a pesar de ello la vista no era muy clara, y apenas pude ver qué había en su interior.
  Parecían haberse esfumado los dos. No conseguí verlos, y no tardé en aburrirme y continuar mi camino.

  El lunes me levanté con unas ganas increíbles de ir a clase. Monique me esperaba en la cocina, con la mesa puesta y unas tortitas con sirope de chocolate caliente cuyo olor inundaba todo el pasillo.
  Lógicamente, había oído la afición de los americanos por las tortitas con sirope, pero lo cierto es que desde que había llegado allí nunca las había probado.
  -Mmmmm –susurré. –Muchas gracias por esto.
  Monique sonrió desde la encimera de la cocina, aunque no me contestó.
  -Me encanta, pero no lo hagas a menudo ¿vale? –Dije.
  Se rió y se sentó junto a mi, en la mesa.
  -Vaaaaaale. No lo haré a menudo. ¿Tienes ganas de ir a clase?
  -Es extraño, pero hoy si. No sé por qué pero me he levantado con energía.
  -Esto te ayudará –dijo, señalando el plato.
  Miré por la ventana esperando encontrarme la lluvia que había predominado durante todo el fin de semana, pero esta vez tan solo encontré algunas nubes dispersas.
  -Parece que hoy no va a llover. –Susurré, para mi misma.
  -Sí, eso parece.
  -No he visto a Mark en todo el fin de semana. –Dije, despreocupadamente.
  -Ni tú ni nadie. –Contestó Monique, mirando al vacío. –Espero que no tenga exámenes ni nada importante que hacer. Está perdiendo demasiado el tiempo, ni siquiera sé por dónde para en este momento…
  -No te preocupes, seguro que habrá estado con Traci o quizá haya ido a casa de su padre.
  -Supongo que me tocará hablar con él. –Se levantó de la mesa y fue hasta el fregadero. –Bueno Rebeca, debo irme a trabajar. Llegaré por la tarde, esta noche no tengo turno.
  -Vale, hasta luego. –Respondí.
  Subí hasta mi habitación a buscar mi mochila, y entonces oí movimientoen el baño. Mark estaba allí.
  Vi el autobús en la puerta, y bajé rápidamente. Al final del pasillo estaban sentadas Ingrid y Lyla. Me acerqué a ellas y las saludé con un movimiento de manos.
  -Hola Rebeca. –Dijo Ingrid. -¿Cómo llevas esto de volver a la rutina?
  -Lo llevo. –Contesté, sentándome en un asiento detrás de ellas. –No del todo mal.
  -Sinceramente no tengo lo mismo que decir. –Dijo Lyla.
  Miré a Ingrid interrogante, intentando comprender si había algo con doble sentido en sus palabras.
  -Jason ha vuelto a hablar con ella. –Dijo Ingrid. –Ya ha dado su explicación y el por qué está aquí.
  -Os lo diré cuando estemos todas. Shanna ya lo sabe, estaba ayer conmigo cuando él vino a mi casa. Pero quiero esperar a que llegue June.
  -Claro, -susurré.
  Mentiría si dijera que en ese momento no sentí una gran curiosidad, quería saber qué era aquello tan importante que había hecho a Jason venir desde Atlanta.
  June no tardó en subir, unas cuantas paradas más lejos, con aquella sonrisa que solía aparecer siempre en su cara.
  -Hola chicas. Que buen día hace ¿no? Por fin ha dejado de llover…
  Dejó de hablar cuando Ingrid levantó una ceja intentando comunicarse con ella y decirle que se callara, o cuando Lyla le echó una mirada furibunda.
  -Bueno… ¿Quién se ha muerto? –Preguntó, moviéndose incómoda en el asiento.
  -Lyla sabe el por qué de la llegada de Jason. –Contestó Ingrid.
  -Ah. –Respondió June con los ojos como platos, al parecer, sin saber muy bien qué decir.
  Hubo un silencio incómodo de unos pocos segundos. Todos esperábamos a que Lyla tomara la palabra.
  -Oh, ¡vamos! –Dijo June, elevando la voz. –Lyla ¡habla de una vez!
  -Ayer estaba con Shanna en mi casa –Comenzó a decir Lyla –Habíamos quedado para ir a correr, yo no tenía entrenamiento de patinaje, pero necesitaba hacer algo de deporte… Bueno, ya me conocéis.
  June puso los ojos en blanco y asintió.
  -Quedamos a las diez de la mañana en la puerta de mi casa, íbamos a salir en ese momento, cuando vi a Jason aparcar justo en la puerta de mi casa. Llevaba un Volkswagen negro, de dos puertas. Me aseguré de memorizar la matrícula y observar bien el coche.
  Salió de allí y la verdad es que me quedé paralizada al verlo. La última vez que lo había visto… bueno, ya sabéis cuando fue, y verlo de nuevo, después de todo este tiempo… fue algo muy extraño.
  Shanna se quedó incluso más sorprendida que yo, pero no tardó demasiado en reaccionar y decirme que se iba, que prefería dejarnos solos. Creo que la mirada que le dediqué no fue lo suficientemente significativa, porque se marchó por dónde había venido, y me dejó allí plantada.
  Agradecí que mis padres no estuvieran en casa, no sé que habrían pensado si lo hubieran visto acercarse a mi casa, después de tanto tiempo.
  Opté por acercarme más a la puerta de mi casa y medio esconderme en el porche, intentando disimular que no lo había visto venir.
  Por el rabillo del ojo intenté fijarme en cómo había cambiado: parecía mucho más fuerte, más musculoso que entonces. Llevaba un suéter fino azul marino, y unos vaqueros descoloridos. El pelo le había crecido desde la última vez, un flequillo liso le caía por la frente, dándole un aspecto más maduro.
  No puedo mentir: me sentí demasiado inferior frente a él cómo para poder soportarlo, demasiado niña. Aquel era un hombre, ya no era el niñato de entonces. Y no puedo negar lo bueno que está ahora. Es increíble, si entonces era llamativo y tenía a todas detrás, tendríais que verlo ahora. –Terminó la frase con un susurro.
  Ingrid y June se miraron y sonrieron.
  -Vi cómo miraba a su alrededor intentando encontrarme. Entonces su mirada se cruzó con la mía… Y sus ojos se abrieron desmesuradamente. Intenté fingir sorpresa al verlo allí, pero creo que no lo conseguí. Apresuró el paso y se colocó justo delante de mi. Hubo unos segundos de silencio, que él no tardó en romper.
  -Vaya… es increíble. –Comenzó diciendo. –Estás, tan diferente. No puedo creer que hayas cambiado tanto.
  Le miré sin expresar emoción alguna y no respondí cuando me abrazó. Fue un abrazo inesperado, no pensaba que se iba a atrever a hacerlo, pero lo hizo; y yo no pude hacer otra cosa que subir los brazos en un acto reflejo y darle unos golpecitos en la espalda.
  -¿Te digo lo que me parece increíble a mi? –Dije, intentando mirarle a los ojos. –Que te hayas atrevido a venir hasta aquí. No puedo creer que…
  -Shhh –Dijo él, con el típico gesto de colocar sus dedos sobre mis labios. –No quiero malos rollos. Si he venido es para hablar contigo, en son de paz.
  Suspiré y cedí.
  -Vamos a sentarnos. –Le señalé un banco que había junto a la ventana de la cocina. Me senté en un extremo y me aseguré de poner junto a mi la bolsa de deporte, evitando que él estuviera demasiado cerca. Le di unos segundos para que empezara a hablar, pero empecé yo al ver que no decía nada.
  -Bueno, ¿Y qué es de tu vida? ¿Qué te trae por aquí? –Pregunté.
  -Mi vida… Como había planeado, supongo. Es mi segundo año en la universidad de Atlanta, siento que la carrera de arquitectura está hecha para mí, dejé las competiciones de patinaje, y ahora me he enganchado al gimnasio… Vivo en un pequeño apartamento a las afueras de la ciudad, yo y mi gato. Tengo nuevos amigos, la mayoría tíos, algunos universitarios, muchos de ellos.
  Llevo un año saliendo con una chica, Sophie. Tiene diecinueve años y estudia artes plásticas. Es una gran pintora, realmente creativa.
  Deberías conocerla, es una chica increíble. Tan independiente y segura de si misma. –Cerró la boca al ver la expresión de mi rostro. Comprendió enseguida que no me interesaba lo más mínimo como fuera esa tal Sophie. –La verdad es que me recuerda mucho a ti. –Susurró.
  -Me alegró. –Contesté, cortante.
  -Y a ti, ¿cómo te va? –preguntó él con una sonrisa.
  -Bueno, yo sí sigo con las competiciones. –Dije con evidente retintín. –Busqué otra pareja de patinaje cuando te fuiste, me graduaré en un año, y aún no he decidido universidad… Gané veintiocho de los treinta campeonatos en los que participé, y espero seguir con ello en la universidad. Nada interesante, a decir verdad. Todo sigue igual.
  -Sigues siendo tan competitiva como entonces. –Sonrió, mostrándome sus dientes perfectos.
  -Supongo que sí. –Contesté.
  Hubo unos minutos de silencio, yo miraba al frente, hacia el jardín, mientras que notaba su mirada fija sobre mi rostro. Noté una brisa fresca que azotaba los árboles, y busqué la sudadera en mi bolsa.
  -Vamos dentro. –Dije, al cabo de un tiempo. –Creo que va a llover. No ha parado en todo el fin de semana…
  Me sentí estúpida al hablarle del tiempo.
  Entramos al vestíbulo de mi casa, noté como observaba todo, intentando descubrir cada pequeño detalle diferente.
  No me molesté en enseñarle los escasos cambios que había. Subimos por las escaleras hasta mi habitación, y le señalé el pequeño sofá para que se sentara.
  -Vaya –suspiró. –Esto sí que es un cambio. No hay nada que hubiera antes. Todo es distinto. Esa cama blanca, con las mesillas y el armario a juego… Antes era un marrón chocolate ¿no? Ese tocador… no estaba antes ahí. Y esa vitrina de cristal, con todos los trofeos, antes los tenías desperdigados por ahí.
  -Si, he hecho algunos cambios. –Respondí, algo incómoda. –Hace un año decidí cambiarlo todo.
  -Me alegró. –Dijo sentándose en el sofá.
  Me senté en la cama enfrente de él, y lo miré fijamente.
  -Está bien. –Dijo, arrellanándose en el asiento, algo incómodo. –No he venido hasta aquí solo para hacerte una visita, para ser sincero. Necesitaba hablar contigo, escucharte y ver cómo me escuchabas tú. Necesitaba contarte una cosa.
  -Ah. –Dije, sorprendida. –Bien, pues dispara.
  -Verás, es un asunto algo delicado…
  -Perfecto. –Le interrumpí. –Te escucho.
  Tardó aún unos segundos más en empezar a hablar.
  -Lyla, tengo un grave problema. No tengo a quién recurrir, y tú eres la persona que mejor me ha aconsejado en los momentos difíciles, por eso pensé en ti. –Comencé a ponerme nerviosa y cambié de postura. –Antes te he dicho que llevaba un año con Sophie. Bueno, un año y tres meses, para ser exactos.
  Siempre hemos estado muy unidos, desde el primer momento en que nos vimos empezamos a hablar, y nos dimos cuenta de que, sencillamente, nos entendíamos. Somos polos completamente opuestos, la verdad. Pero, los polos opuestos se atraen ¿no? –Empecé a ponerme muy nerviosa, y sentí ganas de decirle que siguiera hablando. –Todo ha ido genial en este tiempo, hasta hace dos semanas. Hace dos semanas todo cambió tan rápidamente… Siempre hemos tenido mucho cuidado, hemos intentado ir despacio, tú me entiendes… Pero fallamos, como tanta gente falla. No sabemos cómo pasó, no lo entendemos, pero pasó; que es lo importante.
  Una noche de hace dos semanas todo cambió: Sophie estaba llorando cuando llegué a casa. Estaba en el baño, con los ojos enrojecidos y gimiendo ligeramente. Al principio no comprendí nada, no supe qué hacer. Me acerqué a ella y le pregunté qué ocurría, si había pasado algo importante. Pero ella tan solo me respondía con sollozos entrecortados.
  Me arrodillé y le rodeé con los brazos, y ella se derrumbó, llorando mucho más fuerte. Y entonces me dijo lo peor que me podía haber dicho: estaba embarazada.
  Sentí aquellas palabras como bofetadas que atravesaban mi cara, me quedé en estado de shock… y no he podido dormir desde entonces. Todo ha cambiado, apenas nos vemos, no hablamos. Sé que no me estoy comportando como debería, porque no acepto mi parte de culpa, no sé cómo actuar o qué decirle. Estoy tan confundido, sé que la estoy cagando con ella, pero realmente no sé que hacer. –Suspiró y hundió su rostro entre las manos. Yo estaba tan impresionada e incrédula que tampoco sabía cómo reaccionar ni que decirle, así que lo miré durante unos segundos y seguí completamente callada.
  -Lo siento. –Dije al fin. –Siento no saber qué decirte. Esto es demasiado… no puedo aconsejarte nada al respecto.
  Me miró con esos ojos claros, y aquella mirada hizo que mi cerebro se pusiera a maquinar.
  -¿Habéis considerado todas las posibilidades? –Pregunté, indecisa.
  -Si todas las posibilidades es si hemos considerado el hecho de abortar… No. Sophie nunca haría nada así.
  -¿Tiene familia? Madre, hermanos, una tía…
  -Sí. Vive con su madre y su hermana. La verdad es que no he hablado con ella sobre el tema, no sé sus opiniones, no sé lo que piensa su madre… No sé nada. Me siento como un gilipollas, todo esto me supera y no me atrevo a dar un paso.
  -Quizá lo primero que deberías haber hecho es hablar con ella, antes de venir hasta Nueva York. –Dije. Pero me percaté de la dureza de mis palabras, e intenté remediarlo. –Lo siento Jason, de verdad. Es que todo esto es tan complicado, no sé cómo actuar ni qué decir.
  -No te preocupes. –Me interrumpió. –Tienes razón. Lo primero que debería haber hecho es hablar con ella, y a partir de ahí tomar una decisión u otra.
  -Jason, tienes que echarle valor. Tienes que sopesar todas las consecuencias. Es tu vida, solo tuya, y tú tienes el poder sobre ella. Tener un hijo ahora no es lo más maravilloso del mundo, no es el momento ni la manera más idónea. Los dos sois demasiado jóvenes. Tan solo tienes veinte años, y que decir de ella… Diecinueve. No creo que estéis preparados para asumir tanta responsabilidad, pero quizá la otra opción es mucho peor. No sé Jason, yo soy partidaria del aborto cuando es necesario, pienso mucho más en las cuestiones del futuro, no en el simple hecho de matar (y odio decir esa palabra) o no a un bebé, sino también en cómo pueden suceder los siguientes acontecimientos, cómo puede ser el futuro.
  Tienes que tener eso en cuenta, saber si vale o no la pena todo el esfuerzo que conlleva tener un bebé y comentárselo a Sophie, decirle tu opinión…
  Esto es lo único que puedo decirte. No creo que te sirva de mucha ayuda…
  -Lyla –me interrumpió, sentándose a mi lado en la cama. –Claro que me es de ayuda. Muchas gracias, una vez más me has hecho ver las cosas, me has ayudado a abrir los ojos. Sé que a ti te parecerá algo simple, pero para mi es muy complicado. –Me abrazó otra vez, y en ese momento correspondí a su abrazo.

  Ingrid, June y yo nos mirábamos las caras sin ver nada en realidad, estábamos tan asombradas por lo que acababa de contarnos Lyla que no sabíamos cómo aquello podía ser verdad.
  -Esto es, vaya –susurró June –esto es increíble. No puedo creerlo, parece sacado de una película. Estas cosas no pasan en la vida real…
  -Oh, vamos –Contestó Ingrid –la razón de que esas cosas aparezcan en las películas es que ocurren en la vida real. Es lógico.
  -Pero es que todo es tan…
  -Chicas, esto es demasiado. –Dijo Lyla. –Anoche no pude dormir pensando en todo esto, y la verdad es que no sé por qué me preocupo. No es asunto mío, pero siento como una pequeña responsabilidad o algo parecido.
  -Es el cariño que sientes por Jason, y que siempre sentirás. –Dijo June, sonriendo. –Fue tu primer amor, y eso jamás se olvida, por muy horrible que haya sido o por mucho que lo intentes. Siempre estará ahí. Por eso sientes esa responsabilidad, esa obligación de intentar ayudarle…
  -Pero lo cierto es que no puedes. –Continué. –No puedes hacer nada al respecto, aunque te gustaría que fuera así.
  -Pfff –suspiró Lyla, entrecerrando los ojos.
  -¿Sigue Jason aquí, en Nueva York? –preguntó June.
  -Sí, está en casa de sus padres, creo que se quedará una semana más.
  Miré a través de las ventanas del autobús y me di cuenta de que ya habíamos llegado. El viaje había sido apenas un suspiro, el relato de Lyla nos había mantenido ocupadas.
  Las puertas del autobús se abrieron y nos levantamos todas a la vez. El trasiego de gente se repetía, como cada día, e inconscientemente miré a mi alrededor buscando a Jaden o Reese. No les había dicho que el día anterior lo vi con aquella chica. Lo cierto es que en ese momento no era importante.
  -Bueno chicas, tengo que irme. –Nos dijo Lyla cuando ya entramos en el vestíbulo. –Tengo que terminar algunos deberes que me quedan, así que iré a la biblioteca. Nos vemos a la hora del almuerzo, o en la siguiente clase.
  -Está bien. No te ralles, concéntrate en lo tuyo y nos vemos luego, que aún tenemos mucho de que hablar. –Contestó June.
  Nos despedimos con un breve movimiento de manos y me dirigí hacia mi clase de Literatura.
  Subí las escaleras e intenté recordar cuál de los muchos pasillos debía tomar. La orientación no era lo mío, así que no resultaría nada extraño que me perdiera.
  Seguí las infinitas hileras de taquillas y llegué hasta la pequeña aula al final del pasillo. La puerta de cristal estaba entreabierta, y dentro, Candy ordenaba sus papeles en el escritorio.
  Las sillas volvían a estar colocadas como la última vez: un corro ordenado, en el que ella podría vernos las caras a todos. Me sonrió abiertamente al verme entrar, era la primera.
  -Hola, Rebeca. –Dijo, colocando sus gafas sobre la mesa. – ¿Cómo te va?
  -Hola. –Respondí, ocupando mi lugar de la semana anterior. –Bien, todo bien.
  -¿Alguien ha tenido piedad contigo? –Preguntó, sonriente.
  -Si se refiere a si alguien me ha presentado a su grupo de amigos… Sí.
  -¿Conozco a alguno de ellos? –Preguntó, con evidente interés.
  Titubeé. Claro que conocía a alguno de ellos.
  -Sí, Jaden es uno de ellos. –Susurré.
  Soltó una carcajada.
  -Uno de ellos –murmuró, moviendo la cabeza y volviendo a sus papeles.
  No tardaron en venir los demás. Todos ocuparon sus sillas respectivas, sacaron cuadernos y entablaron conversaciones con la persona de al lado, o siguieron conversaciones entabladas anteriormente.
  Saqué un libro de bolsillo que había comprado en la librería de siempre, unos días antes. Las hojas, amarillentas, despedían un olor muy peculiar. Pasé las hojas rápidamente, olfateando cada una de ellas. Lo hacía siempre. Oler los libros era una de mis extrañas pasiones.
  La Edad de la Inocencia”, escrito en letras cursivas y grandes, en la portada. Estaba a punto de leer la primera frase, cuando algo me sobresaltó.
  -¿Qué lees? –Dijo alguien, cerca de mi.
  Me sobresalté y no pude evitar pegar un pequeño brinco.
  -Joder, Jaden. ¿Quieres matarme? –Suspiré.
  Soltó una carcajada.
  -La verdad es que no es uno de mis propósitos. –Dijo, sonriendo. Levantó una ceja. –Por el momento…
  Puse los ojos en blanco y cerré el libro, al ver que Candy se acercaba hacia el pequeño círculo. Llevaba una carpeta entre las manos.
  -Bien, chicos. –Comenzó diciendo, en voz alta. –Sé que es un verdadero coñazo empezar a dar clase a las ocho de la mañana un lunes… pero no hay más remedio. Así que hagamos que todo sea más fácil…
  El murmullo se fue apagando, y al poco tiempo tan solo se oía el tic tac del reloj.
  -Perfecto. Gracias. –Abrió la carpeta, y se paseó por las mesas, repartiendo unos folios. –No empecéis a leer hasta que no lo explique.
  No pensaba hacerlo. Calentarme la cabeza o pensar no era uno de mis fuertes.
  -A partir de este momento y hasta que termine el curso haréis un trabajo en grupos de dos o tres personas. –Esperó a que dejáramos, (o más bien dejaran) de comentar las hojas que acababa de repartir. –Este trabajo, o proyecto, más bien; consistirá en conocer a la otra persona, y sacar cosas de ella que ni siquiera sea consciente de tener. –Hizo una pausa para dar énfasis a esta última frase. Paseó la mirada entre nosotros, estudiando nuestras caras. –Los grupos los haré yo. –Se oyó un murmullo de desaprobación. –Vamos, sino, no sería tan interesante…
  Entorné los ojos y miré hacia la ventana, pensando en quién compartiría este año conmigo. Deseé que Candy tuviera piedad y eligiera a alguien que hiciera las cosas más fáciles.
  -Cada mes, haré un recuento y os pediré un resumen de cómo va el tema. Os avisaré con antelación para que cada uno de nosotros me entregue una narración con una foto, en la que explicaréis algo nuevo que hayáis descubierto sobre la otra persona.
  Tendréis que quedar mínimo dos días a la semana para hacerlo. Cada semana, os daré una actividad para que hagáis juntos… y a partir de ahí que surja lo que sea. Será muy interesante, ya lo veréis. –Sonrió, y se acercó a su mesa. Cogió otra carpeta y un boli. –Bien, ahora voy a ir comunicándoos la persona con la que vais a trabajar. Inmediatamente quiero que os cambiéis de sitio y os pongáis al lado de vuestro compañero.  –Se puso las gafas y comenzó a hojear el folio.
  Notaba la tensión en el ambiente. La gente se miraba sin intentar evitar disimulo. Unos sonreían, otros fruncían el ceño, y otros tan solo tenían cara de evidente preocupación. No fui capaz de evaluarme a mi en ese momento. Solo necesitaba esperanzas, rezar si era necesario. “Alguien bueno”, “Por favor”… Me repetía una y otra vez a mi misma.
  Mi madre solía decirme que si te auto convences y te repites que algo saldrá bien, terminará saliendo bien. Nunca creí en esa teoría, la verdad, pero en ese momento no tuve otro remedio que hacerlo.
  Mi cerebro volaba hacia lugares inexplicables, cuando oí mi nombre. Al principio, fue una voz lejana, pero no tardé en recobrar el sentido y escuchar con más atención.
  Candy me miraba con una sonrisa que no supe identificar, y por un momento me pregunté si ya habría dicho mi compañero pero yo no me había enterado. La miré suplicante, con el ceño levemente fruncido.
  -Bueno, ya imaginas con quién te toca ¿verdad? –Preguntó, con cierta evidencia.
  -Pues la verdad es que no –Contesté, en un susurro. –Lo siento, es que a veces mi cerebro se separa de mi cuerpo y… Lo siento, no lo hago a propósito. –Carraspeé, y las manos empezaron a sudarme.
  La sonrisa de Candy se hacía cada vez más ancha, y otra vez aparecía en su rostro ese tono entre irónico y pícaro.
  Noté como alguien me sacudía el brazo. Era él.
  -¡Chica con cerebro independiente! –Exclamó. –Vas conmigo.
  El sonido de la campana me sacó de aquel lugar.



  Capítulo 28

  El resto nos esperaba en la cafetería, delante de sándwiches y bolsas de patatas fritas. Ingrid observaba con desgana su zumo, mientras trazaba figuras en una hoja de papel con un lápiz. 
  Opté por una bolsa de patatas fritas y una chocolatina. Necesitaba azúcares, mi cerebro pedía algo de glucosa a gritos.
  Reese no estaba, y había perdido de vista a Jaden al salir de clase, bueno, en realidad había salido tan rápido que se había quedado atrás.
  En la mesa tan solo estaban Lyla, Ingrid y June. Shanna no daba muestras de aparecer.
  Me senté en una esquina y comencé a sacar todos mis trastos.
  -Me ha llamado Jason, esta mañana. –Soltó Lyla con algo que pareció desdén. –Me ha preguntado si podía quedar… Para retomar la conversación del otro día.
  -Es un niñato. –Soltó June, escupiendo la palabra. Arrugó la nariz y se cruzó los brazos sobre el pecho. – ¿Cuántos años dices que tiene? Casi veinte… –Añadió, con sorna.  Pues sinceramente, creo que su cerebro dejó su periodo de maduración cuando cumplió los trece. Se estancó, sin más.
  -Opino exactamente lo mismo. –Añadió Ingrid.
  Me miraron para ver si tenía algo que objetar. Me gustaba decir mi opinión, era como el respirar.
  -Y yo. –Dije. –No es normal que un tío de veinte años, que estudia su segundo año de universidad, vive solo en una ciudad lejos de sus padres, que debe de ser maduro para tomar sus propias decisiones… acuda a su exnovia –enfaticé en esa palabra –para un problema como este. Y menos cuando su novia no tiene ni diecisiete años y vive a miles de kilómetros de distancia.
  Parece un animal indefenso que necesita de alguna manera protección, y ahí apareces tú. –Hice una pausa, observando sus caras, expectantes. – ¿Te digo lo que haría yo en tu lugar?
  -Mandarlo a la mierda. –Me interrumpió June. –Él se busca los problemas, él se los come. Que no pretenda que se lo solucionen otros.  Y menos tú, Lyla.
  -Deja de rallarte. –Dijo Ingrid. –No vale la pena. Puedes ir a hablar con él, o decirle tu opinión sobre el asunto, pero no es tu obligación darle el consejo correcto. No pasa nada si no lo haces. –Agregó, sonriendo.
  Por la cara de Lyla se cruzó una sonrisa amarga.
  -Gracias. –Susurró. –Bueno, ahora tengo que irme a clase. –Se levantó de la mesa y se despidió sacudiendo la mano.
  -No tiene que ir a clase. –Dijo June, cuando se alejaba hacia la puerta. –Simplemente es dura de pelar. No quiere que la veamos llorar.
  -¿Lyla? ¿Llorar? Eso tan solo ocurre en ocasiones totalmente especiales… –Añadió Ingrid.
  -¿No te parece que esta es una de ellas? –Preguntó June.
  Se hizo un silencio incómodo. El único sonido cercano era la manera en que Ingrid absorbía el resto de su zumo. Decidí terminar con ello.
  -La profesora de literatura, nos ha mandado un trabajo. –Dije, intentando captar su atención. Si no lo hacía ahora, no me preocupaba, en cuanto oyeran el nombre de Jaden lo harían. –Un trabajo anual. Con compañero. ¿A qué no sabéis con quién me ha tocado? –Las miré a ambas, y pude ver sus caras de curiosidad. –Con Jaden. Él es mi compañero. Pero que conste que no lo he elegido yo. –Afirmé.
  Ambas se miraron y soltaron una aguda carcajada. Las miré frunciendo el ceño, no era algo tan extremadamente gracioso.
  -¿Se puede saber qué es tan cómico?
  -La situación. Todo en esta vida tiene un por qué Rebeca, tú misma lo descubrirás. –Dijo, con sorna.
  -¿Todo en esta vida tiene un por qué? –Pregunté, confusa.
  -Todo. –Contestó Ingrid, con una sonrisa. –Y ahora, yo si que tengo que hacer algo importante.
  -Y ¿qué es eso tan importante? –Preguntó June.
  -Presentarme a las animadoras. –Contestó, con una sonrisa.
  La expresión que adquirió la cara de June fue inexplicable. Por lo menos, explicarlo con palabras sería casi imposible. Fue una mezcla de desconcierto, risa y por último, asco.
  -Ingrid, ¿Sabes que soy propicia a los infartos? –Dijo June, con el ceño fruncido. –Es hereditario. Así que no hagas esas bromas tan pesadas, si no quieres dañar mi salud…
  -No es broma. –Contestó Ingrid. –Es tan verdad como que me voy ya. Luego os cuento qué tal me ha ido –Dijo, corriendo hacia la puerta.
  La sirena volvió a sonar.

  El resto del día fue tan normal como cualquier otro. Clases y más clases. Minutos de conversaciones. Deberes y trabajos.
  Cuando el autobús me dejo en la puerta de casa, la luz del vestíbulo estaba encendida. El coche de Monique no estaba aparcado en la puerta, por lo que supuse que tendría turno de tarde. Dejé las llaves en el cajón de la mesilla que había junto a la entrada, y me asomé a la cocina. Nadie. El salón. Nadie. Recordé el momento en que encontré a Mark y Traci subiendo por la escalera medio desnudos. Me ruboricé solo de pensarlo. No quería que volviera a pasar, así que subí las escaleras con mucho cuidado, intentando reconocer cualquier ruido. Entré en mi habitación corriendo y cerré la puerta detrás de mí. Tiré las zapatillas a un rincón y colgué la chaqueta. Encendí las pequeñas bombillas del cabezal de la cama y vacié la mochila. Vi una sombra cruzar por el pasillo, y me asomé. Entonces oí una voz.
  -¿Rebeca?
  Me sobresalté. Era Mark.
  -Si. ¿Dónde estás?
  -Entra.
  La voz venía de su cuarto, así que entré. Estaba sentado encima de la cama, y una música no muy alta salía del equipo. El flequillo le caía por la cara, dándole un aspecto algo sexy. Sacudí la cabeza, intentando apartar esos pensamientos de mi mente.
  -¿Qué haces? –Pregunté.
  Me miró y dio unas palmaditas a su lado, indicando que me sentara.
  -Estoy intentando elegir un regalo adecuado para Traci. He comprado todas estas revistas… Pero la verdad es que no me aclaro. –Susurró.
  -¿Algún motivo especial? –Pregunté, hojeándolas.
  -Bueno, en diciembre es nuestro aniversario, y además el baile de Navidad. Quería regalarle algo decente.
  -¿Decente? –Pregunté sin mirarle. Me hizo gracia el término “decente” para un regalo.
  -Bonito. –Afirmó.
  -Eso suena mejor. 
Ojeé las revistas una por una. Joyas, pendientes cursis con brillantes, brazaletes de oro con el nombre de tu enamorado, y hasta coronas de baile. Aquello era asquerosamente repelente.
  -No te gusta. –Dijo. Era una afirmación, no una pregunta.
  -La verdad es que no. –Contesté, sonriendo y dejando las revistas en el suelo. –No la conozco, no sé lo que podría gustarle… Creo que no voy a poder ayudarte.
  Soltó un soplido y se quedó pensando durante un minuto.
  -Quizá podría describírtela. –Dijo, con una sonrisa.
  -Bueno, pues adelante.
  Hizo una pausa y se tocó el pelo en un gesto jodidamente sexy.
  -Bueno, se llama Traci, tiene dieciocho años. Es una chica increíble, con mucho carácter, quizá demasiado. Le gustan los tíos que hagan el gesto de defenderla pero sin llegar a hacerlo. Siempre deja claro quién es y como quiere las cosas, y está en mitad de dos corrientes: puede caerte genial y parecerte una tía preciosa y con una gran personalidad, o por el contrario puede parecerte una gilipollas y caerte fatal, pensando que se cree el centro del universo. –Hizo una pequeña pausa, esperando a que dijera algo.
  Sonreí. La verdad es que si la conociera mi valoración sobre ella sería la segunda, de eso estaba segura. Pero no se lo dije.
  -Bueno, al parecer es la chica cabrona por excelencia que vuelve locos a todos los tíos. ¿Quizá una mujer fatal? –Pregunté, preguntándome si me había pasado un poco.
  Soltó una carcajada.
  -Supongo que sí. Supongo que tienes razón.
  -Y, ¿enserio crees que una chica de estas características sería feliz si su chico le regalara un anillo o un collar como estos? Creo que pensaría que eres un calzonazos… Quizá todo esto le parezca una ñoñería.
  Volvió a sonreír.
  -No. No es que le gusten los tíos ñoños o los regalos pastelosos… Pero estoy seguro de que un collar de casi cien dólares le haría completamente feliz.
  -Hmmm –murmuré, casi para mis adentros. – ¿Materialista?
  Pensé que quizá fuera al vestuario con todas sus demás amigas las animadoras, y les enseñaría ese collar brillante, diciendo: “Mirad, chicas… ¿Tenéis idea de lo que le ha podido costar? Porque yo sí.”
  Tan solo el pensamiento me produjo repelús.
  -¿Qué piensas? –Preguntó, observándome.
  -Que con cualquiera de estas cosas será feliz. –Contesté.
  Me miró durante unos segundos y volvió a sonreír.


  Capítulo 29

  Una de las cosas que no había conocido antes de irme a vivir a Nueva York, era la tranquilidad.
  La tranquilidad cuando estás en tu habitación una tarde, simplemente sin hacer nada, escuchando una canción, leyendo o mirando por la ventana.
  La tranquilidad y el silencio. Cuando vivía en mi casa, ese bendito concepto no existía. Siempre se oía algo: el lavavajillas, la lavadora, el teléfono de la vecina, los niños del piso de arriba…
  Pero en Queens era distinto. Pasaba tanto tiempo en mi habitación que casi me parecía imposible. Mark era lo más parecido a un espíritu. Aparecía y desaparecía cuando quería, y lo segundo lo hacía a menudo. A veces incluso no lo veía durante dos días, a pesar de que su habitación estaba a dos metros de la mía.
  Monique solía tener turno por las tardes en el hospital.
  Así que normalmente tan sólo estábamos Sam y yo. Y ni siquiera eso, porque él era otro nómada. Podía pasarse días fuera de casa, que nadie preguntaba por él.
  Aquello no sería ni creíble en España. Si mi perro se hubiera ido de casa y no hubiera aparecido, le habríamos preparado un funeral improvisado.
  Pero aquí era diferente, los vecinos en aquella calle confiaban los unos en los otros, incluso a veces dejaban las puertas abiertas de par en par, o cubiertas con una simple cortina.
  Hacías eso en España y llamaban a la policía.
  Y aquel día era uno de esos en los que la soledad inundaba aquella casa. Pero me gustaba. Llegué del instituto más tarde de lo habitual, June se había empeñado en que habláramos seriamente con Ingrid sobre el tema tabú: las animadoras. Y lo que ocurrió enfadó mucho más a June, porque Ingrid ni se presentó. Tan solo mandó un mensaje diciendo que no llegaba, que le había ocurrido un imprevisto.
  Por ese maldito mensaje June estuvo todo el camino hasta mi casa dándome la paliza con el tema.
  No me atreví a decirle que quizá no fuera tan mala idea, que a lo mejor las juzgaba mal… Si lo hubiera hecho, no hubiera sobrevivido.
  Después de aquello nos despedimos y accedí a hablar con Ingrid al día siguiente. Aquello la dejó más tranquila, y se marchó refunfuñando.
   Entonces fue cuando pude disfrutar de un poco de tranquilidad. Me dí cuenta de que hacía ya dos meses que había llegado.
   Me sorprendí, no me parecía que hubiera pasado tanto tiempo desde cogí ese avión. Recordé entonces a Alex, el chico que me había acompañado durante el viaje. Me supo mal haberlo dejado apartado en mi memoria, no lo había recordado en aquellos dos meses. Fue algo pasajero, algo que ocurre pero que olvidas de inmediato, como un anuncio de televisión o algo parecido.
  ¿Cómo estaría ahora? Me dijo que se marchaba hacia Ohio. Para ser sinceros, me contó toda su vida en apenas nueve horas de vuelo.
  Recordé entonces algo que no quería recordar. Recordé que no había sido capaz, o quizá no hubiera querido, decirle uno de los motivos más importantes de por qué me había marchado.
  Sentí entonces esa punzada en la boca del estómago. Esa punzada que sentía cada vez que lo recordaba, cada vez que recordaba que había querido a alguien más que mi misma.
  Pero no quería pensar en eso. No. ¿Por qué me pasaba eso a mí? ¿Por qué tenía que recordar esas cosas? ¿Por qué…?
  Mi teléfono comenzó a sonar. Bueno, mejor dicho a vibrar. Y afortunadamente despejó mi mente de esos pensamientos. Era June.
  -¿Rebeca? –Preguntó cuando descolgué.
  -Sí. Hola June.
  -Hola. No te oigo demasiado bien…
  -¿Dónde estás? –Pregunté. Su voz se oía amortiguada, distante.
  -No te lo creerás, pero he venido a buscar a Ingrid.
  -¿Qué has hecho… qué? –Pregunté, confusa. No sabía si echarle la bronca o callarme y escuchar.
  -Sí, no soportaba más con esta curiosidad. Quería saber dónde estaba. Estoy en el instituto.
  -¿Has ido al instituto a buscarla? Estás loca June, de verdad.
  -Tienes que venir. Tienes que ver esto.
  -Pero, ¿ver el qué? –Pregunté, con el ceño fruncido.
  -Tú solo ven. –Contestó, con impaciencia. –No tardes.
  -Pero June, estamos en noviembre, la temperatura será de menos de diez grados ahora mismo, y va a anochecer…
  Pero ya había colgado. Oí el “piii, pii” como toda respuesta. Resoplé. Era agotadora, no se cansaba nunca. No entendía de dónde sacaba tanta vitalidad.
  Pensé entonces en cómo llegar al instituto sin congelarme. Mark no iba a aparecer, de eso estaba segura. Monique no terminaba hasta media noche.
  Solo tenía una opción: la bici. Y aquella no era la mejor. Pero era la única, así que rebusqué en mi armario intentando encontrar un suéter de lana. Pensé que pronto tendría que guardar la ropa de verano.
  Encontré un suéter de cuello alto. Aquello sería suficiente. Cogí una mochila y metí el móvil y el Ipod.
  Me puse el chaquetón y las botas, y bajé rápidamente, intentando entrar en calor. No fue de mucha utilidad cuando el aire helado de la calle me congeló las mejillas y la nariz.
  La bici estaba junto a los escalones del porche, apoyada en un seto. Joder, había olvidado los guantes. Ahora también se me congelarían los dedos.
  Estaba anocheciendo, así que procuré llegar rápido al instituto.
  Las calles estaban desiertas, tan solo se oía el ladrido de un perro en la distancia, amortiguado.
  Sentía el aire gélido cortándome las mejillas como si fueran pequeñas cuchillas. Me lloraban los ojos, y la nariz me quemaba.
  Por un momento maldije la hora en que le cogí el teléfono a June, aunque tenía que admitir que sentía mucha curiosidad por ver lo que pasaba realmente.
  Aparqué en el aparca bicis del instituto. Estaba todo desierto, y había oscurecido aún más. Saqué el móvil para teclear el número de June, pero entonces la ví, medio escondida detrás de una columna.
  -Ptss –me susurró.
  Fui hasta dónde estaba apresuradamente, frotándome los brazos con las manos, intentando quitarme el frío.
  -Se nota que llega el invierno ¿eh? –Susurró, con una sonrisa.
  Hice una mueca.
  -Si si, se nota. Sobre todo cuando conduces una bici y el aire se te mete en los huesos. Que conste que si me constipo, tu serás…
  -Calla, deja de gruñir. –Me interrumpió. –Tienes que ver esto.
  -¿Ver el qué? –Pregunté, algo malhumorada. –Aquí no parece haber un alma. 
  -Aquí no –contestó, subiendo las escaleras que conducían a la puerta principal.
  La seguí, sin poder evitar arrastrar los pies, debido a las pesadas botas que me había puesto.
  Dentro las luces de emergencia estaban encendidas, al igual que algunos fluorescentes. Todo estaba milagrosamente desierto, y se me hizo muy extraño tanto silencio en aquel lugar, dónde siempre había escándalo.
  Salimos por la puerta de atrás, hacia las pistas. Las luces se veían en la distancia, pequeñas, iluminando todo el campo. Allí, personas vestían grandes trajes de fútbol americano. Era extraño, jamás había visto un partido de rugby. Pensé en decirle a June que quería quedarme, pero preferí omitir mi propuesta.
  Los vi en la distancia, mientras se lanzaban el balón y daban vueltas al campo, o por el contrario se tiraban los unos encima de los otros en un movimiento que no me gustó ni pizca.
  Me imaginé a Mark entre aquellos chicos. Era bastante probable que estuviera allí. No sabía sus horas ni días de entrenamiento, pero si no estaba en casa había un cincuenta por ciento de posibilidades de que estuviera entrenando en ese momento.
  Miré hacia la otra pista. Un grupo algo más reducido, o al menos más compacto, jugaba al hockey. También llevaban aquellos cascos enormes con rejas en la cara. En realidad no los veía desde dónde me encontraba, pero era capaz de imaginármelos. Jaden podía estar entre ellos. Jaden, si.
  De pronto me di cuenta de que me había quedado completamente quieta, y llevaba así un buen rato.
  Vi a June lejos de mí, dispuesta a entrar en el gimnasio.
  -Rebeca, ¡vamos! –Dijo, en voz no demasiado alta. –Date prisa, a este paso terminan el ensayo…
  ¿El ensayo? Deseé que no nos viera nadie.
  Fui corriendo hacia donde estaba, y asomé la cabeza por la puerta metálica, detrás de ella.
  Dentro una música a todo volumen inundaba aquel lugar, creando un efecto-altavoz enorme. Todo se oía como diez veces más, incluso las risas o las conversaciones.
  Entramos justo por la puerta que daba a la grada más alta, y nos escondimos en un rincón, lo más lejos posible de cualquier ojo humano.
  June se arrellanó en el asiento, y yo la imité, con un gesto mucho más exagerado. Miré al grupo de chicas que había enfrente de nosotras, unos metros más abajo. No conseguí distinguir las caras, de todas maneras tampoco las había visto lo suficiente por el instituto como para que me sonaran. Aunque si que fui capaz de reconocer a Ingrid, afortunadamente más alejada de nosotras que las demás. Y a Traci. Ella también estaba allí, concretamente en medio de todas.
  Formaban un círculo humano, todas con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando a su alrededor.
  -Las están evaluando. –Comentó June, sin apartar la mirada de ellas.
  -¿Evaluando? –Pregunté, sin comprender.
  Se arrellanó aún más en el asiento, con nerviosismo.
  -Sí, las evalúan. Gracias a Dios no las conozco a todas, pero puedo distinguir dos o tres caras de años anteriores. Según tengo entendido, sólo entran las mejores, las que sean perfectas o estén en proceso de serlo.
  -Seguro que exageras. –Respondí, sonriendo. –Mira esa, por ejemplo. No es una Barbie. Hay varias en el grupo que no están delgadas, precisamente…
  -Eso no importa, si luego son unas cabronas. –Hizo un mohín. –Lo siento, pero es que no las trago.
  Sonreí para mis adentros. Algún día tendría que contarme el por qué de tanto odio acumulado.
  -Creo que le toca a Ingrid. Mira, te juro que como le digan algo que no deben se arrepentirán…
  -Shh –la interrumpí. –Viene alguien.
  Las dos giramos la cabeza a la vez, frunciendo el ceño para escrutar aquella sombra que subía por las escaleras.
  -Es Jaden –Dijo June, con una sonrisa maliciosa.
  Sí, era él. El pelo mojado parecía más oscuro, y el flequillo le caía tapándole los ojos. De pronto hizo un movimiento con él que me hizo sonreír como una gilipollas.
  -Shhh –susurró June antes de que pudiera descubrirnos. –Somos nosotras, pero ni se te ocurra delatarnos.
  Soltó una carcajada ruidosa que me hizo removerme en el asiento y mirar hacia abajo, esperando algún movimiento inesperado.
  -¿Se puede saber que hacéis aquí? –Preguntó, revolviéndose el pelo con la mano.
  -¿A ti que te parece? –Contestó June con cierto mal humor. –Tu tan querida amiga Ingrid pretende meterse con esa gente. –Señaló hacía abajo con el dedo índice, con cierta desgana.
  Jaden abrió los ojos de par en par y frunció el ceño, todo ello en un gesto cómico.
  -¿Qué dices? No me lo puedo creer…
  -Pues créetelo. –Esperó June. –Mírala. Ahí abajo está, con ese uniforme ridículo para muñequitas perfectas.
  No me había fijado en el uniforme. Era una mezcla de amarillo con negro y blanco. Una especie de vestidito corto, con camiseta de tirantes. Tal cual como había visto en las pelis. Me dieron ganas de reír.
  -Oye, te recuerdo que también es el color de mi equipo, y de tú instituto. –Protestó Jaden.
  -Sé discreto –apuntaló June –Lo menos que quiero es que nos vea aquí.
  -¿Por si piensa que la estáis espiando? –Dijo, con una sonrisa.
  -Exacto. –Contestó June, con fingida cara de enfado.
  -No creo que lo piense… Tan solo estáis en plena tarde de un día de noviembre escondidas entre las gradas de un gimnasio, es lo más normal.
  -¿Y tú que haces aquí? –Preguntó June, ignorando completamente lo anterior. – ¿No se supone que deberías estar con tu equipo?
  -Sí… pero he terminado. –Contestó Jaden.
  Comenzó a quitarse la camiseta y aquello me gustó nada.
  -Nos van a ver. –Susurré evitando que me oyera él.
  -Tranquila –contestó Jaden, sin mirarme. A pesar de ello estaba segura de que sonreía. –No creo que piensen que haya nadie observándoles.
  -Deja de dar aspavientos, solo por si acaso. –Dijo June. – ¿Por qué no te vas a ducharte y vuelves después? Da gracias a ese desodorante, que sino estaríamos muertas.
  -No me puedo ir, estoy esperando a alguien. –Contestó él, sin demasiado entusiasmo.
  -Su novia. –Apostillé.
  No sé por qué lo hice, supongo que el impulso fue demasiado fuerte como para poder controlarlo. No tuvo ningún sentido, ni siquiera sé por qué mi voz tuvo esa entonación parecida a la rabia… Lo único de lo que estoy segura es de que me asusté mucho. Me asusté por la sensación que me recorrió la mente, por el hormigueo en todo mi cuerpo. ¿Culpabilidad? No supe averiguarlo.
  Dejó todo lo que estaba haciendo y me miró con una mezcla de sorpresa e ironía en el rostro.
  June soltó una risita sofocada, y nos miró, sin procurar intervenir.
  -Lo siento. –Susurré, antes de querer morirme.
  Soltó una carcajada más sonora que la anterior. Lo miré sin entender. Esperaba un “Tía, no te metas en mis asuntos”, o un “¿De qué vas?”
Pero nada. Seguí esperando mi merecido, pero no llegaba.
  -¿Qué te hace pensar que tenga novia? –Preguntó, aún sin dejar de despelotarse.
  No quería contestar.
  -El otro día… Te vi con una chica. Cerca de una calle paralela al estadio de Forest Hills.
  Esta vez la carcajada fue mucho más grande que las anteriores, aunque June también lo acompañó. Estaba empezando a ponerme nerviosa, a mi nada me hacía gracia.
  -Es mi madre.
  -¿Qué?
  Un calor burbujeante subió por mi cuello, hasta llegar a mis mejillas. Se instaló allí, además de detrás de mis orejas. Era tan sofocante que tuve que quitarme la chaqueta.
  -Si, yo también flipé cuando lo supe. –Intervino June, aún riéndose. –Pensé que estaba saliendo con una supermodelo y nosotras sin enterarnos…
  -No exageres. –Contestó Jaden. Al fin había dejado de quitarse ropa.
  -¿Qué no exagere? Podría parecer más mayor que ella, si apuramos.
  -Oh vamos, June. No olvides que estás hablando de mi madre.
  -Vale, ya me callo.
  Aquello era tan extraño que la cabeza comenzó a darme vueltas. Pero fue aún peor entonces, cuando vimos a Ingrid subir por las escaleras.
  Estaba tan rara con aquel uniforme… Sus tirabuzones rojizos estaban ahora recogidos en una coleta alta, tan repeinada que me pregunté si no le haría daño en el cuero cabelludo.
  Tenía la cara ligeramente mojada de sudor, y el ceño fruncido. Subía las escaleras de dos en dos, pegando pequeños saltos con aquellas zapatillas ochenteras. Eran algo horteras, para ser sinceros.
  Giré la cabeza para mirar a June, en un acto de pánico más que otra cosa.
  Estaba como ausente, con la cabeza agachada, esperando que no la reconociera.
  -¿Qué hacéis aquí? –Preguntó, con un tono de acusación más que interrogante.
  Miré a Jaden por última vez para darme cuenta de que sonreía



  Capítulo 30

  Recordé cuando vivía en España y salía del instituto con mis amigas. Recordé nuestras caras, normalmente cansadas. Recordé cómo compartíamos Mp3 y bailábamos las canciones en medio de la calle, sin importarnos demasiado lo que la gente pudiera pensar.
  Recordé cómo nos sentábamos en el suelo del bus, porque no había sitio, o para dejar que se sentaran los ancianos con su carrito de la compra.
  A veces se instalaba un profundo silencio entre nosotras, y yo las observaba una por una, intentando descifrar qué se les pasaba por la mente.
  Problemas con tu madre, estrés con los exámenes o simplemente aburrimiento, eran alguno de ellos.
  Creo que nunca se dieron cuenta de que las observaba, de que me reía al ver sus expresiones.
  Ahora parece mentira que todo haya cambiado de tal manera, parece mentira que otras personas me hayan acogido. Todo parecía tan sumamente real que apenas podía creerlo.
  Sentí ganas de verlas. Ganas de abrazarlas, aunque casi nunca lo hiciera cuando estaba allí. Sentía ganas de contarles tantas cosas que les parecerían increíbles…
  Volví a la realidad bruscamente, al oír la puerta que se cerraba en el piso de abajo. Me asomé a la ventana. Era un día ligeramente nublado, y el sol apenas iluminaba ya las calles. Había quedado con Jaden, para el trabajo de literatura. Debíamos quedar dos o tres días por semana. Más tarde, Candy nos había explicado que no debíamos dejar de hacer lo que hacíamos normalmente. Es decir, si Jaden tenía entrenamiento los martes, debía acompañarlo, y si yo tenía otra cosa que hacer cualquier otro día, el debía venir. “Vuestra vida normal debe continuar”. Nos había dicho el día anterior.
  Vi el coche de Traci aparcado abajo. Era difícil de olvidarlo, aquel Volkswagen descapotable rojo que vi aquel día, hacía ya casi tres meses.
  Me acerqué a la puerta de mi habitación, y pegué la oreja, intentando averiguar si pasaban por allí en aquel momento.  
  Abrí la puerta ligeramente y oí la puerta de su habitación, que se cerraba tras ellos.
  Me volví y miré por la ventana. Jaden no tardaría en llegar. Habíamos quedado para empezar a hacer el trabajo, o para enfocarlo, al menos. Anochecía pronto a medida que avanzaba el invierno. Observé el vaho que se abría paso en el cristal de la ventana, y me dio un escalofrío pensar en salir en ese momento.
  Entonces vi a Jaden caminando hacia la casa. Cogí la mochila, un gorro de lana y los guantes: no quería perder ninguna extremidad.
  Le llamé por la ventana.
  -Ahora bajo –Dije sin gritar demasiado. No quería que Mark se enterara y saliera con Traci a ver que pasaba.
  Alzó el brazo en un gesto afirmativo. Abrí la puerta y la cerré con cuidado detrás de mí, evitando hacer demasiado ruido. Me puse las botas en la puerta de la calle, y una ráfaga de aire frío me hizo estremecerme cuando abrí la puerta y salí al porche. Estaba a unos metros de allí, con las manos en los bolsillos, observándolo todo con interés. Alcé la cabeza para ver qué estaba mirando, supuse que sería la ventana de mi habitación.
  -Bueno, ¿dónde vamos? –pregunté, con fingido desinterés.
  -¿Qué tal a mi casa? –preguntó con una sonrisa.
  Enarqué una ceja.
  -¿Por qué me respondes con otra pregunta?
  -Tú también acabas de hacerlo –sentenció.
  El hecho de que me contradijera era ligeramente irritante.
  -Tenemos que ver cómo vamos a hacer todo esto. –Dijo –Creo que lo mejor sería ir a una casa, a no ser que prefieras hacerlo en plena calle y lo dudo. Podríamos hacerlo aquí, pero el hecho de que Mark Jones esté haciendo cosas ilegales con su novia en la habitación de al lado no me tranquiliza demasiado ¿no crees?
  -Puede ser –Susurré.
  -Así que iremos a mi casa, que está cerca de aquí. Además, mi madre no está.
  -Para mi no es un problema que esté. –Dije, intentando contradecirle yo también.
  -Para mi tampoco, lo decía por ti.
  -¿Siempre tienes respuesta para todo? –Pregunté, frunciendo el ceño.
  -Casi siempre. Deberías anotarlo, eso sería algo útil para el trabajo. Ya que vamos a tener que averiguar cosas sobre el otro, ¿por qué no me cuentas algo sobre ti?
  -Sería demasiado aburrido si no lo descubrieras por ti mismo. –Me arrepentí de haber dicho eso al momento. –Quiero decir, que lo sabremos con el tiempo ¿no?
  -Claro. –Sonrió y miró hacia el suelo.
  Caminábamos por las calles vacías. Los árboles habían empezado a perder las hojas, que crujían amarillentas bajo nuestros pies.
  -En España estaríamos dejando la playa. –Dije, por decir algo.
  -Cierto. Tengo entendido que vais a la playa hasta en noviembre.
  -No exactamente, era una forma de hablar. Quiero decir que el lugar dónde vivo es mucho más cálido que esto.
   -Ya. –Dijo –pues tendrás que acostumbrarte a esto. En menos de un mes te habrás hartado de la nieve.
  -¿Crees que Ingrid habrá entrado en las animadoras? –Pregunté, radicalmente de tema.
  -Sí. –Contestó, mirándome. –Estoy seguro.
  -¿June lo sabe? –pregunté con cierto temor.
  -Claro que lo sabe. Lo que pasa es que no es capaz de aceptarlo…
  -No entiendo nada. –Susurré mientras daba una patada a una lata vacía. –No es un trauma. No sé, creo que se toma esto demasiado mal.
  -Ya, pero June es así. –Contestó, con una sonrisa. –Es la típica chica que no tiene las mismas aspiraciones que las demás: si ellas quieren ballet, ella querrá boxeo. Aunque sea para contradecir a la sociedad, lo hará.
  -Vaya –dije, sin poder evitar reírme. –Creo que la entiendo.
  -¿No me digas que tú harías lo mismo? –Preguntó, enarcando una ceja.
  -Quién sabe… Quizá. –Contesté. –Podrías ir apuntando eso en tu cuaderno.
  -Aún no lo tengo, pero tranquila que no me olvidaré.
  -Bien.
  Tardamos poco más de diez minutos en llegar a su casa. Era una pequeña casa junto a un parque que vi a lo lejos. Los árboles que la rodeaban eran amarillentos y rojizos, y el sol reflejaba los rayos en las hojas, proyectándolos hacia el suelo.
  Estaba pintada de un color crudo, y el tejado era de pizarra oscura. Era pequeña, pero me gustaba. Junto a ella había otras casas, pero ninguna era igual a la de al lado. Tenía un pequeño porche, rodeado por una barandilla de madera. La puerta de la calle era estrecha, de madera con una ventanilla de cristal. Había otra puerta parecida a una mosquitera, justo enfrente.
  Ya era noche cerrada.
  La casa era pequeña, pero tan acogedora que sentías ganas de tumbarte en el pequeño sofá a leer un libro, o asomarte por la ventana del salón y observar las hojas que cubrían el pequeño jardín.
  -Puedes dejar la mochila encima de la mesa. –Dijo Jaden, sacándome de mis pensamientos. –Estaremos en el salón. Encerrarnos en la habitación me parece demasiado. Mi abuela está muy mayor y podría darle algo si nos viera allí…
  Le fulminé con la mirada.
  -Estaba bromeando –se excusó –no le daría un infarto, quizá tan solo se desmayara. –Sonrió.
  Puse los ojos en blanco, aunque sabía que no me había visto. Me quité el abrigo y lo dejé sobre la mesa del salón, redonda y pequeña. Era un sitio pequeño. En una esquina había una chimenea de piedra, junto a la ventana. Había un sofá color azulado y un sillón del mismo color. Una butaca de madera junto a una pequeña estantería de una madera más oscura. Al lado, una lámpara de pie. Un gran ventanal que daba a la calle, cubierto por una cortina que llegaba hasta el suelo. Una tele en una mesilla.
  Jaden se acuclilló junto a la chimenea, y comenzó a echarle pequeños troncos.
  Me acerqué a él, sin saber bien qué hacer.
  -¿Quieres que te ayude? –le pregunté. Aunque ya conocía la respuesta.
  -Vale, deberías aprender a hacer esto. –Dijo, señalando el suelo junto a él.
  Me equivocaba. No conocía la respuesta.
  Me acuclillé junto a él y comencé a pasarle troncos, mientras el los colocaba en forma piramidal.
  -La calefacción de esta casa no es demasiado potente. –Dijo.
  No supe qué contestar, así que no dije nada.
  Luego prendió un papel con el mechero y lo dejó apoyado junto a la madera, que comenzó a arder poco a poco y a chisporrotear.
  -¿Quieres algo de comer? –preguntó, levantándose.
  Abrí la boca para contestar, pero me interrumpió.
  -No importa, verás como te entra hambre cuando pruebes estos brownies. –Desapareció por la puerta del salón.
  Le seguí a paso rápido.
  La cocina era más pequeña que el salón. Los azulejos eran de un color azulado, a juego con la cortina que cubría la pequeña ventana que daba a la parte trasera de la casa. En una esquina había una puerta-mosquitera como la anterior. Me pregunté si todas las casas americanas tendrían puertas que conducían a jardines traseros. Me pareció demasiado estúpido como para preguntarlo.
  -Siéntate. –Dijo Jaden, señalando las sillas de madera blanca que rodeaban la mesa.
  -¿Tu abuela vive aquí? –Pregunté.
  -No exactamente. –Contestó, mientras sacaba una botella de leche de la nevera. –Viene mucho por aquí, todos los días. Es normal, teniendo un nieto como yo. –Afirmó, con una sonrisa.
  -Claro. –Contesté.
  Pensé en preguntarle por su padre, pero algo me frenó. No quería meterme en sus asuntos, aunque fuera algo tan simple como aquello. Quizá tan solo estuvieran separados y viviera lejos de allí. Quizá apareciera en cualquier momento por la puerta.
  -¿Estás preparada? –Preguntó, mirándome desde la encimera.
  -Depende. –Contesté, percibiendo el olor que llegaba desde allí.
  -Sé que no lo estás. –Dijo.
    Acto seguido se acercó a la mesa y dejó un plato delante de mí. Sobre él había un tazón de leche y un pequeño bizcocho cuadrado. Creía haber probado los brownies antes, pero desde luego ninguno como aquel.
  -Joder, Jaden. –Dije, aún con la boca llena. –Esto está buenísimo.
  -Te avisé. –Contestó, con una sonrisa. –Tranquila, ahora te doy otro.
  -Pero si no te lo he pedido.
  -Pero sé que lo estás deseando. –Sonreí ante la evidencia.
  Cuando estuve lo suficientemente llena como para apenas poder moverme, comenzamos a plantear distintas hipótesis sobre el enfoque del trabajo.
  Llenamos de papeles la mesilla de café del salón. Estábamos sentados en el suelo, sobre unos cojines. La tele estaba puesta en un canal de videos musicales, aunque ninguno de los dos le hacíamos ningún caso.
  La chimenea chisporroteaba detrás de él. Cada vez que quería desechar una idea, arrugaba el papel en el que la había escrito en una bola y lo tiraba tras de sí. Aquello era algo que me ponía bastante nerviosa. Llevábamos ya dos horas sentados en la misma postura cuando se me ocurrió algo inteligente.
  -Creo que deberíamos hacerlo así. –Dije, pasándole una hoja.
  La leyó durante unos instantes, sonriendo en algunos puntos.
  -Buena idea. –Contestó, sin dejar de sonreír.
  -Por fin. –Dije, desperezándome. –Tengo los huesos agarrotados. Me levanté del sitio, tambaleándome ligeramente.
  -Ven, te voy a enseñar mi habitación.
  Le miré con el ceño fruncido.
  -¿Crees que es buena idea? –Pregunté. –Lo digo por tu abuela…
  Soltó una carcajada y se levantó, dirigiéndose hacia las escaleras que había en el pasillo, justo al salir del comedor.
  La habitación era la típica de cualquier adolescente.
  El suelo era de madera, y las paredes estaban pintadas de azul, un azul que apenas pude distinguir, ya que estaban cubiertas por decenas de pósters.
  La mayoría eran grupos musicales desconocidos para mí, aunque pude identificar algunos de ellos. La cama estaba pegada a una pared, y era algo más grande que la mía. El cabezal era de metal y el edredón azul. Una estantería con trofeos, un escritorio junto a una ventana y un armario empotrado. En una esquina había una funda de guitarra apoyada en la pared.
  -¿Tocas? –Dije, señalándola.
  -Algo.
  -Ilústrame. –Le pedí.
  -¿Enserio quieres que toque? –preguntó.
  -Claro –contesté, sentándome en un extremo de la cama.
  Se acercó a la funda y sacó la guitarra. Era una guitarra acústica, de varios tonos de madera. Se sentó junto a mí y comenzó a tocar algunos acordes.
  -¿No cantas? –pregunté, sin fingir mi decepción.
  -Claro –contestó, sonriendo. – ¿Acaso lo dudabas?
  -Pues quiero oírte. –Afirmé. –Bueno, me gustaría oírte.
  Comenzó a cantar una melodía en voz baja, mirando al suelo. Su voz era clara y bonita, especial. No me pareció una buena idea haberle pedido que tocara. Le escuché durante cinco minutos, anonadada.
  -Creo que tengo que irme ya –dije, demasiado precipitadamente para mi gusto. – ¿Tienes idea de la hora que es? –No era una acusación, era una pregunta.
  Se acercó a la mesilla de noche y sacó un reloj del primer cajón.
  -Las nueve. –Contestó.
  -Joder –dije, alzando la voz. Me levanté de la cama, intentando orientarme.
  -Espera, te acompaño. –Dijo apoyando la guitarra en la cama.
  Bajamos rápidamente. Miré la mesilla del salón.
  -Siento no poder ayudarte a recoger este desastre –comencé a decir, mientras me enfundaba los guantes y el gorro.
  -No pasa nada. Esto se recoge en un minuto.
  -¿Quieres que me lleve yo la hoja del trabajo? –Pregunté. Era una afirmación, más que una pregunta.
  -Sé que quieres llevártela –dijo sonriendo –toma.
  Una vez en la puerta, aquel silencio incómodo.
  -Te acompaño. –Dijo, cogiendo el chaquetón.
  -¿Estás de coña? –pregunté. Aunque en realidad lo único que quería era irme yo sola a casa.
    No me contestó. Abrió la puerta y los dos nos estremecimos al notar el frío, mayor aún que el de aquella tarde.
  El camino de vuelta a casa fue rápido. Creo que lo hacíamos inconscientemente, intentando calentarnos si andábamos más rápido. Una vez en la puerta, comprobé si estaba el coche de Monique. No estaba. No habría llegado aún del hospital.
  -Bueno, pues nos vemos mañana en el instituto. –Dije, a modo de despedida.
  -Bien. –Contestó. –Deberías llamar a June, debe de estar medio loca con el tema de Ingrid.
  Recordé entonces que me había dejado el móvil en casa.
  -Mierda –mascullé. –Si, ahora la llamaré.
  -Yo llamaré a Ingrid. –Dijo él, pensativo.
  -¿A Ingrid? –pregunté, algo confundida.
  -Sí, quiero saber cómo le fue la prueba.
  -¿Sabías que iba a hacerla?
  -Claro –contestó, y una nube de vaho salió de su boca. –Ella me lo cuenta todo, desde siempre.
  -Ah –susurré.
  Quise preguntarle si había algo entre ellos dos, pero no me atreví.
  -Bueno, pues dile que yo le apoyo.
  -No hay nada entre nosotros dos. –Dijo.
  Otra vez leyéndome el pensamiento.
  -No te lo he preguntado, y tampoco pensaba hacerlo –mentí. Me di cuenta de que había sonado un poco borde. –Bueno, voy a entrar, que me estoy quedando helada.
  -Bien.
  -Gracias por acompañarme –susurré.
  -De nada. Sabía que no querías ir sola.
  -¿Crees que tienes superpoderes? –pregunté.
  -A veces si que lo pienso, pero no se lo digas a nadie ¿vale?
  -Claro –dije, sonriendo. No podía negar que me hacía reír. –Hasta mañana.
  -Hasta mañana –contestó.
  Me alejé hacia la puerta, preguntándome si me estaría leyendo el pensamiento en ese instante.
 

  Capítulo 31

  El Volkswagen de Traci había desaparecido, y con él también ellos dos. Volvía a estar sola en casa. Llené la bañera hasta arriba de agua demasiado caliente y me metí dentro, sintiendo como el calor me recorría los músculos y se me metía por los huesos. Me encantaba esa sensación. Eché medio bote de gel y la espuma comenzó a crecer tanto que me dejé engullir por ella. Era tarde y aún tenía deberes por hacer, pero me gustaba estar allí sin pensar en nada.
  Pero pronto el teléfono comenzó a sonar, alejándome de aquella sensación de relax. Era June, que hablaba tan precipitadamente como siempre. Juré que no me dejaría estresar por ella. Me sequé una mano con una toalla y le cogí el teléfono.
  -¿Dónde has estado toda la tarde? –preguntó, alzando la voz.
  -En casa de Jaden. Haciendo el trabajo de literatura. –Contesté, intentando parecer desinteresada.
  Durante un segundo no obtuve respuesta.
  -Es igual –dijo, al fin. – ¿Sabes que Ingrid ha entrado?
  Oh no. No, por favor. Aquello no iba a ser nada relajante.
  -Sí –susurré.
  Otra vez un silencio.
  -¡Rebeca, por dios! Dime algo…
  -Sé que ha entrado, me lo ha dicho Jaden. –Aproveché la ocasión. –Por cierto June… Quería preguntarte algo. –Carraspeé.
  Esperé a que dijera algo, pero no lo hizo.
  -¿Alguna vez ha habido algo entre ellos dos? –pregunté, al fin.
  June tardó unos segundos en contestar. Cuando lo hizo, su voz sonaba más suave.
  -Es una larga historia…
  -Tengo tiempo. –La interrumpí. –Si quieres te puedo llamar yo. No es que me importe, es simple curiosidad, pero…
  -Ya. –Me interrumpió. –No hace falta que me llames, tengo una hora gratis en llamadas.
  No contesté nada, quería que empezara a hablar, sentía la curiosidad comiéndome por dentro.
  -Digamos que Ingrid sucumbió a los encantos naturales de Jaden el año pasado. Se enamoró de manera peligrosa. No fue una bonita historia, para ser sinceros. Todo terminó mal, como era de suponer. Pero meses después, ella comenzó a actuar como si no hubiera pasado nada, lo que nos dio a todos cierta tranquilidad.
  -Ah –susurré. Noté el dolor agudo en el pecho y comencé a hablar para evitarlo. – ¿Pero tenían una relación más estrecha de lo normal? Quiero decir, ¿eran muy amigos o algo así?
  -Si, eran muy amigos. –Hizo una pausa. –Mejores amigos. Se conocen desde hace muchos años, y siempre han tenido buena relación. Ella se lo contaba todo a él, era su punto de apoyo. Hasta que pasó lo que pasó.
  -Vaya. –Susurré. Pensé entonces en Reese y June, en aquella relación que tenían ellos. Me pregunté si serían conscientes del riesgo que implicaba.
  -Jaden tenía una novia, Grace creo que se llamaba. Pero ella se fue de Queens a vivir a otro sitio, y lo dejaron. Tampoco fue un episodio nada agradable. Digamos que Ingrid fue aquel hombro en el que él lloraba, y al final ella terminó sintiendo cosas… Lo que suele pasar.
  -Menuda mierda. –Susurré, hablando para mí más que con ella.
  -Lo sé. Por eso siempre digo que hay que tener cuidado. –Contestó.
  -¿Cuidado con lo que sientes? Lo veo algo difícil. –Repliqué.
  -Inteligencia emocional. –Contestó, con una risita. – ¿Crees que yo sería capaz de caer rendida a los pies de Reese?
  Vaya, otra que me leía el pensamiento. Me pregunté si mi mente estaría abierta a todo aquel que quisiera entrar.
  -Tal vez sí. No me negarás que la relación que lleváis no es arriesgada –Dije, dejándolo caer.
  Soltó una risita histérica.
  -No, te aseguro que no. Como mucho solo seríamos capaces de salir un par de semanas, acostarnos, con muchísima suerte… Pero nada más. Enseguida comenzarían las peleas. Somos amigos, amigos especiales.
  -Ten cuidado. –Dije, intentando no sonar amenazante.
  -Tranquila todo bajo control. –Contestó.
  Moví los pies bajo el agua entrelazando los dedos de los pies.
  -Rebeca –comenzó a decir June, haciéndome volver a la realidad – ¿te das cuenta de que te he llamado porque estaba preocupada por Ingrid y todo el rollo de las animadoras… y hemos terminado hablando de eso? –Volvió su tono de enfado, y no pude evitar una carcajada.
  -Es verdad –contesté, conteniéndome. –Mira June, no quiero que te cabrees conmigo, pero creo que te lo estás tomando demasiado a pecho. Quizá eso es lo que a ella le gusta, quizá tan solo deberíamos apoyarla… No sé, yo pienso que estás sacando las cosas de quicio, que no es para tanto. Quizá tenga suerte y no se vuelva una gilipollas como dices tú. –Enseguida pensé que no había sido buena idea decirle todo eso.
  Hizo una pausa de casi un minuto. Chapoteé en el agua con nerviosismo.
  -Quizá tengas razón. –Soltó al fin.
  Solté todo el aire que había guardado en los pulmones.
  -Bien. –Contesté.
  -De todas maneras, no prometo que vaya a dejar de vigilarla de cerca. No quiero que se ponga extensiones en el pelo y se pinte como un cuadro...
  -Relájate. –La interrumpí. –No te estreses más por el tema. Estoy dentro de la bañera, tengo que salir ya o me saldrán escamas. –Me miré los dedos, ligeramente arrugados.
  -Vale, te dejo. –Contestó ella. –Mi padre también me reclama…
  -Pues nos vemos mañana.
  -Hasta mañana, Rebeca.
  -Hasta mañana. No sueñes con el tema. –Dije.
  Sabía que no me haría caso.




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