viernes, 26 de agosto de 2011

Capítulos 32, 33 y 34

  Capítulo 32

  Algunas veces acompañaba a Ingrid a sus entrenamientos de animadoras. Era entretenido verlas desde la parte más alta de las gradas, ver sus piernas levantadas y los pompones al aire. Un espectáculo digno de ver.
  Jaden había empezado a ayudarme con las matemáticas. Había suspendido todos los exámenes uno por uno, sin piedad alguna, y en un acto de desesperación decidí que necesitaba su ayuda.
  Además, el hecho de tenerlo como profesor particular aumentaba nuestra nota del trabajo de Literatura. ¿No se trataba de pasar tiempo juntos? Las matemáticas colaborarían. Y esa sonrisa perfecta ayudaba bastante. Había cosas que me ponían muy nerviosa: su forma de contrariarme todo el tiempo y su movimiento de pelo.
  Parecía que si no me llevaba la contraria no se sentía a gusto, y movía su pelo tantas veces que parecía que su vida dependiera de ello.
  El sabía que me ponía nerviosa, por eso lo hacía. Le divertía ver mi ceño fruncido y escuchar mi silencio cuando me negaba a hablarle, para evitar que me contradijera otra vez.
  Y ese movimiento de flequillo me repateaba.
  Jason se había marchado con una decisión tomada. Después de quedar con Lyla varias veces, había decidido tener al niño. Solo tenía que hablar con su novia, pero ella lo aceptaría. Cuando lo escuché, me mareé. No podía ser verdad, pero lo era. Aquellos críos de apenas veinte años iban a cambiar su vida de aquella manera. Sabía que nadie compartía mi opinión, pero yo seguía firme con esa idea, y no pensaba cambiarla. Se comprometió con traer al bebé cuando fuera más mayor. Aquello era una completa locura.
  Monique había dejado algunos turnos en el hospital, y pasaba algunas tardes conmigo, sentada en la mesa de la cocina delante de una taza de café humeante.
  Mark seguía con su peculiar estilo de vida. Algunas veces no lo veía durante días, y cuando coincidíamos manteníamos largas conversaciones sobre nada en particular.
  June tenía un nuevo novio, un chico alto, con el pelo y los ojos oscuros, bastante guapo. Lo había visto un par de veces, pero me bastaba para saber que era perfecto para ella.
  Y así, sin apenas darme cuenta, las calles comenzaron a llenarse de miles de lucecitas de colores, árboles adornados, gente corriendo de tienda en tienda y chimeneas humeantes.
  Y con ello llegaron las primeras nevadas. Tardé en acostumbrarme a ello menos de lo que esperaba. Los días eran cortos y muy fríos, pero aquello se solucionaba encerrándote en un sitio cerrado con calefacción o tomando una taza de chocolate caliente. Me encantaba el chocolate caliente.
  La Navidad se acercaba, y con ella el baile de invierno. Según me habían dicho, aquello era un acontecimiento importante para el Forest Hills High School. Más bien, una completa locura. Las chicas corrían por todas las tiendas intentando encontrar el vestido perfecto, mientras que ellos buscaban el alquiler de smokings más barato, y pensaban en la manera de invitarlas al baile.
  Americano total. Aquello era increíble para mí, pero no me disgustaba.
  Dos semanas antes del baile, Lyla, June, Ingrid y Shanna me obligaron a salir de casa para buscar un vestido. Me habían convencido de que la palabra baile no consistía tan solo en bailar, de lo contrario, me hubiera escaqueado.
  June tenía la pareja asegurada, pero las demás estaban expectantes. Me pregunté si cabría la posibilidad de ir sola. Esa también era una buena opción, para mi no era una tragedia.
 

  Caminaba apresurada hacia la clase de matemáticas, repasando los apuntes que había preparado con Jaden el día anterior.
  Teníamos examen, y el señor Collins, un hombre gordito cincuentón con unas gruesas gafas de pasta alrededor de los ojos, había tenido piedad conmigo: si aprobaba este examen, tendría posibilidades de aprobar ese trimestre, debido a mi “excelente comportamiento y a mis ganas de estudiar” –palabras citadas textualmente por él –. Así que el día anterior, Jaden y yo nos habíamos puesto las pilas, o más bien me las había puesto yo, para conseguir entender algo de todo aquello.
  Cuando él me lo explicaba todo era extremadamente fácil, pero una vez que me daba el lápiz para que terminara el ejercicio, era una catástrofe.
   Me había equivocado con él: quizá fuera un cerebrito científico y no me había dado cuenta. Pero lo cierto es que nadie lo había hecho. Recuerdo que una vez le pregunté por qué no se presentaba al club de ciencias, y una carcajada fue su única respuesta. No volví a intentar sacarle el tema.
  Intenté esquivar a la gente. Necesitaba llegar hasta mi taquilla y coger un buen sitio para el examen.
  Rebusqué en mi mochila, deseando encontrar pronto la llave de mi taquilla. La sorpresa fue cuando la llave hizo su “clac” de siempre, y una pequeña nota de papel calló a mis pies.
  Nunca había recibido notas misteriosas, y pensé en tirarla a la primera papelera que encontrara. Lo descarté enseguida, sería demasiado estúpido por mi parte.
  Abrí la pequeña nota ansiosa, y leí apresuradamente aquellas líneas escritas en esa caligrafía que tanto conocía:
 
 
  Querida matemática
  He estado pensando en tus progresos en esta maravillosa ciencia, y teniendo en cuenta lo mucho que te cuesta aguantarme todas las tardes, y lo difícil que es para ti entender qué son las incógnitas –algo demasiado simple para nosotros, la gente inteligente – he decidido que te mereces un premio.
  Y qué mejor regalo que venir al baile conmigo.
  Espero tu respuesta, y por favor, aprueba este examen o dejaré mi vocación de profesor para los restos.
  Suerte, Jaden.

  Sentí un cosquilleo en el estómago. Miré el reloj: llegaba jodidamente tarde. Subí las escaleras de dos en dos, con una sonrisa en los labios.


 Capítulo 33

  No podía negar que me había gustado aquel mensaje en mi taquilla. No solo por el hecho de que me invitara al baile, sino porque había evitado las flores y cursiladas similares.
  Había aprobado el examen. Cuando el señor Collins estaba dando las notas, se paró en mi examen, mirándome por detrás de la hoja con el ceño fruncido.
  -Vaya, señorita. Estoy realmente impresionado. No sé quién le habrá ayudado con esto, pero debe darle las gracias. –Dijo, sonriendo.
  En ese momento no sabía si salir de allí gritando y pegando saltos o aceptar la petición de Jaden.
  Y eso hice. Pensé en una manera más original de decírselo, pero todas eran ilegales o demasiado arriesgadas, así que opté por la más aceptable.
  Me colé en el vestuario cuando todos estaban entrenando. No entendí cómo nadie me pilló, el conserje siempre se daba paseos por esa zona, y el entrenador entraba allí de vez en cuando.
  Evité encender las luces para no ser descubierta, y me abrí paso a oscuras entre esos pasillos con olor a sudor y desodorante. Todas las mochilas eran iguales, color negro, blanco y amarillo; el uniforme del instituto.
  Había visto su bolsa muchas veces, y pude distinguirla por el pequeño llavero con forma de guitarra que tenía en una de las cremalleras.
  Abrí el bolsillo pequeño, y ahí dejé mi pequeño regalito.

 
  Querido profesor
  Gracias a sus grandes esfuerzos, he aprobado el examen. Y con nota.
  Como muestra de mi agradecimiento, quería aceptar tu petición para el baile.
  Espero verte muy guapo vistiendo tu smoking en la puerta de mi casa, con un ramo de rosas rojas y conduciendo una limusina.
  Sé puntual.
 
  Rebeca

PD: Lo de las rosas y la limusina es coña, obviamente. No hace falta ni que me recojas en la puerta –pensándolo mejor, no lo hagas –. Espero que seas tú quién lea esto, porque como me haya equivocado de mochila seré “La extranjera gilipollas” el resto de mi vida.


  El protocolo en esos casos era muy sencillo: o eras de las primeras en conseguir el vestido perfecto, o te quedabas sin él.
  Y para ser perfecto, debía cumplir tres factores: bueno, bonito y barato. Sino, ya no habías tenido tanta suerte.
  Aquello era gracioso, porque aquellos vestidos podían costarte mínimo unos cien dólares. Y luego estaba el tema de peluquería, maquillaje, zapatos y bolso.
  Todo a juego. No me molestaba pasarme horas encerrada en una y otra tienda, pero había de reconocer que el tema era pesado.
  Después de debatir distintas tiendas y centros comerciales, y de habernos recorrido todo Queens, optaron por ir a Macy´s, y yo, obviamente, no estaba en condiciones de negarme.
  Así que accedí a perderme con ellas en esos pasillos gigantes con escaleras mecánicas y ropa de todo tipo. Podías encontrar algo precioso, pero también había cosas tan feas que me pregunté seriamente qué persona podría llevarlas.
  La sección de vestidos de gala o de baile, era tan grande que podías perderte, literalmente. Grupos de adolescentes corrían de un lado a otro comentando, dando vueltas con los vestidos y saliendo de los probadores.
  Algunas de ellas iban con sus madres, con expresión evidente de susto ante esos precios, o los gustos de sus hijas.
  Imaginé a mi madre dando vueltas entre el barullo, intentando seguir mis pasos, y poniendo caras raras ante lo que yo elegiría como mi vestido. No le gustaría estar ahí. Y a mi tampoco me habría gustado.
  Seguía a June, Ingrid y Lyla entre los enormes pasillos e intentaba seguir su conversación. Shanna no había venido, tenía que cuidar a los monstruitos. Y además, seguía ahorrando para comprarse la tela de su vestido. Ella no se los compraba, se los cosía con su maquina y los personalizaba. Increíble, pero cierto.
  Al final, todas habíamos conseguido una “pareja” por llamarlo de alguna manera.
  Un chico bajito y con evidentes signos de acné se había acercado a Lyla dos días antes. Enseguida que nos lo contó, sentí pena por el chaval. Me imaginaba la crueldad de Lyla reflejada en sus ojos, dándole largas sin cortarse un pelo.
  Al final, el pobre chico se había decantado por Ingrid. Y a ella no le importaba ser el segundo plato, todo lo contrario, estaba alegre porque no iría sola. Su inocencia seguía fascinándome.
  Me pregunté qué pensaría de mí cuando supiera quién iba a ser mi “pareja”. No me gustó nada la idea.
  Lyla había roto las expectativas y le había pedido a un chico si quería ir con ella. Era amigo de Mark, un año mayor, pero a ella no le importaba: se sentía capaz de dominarle y mucho más. Aquel había sido valiente, muchos sentían miedo por esa chica de gran temperamento que casi mata a su ex novio con un enanito de jardín.
  Era surrealista.
  Ninguna de ellas sabía quién era mi pareja, ni lo habían preguntado, lo que me hizo sospechar: quizá estuvieran involucradas en el tema… Pero no. No quería volverme paranoica a esas alturas.
  Por fin nos sentamos en unos sillones, con un batido de Starbucks en la mano. Habíamos recorrido casi toda la tienda, y casi estábamos en la recta final.
  Sentí ganas de quitarme las zapatillas. Me dolían los pies de tanto andar.
  -No veo nada interesante –dijo Lyla –creo que otros años había más
variedad.
  Seguía enfadada porque prácticamente June la había obligado a ir al baile. Ella no quería, aquellas fechas no le traían buenos recuerdos, pero June la había convencido diciéndole que ya se había arreglado con Jason. No había rencores ni malos rollos, pero aún así no le gustaba demasiado la idea.
  -Yo creo que tengo el mío –dijo Ingrid, sonriendo –ese corto color crema, de palabra de honor. Creo que es perfecto, y además no vale demasiado caro.
  -¿Sabéis lo que voy a hacer yo este año, chicas? –dijo June. –Voy a marcar tendencia. Un vestido azul eléctrico y mis converse negras será perfecto. Seguro que nadie va igual.
  -Estás loca –dijo Ingrid, sorbiendo su batido.
  -Me uno al plan –dije –por lo menos no parecerás un papel de regalo de Navidad. La verdad es que hay cada horterada… –argumenté. 
  -Por eso hemos dado tantas vueltas. –Contestó Ingrid. –No querrás encontrar el vestido perfecto en la primera tienda a la que entres.
  -No estaría mal –susurré.
  -Perdona que te lo diga Ingrid, pero pareces mi madre. –Dijo Lyla.
  -¿Y sí nos disfrazamos? –preguntó June. –Podríamos disfrazarnos de algo interesante…
  -El baile de disfraces es en Carnaval. No alucines antes de tiempo.
  -Enserio, ¿cuántos bailes tenéis al año? –Pregunté.
  -Pff… demasiados para mi gusto –contestó Lyla. –Unos cuatro ¿no?
  -Sí. Cuatro, si los alumnos no organizan otro más. Lo cual no es de extrañar.
  -No os podéis ni imaginar lo raro que es todo esto para mí… Es como estar dentro de una película para adolescentes. –Dije.
  Soltaron una carcajada.
  -¿Y cómo sería esto en España? –preguntó June.
  -Esto en España no existe. No hay bailes de fin de curso como aquí, ni limusinas o smokings.
  -Que aburrimiento. –Comentó Ingrid.
  -Pues si. Pero creo que la gente no piensa en ello, porque ni si quiera nos lo proponemos.
  -Deberíais proponerlo.
  -Dudo que nadie nos escuchara. Las mentalidades son diferentes.
  -A todo esto –interrumpió June, con una sonrisa pícara. –Nosotras ya tenemos pareja. O por lo menos algo parecido. Pero tú…
  -Es verdad –dijo Ingrid, mirándome inquisitivamente. – ¿Con quién piensas ir?
  Todas me miraban fijamente, esperando una respuesta. Mierda. Ingrid pensaba ir con ese chico, pero quizá ni habría considerado el hecho de ir con Jaden. Pero yo había aceptado. No quería hacerle sentir mal, y pensé en mentir. Una mentira piadosa no hacía daño a nadie.
  -¿Estas pensando si deberías decírnoslo? –Preguntó June, fingiendo estar a punto de echarse a llorar.
  -No –susurré. –En realidad no es una pareja real, quiero decir…
  -Vamos, Rebeca. Déjate de rollos y dispara. –Insistió June.
  -Bueno, digamos que Jaden me dijo que si quería ir con él. –Contesté.
  Hubo diversas respuestas ante esta afirmación. June sonrió con una sonrisa tan ancha que le ocupaba toda la cara. Lyla puso ojos de sorpresa y una sonrisa pícara. Ingrid no puso ninguna cara en especial, solo hizo una mueca. Y eso fue lo que me preocupó.
  -Y tú aceptaste –dijo June, sin fingir su entusiasmo.
  -Bueno, aprobé el examen de matemáticas. Digamos que era una manera de agradecérselo. –Dije, intentando sonar convencida.
  Pero no funcionó en absoluto. Se echaron a reír ruidosamente, y ni Ingrid pudo evitar reírse también.
  -Joder, eres increíble. –Dijo Lyla. –De verdad, tal como lo has dicho, parece que hayas aceptado una invitación para ir a una charla sobre física cuántica.
  -Por obligación –se carcajeó June. –Venga, no te engañes a ti misma. Jaden es un cielo, y tú lo sabes. Y además, está bueno y es guapo. ¿Se puede saber qué más puedes pedir?
  -Puede pedir muchas más cosas –dijo Lyla con malicia.
  -Eso también es verdad.
  -Oye… no saquéis las cosas de quicio. –Dije, frunciendo el ceño.
  Ni me escucharon. Comenzaron a reírse otra vez.
  -No sacamos las cosas de quicio, tan solo decimos evidencias. ¿No me digas que no te gustaría que la noche terminara mejor que bien? –Dijo June, guiñándome un ojo.
  Noté como me subía el calor por detrás de las orejas.
  -¡Estáis enfermas! –mascullé. –No estoy tan desesperada…
  -No se trata de eso, es mucho más simple. –Comentó Lyla.
  -¿Ah sí?
  -Claro. Es pura biología. Estamos hechos para procrear.
  -Te daré un consejo. –Dijo June, sonriendo. –Relaja la pelvis. Es lo que más funciona.
  -¡Cállate! –grité. Estaba empezando a ponerme roja de verdad, y las manos me sudaban.
  -Hay que comprar un vestido bonito…
  -Sí, tenemos que ponernos en marcha. –Afirmó Lyla. –Tengo que reconocer que odio los bailes, pero creo que este será interesante…
  -Vamos, chicas. Hay que encontrar algo ¡ya! –dijo June, levantándose.
  Me levanté y las seguí. Miré a Ingrid, que estaba a mi lado, y no pude evitar fijarme en su mirada ausente. Sonreía, pero nada era verdad.
  

Capítulo 34

  Paseábamos por el lago Kissena, cámara en mano. Nuestro trabajo avanzaba diariamente, sin pausa. Cada día, cada entrenamiento de Jaden, los sitios nuevos dónde me llevaba… Todo se registraba en aquella cámara de video. Una vez al mes, pasábamos una tarde de sábado encerrados en casa, cerca de la chimenea, recopilando los mejores videos, para hacer el trabajo mensual.
  Candy era seria, lo quería todo. Y aquel trabajo era mejor que cualquier otra cosa que nos pudiera tocar.
  Era un doce de diciembre, miércoles por la tarde. Habíamos escogido la bicicleta como medio de transporte. No resguardaba de la lluvia o el frío, pero era lo más rápido que teníamos. Jaden no tenía coche, y a mi ni se me pasaba por la cabeza intentar apuntarme a una autoescuela. 
  Así que escogimos la bici, porque Queens era una ciudad enorme, y queríamos ver demasiadas cosas.
  Era un día frío, el termómetro marcaba concretamente 3ºC. El gorro, la bufanda y los guantes de lana no impedían que se me helara la nariz. Jaden me llamaba exagerada, pero en absoluto era una exageración. Hacía frío.
  Las nubes oscuras amenazaban lluvia, pero pensé en que si se dignaran a echarnos el agua, les saldría nieve.
  Jaden se había empeñado en enseñarme el color de los árboles que había junto al lago. Decía que aún no había llegado el invierno, que no habrían perdido las hojas. Por ello, teníamos que correr: en la primera noche que helara, se verían “desnudos”.
  Dejamos las bicis en una especie de “aparcamiento”, o tronco partido en el suelo.
  Avanzábamos por un caminito estrecho con maderas a los lados. Podía oír el viento entre los árboles, susurrando. Observé en la distancia un pato sumergido en el agua. Aquel sitio era precioso, casi parecía un cuento de brujas. Brujas buenas, por supuesto.
  -A partir de aquí podemos ir andando. –Dijo Jaden.
  -Si nos roban las bicis… ¿Me llevarás en brazos? –Pregunté, mirando con desconfianza aquello parecido a un aparca-bicis.
  Sonrió.
  -Dudo que pueda contigo.
  -Já. –Farfullé. –Genial, entonces tendré que hacer autostop. Y si me pasa algo de camino a casa… Se te caería el pelo. –Bromeé.
  -¿Vendría la embajada española a buscarme?
  -Puede ser. Lo veo: adolescente abandonada en un lago de Queens, Nueva York. Las embajadas están discutiendo el caso…
  -Mira. –Susurró, sin prestarme demasiada atención.
  Miré justo enfrente de nosotros. Centenares de árboles se agrupaban entre ellos, formando un extraño cuadro de colores otoñales. Rojizo, amarillento y verdoso. Todo en aquellos árboles, cuyos colores se reflejaban en la superficie del lago. Tuve que pestañear, porque el frío hizo que me lloraran los ojos. Me apoye en una barandilla de madera que rodeaba el lago, y él se apoyó a mi lado.
  -Tantas habilidades que se supone que tienes –susurré –pero seguro que no la de pintar un buen cuadro con esta imagen.
  -No soy Superman, aunque todas lo crean –contestó, con una sonrisa.
  -Ya. –Le miré a los ojos, y por primera vez vi esa peca que tenía junto a uno de ellos.
  -¿Qué miras? –dijo, frunciendo el ceño.
  Miré a mi alrededor y me agaché para pasar por debajo de la barandilla y entrar a la orilla del lago.
  -¡Rebeca! –dijo, alzando la voz. – ¿Estás loca?
  -Puede ser. –Afirmé, mirando hacia los árboles. Le miré, desafiante. –Estoy segura de que no te atreves a pasar.
  -No quiero caerme ahí, y que me arresten por montar un espectáculo. –Gritó.
  -Ya –grité, soltando una carcajada. –No te atreves a pasar. No te atreves, no te atreves. –Grité, pegando saltos.
  -¿Te digo lo que pareces?
  -¿Qué parezco?
  -Déjalo –dijo, pasando por debajo de la valla.
  -Oh, has entrado –dije, frunciendo el ceño –no me lo puedo creer… ¡Mira! –grité, mirando hacia otra dirección, con los ojos abiertos como platos.
  -¿Qué? ¿Qué pasa? –Gritó, alarmado.
  Le miré sonriendo, y volvió la mirada hacia mí.
  -¿Te divierte verme acojonado?
  -Sí, no te voy a engañar.
  -Pues ahora me toca divertirme a mí –susurró, con una sonrisa maliciosa.
  -¿Y qué piensas hacer, tirarme al lago?
  -No es mala idea. –Contestó, acercándose a mí.
  Me arrepentí enseguida de haber abierto la boca. Se acercó hacia mí, y yo le esquivé y pasé por debajo de la barandilla, corriendo en dirección a los árboles, por el camino.
  -¡Já! ¿Qué me vas a decir ahora? –Le grité desde el otro lado del camino.
  Vino corriendo hacia mí, con los brazos extendidos, intentando quitarme la cámara.
  Corrí en la dirección contraria, y no pude evitar gritar al verle venir. La cámara no me la podía quitar justo en ese momento.
  -Lo siento, pero este momento tengo que grabarlo –grité, abriendo la cámara delante de su cara. –Chicos, aquí tenemos a Jaden enfadado. Mira que arruguita se le pone en la frente cuando se cabrea. Está sexy, ¿a qué si?
  -¡Dame eso! –gritó.
  -¡Lo tienes claro! –Corrí hacia los árboles, y subí la pequeña cuesta, escondiéndome detrás de uno de ellos.
  -¿Y ahora dónde estás? –gritó, sin poder evitar reírse.
  -Si te lo dijera no tendría gracia –contesté, sin alzar demasiado la voz para que no pudiera descubrir mi escondite. –Dejé la cámara en el suelo, escondida entre las hojas secas de colores, pero con el objetivo apuntándole a él.
  -¿Y sí te pierdes?
  -Tienes razón, lo más normal es perderse en un parque público, dónde los niños juegan y los abuelos pasean. Alégrate, sacaremos un diez en esto, Jaden.
  -Eso espero, porque el hecho de aguantarte ya me convierte en una víctima de todo esto.
  -¿Qué? –chillé. Salí de dónde estaba sin coger la cámara, y le pillé de espaldas, por sorpresa. –El hecho de aguantarme…
  -Exacto. –Contestó, sonriendo.
  -Pues me has cabreado. Ahora sabrás lo que es aguantarme. –Farfullé.
  -¿Enserio? –preguntó, cruzándose de brazos.
  De pronto, me puse seria y pálida. Abrí los ojos y le miré fijamente. Extendí el dedo índice en la dirección opuesta y señalé el horizonte.
  -Mira –susurré, con un hilo de voz.
  Se giró rápidamente con cara de evidente preocupación.
  -¿Qué…? –preguntó, desconcertado.
  Le cogí las manos por detrás, y las entrecrucé en su espalda. Cogí el cordón de zapatilla que misteriosamente había aparecido en mi mochila, y se las até, haciendo un nudo marinero en cuestión de segundos.
  -¡Eh! –gritó.
  -¿Cómo te quedas? –Pregunté, cruzando los brazos delante del pecho.
  -¿Cómo…? No me lo puedo quitar. –Farfulló. Tenía un aspecto bastante penoso, que casi me dio pena.
  -Lógico, sino no lo habría hecho. –Sonreí, levantando una ceja. Se echó a reír. –Un verano de monitora en un campamento de vela sirve para algo… Entre otras cosas para aprender a hacer esos nudos tan puñeteros…
  -Joder, ¿también has hecho vela?
  -¿Crees que hay algo que no haya hecho yo? –Pregunté, intentando hacerme la interesante.
  -Correr como un gilipollas detrás de una tía que te ha atado las manos con unos cordones de zapatillas. –Gritó, y empezó a intentar correr detrás de mí, dando tumbos.
  -¡Está loco! –Grité.
  -¿Loco yo?
  -¡Loco tú! –chillé, corriendo más rápido. Pasé por el sitio dónde había dejado la cámara y la cogí en un movimiento rápido. Empecé a correr para atrás, grabándole.
  -Jaden, Jaden… Todos te creíamos más inteligente –Dije. –Saluda a tus compañeros, no seas maleducado.
  -Cuando me quite esto te vas a enterar…
  -Primero tendrás que conseguir quitártelo, cosa que dudo. Y después, ya veremos. –Grité, desapareciendo por el camino.
  Levanté la cámara y enfoqué el cielo. Las nubes habían ido desapareciendo poco a poco, y estaba a punto de anochecer. Corrí hacia un pequeño muelle que había cerca, sin comprobar si él me seguía. Aunque estaba segura de que lo haría.
  Me senté en las tablas de madera del muelle, y comencé a grabar a los patos, que se agrupaban en torno a mí, esperando recibir algo de comida.
  -Lo siento, pequeños. Pero no he traído nada…
  -Vaya, ¿quién es la loca ahora? –dijo una voz detrás de mí. Dí un respingo que casi me hace tirar la cámara al agua.
  Era él. Tenía las manos en los bolsillos, y el cordón anudado en el brazo.
  -Joder, no es posible. –Mascullé, con sorpresa.
  -Nada es imposible. –Susurró. Se acercó un poco más a mí. –Y ahora, sé buena y dame la cámara.
  -Y una mierda –susurré, sonriendo.
  -Ah, ¿no? –Preguntó, acercándose un poco más a mí.
  Noté la madera crujir bajo sus pies. Aquello no me gustaba. Nada. Pero no estaba dispuesta a darle la cámara. Eso era lo último.
  -Piénsatelo bien, Jaden. –Susurré, con una sonrisita. –La cámara está grabando, y si me pasa algo, las pruebas estarán recogidas aquí. –Noté cómo el suelo se desestabilizaba bajo mis pies. De pronto, noté un crujido fuerte, y después, oscuridad.
  Grité cuando noté el agua helada calándome los huesos, pero tan solo me sirvió para tragar más y más agua. Noté que me ahogaba, me faltaba el aire. Pataleaba con ansia, pero era como si de pronto me hubiera olvidado de nadar.
  Me agarré a aquello que tiraba con fuerza de mi chaqueta. Conseguí salir a la superficie, y lo supe porque el aire helado me hizo estremecerme peligrosamente. Vi la cara de Jaden justo delante de la mía.
  -¿Estás bien? –Preguntó, cogiéndome las manos. Su frente estaba cruzada por un rastro de evidente preocupación, y me miraba con ansiedad. Me preocupé de que se preocupara demasiado.
  -Sí. –Balbuceé, con un hilo de voz. –Joder, que frío. –Dije, rodeándome las rodillas con las manos. No podía controlar los temblores que recorrían mi cuerpo y me sacudían violentamente.
  -Tienes un aspecto horrible. –Comentó, tirando de mí hacia arriba.
  -Gracias por el dato. –Murmuré.
  -No te lo tomes a mal… pero pensaría que estás muerta ahora mismo, sino fuera porque me hablas.
  -Seguiré hablándote, solo por si acaso. –Comenté. Me rodeó con los brazos, intentando para los temblores. De pronto, me paré en seco.
  -¿Qué? –preguntó, con ansiedad.
  -La cámara –susurré.
   Miré hacia atrás, dónde las maderas rotas flotaban en el agua. Ni rastro de la cámara.
  -Tranquila –murmuró. –La tengo.
  -Ah. –Solté un quejido. Me dolía todo el cuerpo.
  Seguimos andando en dirección a las bicis, y de pronto vi unas motas blancas estampadas en su abrigo. Miré hacia el cielo. Pequeños cristales caían sobre nuestras cabezas. No podía sentirlo, pero podía verlo.
  -No puede ser verdad. –Farfullé.
  -Joder. –Dijo, mirando el cielo.
  Solté una carcajada parecida al ladrido de un perro, y el me siguió. Lo miré, y no pude evitar reírme más. Me torcí sobre mi cuerpo, incapaz de controlar los espasmos. No eran de frío, sino de risa. No podía controlarlos… Aquello era surrealista.
  Y acabamos medio tumbados en el suelo, intentando respirar mientras nos carcajeábamos, viendo las motas blancas caer sobre nosotros.
  Me imaginé la escena vista desde otros ojos, pero solo empeoró las cosas. Por suerte, la gente no andaba de noche por esos lugares. ¿O quizá si?
  -¿Sabes que diez minutos de risa corresponden a dos horas de sueño? –Consiguió decir.
  -Pues creo que no necesitaré dormir por un tiempo. –Susurré.
 



“La totalidad de este libro está registrada por su autor. Cualquier intento de copia se considerará una violación de los derechos de Propiedad Intelectual del autor”.




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