viernes, 23 de septiembre de 2011

Capítulo 48, 49 y 50

Capítulo 48

  Jaden me llamó el día 26 de diciembre para decirme que al día siguiente me esperaría en la puerta de mi casa, a las cuatro y media de la mañana. Al principio pensé que aquello era una broma, pero el se rió y me recordó que el día de los Santos Inocentes no era sino el 28 de diciembre.
  Así que cavilé cómo iba a salir de casa a las cuatro de la mañana, sin que Monique o Mark sospecharan algo raro… y, naturalmente, lo harían. Pregunté disimuladamente sí Monique tenía turno de noche aquel día, pero para mi desgracia no era así, por lo que opté por el truco de toda la vida.
  Tenía dos opciones: o bien decirles que iba a dormir en casa de alguna amiga, o abultar el edredón y colocarle una pelota de fútbol que simulara mi cabeza.
  Ambas opciones tenían sus riesgos, porque quizá, por razones extrañas de esta vida, a alguno de ellos se le podía ocurrir venir a mi habitación en plena noche y no encontrarme allí.
  Además, ir a casa de alguna de las chicas a dormir, y desaparecer a las cuatro de la mañana, no era muy buena idea.
  Finalmente, opté por el truco de la cama. Dejaría una nota inventándome algo, que había quedado con las chicas para ir a una excursión y volvería tarde, o algo por el estilo.
  No tenía la menor idea de dónde iríamos, Jaden no había querido decirme nada. Tan sólo me había pedido que me abrigara y me pusiera ropa cómoda, y unas botas de agua. Se me pasaron por la cabeza demasiadas opciones estúpidas sobre lo que íbamos a hacer.
  Así que, el 26 de diciembre a las cuatro de la mañana, bajé cuidadosamente al piso de abajo, y salí a la calle con un frío infernal, esperando encontrarlo allí. Y allí estaba, de pie enfrente del porche, con una gran mochila colgada de la espalda.
  -Hola –le susurré, acercándome a él.
  Le dí un beso fugaz en los labios.
  -Un día frío ¿eh? –murmuró, frotándose las manos.
  Le miré con cara de pocos amigos.
  -Te recuerdo que también existe la opción de pasar un día agradable en casa, tomando chocolate caliente –dije, desinteresadamente.
  Soltó una carcajada demasiado ruidosa.
  -No –contestó, bajando el tono de voz –lo que haremos te gustará mucho más.
  -Si por lo menos me dijeras qué vamos a hacer…
  -No insistas, porque no te lo diré –contestó, cogiéndome de la mano.
  Le hice un mohín.
  -Y ahora vamos, que se hace tarde –dijo, empezando a caminar.
  -Que se haga tarde –farfullé –son las cuatro y media de la mañana, ¡y se hace tarde!
  -Señorita –dijo riendo, con voz arrogante –le sugiero que deje de quejarse, o el día se hará mucho más pesado para usted.
  -Señorito –contesté, con evidente retintín –le sugiero que más vale que ese plan que tiene en mente sea mejor que bueno, porque sino…
  -¿Sino? –me retó, sonriendo.
  -Ya se me ocurrirá algo. –Mascullé.
  Una camioneta vieja Ford, azul claro, nos esperaba en la esquina. Por un momento quise preguntar a dónde iríamos con ese cacharro, pero sabía que no me iba a contestar, así que no me molesté.
  -Espera aquí –dijo Jaden, dejándome en la parte trasera de la camioneta.
  Parecía que quería ir a hablar con el conductor. Observé más detenidamente aquel trasto. No parecía estar muy sucia, por lo menos no tenía charcos o bichos muertos. Volvió al cabo de un momento, sosteniendo entre las manos algo parecido a una estufa portátil. Lo miré sorprendida. ¿Realmente pretendía ir a algún sitio en la parte de atrás de la camioneta? Al parecer, sí.
  -Te voy a ayudar a subir –dijo, abriendo la portezuela de atrás.
  Subió el primero, colocando varias mantas en el suelo y la estufa portátil en una esquina. Me estiró la mano para que subiera.
  -¿De verdad quieres…?
  -Agárrate fuerte –me susurró, sonriendo.
  Subí no sin dificultad, y me acurruqué en una esquina, exhausta. Suspiré, todo estaba limpio.
  -Tranquila, me he asegurado de quitar esas ratas muertas de aquí, antes de que montaras tú –dijo, riéndose.
  No quería seguirle el juego, estaba segura de que no había ratas muertas allí. ¿Verdad?
  -Ven –susurró, haciendo una señal con la mano.
  Me acurruqué a su lado, junto a la estufa ya encendida.
  -¿Te he dicho ya que más vale que sea algo muy bueno, verdad? –murmuré, cerca de su oreja.
  Un escalofrío me recorrió la espalda, hacía muchísimo frío.
  -Sí, ya me lo has dicho. Pero te aseguro que te gustará –me susurró al oído.
  Pronto aquel trasto comenzó a moverse, y no pude evitar dormirme con aquel suave ronroneo del motor, y el calor que desprendía Jaden.
  No tardé demasiado en despertarme. Cuando lo hice, aún no había amanecido. Me pregunté qué hora sería. Miré a Jaden, a mi lado. Estaba recostado en una esquina de la furgoneta, durmiendo profundamente. Sonreí. Casi todas las personas me parecían inofensivas al dormir, pero él parecía serlo de verdad.
  Tenía una mano apoyada en la barbilla, y la boca ligeramente abierta. Extremadamente dulce, tanto que era empalagoso.
  Miré a mi alrededor, intentando descubrir dónde estábamos. Sólo había árboles, y tampoco podía verlos con claridad. Olía a pino, o algo parecido. Miré a Jaden, se había despertado.
  -Buenos días –le susurré, acercándome a él.
  -No días, exactamente –contestó aturdido.
  Le pasé una mano por el flequillo, removiéndoselo.
  -¿Sabes que estás muy guapo cuando duermes? –Dije, riendo –Sí, pareces un pobre bebé indefenso.
  -¿De verdad? –Dijo, frunciendo el ceño.
  -Palabra.
  -Tú también parecías muy indefensa… cuando dormías –dijo, con una sonrisa de maldad.
  -¿Qué dices? –Farfullé.
  -Sí sí. Te lo aseguro –continuó diciendo –te abrazabas tanto a mí, que en un momento creí que no podría respirar.
  -Más quisieras tú –mascullé.
  -Pues sí. –Susurró, muy cerca de mi cara.
  Noté cómo comenzaba a respirar más deprisa, siempre me pasaba cuando estaba tan cerca.
  -Pero lo has hecho –terminó diciendo.
  Suspiré. No sabía sí sería verdad, pero no quería seguir mucho tiempo con esa conversación.
  -¿Cuándo me vas a decir a dónde vamos? –le susurré, poniendo cara de pena.
  Me acarició la comisura de los labios.
  -¿Y sí te digo que no te lo voy a decir? –Contestó, muy cerca de mi oreja.
  Noté cómo se me tensaba la mandíbula ante aquella sensación.
  -Me enfado contigo. –Gemí.
  -No va a dar resultado, así que ni lo intentes. –Respondió.
  Le puse mala cara, pero no parecía demasiado afectado. Entonces se incorporó, y una ráfaga de aire se coló entre las mantas. Me apreté un poco más contra él, casi instintivamente.
  -Estamos a punto de llegar. –Dijo.
  Miré a mi alrededor. Aún no había amanecido, aunque el cielo había ido adquiriendo un tono más grisáceo durante el viaje. No era noche cerrada, pero tampoco asomaba el sol.
  -¿Me vas a presentar a tu amigo? –Pregunté, girando la cabeza hacia los asientos delanteros.
  Sonrió como toda respuesta. Supuse que aquello sería un sí.
  No tardamos demasiado en cambiar de camino. Nos desviamos por un camino pedregoso y estrecho, lleno de vegetación. Había tantos árboles en aquel lugar que no podía ver nada que no fuera verde. Parecían pinos, aunque tampoco me consideraba una experta en botánica.
  Ayudé a Jaden a recoger las mantas y plegar la estufa portátil, y agradecí que me bajara en brazos de allí.
  Entonces vi al conductor de la camioneta, que bajaba por la puerta delantera. Era un señor de unos cincuenta años, rechoncho y con bigote rubio. Iba vestido con ropa de trabajo, un mono rojo que casi había perdido el color, y una gorra a cuadros, demasiado fea como para mirarla mucho tiempo.
  Pensé entonces en lo que me había arriesgado yendo hasta allí. Conocía a Jaden desde apenas tres meses, y aquel hombre con pinta de granjero podía ser cualquier psicópata loco.
  Reconocía lo extremista que era, pero visto desde un punto de vista lógico, tenía razón.
  -Tom –contestó el hombre, alargándome el brazo.
  Le estreché la mano. No parecía un asesino vicioso.
  -Rebeca.
  -¿Y ese acento? –preguntó, esbozando una sonrisa.
  -Acento español, supongo. –Contesté, algo avergonzada.
  Tenía claro que todo el mundo se fijaba en mi forma de hablar cuando me veía por primera vez, pero siempre resultaba algo incómodo. Recordaba aquellas personas famosas de la tele, que intentaban hablar español sin demasiado éxito, con un acento incomprensible, y de alguna forma me sentía así.
  -No queda mucho para que amanezca –dijo Tom, cerrando la puerta de la camioneta de un portazo. –Si necesitáis cualquier cosa, sabes que estoy en el taller.
  -Claro –contestó Jaden, despidiéndose de él sacudiendo el brazo.
  Le miré, sorprendida.
  -¿Me vas a decir qué hacemos aquí? –le pregunté con la sonrisa más dulce que pude.
  Ese método nunca venía mal.
  No obtuve respuesta, tan solo un suave beso en los labios, demasiado corto para mi gusto. Gruñí cuando se separó de mí.
  -Vamos –me susurró, rozándome la mano.
  Le seguí, a donde quiera que fuese.
  Miré a mi alrededor, sorprendida. Nunca había imaginado Nueva York como una ciudad cerca de un gran bosque lleno de pinos. No importaba dónde mirara, siempre veía el mismo tono verdoso de la vegetación. Si agudizabas algo el oído, podías escuchar los primeros cantos de los pájaros. El camino hasta allí no había sido demasiado largo, pero teníamos que habernos alejado demasiado, aquello no era lo que estaba acostumbrada a ver. Pisé con fuerza la hojarasca, oyendo el crujido de las hojas bajo mis pies. Miré a Jaden, apretándole la mano con fuerza.
  -Creo que ya puedes decirme dónde vamos. –Dije, frunciendo los labios.
  Me miró, poniendo los ojos en blanco.
  -A desayunar –me susurró, a la vez que me daba un beso cerca de la oreja.
  Sentí un escalofrío recorriéndome el cuello, y no era precisamente por el frío.
  Cerca de dónde habíamos dejado la camioneta, había una pequeña casa de madera, de un color rojizo desgastado. En el gran porche se movía una mecedora, aunque nadie estaba sentado en ella. Podía atreverme a decir que aquel lugar era algo siniestro.
  Entramos por la puerta desgastada, que chirriaba con cada movimiento. Dentro estaba tan oscuro que apenas podía ver nada. Tan solo distinguí la forma de un sofá y una mesa de comedor, en la penumbra.
  Seguí a Jaden sin soltarle la mano ni un segundo, y entramos en la cocina, algo iluminada por una bombilla con luz triste que colgaba del techo.
  Había un gran horno antiguo de leña, y la encimera, situada en el centro de la habitación, estaba claramente desgastada. A pesar de ello, aquel lugar era cálido, y algo reconfortante. Y sobre todo, tenía un olor peculiar.
  Observé cómo sacaba una bandeja del horno, y envolvía algo parecido a unos panecillos entre paños de tela. Me miró de reojo, y pude ver cómo esbozaba una sonrisa.
  -Creo que con esto será suficiente –dijo, saliendo por una puerta trasera. Le seguí rápidamente, cerrando con cuidado al salir. No parecía haber nadie en aquella casa, pero estaba segura de que si lo había, estaría durmiendo.
  Aquella puerta daba directamente al exterior. Noté cómo el frío me calaba otra vez los huesos. Delante de nosotros se extendía un enorme prado rodeado de unas vallas bajas de madera. A la derecha, el bosque se hacía mucho más extenso, cubriendo las montañas traseras.
  A la izquierda, había una caseta de madera, algo más pequeña que la casa de la que acabábamos de salir. Había varias portezuelas en la fachada. Una gran sonrisa se dibujó en mi rostro, consciente de lo que aquello podía ser.
  Jaden se dio cuenta, pero no dijo nada, y avanzó hacia lo que yo interpreté como una cuadra de caballos.
  Corrí detrás de él, notando como mis botas se hundían en la hierba, algo embarrada.
  Al abrir la primera portezuela, asomó el morro blanco de un caballo. Me acerqué más para tocarle, mientras Jaden lo sacaba de allí, tirando de una cuerda que lo sujetaba del morro.
  -Espero que sepas montar –dijo Jaden, mirándome por detrás de las oscuras crines del caballo.
  Era precioso. Nunca había entendido qué hacía o no bonito a un caballo, pero aquel desde luego me lo parecía. Su pelo era totalmente marrón chocolate, a excepción de las patas y el morro, de un blanco y marrón más claro.
  El caballo de Jaden, era de un color gris oscuro, casi negro. Algo más grande que el mío, tenía la crin y las patas totalmente negras, y parecía más inquieto.
  -¿Y esto? –Pregunté, sin dejar de mirarlos.
  -Mi regalo de Navidad. No esperabas que no te regalara nada –dijo, sonriendo.
  Noté cómo se encendía un nerviosismo dentro de mí. ¿No lo esperaba? Quizá no. Pero yo a él no le había comprado nada. Me mordí el labio. Bueno, eso técnicamente no era un regalo ¿verdad?
  -¿Sabes montar? –Preguntó, colocándole la silla de montar al caballo marrón.
  -No –contesté, intentando no estropear demasiado el momento. Le miré, intentando encontrar una reacción aparente por su parte.
  -Bueno, no importa –contestó, tocando el lomo del caballo negro –yo cogeré el macho. Tampoco creas que soy un especialista en esto ¿eh?
  -Me alegra saberlo. Vamos a adentrarnos en el bosque, yo, que no tengo ni idea de montar, y tú… que no eres un especialista. Perfecto. –Dije, irónicamente.
  -¿Sabes una cosa? –Me dijo, acercándose a mí –Ya me he acostumbrado a tus ataques de sarcasmo desenfrenado. No me afecta.
  -Shh –le susurré, haciendo un mohín.
  Me besó para hacerme callar. Comparado con el frío del ambiente, su boca era extremadamente cálida.
  -¿Vas a emplear siempre la misma táctica? –Le pregunté, mientras él colocaba la silla al otro caballo.
  -¿Cuál? –Preguntó, con curiosidad, aunque sin parar de hacer lo que estaba haciendo.
  -Tus dos técnicas maestras –dije, intentando hacerle pensar. No dijo nada, así que proseguí. –Normalmente, para hacerme callar, me das un beso.
  -¿Y eso te disgusta? –Preguntó, con esa sonrisa que me recorría todo el cuerpo.
  -Tu otra técnica… es ignorarme, cuando no te gusta lo que digo. –Murmuré.
  -¿Cómo acabas de hacer tú ahora mismo? –Dijo, ayudándome a subir al caballo marrón.
  Aquella tarea era mucho más difícil de lo que había pensado. Debido a mi escasa estatura, apenas llegaba a las correas en las que tenía que apoyarme para subir. Era más que deprimente.
  Al fin, después de mucho esfuerzo y unos cuantos resbalones, conseguí subir. Miré hacia abajo, frunciendo el ceño. Era más alto de lo que parecía a simple vista. Sentí cómo me invadía el vértigo, pero intenté pensar en otra cosa. No podía estropearlo en ese momento.
  -Como acabo de hacer ahora mismo, sí –murmuré, contestando a la pregunta que me había hecho minutos antes.
  Se subió a su caballo con una agilidad casi aplastante, y lo condujo hasta el mío. Esperé no parecer tan asustada como lo estaba en realidad.
  La última vez que me había subido a un caballo, había sido al visitar “La granja escuela”, cuando fui con el colegio a los siete años. Y ni siquiera era un caballo de verdad, más bien parecía un pony. Preferí no comentarle nada de esto.
  -Perfecto –dijo, cuando estaba junto a mí. –Es una yegua, y se llama Prue. No necesitarás hacer demasiado para controlarla, suele ser bastante obediente.
  -Mmm –murmuré, acariciándole la crin a Prue. Deseé que fuera verdad lo que Jaden acababa de decirme, había oído que las caídas de caballo nunca terminaban demasiado bien… y yo no quería perder las piernas tan joven.
  -Él es Drew –dijo, mientras cogía las riendas con fuerza.
  -¿Aquel hombre era el dueño de esta casa? –Pregunté, acordándome de pronto de Tom.
  -Sí. Ya te explicaré todo más tarde –me dijo, mientras daba unos golpecitos en el lomo a su caballo, que empezó a andar. –Es mejor que nos demos prisa, está a punto de amanecer…
  -¿Y eso es importante? –Pregunté, haciendo andar a Prue con evidente torpeza.
  -Ahora mismo lo es. –Contestó, alejándose de mí.
  -¡Espera! –Grité, dándole golpecitos a Prue para que se diera prisa.
  Jaden no tardó en desparecer entre los árboles más próximos. Solté una maldición, y tragándome el miedo, la hice correr.
 


Capítulo 49

  -Te odio –mascullé, mientras mordisqueaba uno de los panecillos que Jaden había traído.
  El plan de Jaden, una vez comprendí cada paso, no resultaba tan descabellado. Aquel tipo, Tom, era repartidor de algo que no acabé de comprender, y la idea de irnos a las cuatro de la mañana, tenía sus razones.
  En primer lugar, circular por una carretera en la parte trasera de una camioneta, era totalmente ilegal, y el hecho de que el recorrido fuera entre las cuatro y las cinco de la mañana, reducía las posibilidades de que nos parara la policía.
  Además de esto, Jaden pretendía hacerme ver el amanecer desde un sitio muy especial. Y el sitio era increíblemente perfecto, de eso no cabía duda.
  Después de hacerme pasar un rato horrible intentando controlar los espasmos de Prue, e intentando controlar los míos propios, provocados por el vértigo que sentía, llegamos a una parte alejada del bosque.
  En el centro de un pequeño claro, había una especie de lago o río, no demasiado grande y voluminoso como el de Kissena, en Queens.
  Era algo sencillo, pero a la vez demasiado precioso como para considerarse “real”. Estaba rodeado de espesa vegetación, que dejaban pasar los primeros rayos de sol del amanecer, y de lo alto de unas rocas, brotaban chorros de agua en forma de cascadas. El agua era azul verdoso, completamente cristalina. Resultaba tentador darse un baño en aquellas aguas, aunque ya había sufrido demasiado la última vez que me acerqué a las aguas congeladas de un lago, así que descarté la opción, considerándola una evidente locura.
  Jaden, sin dejar de sonreír ni un momento, extendió una manta cerca de la orilla, y colocó la estufa portátil, además del elaborado desayuno que había “birlado”, según mi opinión, de la casa de Tom.
  Si no hubiera notado mi corazón latiendo a mil por hora debido a la carrera, hubiera jurado que aquello parecía más ficticio que real.
  -¿Sabes que el odio es en realidad, un sentimiento de amor? –Me dijo, contestando a mi afirmación.
  Le miré con el ceño fruncido, intentando hacerle ver la tontería que acababa de decir.
  -Sí, claro –contesté, con sorna.
  -Es verdad –me dijo, con apariencia seria. –Es el mismo sentimiento, solo que sintiéndolo en un momento u otro, se convierten en lados opuestos.
  -¿Me estás queriendo decir –comencé diciendo, interesándome más por el tema –que cada vez que creía odiar a alguien, en realidad lo quería?
  -No exactamente, no en todos los casos. Pero generalmente, así es. –Contestó, con una amplia sonrisa.
  -Eso es una chorrada –mascullé.
  Aquello había desbaratado completamente mis esquemas mentales, y no estaba dispuesta a aceptarlo a la primera de cambio.
  -Lo descubrirás por ti misma, algún día –me susurró, acercándose más a mí.
  Agradecí ese acercamiento, empezaba a tener frío.
  -¿Nunca has oído que del odio al amor sólo hay un paso? –Dijo, acariciándome el hombro.
  -Eso es una indirecta demasiado directa. –Contesté, intentando buscar en sus ojos.
  -Que va –dijo, besándome.
  Táctica numero uno, recordé, sin poder reprimir una sonrisa. A pesar de ello, prefería utilizar mi lengua al besarlo que al hablar, y cedí a su inesperado beso.
  -Tienes la nariz helada –dijo, mirándome de frente.
  -Suele pasarme a menudo –gemí, algo molesta porque hubiera dejado de besarme.
  -Te has olvidado el gorro –me dijo, rebuscando entre la mochila.
  Sacó un gorro de punto a rallas de colores, y me lo colocó suavemente.
  -Gracias, pero dudo que ayude con el problema de la nariz. –Dije, sonriendo.
  -No quiero que te pongas enferma otra vez. –Dijo, ignorando mi comentario.
  Táctica numero dos. Aquello empezaba a divertirme.
  -Te preguntaría que qué es lo que te hace tanta gracia –dijo, mirándome con curiosidad –pero sé que no me lo dirías, así que prefiero dejarlo.
  -Será mejor. –Contesté, mirando los rayos de colores proyectados en el agua. –Me preguntaba sí… traes a todos tus líos hasta aquí, les invitas a un bonito paseo a caballo –aunque en mi caso, no ha sido tan bonito –y después las sientas a la orilla de este precioso lugar, con un elaborado desayuno delante de ellas, intentando arrebatarles su virginidad.
  -¿Eh? –Preguntó Jaden, confundido.
  No pasaron ni cinco milésimas para que me arrepintiera de lo que acababa de decir. Joder, joder… yo siempre metiendo la pata. Las relaciones sociales no eran lo mío, pero de ahí, a juzgar de esa manera a un chico tan increíble como el que tenía delante, había una gran diferencia.
  -Lo siento mucho –susurré, sin mirarle a los ojos, notando cómo me ruborizaba exageradamente.
  -No te preocupes –dijo él, intentando acercándose a mí.
  Me aparté inconscientemente, creyendo que no me merecía tal acercamiento. Me sentía como una completa gilipollas.
  -Beck –dijo él, cesando sus intentos de rodearme con los brazos. El hecho de que me llamara así, hizo que se me ablandara un poquito más el corazón. –No sé si sabes… desde cuando nos conocemos. –Terminó diciendo, esperando una respuesta por mi parte.
  Claro que lo sabía. Desde Septiembre, tres meses, para ser exactos. Los tres meses más raros que había vivido en toda mi corta existencias. Raros, en un sentido muy positivo, por supuesto.
  Al ver que no emitía sonido alguno, prosiguió.
  -Yo sí lo sé. Desde hace tres meses –dijo, muy serio. –No sé sí sabes desde cuando llevamos compartiendo esta relación.
  -Hmm –murmuré, a modo de respuesta.
  A aquello si que debía contestar, así que me tragué el orgullo y la vergüenza.
  -Hace exactamente seis días. –Susurré, mirándole por primera vez. Me sorprendí al ver sus ojos. No parecía dolido en absoluto debido a mi comentario.
  -Exacto. Seis días –continuó –seis días, una semana. Seis días, normalmente una semana que no termina nunca, en la que deseas que llegue el viernes para dejar el instituto, o terminas agotado y asqueado por los exámenes y los entrenamientos. –Masculló.
  Sopesé sus palabras, una a una, intentando encontrarle significado. Pero no fui capaz. Lo miré, deseando que siguiera hablando.
  -Seis días, que no han sido como los seis días que estoy acostumbrado a vivir. –Dijo, al fin. ¿Era algo positivo o no? Estaba empezando a confundirme. –Seis días que han sido un poco más especiales… porque obviamente tú has estado presente.
  -Oh –susurré, notando el ardor en mis orejas, cada vez más amenazante. Seis días especiales, ¿especiales gracias a mí? Aquello era demasiado. Nunca había tenido un contacto así con nadie.
  -En efecto, seis días –continuó diciendo, ignorando mi reacción –te conozco desde hace apenas una semana, pero ¿Sabes qué? –Preguntó, mirándome.
  Claro que no lo sabía. No, si no me lo decía él.
  -Para mí, es como si te conociera desde siempre. –Terminó diciendo, al momento en el que sentía un nudo en la garganta. –No entiendo por qué, pero eres algo diferente. Es como si contigo, adquirir confianza fuera más fácil, como si pudiera hablarte de lo que fuera, como si pudiera confiar en ti. Te preguntarás a que ha venido todo este rollo cursi que te acabo de soltar –dijo, a modo de pregunta.
  Claro que me lo preguntaba, estaba estupefacta. Pero no abrí la boca, ni pensarlo.
  -Bueno, sólo quería demostrarte que el comentario –malintencionado o no –que acabas de hacer, no me molesta en absoluto –sonrió, y yo me derretí por dentro –y, ¿sabes por qué? Pues porque creo que podemos hablar de lo que quieras, sin ningún peligro. No hace falta esconder pensamientos, no hace falta callarse nada. Porque creo, que estoy lo suficientemente conectado a ti como para no tener que preocuparnos…
  -Calla –le dije, con un hilo de voz. Por un momento creí que no había oído, pero comprobé que sí, al ver su cara expectante.
  -Mira Jaden –le dije, cogiéndole una mano. –Hay muchas cosas que debes conocer de mí. –Murmuré. –Dicho así, parezco una psicópata que oculta un gran secreto… pero no, no te asustes. –Observé su cara, impasible. –Bien, como ya sabes, para mí, los pensamientos como los que tú me acabas de confesar, sólo pueden circular libremente por mi mente. Puedo sacarlos a la luz, pero no con tanta facilidad como tú. Pero sólo quiero decirte, que me alegra oír eso de ti. Me alegra oír todo lo que has dicho…
  -Y a mí me alegra que te alegré –resolvió, intentando ayudarme.
  -Pues ya está –murmuré, acercándome más a él. –Vamos a alegrarnos y a aprovechar este momento, porque te aseguro que es algo tan especial, que me parece irreal que esté pasando. –Dije. Sentí un gran peso fuera de mí al hacer mi primera confesión. Pero era tan sincera, que al decirlo, casi me pareció fácil.
  Me acerqué más a él, y por primera vez, le planté un beso en los labios, demasiado salvaje viniendo de mí. Necesitaba empezar a actuar con normalidad, y quitarme todos los pesos de encima que fuera capaz. ¿Y qué mejor momento que ese para intentarlo?


Capítulo 50

  El día pasó demasiado rápido como para que pudiera apreciar todo lo que estaba pasando. El simple hecho de que nos hubiéramos trasladado ilegalmente en el maletero de una furgoneta era totalmente tentador, pero la historia del bosque y los caballos lo convertía en irresistible.
  Y todo había salido de él. Desde luego, aquel regalo era mucho más que cualquier bonita pulsera o alguna otra cosa material. Recordé lo preocupado que estaba Mark aquel día, intentando elegir un regalo para Traci, y me pidió consejo, claramente desesperado.
  Me pregunté sí habría sido capaz de pensar en algo así. Claro que no. Su estilo era completamente diferente. Y, conociendo a Traci lo poco que la conocía, imaginé la cara que pondría al descubrir que la mierda de caballo no olía a Trésor. No, desde luego aquello no habría sido buena idea para ninguno de los dos.
  Sin embargo, para mí era lo mejor que podía haber pensado. Estamos tan acostumbrados a las zapatillas caras, las sudaderas de marca o los portátiles apple, que olvidamos los pequeños detalles, que pueden ser infinitamente mejor que cualquier chorrada abandonada en un cajón.
  Eso quedaría en mi memoria. Sabía que, cincuenta años más tarde, podría contarle a mis nietos que a su edad había viajado a Nueva York, había conocido a un chico increíble al otro lado del charco y él me había preparado la mejor sorpresa imaginable.
  Sin duda sería un buen recuerdo, algo para no olvidar. Y la cosa no se reducía tan sólo a un cajón en la memoria, porque por suerte, había llevado la cámara conmigo. Sabíamos que a la vuelta de vacaciones tendríamos que entregarle a Candy el primer video –o los recortes de todos los videos, convertidos en uno –y mostrarlo delante de toda la clase. Sabía que descubrirían que algo había surgido detrás de la cámara. Tampoco me importaba, para ser sincera.
  Así que grabé cada pequeña cosa que veía. Cada flor que había sobrevivido al invierno, cada ardilla que roía una piña en un árbol, cada riachuelo que pasaba congelado, inmutable, cada casa en la que nos habíamos detenido, cada nube que había viajado con nosotros, cada expresión divertida en la cara de Jaden, que eran muchas…
  Cada cosa que podía hacer de ese día algo especial. Sabía que no habría suficiente memoria en la cámara cómo para grabar cada momento, cada sonrisa… Pero tan sólo era un vago intento.
  Descubrí, con cierta sorpresa, lo mucho que me gustaba montar a caballo. Jaden no me había mentido, Prue era tranquila y obediente, y sobre todo, tenía mucha paciencia conmigo. Apenas se había quejado con cada tirón en su crin o cada patada involuntaria por mi parte en el lomo. Se notaba a leguas mi experiencia, y ella no había sido demasiado exigente o cruel.
  Además, el hecho de observar a Jaden, con su gorro de lana y sus guantes con los dedos destapados, agarrando la montura con una mano y sin dejar desaparecer la sonrisa de su rostro, hacía que me sintiera mejor que bien.
  Era como una película… en la vida real. Y en ese momento, podría haber jurado una y mil veces que jamás habría pensado vivir algo como aquello.
  El día dio paso a la tarde, y la tarde al crepúsculo. Las nubes comenzaron a agolparse sobre nosotros, dejando filtrar los últimos rayos de sol, y reflejando colores rojizos y amarillos en el suelo del bosque. El día había sido muy frío, pero al caer la noche, apenas era posible estar al descubierto. Sentía cómo se me helaban los dedos de los pies.
  -Casi hemos llegado –susurró Jaden, con una mirada tranquilizadora.
  Llevábamos cerca de una hora de camino hacia la casa, y Prue y Drew estaban agotados. Lo cierto era que yo también lo estaba, pero había valido la pena.
  -Llevaremos la estufa en el maletero de la camioneta, como esta mañana, ¿verdad? –Pregunté, intentando evitar el castañeo de dientes.
  Soltó una risa que retumbó en el bosque, haciendo recorrer un escalofrío por mi espalda.
  -No vamos a ir en la parte trasera de la furgoneta –dijo, sonriendo –esta mañana había trastos en los asientos de delante, pero ahora están exclusivamente reservados para nosotros.
  -Me alegra oírlo –murmuré con un suspiro.
  Deseé que la camioneta tuviera calefacción, o de lo contrario, algún otro virus podría instalarse en mis células, provocando las reacciones de la última vez. Hice un mohín al recordar los días interminables en la cama, completamente cautiva.
  El viaje de vuelta fue pasivo, apenas era consciente de dónde estaba. Me acurruqué en el hombro de Jaden, sintiendo el calor que desprendía, y me quedé adormilada con el ronroneo imparable del motor.
  Él me rodeaba con los brazos, apoyando su mejilla contra la mía. Pasé casi todo el viaje medio dormida, sin embargo, la conversación que Jaden mantuvo con Tom vino a mi casi sin ser consciente.
  -¿Quién es esta chica? –Preguntó Tom, con un matiz de curiosidad en su voz.
  En el preciso instante en que escuché esto salir de su boca, todos mis sentidos se pusieron alerta, y mis músculos se tensaron. Por fortuna, Jaden no lo notó y mi plan salió a la perfección.
  -Ella es Rebeca –contestó.
  Advertí algo en su voz. ¿Dulzura? No estaba segura. Aunque después de las confesiones de aquel día, me esperaba cualquier cosa.
  -Eso ya lo sé –contestó Tom, impaciente –me lo ha dicho ella misma.
  -Bueno, pues es Rebeca, y viene de España…
  -Eso también lo sé. –Le interrumpió. –Y supongo que no será una amiga cualquiera.
  Aquel hombre rechoncho y barbudo parecía una abuela cotilla de pueblo. Me hizo gracia, aunque evité reírme.
  -No, no lo es. –Contestó Jaden, al cabo de un rato. Noté cómo me acariciaba el cuello, y pude sentir cómo me estremecía. –Es especial.
  -Eso lo deduzco. –Contestó Tom, satisfecho por la información. – ¿Desde cuando os conocéis?
  -Depende de lo que entiendas por “conocer” –dijo Jaden.
  Parecía divertirle hacer impacientar a Tom. Aquello se ponía interesante.
  Éste soltó un resoplido, algo decepcionado.
  -Nos conocemos desde hace tres meses –dijo Jaden –y nos “conocemos” –afirmó, poniendo especial énfasis a este último verbo –desde hace seis días.
  -¡¿Seis días?! –exclamó Tom, sin ocultar su sorpresa.
  Me moví ligeramente, aunque a penas se notó. Aquel hombre ni siquiera se molestaba en ocultar su interés.
  -Sí, dentro de tres horas serán siete. –Afirmó Jaden con satisfacción.
  Me mordí el labio. El hecho de que lo tuviera tan presente me resultaba como mínimo halagador.
  -Pues yo hubiera dicho que os conocéis de toda la vida. –Afirmó Tom, con sinceridad impregnada en la voz.
  Tenía la cabeza mirando hacia la ventana, pero a pesar de ello, sabía que Jaden estaba sonriendo ante su comentario.
  -Sí, eso mismo pensamos nosotros. –Susurró.
  -Parece simpática.
  -Pues mira, en eso te equivocas. –Dijo Jaden, alzando la voz.
  Fruncí el ceño. ¿Se habría dado cuenta de que estaba despierta, y quería llamar mi atención? O peor aún, ¿había dicho que no era simpática? Perfecto.
  -No me lo creo –dijo Tom, con un tono de voz que me recordó a un ejército de cincuentonas reunidas en la peluquería –alguien como tú no podría estar con un ogro.
  ¿Con un ogro? Aquello pasaba de castaño a oscuro…
  -No, no –dijo Jaden, soltando una carcajada –para nada. No es un ogro ni mucho menos, pero tampoco es de las típicas adolescentes que desprenden amabilidad por todos sus poros.
  -No lo entiendo –dijo Tom, que quería más cuerda.
  Me pregunté muy seriamente si realmente aquel hombre tendría unos cincuenta años, o me había confundido por completo.
  -Vamos a ver –dijo Jaden, separándose un poco de mí. Noté el aire helado, que me hizo dar un vuelco. Los conductos de calefacción me apuntaban directamente, pero el contacto de Jaden era más cálido. –Lo que quiero decir, es que no es una de estas típicas tías que sonríen por todo o dicen lo que quieres oír, tan sólo por ganarse tu simpatía o amistad.
  A ella la popularidad o las cosas más estúpidas que para la mayoría podrían significar el fin del mundo… le traen al pairo. ¿Me entiendes?
  -Creo que ya lo voy entendiendo –contestó Tom, que cada vez alimentaba más su ansia por saber.
  -Quizá es porque es de otro país, al otro lado del mundo, y por ello no piensa igual que la mayoría. Lo cierto es que no lo sé. Pero me parece mucho más sensata y madura que otras chicas de su edad, tiene otros pensamientos más lógicos en mente que elegir un buen top escotado para impresionar a un tío bueno. Y resulta un alivio saber que no todas son así, que algunas se salvan… porque puedo asegurarte que ya me han venido muchas con la misma historia.
  -Chaval, eres un jugador de hockey del Forest Hills, ¿qué quieres que hagan las tías? ¿ponerse una etiqueta en la frente como “Hola, mis amigas y yo acabamos de quedarnos impresionadas con tu culo, tu pelo y tu sonrisa. Nos gustaría ver qué hay debajo de esa camiseta, pero no te lo vamos a decir, porque desde hoy nos preocupa seriamente parecer unas perras”. –Dijo Tom, a la vez que hablaba con voz de pito.
  Me mordí la lengua para no reír. Empezaba a caerme bien, este hombre.
  -Da igual –suspiró Jaden, para sus adentros –no me vas a entender.
  -Chaval –dijo Tom, en un tono algo chulesco –yo a tu edad me preocupaba de salir con todas las chicas posibles, ganar muchos partidos de fútbol y ser el primero de mis amigos en ver unas tetas por primera vez.
  -No quiero seguir con esta conversación –farfulló Jaden.
  Sentí ganas de decirle “No te preocupes cariño, si yo te entiendo. Tu cuerpo adolescente está repleto de feromonas efervescentes, y necesitas descargarlas. Puedes mirarle el culo a las tías, que yo lo comprenderé. Y te garantizo, que también me tomaré mis derechos al pie de la letra”.
  No era posible, o todo mi plan se vendría abajo. Y no quería destaparlo todo en ese momento, la cosa se ponía interesante.
  -Estoy seguro de que si es tan madura y sensata como tú dices, podrá entenderlo. –Aseguró Tom, muy convencido.
  “Gracias” pensé.
  -Claro que lo entendería –contestó Jaden –otra cosa es que no muriera por dentro por los celos.
  “¿Disculpa?” Mascullé, en mis propios pensamientos.
  Noté cómo la camioneta aminoraba la marcha. ¿Acaso habíamos llegado? Quizá fuera hora de levantarse con una sonrisa, fingiendo haber dormido como un tronco durante todo el viaje.
  -Bueno chico –dijo Tom, al tiempo que se detenía la camioneta. Habíamos llegado. Seguro.
  -Muchas gracias por todo, Tom. Te debo una. –Dijo Jaden.
  Oí algo parecido a un apretón de manos.
  -Tú sólo hazme caso y vive tu juventud. –Contestó Tom, alzando la voz.
  Era la hora de destapar mi farsa. Me desperecé y comencé a murmurar lo primero que se me pasó por la cabeza, intentando que mi voz sonara pastosa. Los miré a ambos, con cara de niña buena.
  -Buenos días –susurré.
  Desde luego, mentir era lo mío.
  -Buenas noches –contestó Jaden –Hemos llegado.
  -Perfecto. –Respondí, con voz adormilada.
  Salimos del coche, y me despedí de Tom con un apretón de manos, a la vez que me hacía prometerle que volveríamos por allí pronto. Accedí a la promesa, y le di las gracias por dejarme a Prue.
  Jaden me acompañó hasta la puerta de casa, y no quise ni encender el móvil, por si las moscas. Había dejado una nota en la cocina, pero quizá eso no fuera suficiente. Miré por las ventanas, pero no había luz aparente. Tan sólo las luces de Navidad parpadeaban en el porche.
  Miré a Jaden a los ojos. No podía disimular mi cansancio, estaba totalmente agotada.
  -Tienes que dormir –dijo Jaden, pasándome una mano por la mejilla –ha sido un día duro, pero no me digas que…
  -No ha valido la pena. –le interrumpí, sonriendo. –Ha valido la pena. Me ha gustado… mucho. Muchísimo.
  -Lo sabía –dijo Jaden, con aires de autosuficiencia.
  Puse los ojos en blanco.
  -Mañana te dejaré dormir hasta tarde. –Dijo, observando cómo casi no podía mantener los ojos abiertos –a las doce iremos a ver una competición de patinaje sobre hielo. Layla… compite a las doce y media en -------.
  -Oh –murmuré, intentando asimilar las palabras. –Claro que iré. Mañana llamaré a June, a ver cómo quedamos.
  -Perfecto –me susurró al oído, pasándome la mano por el pelo.
  Le dí un beso en los labios. Corto, pero suave. Lo suficientemente significativo como para que entendiera todo mi agradecimiento.
  -Gracias –le susurré, sonriéndole con la mirada.
  No dijo nada, tan sólo esbozó una de sus sonrisas irresistibles, y caminó hacia la acera de enfrente, alejándose.
  En casa no había nadie, o al menos eso parecía. Quizá Monique seguía con Danielle, a lo mejor habían ido a cenar a algún sitio. No tenía demasiadas ganas de pensar, así que simplemente me alegré de que no hubiera nadie en casa. No tendría que dar explicaciones… no tenía fuerzas. En Mark ni siquiera se me ocurrió pensar.
  Subí hasta mi cuarto, arrastrando los pies en cada escalón, evitando caerme. Sólo me dio tiempo a quitarme las botas y el abrigo. Apenas rocé la cama y apoyé la cabeza en la almohada, me quedé dormida.
  Aquella noche soñé algo, un sueño en el que Jaden aparecía en toda su totalidad. Soñé que me abrazaba, porque hacía mucho frío. Soñé que podía correr más rápido que él con Prue. Soñé con aquel día, de eso estaba segura.
  Fue la primera vez que soñé con Jaden. La primera de tantas otras que vendrían a continuación.



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