viernes, 2 de septiembre de 2011

Capítulos 35, 36 y 37


Capítulo 35

  La experiencia del lago me valió para estar una semana en cama, enferma de gripe y con 39 ºC de fiebre. 
  Las bicicletas se quedaron aparcadas en el lago, y cogimos el tren para llegar hasta casa. Tardamos casi el doble de tiempo y llegamos en noche cerrada, pero por suerte, Monique tenía turno de noche y no me vio llegar con mi deplorable aspecto.
  Al día siguiente, me levanté con los pies helados, y un dolor fuerte en las sienes. No hizo falta llamar a un médico para saber que darme un bañito con grados bajo cero me había afectado.
  Monique me cuidó toda esa semana, como buena enfermera que era. Y hasta Mark me hizo un par de visitas.
  Jaden me grabó, postrada en cama, y obtuvo una “venganza justa”, como él mismo me dijo.
  Cuando estaba segura de que Monique no aparecería de un momento a otro, le permitía que me hiciera visitas.
  June, Ingrid, Lyla y Shanna también me visitaban. Estaban más preocupadas que yo porque no había conseguido vestido para el baile. Faltaba menos de una semana, ellas ya tenían todo preparado, y el hecho de que yo no me interesara demasiado por el tema, las ponía nerviosas, especialmente a June. Ingrid no mostraba ningún sentimiento. No sabía si estaba molesta o no, quería hablar con June del tema, pero siempre venían juntas y no había ocasión.
  Quedamos en que en cuanto me recuperar lo suficiente y me bajara la fiebre, iríamos a por mi vestido. Ellas habían visto algunas opciones, aunque para ser sincera, no me fiaba demasiado. Recuerdo uno de esos días, en los que entraron todas en tropel sin previo aviso. Yo estaba tumbada en la cama, recostada, intentando leer. Se me cerraban los ojos, pero no tenía sueño, tan solo un pinchazo agudo que me perforaba las sienes. Me había tomado un paracetamol, y sólo debía esperar. Entonces vi una cabeza asomada por la puerta, seguida de tres más. Eran ellas, y no en el mejor momento.
  -Hola –susurró June, entrando de puntillas. –Monique nos ha abierto la puerta…
  -Hola chicas –dije, incorporándome. – ¿Qué tal todo?
  -Eso no deberías preguntarlo tú, precisamente. –Dijo Lyla, sentándose a los pies de la cama. Me tocó la frente con la mano. –Joder, estás ardiendo.
  -¿Qué tal llevas el cautiverio? –preguntó Shanna.
  -Aquí estoy… Esperando. –Susurré. –Los vestidos, ¿qué tal va ese tema? –pregunté desinteresadamente.
  Me miraron fijamente, sobre todo June, que cruzó los brazos sobre el pecho.
  -¿Qué? –pregunté.
  -¿Cuándo piensas elegir el tuyo? ¡Queda menos de una semana! ¿Sabes el trabajo que supone comprar algo así? –Dijo June, con cara de preocupación.
  -No hace falta que me lo jures –susurré, sin poder alzar demasiado la voz. –Fui con vosotras a elegir uno, no hace mucho…
  -No es suficiente. –Me espetó. –Te he traído un catálogo para que vayas pensando. –Dijo, hurgando en su bolso.
  -Varios catálogos más bien. –Dijo Lyla.
  Me pusieron varios de ellos delante, y me incorporé para mirarlos. Aquellos catálogos, de hojas plastificadas y brillantes, casi despedían un olor particular. Un espectáculo de vestidos largos de tul, brillantes y voluminosos, de colores fucsias y azules celestes, coronas a juego, zapatitos de cristal… Empecé a marearme.
  Supongo que June lo notó, porque no tardó en intervenir.
  -¿Qué te parecen? –preguntó, con impaciencia.
  Quise omitir los adjetivos cursi, horrendo o vomitivo… pero me dolía la cabeza y no estaba demasiado lúcida para encontrar más.
  -Bueno –murmuré.
  -Le parecen un asco. –Contestó Lyla, en mi lugar.
  June le echó una mirada asesina.
  -Así no ayudas…
  -Seamos sinceros –dijo Lyla, señalándome con el dedo. –No me imagino a Rebeca llevando una cosa de esas encima.
  -No he dicho –intenté decir.
  -Shh, déjalo, que te estoy defendiendo. –Me interrumpió Lyla. –Sé sincera, ¿qué te parecen?
  -Bueno –susurré.
  Me imaginé llevando aquello, embadurnada de brillos, con un corsé apretado ciñéndome la cintura y unos zapatitos de tacón insoportables.
  La corona a juego, los tirabuzones…
  No. Tenía que decir la verdad.
  -Siento, decirlo –dije, elevando la voz –pero odiaría llevar algo así, aunque fuera por una noche. Será que no estoy acostumbrada… pero no me imagino. No sería capaz.
  -Já –dijo Lyla, mirando a June por el rabillo del ojo.
  -Hay más opciones –dijo June, haciendo caso omiso de Lyla. Sacó otro folleto del bolso. –Mira, los hay más cortos y discretos.
  -A ver –me incorporé para mirar. –Si, quizá alguno de estos…
  -Mira, son bonitos y baratos.
  -Oye, si quieres puedo sacar tiempo y hacerte uno –dijo Shanna, sonriendo.
  -No, no preocupes –contesté, sonriendo también. –Tú ya estás suficientemente liada con los niños y el tuyo…
  -El mío también es corto –dijo Ingrid.
  Me había olvidado de que estaba.
  -Hay muchas opciones –Dijo June, pasando las hojas con ansiedad. –Mira, tienes en muchos colores…
  -Vaya –dijo una voz, desde la puerta.
  Miramos todas a la vez. La cara de susto de June me hizo gracia. Abrí los ojos un poco más para distinguir la figura masculina que había apoyada en la puerta.
  -Cuánta tía junta… a tan solo dos metros de mi habitación. Es realmente interesante. –Dijo, con esa sonrisa que mataba. Estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados, enarcando una ceja. Visto desde esa perspectiva, me pareció modelo. Me dieron ganas de reírme de la situación.
  -Hola –Susurré. –No te he oído llegar…
  -No me extraña. –Contestó. –Chicas, me alegro mucho de que estéis aquí, podemos montarnos una fiesta si queréis… Pero otro día. Rebeca está mala, miradle la cara. No os ha mandado a la mierda porque es buena. –Cambió de postura.
  Recorrí la habitación con la mirada, observando sus caras. Lyla lo miraba con el ceño fruncido, pero yo sabía que estaba pensando algo. Ingrid y Shanna sonreían como bobas, y estaba segura de que si les hablara en ese momento no me contestarían. June tenía los ojos muy abiertos, como si hubiera visto un fantasma.
  -Ya nos íbamos –susurró June. Se giró para mirarme, y me hizo una mueca que interpreté como un “Joder, yo quiero un hermano así”. Era capaz de leerle la mente a June. –Te dejo esto aquí…
  -Chicas, gracias por venir a visitarme. Habéis corrido el riesgo de coger una enfermedad altamente contagiosa…
  -No te preocupes. Créeme, sopesé ese hecho antes de venir. –Dijo Lyla.
  Solté una carcajada, o algo parecido que salió de mi garganta.
  -Os veo pronto. –Susurré, viendo cómo se salían por la puerta, custodiada por Mark.
  -Venga, circulen, circulen –Decía él, con un aspecto bastante cómico.
  Se quedó durante un momento en la puerta, hasta que oyó la puerta de abajo cerrarse. Acto seguido las oí chillar y reírse. Sabía de qué estaban hablando. Miré a Mark y le sonreí.
  -Tienes suerte de tener un hermano tan guapo como yo. –Dijo, soltando una carcajada.
  -No me hace gracia que vengan mis amigas aquí y pasen de mí sólo porque se imaginan qué tendrás debajo de la ropa.
  -Si quieres un día puedo desnudarme para ellas.
  -No hace falta. –Contesté con una voz cada vez más ronca.
  -Está bien –contestó con fingida desilusión –lo haré en otro momento, cuando no estés presente.
  Sonreí.
  -Te dejo descansar. –Susurró. –Buenas noches hermanita.
  -Buenas noches. –Contesté.
  Cerró la puerta tras de sí y se apagó el hilo de luz que se filtraba por debajo. Me acomodé en mi almohada, y me dejé llevar por algo parecido al sueño, o el delirio de los calmantes.
  Entonces me dí cuenta de algo y abrí ligeramente los ojos. ¿Me había llamado “hermanita”? Sonreí. No. No podía ser. Eso era fruto de tanto paracetamol. Cerré los ojos y tardé menos de dos segundos en dormirme.


Capítulo 36

  Le dí varias vueltas a la habitación y observé mi vestido, extendido sobre la cama.
  Había salido de mi cautiverio hacía casi una semana.
  Me dolían los huesos de mantener la misma postura durante tanto tiempo, y por fin, una mañana me había decidido a levantarme, después de una semana sin ir al instituto.
  Jaden me traía los deberes por las tardes, y los hacíamos juntos; y las chicas venían a verme de vez en cuando.
  Cuando me levanté, abrí las ventanas de par en par y dejé que el aire helado con olor a nieve me congelara la cara. Faltaban dos días para el baile, y no tenía nada. No es que me preocupara excesivamente, pero tampoco me tranquilizaba demasiado.
  Entonces June y Lyla vinieron juntas, y me sorprendieron con unas bolsas enormes y unas cajas de zapatos.
  Se habían encargado ellas de todo. En realidad no me sorprendía demasiado, era propio de ellas encargarse de todo.
  Y en ese momento estaba mirando el vestido extendido, tapado con una fina cubierta de papel que lo protegía, deseando que no fuera demasiado horrible y tener que disimular que me gustaba.
  -¿Estás preparada? –preguntó June, con una risita histérica.
  -Creo que sí.
  -Si no te gusta –dijo Lyla –sé sincera desde el primer momento. Ella no te comprende pero yo sí.
  -Calla, y deja que lo abra –dijo June, echándole una mirada asesina.
  Quité cuidadosamente el envoltorio, mordiéndome el labio inferior. Un acto reflejo característico de una situación incómoda.
  Una tela finísima y delicada, de un azul turquesa, se extendía sobre la cama, con gracia. Era tul, dos capas de tul pomposo, que caían hasta por encima de las rodillas. El escote, con forma de corazón, ceñido a la cintura con un corsé negro, atado a la espalda.
  Lo miré durante un momento más. Habían dado en el clavo. Era perfecto.
  -Bueno, ¿qué dices? –preguntó June con ansiedad.
  -Es precioso –contesté, sonriendo. –Muchas gracias, chicas. Gracias…
  -Deja de darnos las gracias y pruébatelo. –Dijo Lyla, riéndose.
  Me ayudaron a encajar el vestido en mi cuerpo, y se adaptó tan rápidamente que no fue demasiado difícil.
  Me miré en el espejo del armario. El vestido, parecía moverse conmigo, con gracia. Se adaptaba perfectamente a la forma de mi cuerpo.
  -Estás guapísima –susurró June. –Se adapta a ti como un guante.
  -Nos merecemos un premio, June. –Dijo Lyla, chocándole la mano. –Hemos dado en el blanco…
  -…Totalmente. –Afirmé. –Quizá si que me guste esto de los bailes y termine acostumbrándome a estos “rituales americanos” –Susurré, para mis adentros.
  Soltaron una carcajada.
  -Te gustará, ya lo verás. –Contestó June. –Pero más te gustará ver a Jaden vestido con su smoking. Seréis lo más parecido a la perfección. –Casi gritó.
  Puse los ojos en blanco.
  -Ya le he advertido sobre limusinas y todo el rollo…
  -¿Limusinas? –preguntó Lyla, riéndose. –Que va, te equivocas con él. Es mucho más sencillo de lo que te imaginas.
  -Es verdad. Esos rollos no son su estilo. Él pasaría a buscarte en bicicleta. Y lo haría, créeme. –Dijo June.
Corrí por la habitación hacia las cajas de zapatos.
  -¿Y esto? –pregunté, sonriéndoles.
  -Dos pares de zapatos.
  -Para que elijas unos.
  -¿Os he dicho ya que sois geniales? –Pregunté, intentando abrazarlas a las dos.
  -Tienes que salir de aquí, Rebeca. –Dijo June, intentando ponerse seria. –Estos ataques de cariño no son propios de ti.
  -¿Me estás diciendo que no soy cariñosa? –Pregunté, mientras abría una caja de zapatos.  
  -No es que no lo seas, solo que…
  -Vaya –susurré.
  -Le gustan. –Dijo Lyla, mirando a June con una amplia sonrisa.
  Saqué aquel delicado zapato y me lo probé: era exactamente mi talla, pero no me extrañaba que hubieran acertado. En mi pie, parecía un zapatito de cristal, diminuto. Estaba cubierto de una tela negra de encaje, y el tacón era alto y fino.
  -Te quedan preciosos. –Exclamó June. –Joder, Rebeca… Creo que vas a parecer una princesa.
  -Yo no le diría tal cosa. –Advirtió Lyla.
  -Es verdad, yo no me diría tal cosa. –Contesté riendo.
 Miré otra vez hacia mis pies: tendría que practicar con aquellos zapatos. No estaba acostumbrada, a pesar de mi baja estatura jamás los había llevado.
  Supuse que aquella sería una ocasión suficientemente especial como para parecer una estúpida princesita. Al fin y al cabo, no estaba tan mal.



Capítulo 37

  En la noche del baile, los telediarios anunciaban uno de los días más fríos del invierno. Según las unidades meteorológicas, llegaríamos a cinco grados bajo cero, lo cual no era demasiado normal para un veinte de diciembre. Por suerte, el baile era en el gimnasio del instituto. Ese enorme lugar con calefacción resultaba muy útil en esos casos.
  Según me habían dicho, los bailes de invierno se celebraban allí. En primavera, con suerte salían fuera y en fin de curso el calor era suficiente como para montar una buena fiesta.
  Yo me había hecho con un buen abrigo por si acaso. No quería darle oportunidad a mi viejo amigo “el virus gripal” para ponerse en marcha de nuevo.
  Aquel día, había quedado con las chicas en casa de Ingrid para vestirnos, maquillarnos, peinarnos y demás rituales. Después, iríamos cada una a su casa para esperar a nuestras “parejas”, como ellas los llamaban.
  Habíamos elegido la casa de Ingrid por ser la más grande. No era exactamente así, pero su cuarto si lo era. Aquella habitación, era la que cualquier adolescente querría tener, y simbolizaba perfectamente el carácter dulce e inocente de Ingrid. Una gran cama de matrimonio, con una colcha color crema a juego con unas cortinas pomposas; un gran escritorio con un ordenador y una silla de las que daban vueltas, que tanto me gustaban; una de esas alfombras para andar descalza sobre ella, de un tacto suave, y todos los muebles a juego, de un color parecido al blanco. Además, tenía una puerta que comunicaba a un baño parecido a esa habitación, grande y con una bañera-jacuzzi, y un gran ventanal junto su gran armario de la ropa, con unas vistas a un parque precioso. ¿Se podía pedir más? Quizá sí, pero de momento, yo pensaba que esas habitaciones solo existían en las pelis.
  Tenía entendido que los padres de Ingrid estaban separados, y ella vivía en aquella preciosa casa con su madre, que trabajaba como juez en un juzgado de Manhattan.
  Su padre, “un pez gordo dedicado a los negocios” –palabras textuales de Lyla –vivía con su mujer en otra ciudad, lejos de allí.
  Una vida casi perfecta, según mi criterio. Mis padres también estaban divorciados, y si tuviera que elegir una vida, elegiría aquella, sin duda.
  Cinco adolescentes encerradas en una habitación antes de un baile, no era una buena idea. La locura y el nerviosismo personificados, multiplicados por cinco.
  Cada una habíamos llevado nuestros instrumentos, o secadores, planchas de pelo y maquillaje. Ya había repetido esa experiencia el primer día que pasé la noche en casa de June, pero comparado, aquello era mucho más bestial.
  Lyla, patinadora desde hacía años, era experta en peinados y maquillaje. No es que el patinaje y lo otro estuvieran ligados, pero según nos había dicho, si se complementaban las cosas era mucho mejor.
  Y tratándose de ella, sabíamos que, en su caso, esas cosas se complementaban.
  Normalmente, en esos casos deberíamos ir a la peluquería, pero ella tenía instrumentos suficientes como para dejarnos perfectas, –según había dicho.
  June había convertido su pelo largo y liso en numerosos tirabuzones recogidos en algo parecido a un moño alto, adornado con brillantes minúsculos y un broche plateado que recogía su flequillo a un lado de la cara. Varios mechones de pelo le caían por el cuello, dándole un aspecto bastante “sexy” según le habíamos hecho notar todas.
  Su belleza exuberante se multiplicaba con ese precioso peinado y su increíble vestido azul verdoso, largo y pomposo. Jamás había visto un vestido tan bonito como aquel. Era increíblemente cursi y aparatoso, la falda de tul, mediría unos tres metros de diámetro, y estaba cubierta por millones de brillantes y por otras capas de tela rosas y moradas. Un corsé del mismo color se ajustaba perfectamente a su cuerpo, y terminaba con un escote de palabra de honor.
  Desde luego, si quería pasar desapercibida, no lo lograría.

  Cuando vi el vestido de Shanna, no me creí que hubiera sido “artesanal”. Y no lo habría hecho de no ser por ellas, que me lo confirmaron. Según tenía entendido, Shanna nunca se había comprado un vestido para un baile. Además de que sus padres no se podían permitir uno demasiado caro, ella disfrutaba más haciéndose uno propio. Increíble, pero cierto.
  Se había fabricado un vestido tan voluminoso como el de June, en un rojo intenso. Tenía varias capas de tul que le llegaban hasta los pies, y aquel escote le quedaba perfecto. Shanna era la típica chica rellenita de grandes pechos, con unos rasgos casi salvajes. De piel oscura, y labios gruesos, era una de las negras más guapas que había visto. Y un vestido como aquel, le favorecía mucho sus rasgos.
  Su pelo negro, siempre recogido en coletas o detrás de una bandana, caía ahora suelto y liso, mucho más largo de lo que yo creía.

  Ingrid había plasmado su carácter dulce en su vestido. Había escogido uno por encima de la rodilla, con una falda alta de tul, de color rosa palo, que se ataba detrás de la cintura con un gran lazo. La parte de arriba, de color blanco, terminaba en unos tirantes finísimos, y estaba adornada con un montón de collares.
  Se había hecho un medio recogido con sus tirabuzones rojizos, y había utilizado un broche para recoger su flequillo, con forma de mariposa y de un color verde que resaltaba sus ojos.
  Ella era la típica chica con rasgos femeninos, una muñequita en miniatura.
  Lyla había escogido el vestido más sencillo de todos. Largo hasta los pies, morado y sin vuelo. Con un escote de palabra de honor, cubierto de piedrecitas pequeñas de colores amarillo y negro.
  Sencillo, pero al llevarlo ella, ya no lo era tanto.
  Su fuerte carácter se reflejaba en su rostro, y en la manera de peinarse o llevar aquel vestido.
  Ella había sido la chica dulce y tierna, algo competitiva tal vez, pero que carecía de carácter alguno. Hasta que llegó Jason, que la transformó. Entonces multiplicó su competitividad  y desarrolló una perfección absoluta, abandonó la dulzura para convertirse en justiciosa y rebelde. Aunque debajo de esas capas, tenía un gran corazón.
  Su belleza reflejaba todo eso. Atraía tanto a los chicos porque ellos sabían que no sería fácil, y eso les daba morbo. Vestida así y con el peinado que había elegido irían como abejas a la miel.
  Había elegido un look despeinado, aprovechando su pelo largo y ondulado. No se había complicado demasiado a la hora de peinarse, no lo necesitaba en absoluto.
 
  Y yo, bueno, Lyla se había empeñado en hacerme un peinado elaborado, que según ella me quedaría muy bien. Me había crecido el pelo desde entonces, y ella aprovechó para dividirlo con la raya en medio y llenarlo de pequeños tirabuzones algo despeinados, peinados en un medio recogido alto. Luego me llenó el pelo de pequeñas flores. Los tirabuzones caían sobre mi cuello, y a ambos lados de mi cabeza.
  Al final, al verme en el espejo, me recordé a mí misma como una joven del siglo XVIII, que iba con su madre a un baile para encontrar un buen marido. El solo pensamiento me hizo sonreír.
  Exactamente parecía Elizabeth Bennet, en orgullo y prejuicio.
  Para ser sincera, me gustaba mucho.



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