sábado, 1 de octubre de 2011

Capítulos 51 y 52


Capítulo 51

  Cuando me levanté al día siguiente, la casa seguía solitaria. Ni si quiera Sam pululaba por los pasillos, aunque eso no era extraño del todo.
  La nota que había dejado pegada a la nevera, para decir que pasaría el día fuera, seguía bajo su imán, sin ningún cambio aparente.
  La habitación de Mark estaba abierta, y no había señales de vida.
  Había quedado con June en media hora para ir a ver a Lyla, y me sentía tremendamente culpable por ello. Quizá Danielle pensara que nunca estaba en casa, y hacía lo que quería cuando quería.
  En cierto modo era así… pero no del todo.
  Dí una vuelta más por la casa, inútilmente. ¿Debería dejar otra nota? ¿Quizá llamar a Monique al móvil? Lo último sería lo correcto. Marqué su número, aquel que me había prohibido a mí misma marcar a no ser en caso de extrema necesidad. Aunque aquello no era un caso de extrema necesidad. Apagado. Quizá tuviera turno en el hospital…
  June me esperaba en la puerta de casa, con su jeep descapotable amarillo. Recordé la primera vez que había montado en su coche, hacía apenas dos meses atrás, en nuestra primera visita a Manhattan. Parecía que habían pasado años. Quizá Jaden tuviera razón en lo referido al tiempo, y nada era como debía ser.
  Sacudí la mano en el aire, saludándola. Me miró sonriendo, quitándose las gafas de sol. Por suerte, la capota del jeep estaba puesta, de lo contrario habría sido un suicidio montarme en ese coche.
  Llevaba uno de sus atuendos extraños que llenaban su armario. Algo parecido a un poncho hippie y una larga trenza en el pelo. Desde luego, normal no era.
  Entre en el asiento del copiloto, ignorando su mirada suspicaz.
  -Hola Julieta –dijo, girando la llave en el contacto.
  Sonreí, intentando tomarme bien ese comentario.
  -Hola June. ¿Qué tal todo? –Pregunté, inocentemente.
  -Peor que tú, seguro. –Afirmó, sin dejar de sonreír. –Ya no estoy con Lane.
  -¿Cómo? –Grité, algo aturdida.
  Parecía relajada, así que intenté restarle importancia al asunto.
  -Lo que oyes –contestó, sin dejar de mirar la carretera. Su cara era imperturbable. No parecía dolida, pero tampoco feliz. –Cortamos anoche.
  -Vaya –murmuré.
  Lo cierto es que en tres meses, June había estado con dos chicos distintos. No es que fuera demasiado para ella, sino más bien demasiado poco. En mi caso, eso mismo no hubiera sido real. Éramos tan diferentes…
  -¿No vas a preguntarme por qué? –Dijo June, esbozando algo parecido a una sonrisa.
  -Oh, claro –susurré. –Lo siento, es que estaba pensando… Bah, no importa. ¿Qué ha pasado?
  -No “ha pasado” nada en concreto. –Dijo.
  Sabía que se estaba preparando para empezar a hablar y no terminar. Siempre lo hacía. Era tan atolondrada, despistada y habladora, que a veces parecía difícil escucharla. Aunque yo ya me había hecho una experta en el tema.
  -Es el tío más aburrido que he conocido en mi vida. –Dijo, al fin. –Mira, entiéndeme. Yo necesito alguien que me quiera, alguien que me haga sentir especial, alguien por quien suspirar. Necesito morir por ver a esa persona, contar los segundos para volver a besarla, ser su “sueño adolescente” –coreó, levantando la voz.
  Giró la ruedecilla del volumen hacia la derecha, haciendo que la canción “Teenage Dream” de Katy Perry, sonara mucho más fuerte.
  Solté una carcajada. Atolondrada, y loca. Una adolescente loca sin remedio.
  -No sé si me entiendes… Quizá pienses que soy demasiado frívola o caprichosa y que realmente Lane no me importaba… Pero no es así, puedo jurarlo.
  -No tienes que demostrarme nada –le interrumpí –no te juzgaría por nada del mundo, pero sé que si lo hiciera, a ti no te importaría lo más mínimo.
  -Quizá tengas razón –murmuró, preparándose para seguir hablando. Sabía que su mente no había registrado lo que acababa de decirle, pero era normal en ella. Primero necesitaba desahogarse por completo. –Y bueno… él buscaba algo completamente diferente. ¿Sabes? No le importaban mis fotos, mis historias, y ni siquiera se divertía cuando Lucy le pegaba. No es que eso fuera divertido, pero sé que mi chico ideal tendría que haber puesto una sonrisa y haberle seguido el juego a mi hermana.
  Ella quiere una chica inteligente, responsable y perfecta. Creyente, de buenos padres, con una familia que le invite los domingos a comer. Pero ¿Qué te puedo decir? Yo no creo en nada. No sé si será malo decirlo… pero creo que si Dios existiera, no permitiría ciertas cosas que ocurren en el mundo. –Susurró. Se le nubló la mirada, pero continuó. –Aunque bueno, eso es un tema del que prefiero no hablar. No tengo una familia perfecta, tan sólo una hermanita adoptada, un hermano al que me encanta ver sufrir y un padre que es madre a la vez. Lo de sufrir… bueno, tú ya me entiendes. –Dijo, sonriendo. –Jamás presentaría a mi padre ninguno de mis novios, y muchísimo menos le invitaría a comer a casa los domingos. Por favor, ¿tengo pinta de tener cuarenta años? Es horrible.
  Aunque lo más importante aún está por llegar.
  -¿Aún? –Exclamé, haciendo una mueca.
  -Aún. –Dijo, tajante. –Estoy cien por cien segura de que está entre sus planes llegar virgen al matrimonio. Y no es que yo no respete a los puritanos excesivos, que atienden su labor con Dios y todas esas cosas, pero… ¡¿Virgen hasta el matrimonio?! ¿Y qué hacemos hasta entonces? ¿Jugar al villar? –Farfulló, elevando la voz.
  Aquello empezaba a calentarse. Me sentí culpable, pero me divertía enormemente aquella conversación.
  -Y bueno… creo que entenderás que son suficientes las razones para que todo terminara.
  -Completamente. –Contesté.
  -Pues ahí está todo. Simplemente, no éramos lo que buscábamos.
  -Es agradable saber que por una vez, una separación no termina en drama.
  -¿Drama? No, para nada. –Contestó, a la vez que esquivaba a un coche que iba demasiado lento. –Nuestras vidas continúan. Espero que encuentre muy pronto a una chica inocente y perfecta que cante en la iglesia los domingos… yo mientras esperaré hasta que llegue el siguiente.
  -Lo tuyo es increíble –dije, sin poder evitar reírme –June, ¿Tú nunca te has planteado estar sola durante un tiempo? Un tiempo, ¿Aunque sea muy pequeño?
  -Rebeca –contestó, solemnemente. –Veo que aún te queda mucho por ver de mí.
  -Quizá sí.
  -Yo necesito un hombre a mi lado. –Dijo, soltando una carcajada.
  La miré, enarcando una ceja.
  -Ya. Un hombre a tu lado. –Mascullé.
  Realmente, no tenía arreglo.
  -¿Y qué me dices de Reese? –Dije, cautelosamente.
  Siempre había pensado que la relación entre ellos era diferente, especial. No eran la pareja perfecta, pero tenían algo que les unía.
  -¿Reese? –Farfulló. –De verdad, ¿no se te podía haber ocurrido alguien mejor?
  -Lo cierto es que no –contesté, sonriendo. Quería que me dijera todo, sin intentar fingir.
  -Vaya, vas en serio. –Dijo, sorprendida.
  Le miré sonriendo, esperando una respuesta.
  -Bueno –empezó diciendo, al ver que no me iba a dar por vencida fácilmente. –No sé. Reese y yo siempre hemos sido amigos. Tenemos buen rollo, sí. Pero eso no quiere decir que…
  -Eso si quiere decir que. –Le interrumpí. –Vamos, June. Sabes perfectamente que tenéis algo entre manos.
  -¿Algo entre manos? –Exclamó, ruborizándose.
  ¿June ruborizada? Aquello se ponía interesante.
  -No hay nada –masculló. –Reese tiene un gran defecto, para mí imperdonable.
  -¿¡Cuál?! –Pregunté, alzando la voz.
  Reese, ¿un defecto grande? No. Si quería salirse por la tangente, no iba a conseguirlo por ese camino.
  -No puede estar ni una semana sin intercambiar sustancias salivales con una tía. –Contestó June, alzando también la voz.
  Sustancias salivales. Joder, increíble.
  -Si por lo menos sus “chicas” fueran aceptables… pero es que escoge a lo más tonto que la humanidad ha podido crear.
  -Vamos –dije –Reese es un tío inteligente, no creo que…
  -Por eso mismo –me interrumpió. –Es un tío inteligente que necesita seguir siéndolo. No podría aguantar a una chica que le discutiera, como lo hago yo. Necesita a una a la que poder tocarle el culo sin rechistar, que asienta y calle a cada comentario. Necesita marionetas.
  -Estás exagerando. Completamente. –Dije, frunciendo el ceño. –No creo que sea así, en realidad. Si ahora escoge a esas chicas, es algo pasajero. Pero en realidad, necesita a alguien con carácter fuerte, como tú. Si hace eso es porque se siente inseguro, porque necesita aumentar su ego y descargar su testosterona de algún modo… Pero en realidad te necesita para que le conduzcas. Créeme, no estoy bromeando.
  -Joder –farfulló June, aparentemente disgustada.
  No quería que se enfadara conmigo o me etiquetara de “tocapelotas”, pero necesitaba que comprendiera las cosas como lo eran en realidad.
  Entramos en el aparcamiento del estadio, dónde estaba la pista de patinaje. Aquel sitio estaba lleno de coches, había mucha gente. Niñas pululaban por el parking con sus trajes brillantes y sus moños altos en la cabeza. La competición era importante, según tenía entendido.
  -Se aplaza esta conversación –terminó diciendo June, aparentemente más calmada. –Hasta nueva orden.
  -Perfecto. –Contesté, esbozando una sonrisa.
  Nos apeamos del coche y avanzamos entre la multitud. Observé con curiosidad a un grupo de adolescentes, con sus vestiditos brillantes adornados con perlas, que hablaban con nerviosismo.
  -Allí –dijo June, señalando con el dedo hacia delante.
  Reese y Jaden nos saludaron con la mano, desde la puerta del estadio. Sonreí. Quizá yo si que fuera su “sueño adolescente”. O al menos era como me sentía yo cada vez que lo veía, y miles de escalofríos electrizantes recorrían mi cuerpo.


Capítulo 55

  Observé a June con el rabillo del ojo. Sabía que estaba molesta sobre lo que le había dicho, pero me había sentido obligada a hacerlo. Había dejado varios asientos entre nosotras, sentándose en el otro extremo de las gradas.
   Jaden me abrazaba, pasándome el brazo por los hombros, sin darse cuenta de mis pensamientos. Era extraño, pero por una vez podía pensar en paz.
  Reese también estaba allí, aunque en el preciso instante en que iba a sentarse en el asiento más cercano al de June, ésta le pidió a Ingrid, no sin cierto disimulo; que se sentara a su lado.
  Así que nada cuadraba, pero parecía ser la única en darme cuenta.
  June comía palomitas casi ansiosamente, dando pequeños sorbos a su coca cola de vez en cuando. Sabía que estaba pensado en nuestra conversación, y eso me hizo sentirme ligeramente importante. Sonreí para mis adentros. Quizá, la había hecho recapacitar.
  Apreté la mano de Jaden sobre la mía, como dándole una señal.
  -¿En qué piensas? –Me susurró al oído.
  -No te lo pienso decir –contesté, con aires de suficiencia.
  Frunció el ceño, confuso.
  -Vaya, así que piensas en algo. –Murmuró.
  -Todos pensamos siempre en algo. Cada momento que pasa. Nuestra mente no es capaz de estar ni media milésima de segundo sin pensar en algo, aunque sea la más grande de las gilipolleces.
  -No me interesa –dijo, sonriendo ligeramente –todo ese rollo que me acabas de soltar. Me interesa saber qué pasa por tu retorcida cabecilla.
  -Mi “cabecilla” –dije, entonando la palabra con sorna –no es retorcida. Yo tan sólo maquino, sin ningún mal premeditado.
  -Ya. Y pretendes que te crea…
  -Shh –le interrumpí, acercándome más a él.
  Sabía que eso le hacia olvidar la conversación. Conocía mis armas, y pensaba usarlas.
  Me besó en el labio inferior, tan suavemente que casi no pude sentirlo.
  -¿Estás de coña? –Murmuré, cerca de su barbilla. –Ese beso ha estado lejos de ser un buen beso.
  -Pensé que no te gustaría exhibirte delante de un estado repleto de gente, teniendo en cuenta que la señora esa del abrigo de piel nos está mirando descaradamente.
  -¿Qué dices? –Dije, con una risita histérica.
  Miré hacia el otro lado del estadio, y en efecto, allí estaba. Una mujer de unos sesenta años, muy repeinada y con un abrigo horrendo de piel nos miraba desde el otro lado, muy seria. La miré aún más fijamente, intentando que apartara la mirada. Pero no lo hizo.
  -Señoras y señores –dije con voz nasal y monótona, intentando parecer un anuncio radiofónico –les informamos que estamos ante un caso de extrema intromisión, o por llamarlo de una manera más comprensible, “el caso de la vieja cotilla me-meto-en-asuntos-de-otros”. Lo más recomendable, es mirar hacia otro lado, y poner la más ancha de las sonrisas.
  -¿Lo más recomendable? –Soltó Jaden, sin dejar de reír. Desde luego, esta última recomendación la había logrado en su caso.
  Observé a June, que nos miraba desde el otro lado de la grada, suspicaz. Al parecer, estábamos llamando “un poquito” la atención de nuestros acompañantes. Sentí las ganas irrefrenables de hacer algo.
  -Se me acaba de ocurrir otra recomendación –le susurré a Jaden, rozándole el pelo con la nariz –para evitar a viejas cotillas como esa.
  -¿Cuál? –Preguntó, mirándome a los ojos con curiosidad.
  -¿Por qué no me besas? –Murmuré, muy cerca de su boca.
  Aquella pregunta tan estúpida no era otra cosa sino retórica. Metió su lengua en mi boca, ante la mirada sorprendida y esquizofrénica de la señora. Más que otra cosa, parecía haber visto la aparición de un familiar al que ni siquiera deseaba ver.
  Le devolví el beso, entrelazando mis manos detrás de su nuca, revolviéndole el pelo con los dedos, haciendo pequeñas formas cerca de su cuello.
  Incluso cerré los ojos, cosa que siempre temía hacer, ya que me impedía controlar la situación, a pesar de que sabía que Jaden lo controlaba todo a la perfección.
  Observé a June entrecerrando los ojos. Esta vez no había podido evitar reírse, y señalaba a Ingrid y a Reese que nos miraran. Supuse que mis orejas deberían arder en aquel preciso instante, pero lo cierto es que ni si quiera se inmutaron.
  Sonreí yo también, a pesar de estar utilizando mis labios para otra cosa mucho más importante. Pude recorrer sus dientes con la lengua, y eso me gustó mucho más.
  Pero en ese preciso instante, una música atronadora nos cortó el rollo de raíz. Era como estar subida en lo alto de una montaña rusa, y bajar al vacio en cuestión de segundos. Pasar de euforia a decepción, demasiado rápido como para percibir la adrenalina que generaba lo primero.
  -Pero ¿qué…? –Murmuré algo aturdida, separándome bruscamente de Jaden.
  -Esto empieza. –Susurró, con la voz algo ronca. –Estamos a punto de ver una competición de patinaje sobre hielo ¿recuerdas? No estamos solos en la cama de mi casa…
  -Ehh –grité, golpeándole el hombro.
  -Sabes perfectamente que estaba bromeando –se excusó.
  -Lo sé –respondí, frunciendo el ceño. –Pero me repatea ver la cara de satisfacción de esa mujer, ahora que estamos perfectamente alejados el uno del otro.
  -¿De verdad…? –Preguntó, buscándola con la mirada.
  Allí estaba, mirándonos con el cuello erguido, ojos prepotentes y cara de plena satisfacción.
  -No te preocupes –Dijo, soltando una carcajada. –Deberías entenderla. Sus únicos orgasmos se producen al ver que la gente no los tiene. Lo que necesita esa es un buen…
  -Bienvenidos, damas y caballeros, a la duodécima competición de patinaje artístico que se celebra en el estadio de Forest Hills, cada año. –Interrumpió una voz grave desde el megáfono.
  -Vaya, otra vez –mascullé. –Parece que hoy todos se han propuesto hacernos callar.
  -Tranquila –dijo Jaden, sonriendo. –Mira ¿ves esa puerta de allí? En cuanto esto termine, nos vamos a fugar por ahí sin ser vistos.
  -Te recuerdo que vamos con más gente –apuntalé. –Además, quiero darle la enhorabuena a Lyla cuando esto termine. Parecía muy nerviosa.
  -Tonterías –dijo él, con un movimiento de brazo en el aire, intentando restarle importancia –siempre parece nerviosa. Pero luego, la ves ahí y no puedes comprender cómo podía estarlo. Es toda una profesional.
  -En primer lugar, vamos a disfrutar de los pequeños patinadores del Garden Citty Middle School, de Queens. –Coreó de nuevo la voz, a la vez que estallaban miles de aplausos.
  No tardaron en salir en fila india, todos ordenados; unos diez niños minúsculos, de unos seis años, adornados con sus trajes brillantes y sus moños bien peinados, o sus trajes de chaqueta y sus pajaritas impolutas.
  Casi me dio pena, verlos sometidos a tanta presión. Era como si hubieran sido elegidos para competir, puestos allí sin elección, enfrentándose los unos a los otros. Sonreían con nerviosismo, cogidos de las manos de sus respectivas parejas, con sus miradas huidizas.
   “Mi papá y mi mamá están orgullosos de mí, por eso me traen aquí, se gastan mucho dinero en mis trajes y mis clases, y yo no debo defraudarlos en esto”.
   Oí la voz fina de una niña en mi cabeza, golpeándome las sienes. Sabía que aquello era producto de mi imaginación, pero estaba segura de que podía haberlo oído realmente.
  Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda. Nunca había comprendido todo aquello, el empeño de los padres para hacer de sus hijos perfectos competidores.
  Se apagaron los focos y se encendió una luz más tenue, que iluminaba el centro de la pista, formando una circunferencia.
  Apareció una niña pequeña, con un vestido rosa fucsia de tul, adornado con pequeños brillantes plateados, y unos patines diminutos. Llevaba el pelo perfectamente peinado, recogido en un una coleta alta, llena de tirabuzones. Las manos cubiertas por unos guantes hasta el codo.
  En la mano derecha sostenía un paraguas, del mismo color que el vestido, aunque más brillante.
   Salió al centro de la enorme pista, sin apartar una sonrisa de su rostro, demasiado forzada para parecer natural. Se movía con delicadeza, movimientos suaves y dulces, casi como una brisa que te recorre el cuerpo; que apenas las sientes pero sabes que acaba de pasar.
-Nuestra primera concursante es Vera Williams, de tan sólo siete años de edad. Vera ha participado en numerosas competiciones, y ha ganado tres medallas de plata y una de bronce, en el último año.
  Esperemos que hoy nos deleite con su suavidad y dulzura, que siempre nos hace estremecer. –Dijo la voz solemnemente, creando una tensión aún mayor entre los presentes.
 
  -Me siento como una ruda espectadora en un concurso de belleza para niñas, que se creen muñecas de porcelana. –Susurré con nerviosismo.
  Jaden soltó un resoplido.
  -En cuanto la veas, no pensarás lo mismo. –Murmuró, sin dejar de mirarla.
  Los aplausos cesaron, y la niña diminuta agarró su paraguas detrás de la cabeza, colocando las piernas en paralelo, en posición de espera.
  Sonó entonces una melodía, que reconocí al instante como “Don´t rain on my parade”, de la serie Glee. La cosa prometía bastante.
  En el mismo momento en que empezó la canción, Vera empezó a dar vueltas sobre sí misma sosteniendo su paraguas en lo alto de la cabeza, haciéndolo girar al mismo ritmo que sus pies. Todo esto sin apartar aquella sonrisa forzada de su rostro, que hacia enternecer a todos allí presentes.
  Dio unos cuantos pasos hacia un lado, tan suaves y perfectos que parecía no llevar patines, apoyando el paraguas en el hombro, lanzando besos con la mano al público, y moviendo la mano que tenía libre a ambos lados de la cabeza.
  Avanzó por la pista ante mi mirada sorprendida, haciendo que todo pareciera sumamente fácil e irreal.
  Entonces, soltó el paraguas en un movimiento nada brusco, y pareció ser un alivio para ella, casi como una liberación; porque comenzó a patinar a hacia atrás a una velocidad extrema, sin olvidar los movimientos de brazos, y terminó una estrofa de la canción dando un pequeño salto sobre sí misma que me dejó con cara de idiota.
  Aunque lo mejor vino después, cuando empezó a dar numerosos giros sobre sí misma, tan rápidos que su propia presencia se alejaba de la vista humana,  agachándose una y otra vez sobre los talones, levantando la pierna derecha a la altura de su cabeza, y dando pequeños saltitos hacia un lado.
  Observé a Jaden, que me miraba divertido. Aquella muñequita de cristal me impresionaba de verdad.
  Ni siquiera olvidaba la interpretación de la canción, y echaba miraditas sugerentes, que hacían gritar al público.
  Comenzó a correr, a pesar de llevar esos incómodos patines de casi un kilo de peso, y terminó dando decenas de vueltas sobre sí misma, agarrándose un pie con ambas manos, y manteniendo la cabeza erguida.
  Para sorpresa de todos, dio un pequeño saltito y terminó en el suelo, con una pierna a cada extremo de su cabeza, con una flexibilidad que me dolió en lo más profundo.
  La increíble voz de Lea Michele se paró en seco, y todos los espectadores estallaron en ruidosos aplausos y silbidos.
  Miré a Jaden, que sonreía.
  -Te lo dije –dijo, alzando la voz para hacerse oír entre la multitud.
  -Me siento como una fracasada –contesté, haciendo una mueca. –No he sido una niña prodigio y no lo seré nunca.
  -La gracia es que muy pocos lo son –contestó, soltando una carcajada. –Ni siquiera yo.
  -¿Qué quieres decir con “ni si quiera yo”? –Pregunté, repitiendo su frase con retintín.
  -Interprétalo como quieras –contestó, enarcando una ceja en señal de autosuficiencia.
  Le hice un mohín, y miré a June, a la que no dejaba de observar ni un momento. Para mi sorpresa, Reese se había cambiado de sitio, ocupando el de Ingrid, y hablaba animadamente con June sobre algo, al parecer, extremadamente divertido.
  Ingrid hablaba con Sarah, a la que no había visto llegar. Sarah. Noté cómo el estómago me daba un vuelco.
  Su pelo rizado sedoso y brillante recogido con una cinta, un suéter de lana azul a juego con sus ojos… miraba hacia nosotros con curiosidad. Había algo parecido a malicia en su mirada.
  Gilipolleces. Pensé para mis adentros. Rebeca, estás paranoica, y no piensas más que tonterías sin sentido.
   Intenté concentrarme en Jaden, que aún miraba hacia la pista, dónde otra pareja de niños en miniatura se preparaba para su actuación.
   Noté el nerviosismo concentrado en el centro de mi estómago, mis manos sudorosas, su mirada fija en la mía. ¿Qué estaba mirando? ¿Pretendía retarme o algo parecido?
  Aparté la mirada bruscamente, frunciendo el ceño y apretando los dientes. Estaba empezando a ponerme histérica. Intenté contar hasta diez. Uno, inspiración; dos, espiración; tres inspiración…
  Miré para comprobar si seguía allí. Para mi alivio, se había esfumado en un soplido de tiempo.
  Observé cómo salía por la puerta situada bajo las gradas, no sin antes mirar por última vez hacia nuestra dirección. ¿Qué había sido eso? ¿Una marcada de territorio? Eso era absurdo.
  Miré a Ingrid, que se había quedado sola. No sabía sí sería buena idea, pero le hice un gesto con la mano para que se sentara con nosotros. Sonrió, mirando a June y a Reese a la vez que ponía los ojos en blanco; y se acercó hasta el asiento al lado de Jaden.
  -La parejita me ignora –comentó con fingida decepción.
  Solté una risita.
  -¿Es un plan? –Preguntó, algo sorprendida.
  -Deja que el tiempo actúe –contesté, dejando que lo demás flotara en el aire.
  -¡No! –exclamó, alzando la voz. – ¡Dímelo! ¡Dímelo, dímelo! Por favor…
  -¿Decir qué? –Preguntó Jaden, algo sorprendido por la sola presencia de Ingrid a su lado.
  -Nada. Cosas de adolescentes enloquecidas… nada que pueda interesarte demasiado. –Dije, guiñándole un ojo levemente a Ingrid.
  -Te equivocas –dijo él, frunciendo los labios –yo también soy un adolescente enloquecido. Y estoy muy interesado en saber lo que os tenéis que decir…
  -Nuestros siguientes concursantes son dos pequeños de ocho y diez años, Peter Walker y Celine Lords. –Interrumpió la voz.
  Miré a Jaden, sacándole la lengua. Sentí el gusto de la victoria.
  -Estos pequeños han conseguido dos medallas de bronce en su corta carrera, y vienen dispuestos a darlo todo y llevarse medalla de plata…
  Había conseguido establecer una conversación entre Reese y June, y eso hacía que me sintiera feliz como mínimo. La forma en que June se reía y jugueteaba con su pelo; y la mirada entornada de los ojos azules de Reese me daban qué pensar. Parecía ser la única que me daba cuenta, a pesar de que Ingrid ya andaba alerta con el tema.
  Los minúsculos minimoys aparecieron por orden de edad, todos completamente perfectos e impecables, sin ninguna equivocación o fallo verdaderamente importantes.
  No pude comprender el criterio que establecería el jurado para determinar los ganadores, pero desde luego que, aquellos hombres serios y trajeados sentados tras una ventanilla, buscarían algún error que cualquier ojo torpe como el mío era incapaz de percibir.
  Después de pasar más de una hora observando atentamente genialidades, y tras quince minutos de descanso; era la hora de los “mayores”. O de Lyla, hablando con propiedad.
  Tras haber visto todo lo que había pasado por allí, no me esperaba nada menos por parte de una persona exigente, dura consigo misma y competente, como lo era Layla. Conociéndola, tendría todo perfectamente calculado.
  -Ya es su turno ¿verdad? –Pregunté, sin poder ocultar mi nerviosismo.
  -Sí. –Contestó Ingrid, que se había cambiado de sitio a mi lado, esperando que le contara algo más sobre el tema de June y Reese, aunque sin éxito. –Ahora vas a flipar.
  -Lo sé. –Contesté, con la mirada fija en el centro de la pista.
  Los altavoces chirriaron levemente, y de nuevo apareció la misteriosa voz, que tantas caras había recibido por mi parte.
  -Después de disfrutar de tal espectáculo por parte de los más pequeños, pasamos a una categoría superior. En esta segunda parte de la competición, veremos a los jóvenes de entre dieciséis y dieciocho años. –Tronó la voz, a la vez que el público volvía a estallar en aplausos, algo pesados ya para mi cabeza.
  Pensé que a los adolescentes de entre doce y quince no les haría ninguna gracia ser conocidos como “los más pequeños”. Es más, estaba casi segura de que más de uno se había revelado.
  Los focos en el centro de la pista desvanecieron mis pensamientos.
  -En primer lugar, tenemos a Peter Taylor, de diecisiete años de edad, del instituto John Bowne en Queens. Como su pareja, tenemos a Lyla Boyd de dieciséis años de edad y procedente del instituto Forest Hills.
  Sin duda alguna, estos chicos pisan fuerte, con dos medallas de oro y seis de plata, nos sorprenderán una vez más con su característica fuerza.
  -Fuerza –susurré para mis adentros. Desde luego, Lyla era todo fuerza. Siempre.
   Salieron entonces los dos, cogidos de la mano, deslizándose rápidamente por el hielo, casi como una flecha. Saludaron sonrientes a todos los presentes sacudiendo los brazos en el aire, para después colocarse en el centro de la pista; expectantes.
  Lyla adoptó una postura seductora, apoyando la mano derecha en la cintura, mientras que John se mantenía detrás de ella, con los brazos estirados.
  Esta pequeña pausa me permitió verla más detalladamente. Llevaba una minifalda de gran vuelo, blanca con pequeños lunares azules, que contrastaban con el forro de debajo, de un amarillo llamativo. La camiseta, ceñida al cuerpo y del mismo azul que los lunares, era de escote puntiagudo, y estaba adornada con pequeños brillantes. Una cinta del mismo color le bordeaba la cintura, y un pañuelo amarillo le rodeaba el cuello.
  Llevaba el flequillo recogido en un gran tupé, y los tirabuzones peinados en una coleta alta, recogida con un pañuelo azul.
  Parecía un look vintage y rockero, al puro estilo de los años 50.
  Su compañero era un “Elvis Presley” del siglo XXI. Llevaba unos pantalones negros ceñidos, una camiseta azul y una chaqueta a cuadros.
  Su abundante pelo negro estaba peinado hacia atrás con abundante gomina, formando un tupé mucho mayor que el de Lyla.
  Los colores de sus trajes estaban perfectamente conjuntados, al igual que las espléndidas sonrisas en sus rostros, que parecían querer dar a entender que nada podía salir mal.
  Los grandes focos se apagaron, se centró una luz sobre ellos y el público quedó totalmente en silencio.
  Comenzó a sonar una canción de rock de los años 50-60, que reconocí rápidamente como Rock around the clock, de Bill Halley. Comenzaron a sonar aplausos y vítores de los presentes, al ritmo de la melodía.
  Empezaron moviendo los brazos con unos movimientos firmes, al ritmo de las primeras estrofas. Acto seguido, con el primer cambio de ritmo en la música, John le rodeó la cintura con los brazos, y con una rápida vuelta, comenzaron a bailar de un lado a otro con pasos de Twist.
  John dio tres saltos en el aire, uno por cada cambio de ritmo cortante en la música, y terminó entrelazando los brazos con Lyla una y otra vez, a la vez que daban vueltas sobre ellos mismos.
  Se detuvieron un momento al interpretar la letra seductora de la canción, cuando Lyla movió la mano de un lado a otro, dando a entender el sofoco que sentía mientras John movía las caderas hacia adelante y hacia atrás.
  Más tarde se cogieron de la mano, y a la vez que movían los brazos libres con extrema energía, realizaban un baile con un movimiento de pies, dando pequeños saltitos y terminando al levantar la pierna hasta la cabeza.
  Avanzaron muy juntos dando vueltas por toda la pista, sin dejar de sonreír al público. Casi parecía que volaran, en lugar de estar patinando. Se movían con extrema rapidez y perfección. Era un “baile sobre cuchillas afiladas”.
  Al llegar al otro extremo de la pista, Lyla pasó entre las piernas de John, y apareció al otro lado como una inspiración, levantándose con una agilidad sorprendente. Repitieron el mismo movimiento, pero esta vez John la cogió en brazos, mientras Lyla le rodeaba la cintura con las piernas, y bajó la cabeza hacia el suelo, pasando otra vez por debajo de sus piernas, pero esta vez en el lado opuesto. Quedó tumbada en el suelo, con la cabeza apoyada entre las manos, a la vez que John daba un giro de 360º y volvía para arrastrarla hacia atrás por el suelo y levantarla.
  Miré a Jaden con los ojos como platos, aunque él no correspondió a mi mirada. Todos esos movimientos, tan imposibles para mí, sin dejar de patinar ni un solo segundo. Totalmente irreal.
  Patinaban hacia atrás, mirando de un lado a otro, sin dejar de mover los pies en zigzag. Lyla estiró los brazos, y apoyándose en los codos de John, se agachó y comenzó a patinar hacia atrás, haciendo un juego de pasos con los pies. Terminaron con un saltito, y acto seguido, comenzaron a patinar por toda la pista, moviendo los pies y los brazos, bailando auténticos pasos de rock.
  Era increíble la concentración, la perfección. No parecían vacilar ni un segundo, todo estaba estrictamente preparado, bordado. La energía con la que bailaban era casi apabullante.
  Después de pasar varios segundos sin dejar de moverse de un lado para otro, volvieron a juntarse, y John levantó a Lyla del suelo, a la vez que se dirigían hacia el lado opuesto de la pista, justo como al principio.
  Él la conducía, y ella se dejaba llevar, sin apartar su sonrisa perfecta, dedicada a todos los presentes, pero sobre todo, pensé, a los miembros del jurado.
  Terminaron cuando John hizo volar a Lyla por los aires, a la vez que ésta hacía un giro de 360º y aterrizaba en el suelo para girar varias veces sobre sí misma. Patinaron por última vez hacia atrás, dando varios rodeos, hasta que en la última frase de la canción, John terminó de rodillas en el suelo, como un perfecto cantante de rock que acaba de terminar su canción; y Lyla daba un par de vueltas sobre si misma, con los brazos estirados elegantemente y la falda agitándose por el movimiento, hasta parar al lado de John, con una mano apoyada en la rodilla y la otra detrás del cuello.
  El público estalló en escandalosos aplausos y silbidos, casi histéricos. Algunos se levantaron de sus asientos, entre otros yo misma, que los miraba aún sorprendida.
  Se cogieron de las manos y saludaron, con un movimiento elegante, para después marcharse por dónde habían venido. Como si hubieran hecho algo fácil, sencillo.
  -De verdad, no me imaginaba tanto. –Murmuré, tras aclararme la garganta.
  -No subestimes a Lyla. Ella trabaja duro, y no para hasta conseguir su objetivo. Y John la sigue, porque sabe que les conviene a la hora de ganar. –Contestó Ingrid, susurrándome al oído.
  El resto de la competición pasó rápido, decenas de genialidades maquinadas para trabajar duro y conseguir medallas de oro y plata.
  Lyla y Peter se llevaron la tercera de oro, que fueron a recoger muy orgullosos al centro de la pista, con sonrisas espléndidas y saludos.
  Yo aplaudía sin parar, una mera aficionada aún impresionada por todo lo que había visto.
  A la salida de la competición, habíamos quedado en ir a comer juntos a cualquier sitio, y celebrar la casi asegurada victoria, que ahora era palpable.
  Esperamos en el aparcamiento, junto al jeep de June, hasta que salieran los ganadores.
  Conversaba con Ingrid, aunque mi atención se centraba en Reese y June, quiénes no habían terminado aquella conversación tan animada.
  Les miraba con el rabillo del ojo, sonriendo con autosuficiencia. “Fuck yeah” –Pensé. Lo había conseguido. June empleaba sus armas de mujer. Lo estaba haciendo en ese mismo instante.
  Acerqué a Jaden hacia mí, intentando que se integrara en la conversación.
  -¿Dónde quieres ir? –Me preguntó, rodeándome la cintura con el brazo.
  -Dónde vosotros queráis, estará bien. –Contesté, sin dejar de escuchar a Ingrid.
  -Esa respuesta me suena de algo –me susurró al oído.
  -Lo sé. –Murmuré, cerca de su oreja.
  No tardaron en aparecer Peter y Lyla, radiantes, por la puerta del estadio. Automáticamente, y ante mi mirada sorprendida, Reese y June estallaron en aplausos, y Jaden, Ingrid y yo, los seguimos, más rezagados.
  Lyla sonrió, mientras se despedía de Peter con un beso en la mejilla.
  -Su querida le espera –afirmó, acercándose a nosotros.
  -Genial, tía, como siempre. –Gritó June, abrazándola.
  -Perfecta –dije, sonriente –me has dejado impresionada. Siento decir que te subestimé.
  -Bah, novatos –contestó, sacudiendo el brazo en el aire, restándole importancia.
  Cada uno de nosotros, a su manera, le dimos la enhorabuena, y pude ver en sus ojos, que ella era feliz en ese momento. Volví a apreciar que no era la chica “nada me importa” que ella quería hacer ver, sino una chica normal que, de alguna manera, intentaba protegerse, pero necesitaba a sus amigos más que a nada. Y yo me alegré enormemente de incluirme entre ellos. 





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