sábado, 22 de octubre de 2011

Capítulos 59, 60 y 61


Capítulo 59

  Observé a Jaden en la distancia, hablando con sus amigos en la puerta de los vestuarios. Me había plantado allí a las ocho de la tarde para verle entrenar, me apetecía hablar con él y besarle. En realidad me apetecía fugarme con él a Manhattan y caminar por Madison Square observando las luces de neón reflejadas en sus ojos. Quería comentar con él todo lo que nos había confesado Candy. Estaba segura de que él estaba más sorprendido que yo, por raro que pudiera parecer.
  Aceleré el paso al verle entrar por la puerta detrás de los demás, pero al final no me quedó otra que correr detrás de él y agarrarme de su cuello por detrás. Me miró sobresaltado.
  -Beck –me dijo, sorprendido –no es propio de ti asaltarme por detrás… ¿qué haces aquí?
  -Solo me apetecía verte –contesté, acercando mis labios a los suyos.
  Me besó como siempre, de manera dulce y cuidadosa, pero mi inconsciente quería ir más allá, y yo correspondí a ese beso de manera más descarada, casi salvaje, colgándome de su cuello, mordiéndole el labio inferior.
  -Ah –gimió, al notar mis dientes en su piel.
  Noté cómo me ruborizaba, bajé la mirada. Quizá aquello había sido demasiado. Decidí darle un giro a la situación.
  -¿Qué te pareció lo que nos dijo Candy? –susurré, separándome de él.
  Me miró durante unos minutos, y pude fijarme detalladamente en aquel uniforme de hockey, la camiseta pegada a su piel.
  -Me parece demasiado increíble para ser real –me contestó, algo pensativo.
  Me encantaba mirarle cuando estaba concentrado pensando en algo. Sus labios carnosos, sus ojos entornados mirando hacia alguna parte. Mi cuerpo me pedía besarle.
  -Es que es increíble –concluí, con una sonrisa maliciosa.
  Me miró durante unos instantes, intentando ver más allá de mis ojos.
  -Conozco esa sonrisa –dijo, cruzándose de brazos – ¿qué tramas ahora?
  -¿Tramar? –resoplé. –Yo no tramo nada…
  -Pero estás pensando en algo –me interrumpió, rodeando mi cintura con sus brazos.
  -Claro que sí –afirmé, recorriéndole la columna con el dedo índice. –Siempre pensamos algo, las veinticuatro horas del día… Es inevitable.
  -Quiero veros en el campo en diez minutos –gritó una voz desde dentro de los vestuarios.
  -Espera aquí –me dijo Jaden, entrando por la puerta.
  Le miré mientras se alejaba. ¿Qué pretendía? Quizá no había sido buena idea ir hasta allí para interrumpir su entrenamiento. Quizá debería esperar hasta el día siguiente para besar sus labios carnosos y húmedos.
  -Estoy listo –dijo una voz, interrumpiendo mis pensamientos.
  Miré a Jaden, plantado delante de mí. Ya no llevaba su uniforme, lo había sustituido por unos vaqueros caídos y una sudadera gris y negra de K Original.
  -¿Qué te apetece hacer esta noche? –Preguntó, con una gran sonrisa.
  Le miré con el ceño fruncido.
  -¿Esto significa que te saltas el entrenamiento por lo que me apetezca hacer esta noche? –Gemí, algo emocionada.
  -En realidad no me lo salto –contestó, enredándome un mechón de pelo entre sus dedos –técnicamente me ha surgido una urgencia. Una urgencia que dejará de serlo si sale mi entrenador y me ve aquí con mi novia…
  -Vámonos –le interrumpí, estirándole de la mano, alejándome de allí.
  Caminamos hasta su casa, mientras anochecía, sin dejar de apretar sus manos cálidas.
  -¿Por qué hemos venido hasta aquí? –Pregunté al llegar.
  Había estado totalmente distraída mirando su pelo y sus manos, y me había olvidado de preguntar lo más importante.
  -Bueno –me dijo, deteniéndose en el porche. No había luz en las ventanas. –Quería que supieras que Reese, June y Lyla no son los únicos que tienen carné.
  Le miré extrañada. ¿Me quería decir que nos íbamos a fugar en coche por la ciudad de mis sueños?
  -Me saqué el carné de conducir al mismo tiempo que ellos –continuó diciendo –pero nunca he conducido mi propio coche…
  -¿Hasta hoy? –Le interrumpí, con clara emoción en la voz.
  -Exacto. Hasta hoy. –Contestó, alejándose hacia una puerta metalizada.
  Madre mía, pensé. ¡Joder! ¿De verdad iba a montar en coche con mi novio para dar un paseíto por La Gran Manzana? ¿De verdad que todo aquello era real?... O tan solo estaba encerrada en un libro para adolescentes.
  Observé a Jaden salir del garaje conduciendo un coche típico coche de los años 80, en el que dos adolescentes enamorados se fugaban juntos. Díos mío, era perfecto.
  Se paró junto a mí y abrió la puerta del copiloto.
  -No es gran cosa, pero no nos dejará tirados –me dijo, con una mano en el volante y el brazo apoyado en la ventanilla bajada.
  -¿Bromeas? –Grité, cerrando la puerta con fuerza. –Joder Jaden, esto es increíble.
  -Bueno, lo cierto es que el coche es de mi abuela, es patético lo sé, pero…
  -Calla –le interrumpí, besándole con más fuerza que antes. –No necesito nada más, todo esto es increíble para mí, de verdad.
  -Bueno, si a ti te gusta…
  -¿A mí también? –Le interrumpí de nuevo, sin dejar de mirarle.
  Sonrió por última vez y yo me derretí en aquel mismo asiento de cuero. Arrancó el coche y abrí la ventanilla del todo, sintiendo que no podía ser bueno sentirse tan feliz.

  Aquella noche fue sin duda, una de las mejores que había vivido con Jaden. Sentía algo diferente, sentía que le quería. Sentía felicidad, quería agradecerle que existiera. Quería besarle sin parar. Quería abrazarle.
  Aparcamos el coche al pasar el puente y fuimos en metro hasta Chinatown, donde comimos rollitos de primavera y arroz con gambas dando largos paseos por aquel rincón de la gran ciudad.
  Nos tumbamos en un banco junto al muelle y observamos las luces de los pequeños barcos, iluminando los edificios de alrededor.
  Supe con certeza que le quería. Supe que, sin duda, me había enamorado irremediablemente de aquel chico, y de su sonrisa.


Capítulo 60

  Corría por un enorme pasillo de paredes blancas y casi brillantes, con el suelo perfectamente encerado. Llevaba una mochila al hombro, muy pesada, tanto que apenas podía levantar las piernas del suelo. Sentía que llegaba tarde, que no tenía tiempo, que debía acelerar aún más el paso.
  Notaba las gotas de sudor deslizándose por mi frente, el pelo empapado en mi cara, las manos húmedas. Seguía una luz que había al final del pasillo, una luz que me cegaba si miraba directamente hacia ella, pero que a la misma vez me guiaba por aquel inmenso lugar.
  Miré un gran reloj de cristal que había sujeto a una pared.
  “23 de junio, 14:23 de la tarde”. Llegaba tarde, jodidamente tarde. Pero la pregunta era, ¿A dónde? ¿Qué corría tanta prisa?
  Sentí como desfallecía, como me caía al suelo. Sentí un dolor profundo en la rodilla derecha, un pinchazo que penetró hasta el fondo del hueso. Noté cómo toda la pierna quedaba inmovilizada, como no podía moverla.
  Y entonces, ahogué un grito al notar cómo me hundía en el agua helada y oscura, como ésta penetraba por todos mis huesos hasta llegar al tuétano, como mi pierna derecha quedaba inerte a un lado de mi cuerpo. Intentaba chillar, hacerme oír, abrí la boca para gritar lo más fuerte posible, pero entonces observé burbujas saliendo de mi boca, noté como se escapaba todo el aire de mis pulmones, como sentía una gran presión en el pecho… Pataleé, moví los brazos por encima de mi cabeza, sacudí las piernas una y otra vez, e intenté gritar cuando el pinchazo de mi rodilla se agudizó. Miré hacia aquella dirección, y vi un chorro negruzco salir de un corte abierto que dejaba entrever la rótula.
  Intenté nadar hacia arriba, intenté ver más allá de aquella agua negra, pero necesitaba aire…
  Noté la superficie helada y transparente sobre mi cabeza, aquel grueso bloque de hielo. Intenté golpearlo, grité sin aire ya en mis pulmones, sentí una gran presión en el pecho, desfallecía…
  Pero entonces noté algo que me tiraba fuertemente hacia arriba, con insistencia, y yo me dejé llevar por aquella fuerza, hacia el oxígeno, hacia el aire.
  Con una gran exhalación, salí de aquel pozo helado, de aquel lugar negro. Noté unas manos cálidas que me rodeaban, unas manos familiares, unos labios junto a mi oreja que susurraban.
  -Bec, despierta por favor –me susurró dulcemente una voz al oído.
  ¿Bec? ¿Despierta? ¿Acaso estaba muerta? Sentí la ansiedad creciendo en mi pecho, hice grandes esfuerzos por abrir los párpados…
  -¿Jaden? –conseguí murmurar, intentando no desperdiciar el poco aire que entraba ahora por mis pulmones.
  Vi su rostro cerca de mi, sus labios apretados, sus ojos húmedos. Noté otra vez aquella calidez que tanto necesitaba, sus manos rodeando mi mandíbula.
  -Jaden –mascullé –llego tarde, tengo que irme…
  -Bec –me susurró con calma, intentando tranquilizarme –no puedes irte, tu pierna…
  Mi pierna era lo menos importante en aquel momento, pensé. Le miré fijamente a los ojos, húmedos. ¿Lloraba? Nunca había visto a Jaden llorar. Él me tranquilizaba, compartía la calidez de sus manos, pero nunca lloraba. Sentí otra vez aquella ansiedad. Necesitaba decirle que era importante, que tenía que irme, que no sufriera por mí, que todo era inevitable.
  ¿Inevitable? Revolví su pelo húmedo con dulzura.
  -Amor…
  -¡Hija! –gritó una voz tras nosotros.
  Miré sobresaltada hacia aquella dirección, aquel fuerte grito, un grito de angustia y desesperación.
  Observé a una mujer completamente pálida, grandes ojeras en sus ojos, el pelo negro y liso cayéndole por los hombros. Aquellos ojos grandes y brillantes… Era mi madre.
  -¡Mamá! –Grité, con angustia.
  Me miró con aquellos ojos enormes, el sufrimiento reflejado en su mirada.
  -Tienes que volver –gritó.
  Noté un pinchazo en los tímpanos, aquel grito horrible se metía en mi cabeza y no me dejaba reaccionar.
  -Bec –dijo Jaden, acercándose más a mí –tienes que quedarte aquí conmigo, yo te quiero…
  -Hija –interrumpió mi madre, corriendo hacia nosotros –él puede quererte, pero yo te dí la vida. Tu hogar está junto a nosotros, tu hogar…
  -¡Cállate! –Bramé, agarrándome del pelo con fuerza.
  Aquel grito, aquella voz, aquellos ojos que sufrían. Necesitaba huir, salir corriendo y perderme en algún lugar. Intenté gritar fuertemente, pero no me salía la voz.
  Miré otra vez a Jaden. Se volvía cada vez más traslúcido, desaparecía ante mí…
  -¡No! –Grité lo más fuerte que pude.
  Y me desperté.
  Noté las sábanas húmedas a mi alrededor, la frente empapada, el pelo pegado a la cara. Apenas podía respirar. Hice un gran esfuerzo por incorporarme.
  Joder, pensé. Que horror, que horror, que horror… Que sueño más horrible.
  Me levanté en la penumbra y noté la moqueta bajo mis pies. Inconscientemente me levanté el pantalón del pijama y observé mi rodilla derecha. Perfecta. Ni cortes, ni rótulas que se salían del sitio. Todo estaba en su lugar, todo estaba bien. Suspiré largamente, contando hasta diez. Todo había sido un jodido sueño. Un sueño demasiado real, pero un sueño al fin y al cabo.
  Caminé a tientas hasta la ventana y la abrí completamente, notando el aire fresco en mi cara. Aún era de noche, y la calle estaba completamente desierta, tan solo un grillo canturreaba en la distancia.
  Miré el despertador de la mesita: las cinco y media.
  Aún tengo una hora más de sueño, pensé. Imposible volver a dormirme. Imposible intentar meterme en la cama otra vez. Cogí unos vaqueros del armario y una sudadera cualquiera, y me encaminé a la ducha con cuidado. La puerta de Monique estaba abierta, así que no estaba en casa. Mejor, al menos no me había oído gritar en sueños.
  Abrí el grifo de la ducha a tope, dejando que el agua cayera por mi cabeza, llevándose el sudor que me apelmazaba el pelo. No pude evitar sentir un escalofrío al notar el agua corriendo por mi piel, recordando el agua helada del sueño, mis deseos de escapar, mi incapacidad para respirar…
  ¿Qué quería decir todo aquello? Siempre había creído que los sueños significaban algo, una señal, un aviso sobre algo que estaba a punto de ocurrir. No soñamos porque sí, simplemente. Los sueños son interpretables, y aquello lo demostraba el psicoanálisis, no lo decía yo.
  Me esforcé por descifrar. “23 de junio”. Corría por un pasillo, sentía que llegaba tarde. Jaden me salvaba del agua helada. Mi madre me suplicaba que volviera, Jaden me pedía que no me fuera.
  Noté un escalofrío recorriéndome la médula, al mismo tiempo que el jabón se resbalaba por el suelo.
  23 de junio. Día solicitado por la agencia. Día en que el avión salía… hacia España.
  Lo comprendí todo de pronto, una secuencia de imágenes y pensamientos recorrió mi mente rápidamente.
  Aquel sueño era una advertencia. Una advertencia, intentando decirme algo importante. Algo tan importante como que tenía fecha de vuelta. Una fecha de vuelta que me separaría de todo, de Jaden.
  De pronto recordé todas aquellas parejas en el aeropuerto de Madrid, aquellas despedidas entre besos y lágrimas.
  Sentí una náusea y corrí hacia el váter para vomitar la cena de la noche anterior, misteriosamente aún sin digerir.


Capítulo 61

  Las luces de aquella sala eran blancas, casi cegadoras. Focos colgados del techo, y una lámpara de pie en un rincón. El suelo de parqué claro reflejaba aquellas paredes de tonos rojizos, y varias sillas formaban un cuadrado en el centro. En cada esquina había un gran altavoz negro, y la puerta era de hierro, parecida a las de “salida de emergencia”.
  Observé la habitación vacía, sin gente que ocupara aquellos asientos, y sentí pánico de pronto. ¿Aquello era buena idea? ¿Realmente era necesario? Quizá habría sido suficiente ayudar a pintar el decorado, con eso habría bastado. Bueno, pensé, mordisqueándome el pintauñas. No creo que sea tan malo, todo es probarlo. Oí unos pasos detrás de la gran puerta metálica, y en pocos segundos apareció tras ella una mujer de unos cincuenta años, pelirroja, de pelo corto y rizado, en forma de escarola, y con una vestimenta algo estrafalaria para ser una profesora. Llevaba una carpeta en la mano, y unos tacones de al menos quince centímetros.
  Me miró sonriente, y me señaló sin decirme nada que me sentara en el centro de la sala, en una silla solitaria.
  Tardó unos segundos en sentarse frente a mí, no sin antes arrimar la silla para poder tenerme más cerca, supuse. Se colocó las gafas de pasta enormes y sacó un boli.
  -¿Nombre por favor? –Preguntó, mirando a la hoja que tenía delante.
  Pensé durante unos instantes. No es que me hubiera olvidado de mi nombre, a tanto no llegaba el asunto; pero en América era lo más normal decir también tu apellido, y no sabía si debía dar el mío o el de la familia Jones. Aquella señora me miró con impaciencia, y opté rápidamente por la segunda opción.
  -Rebeca Jones. –Murmuré.
  Me fijé en sus uñas rojas mientras garabateaba el papel.
  -Rebeca con una c –añadí rápidamente.
  Clavó la mirada en mí, y yo me asusté bastante.
  -No soy de aquí, estoy de intercambio…
  -Lo sé, puedo notarlo –me interrumpió, añadiendo una sonrisa para evitar mi tensión.
  Intenté relajarme un poco. Al fin y al cabo tan solo era un casting para el musical de Grease, en el instituto. Una película que había visto miles de veces, tantas que me sabía los diálogos hasta en inglés. ¿Motivos para estar asustada?
  O visto de otro modo, me presentaba para cantar en directo en un musical de un instituto de Nueva York con miles de alumnos y padres que acudirían a verlo, para cantar y hablar en una lengua que no era la mía y a miles de kilómetros de casa. Existían dos opciones para ver las cosas. Siempre existen mínimo dos.
  La miré de nuevo, esperando con ansia a que dijera algo de una vez.
  -Yo soy la señorita Ronald –dijo con aquella voz suave y pausada, ideal para una clase de historia –Candace Ronald.
  -Encantada –susurré, sin saber si aquello estaría fuera de lugar.
  Se levantó casi de un brinco y dijo energéticamente:
  -Perfecto, muéstrame qué sabes hacer.
  La miré con cara de escepticismo. ¿Muéstrame lo que sabes hacer? Agradecería que fuera usted un poco más concreta.
  Sonrió de nuevo y se acercó a mí, tendiéndome una mano.
  -Canta –dijo, mientras me ayudaba a levantarme.
  Vaya, pensé. Canta. Una parte importante cuando vas a hacer un casting para un musical.
  -Oh bueno –dije, intentando no sonar demasiado impertinente –lo cierto es que no he preparado nada. Sé que es absurdo, pero…
  -No te preocupes –volvió a interrumpirme –tú solo canta algo que sepas, cualquier cosa.
  -Está bien –contesté.
  Navegué en mi mente en busca de alguna canción. Habría estado bien que Jaden estuviera ahí conmigo, con su guitarra. Candace pareció leerme la mente:
  -¿Sabes tocar algo? –Preguntó, alargando la mano hacia una guitarra que hasta el momento no había visto.
  ¿Tocar? Aquello era demasiado pedir. Pero lo cierto es que sí conocía una canción con la guitarra. Una versión fácil de “Across the Universe”, canción que había tenido que aprender para un festival del instituto, años atrás. No estaba segura de si la recordaría, pero al fin y al cabo algo tenía que hacer ¿no?
  -Sí –afirmé, intentando sonar determinada.
  Lo cierto es que no fue difícil. Fue bastante sencillo y rápido. Las notas fluyeron de mi boca, al igual que mis palabras, y a pesar de que no pude juzgar la cara de Candace porque no apartaba la cabeza de las notas de la guitarra, creí haberle gustado. Adoraba esa canción, y aunque se alejaba mucho de un musical como Grease, podría servirle a la hora de juzgarme. Lo del baile lo podríamos dejar para otro momento.
  Y efectivamente, les había gustado. Todo sucedió rápido, sin que apenas pudiera pensar en ello, y aquella misma tarde, al salir del instituto, tenían a los elegidos. Aquellos nombres escritos con pluma negra, sobre una hoja de papel naranja colgado en el tablón de anuncios del hall.
  Noté una inmensa alegría porque mi nombre estaba en la lista. Mi nombre, Rebecca Jones, estaba en aquella lista de papel anaranjado. Sí, no habían podido evitar ponerle otra c a mi nombre. Era demasiado extraño para ellos, supuse.
  Era la nueva Frenchy, aquella chica extravagante de pelo rosa, con su sueño de ser peluquera truncado. No estaba nada mal. No era la mismísima Sandy, pero me bastaba con ser una de las “Pinks Ladies”. Siempre me habían encantado.
  No había tenido tiempo de hablar con Jaden durante toda la mañana, pero sabía que él también se había presentado la tarde anterior. Sabía que había hecho un casting, y a juzgar por su manera de bailar aquel día en el baile de invierno, y su voz acompañada por la guitarra, lo habrían cogido para algún papel importante.
  Y mis cálculos no fallaron. Después de cruzar los dedos fuertemente e imaginándomelo con tupé y vaqueros ajustados, como el propio Danny macarra que nos había cautivado a todas en algún momento, ví su nombre en la lista.
  Jaden Robinson, junto al nombre de Danny Zuko, con una pequeña mancha de tinta en la d.
  Sí, ¡sí! Sí, sí, sí… Perfecto. Ahora dispondríamos de más tiempo para estar juntos. Al fin y al cabo, era casi una obligación. Podría verle con sus vaqueros ajustados y sus camisetas pegadas al cuerpo, su pelo engominado y aquella sonrisa que era mía…
  Estaba feliz. Sí, lo estaba. Tan feliz que en ese momento ni era capaz de acordarme de la horrible pesadilla de la noche anterior.
  Pensé que estaría bien saber el nombre de la afortunada, aquella chica que encarnaría a Sandy, con su pelo rubio y su carita de muñeca.
  Busque la S en aquella lista. Quizá no debería haberlo hecho, pero lo hice. Sentí que todo volvía a la normalidad cuando vi su nombre. Sarah. Otra vez ella. No supe sí podría reprimir las ganas que tenía de matarla.   






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