miércoles, 26 de octubre de 2011

Capítulos 62 y 63


Capítulo 62

  Todo el mundo debería mirar el Empire State Building desde abajo, al menos una vez en la vida, antes de morir. Esa sensación de grandeza que experimentas al observar las pequeñas ventanas ascendentes, situadas en una fachada marrón que parece plateada al atardecer, esa sensación es imposible de experimentar si no te colocas en la puerta del edificio, y miras, sumiso, hacia arriba. En principio es una calle normal, de tan solo un carril, que no llamaría la atención de no estar custodiada por una bestia.
  Aquella tarde soleada de finales de abril, había pedido a Jaden que me llevara a un sitio increíble de Manhattan. Y mis deseos, eran también los suyos. Aunque mi teoría era más coherente: él disfrutaba riéndose por dentro cuando veía mi cara de sorpresa, mi ceja levemente enarcada, en esa expresión tan mía que tantas veces me había descrito, y que desconocía que me caracterizaba hasta que él me lo dijo.
  29 de Abril, viernes, un día como otro cualquiera, en el que los transeúntes caminaban con expresiones de felicidad, contentos porque terminaba aquella semana de duro trabajo y estrés, y algunos incluso tarareaban aquella famosa cancioncilla, “It´s Friday, Friday…” cuyo video, letra y música me abstenía de comentar.
  Los viernes eran especiales. Los viernes se traducían en una tarde increíble con un chico de sonrisa perfecta, aficionado a las camisas de cuadros. En ocasiones me preguntaba cuándo tendría la oportunidad de desabrochar uno a uno esos botones… pero prefería no pensar en ello.
  Los últimos quince días habían sido bastante desagradables, teniendo en cuenta que Jaden había pasado la mayor parte del tiempo con su ex novia –el simple hecho de pronunciar su nombre me daba asco –y yo tenía que esperar mientras los veía ensayar aquellos números, una y otra vez, mientras yo tan solo podía llevar una peluca rosa y asentir ante su complicidad. Llegué a preguntarme por qué le había pedido que hiciera aquella prueba para entrar en la obra. Llegué a preguntármelo demasiadas veces.
  Pero lo peor de todo, lo que más me hacia sufrir, básicamente porque no lo compartía con nadie, era aquella pesadilla que había tenido. Nunca antes me había parado a pensar en ello, y eso era inexplicable. ¿Cómo había podido ser tan gilipollas? ¿Es que acaso había pensado que aquel año tan increíble podría durar para siempre? Había pensado en llamar a mi madre, aquella que había quedado esperando al otro lado del mundo, y pedirle que me dejara pasar un año más allí. Solo un año más, hasta que empezara la universidad y pudiera elegir donde estudiar, conseguir una beca, lo que fuera. Pero el sueldo de mi madre era el de una persona normal, no daba para tantos años fantásticos como aquel. Además, nuestra falta de comunicación habría impedido que aquella conversación llegara a cualquier parte. Así que preferí refugiarme en mi mundo, en las manos cálidas de mi novio y en sus besos que siempre me sabían a poco, e intenté no pensar en ello. No sabía que iba a hacer, pero estaba segura de que se me ocurriría algo. Bueno, realmente no lo estaba, pero me auto convencía de que así era.
  Otra cosa que también ocupaba gran parte de mis pensamientos era el padre de Jaden, o su posible existencia. No había tenido la oportunidad de preguntarles a las chicas, y eso me había hecho pensar, llegando a la conclusión de que tendría que hacerlo yo. Cinco meses junto a él podrían concederme ese derecho. Así que me había prometido a mi misma que sacaría el tema en cuanto surgiera la ocasión. Y ese momento, frente al Empire State Building, con la luz anaranjada que se escondía tras los rascacielos, me pareció de pronto la ocasión idónea.
  -Quiero que vayamos a cenar –le susurré, rodeándole el cuello con las manos.
  -Ha sido breve –contestó, besándome la barbilla –creía que pasarías más tiempo observándolo. Aunque lo cierto es que has estado un buen rato pensando…
  -Sí, últimamente pienso mucho –le interrumpí.
  Me arrepentí de haberlo dicho, aunque lo cierto es que solía hacerlo.
  -¿Y puedo saber en qué?
  -Claro que no. –Contesté, revolviéndole el flequillo. –Mis pensamientos siempre han sido secretos, y lo seguirán siendo.
  -Pues que decepción. –Contestó, enredando un mechón de mi pelo entre sus dedos.
  Sabía que no había salida para esa conversación, así que cambió radicalmente de tema:
  -Me gusta ese nuevo corte de pelo.
  -Vaya, pensé que no te habías dado cuenta.
  -Increíble.
  -¿Qué es increíble?
  -Que pienses que no me doy cuenta de cosas como esta, cuando conozco cada detalle de tu cara, más que la palma de mi mano.
  -¿De verdad? ¿Cada detalle de mi cara? ¿Todos y cada uno de ellos?
  -Todos y cada uno de ellos, sin excepción. –Sentenció, acallándome con un beso largo.
  Había aprendido que sus labios eran parte de mí, aquel tacto húmedo se había convertido en una costumbre.
  ¿Y si compramos algo de comida, vamos hasta Long Island y nos sentamos en Long Beach, por ejemplo? Acepté aquel plan sin dudarlo, ya que sabía que todo aquello que él pensara sería, como poco, perfecto.
  Así que cogimos el metro, y aquella hora y media sentada en un vagón fue una de las mejores que había vivido, con él mordiéndome la oreja derecha y removiéndome el pelo, a la vez que intentaba encontrar mis labios.
  Cualquiera debería contemplar un atardecer en Long Beach, antes de morir. Es como ver el Empire State Building desde abajo. Es una sensación completamente distinta, pero igualmente valiosa para tus recuerdos. No era una playa preciosa, casi parecía salvaje, pero al tener a la persona que amas a tu lado, todo se hace mucho más especial.
  Sobre todo si compartes con ella un sándwich mixto y una coca-cola gigante, mientras notas los granos de arena aterrizando en tu cara, y el olor del mar envolviéndolo todo. ¿Qué pensarían mis amigas de España si vieran aquella estampa? ¿Qué dirían Bianca, Alejandra, Laura, Clara, Lucía o Marta? Me habría gustado tenerlas ahí en ese momento, oír sus comentarios, que sin duda serían divertidos e ingeniosos. Describirle a Jaden por teléfono o correo electrónico, o enviarles una de nuestras fotos no era suficiente. Había que conocerlo en persona para saber que era real.
  Le observé durante unos instantes, intentando encontrar el mejor momento para sacar el tema. Sabía que tenía que resultar suave, que debía encontrar las palabras justas para hacerlo sin ocasionarle ningún daño. En cuanto notara algo de dolor en sus ojos castaños, sabría que lo había hecho mal.
  -Jaden –le susurré, removiéndome entre sus brazos.
  Observé el sol poniéndose en el horizonte, y pensé en cuánto tiempo tardaría en oscurecer completamente. Quizá, si no le viera la cara, todo sería mucho más fácil.
  -Dime –contestó, besándome un hombro.
  Cerré los ojos un momento, e intenté pensar. Las cosas preparadas nunca salen bien, me dije a mi misma. Necesitaba ser clara y directa, ante todo.
  -Hay una cosa de la que nunca me has hablado –murmuré.
  Desde luego, aquello no podía considerarse ser directa. Mierda.
  -Dime –repitió, y noté su respiración leve cerca de mi cuello.
  Sé directa Rebeca, hazlo por una vez en tu vida.
  -Nunca me has hablado de tu padre –solté, rápidamente.
  Quería girarme y mirarle la cara, cuando el sol aún tenía unos centímetros en el horizonte. Pero no fui capaz. Tan solo intenté interpretar su reacción mediante su respiración, que se había vuelto algo más rápida y entrecortada. Noté sus manos rodeándome por la espalda, ahora tensas. Me consideraba una persona cruel y horrible.
  -Lo siento –gemí, acariciándole una mano –no tenía por qué…
  -Yo no tengo padre –me interrumpió, cortante.
  Le había hecho daño. Le había herido. Le había dado de lleno en el corazón, en el subconsciente. Era gilipollas.
  Sentí un nudo en la garganta, a cada lado de la tráquea, un nudo que me hacía daño. Me giré levemente para mirarle a los ojos, ahora que casi no podría verlos. Miraba hacia el mar, hacia la parte más lejana, donde aún se reflejaban unos rayos anaranjados, tímidos. No pude interpretar su expresión. Parecía estar viajando muy lejos.
  -Mi padre –dijo de pronto, con una voz parecida a la de un replicante, fría y lejana, sin sentimiento. –Mi padre conoció a mi madre cuando ella  tenía  dieciséis años. La vio por primera vez en un motel de carretera, donde servía menús baratos a los camioneros.
  Era una chica de Texas, pequeña y de piel oscura, con el pelo negro y rizado, y una sonrisa perfecta, según la define mi abuela. Algo rebelde, había huido de casa cuando su padre abandonó a su madre, justo el día en que ella cumplió quince años.
  Ese hijo de puta, mi supuesto abuelo, era un cabrón y un borracho, y les hacía la vida imposible a las dos, hasta que un día se marchó. Mi madre no podía pensar en nadie, había crecido con la violencia a la orden del día, y tan solo necesitaba huir de aquel infierno; así que cogió los ahorros que mi abuela guardaba en un bote debajo de una baldosa del baño, y se fue a buscar algo mejor.
  Empezó trabajando como secretaria de un empresario importante, dueño de una empresa de automóviles. Pero huyó de allí el día en que ese cerdo intentó utilizarla como algo más que una simple secretaria.
  El hecho de tener dieciséis años, una figura frágil y una belleza anormal la hacían demasiado vulnerable a la hora de encontrar cualquier trabajo o alquilar un piso. Los tíos querían follársela y una de sus caseras intentó contratarla para trabajar en un prostíbulo que tenía montado en su casa. Algo que por desgracia sopesó, debido a su triste economía y su situación. Pero un día, después de un año buscando trabajos de mierda y durmiendo en residencias para vagabundos, consiguió un empleo decente, en un motel de carretera, cerca de Nueva York. Ella era feliz, la jefa era una mujer de unos treinta años que hablaba con ella y la comprendía, que la defendía cuando algún camionero había bebido más de la cuenta.
  Su trabajo consistía en una jornada completa, servía platos por las mañanas y por las tardes esperaba en la recepción y acompañaba a su habitación a los huéspedes. Trabajaba doce horas diarias, pero a cambio tenía alojamiento y comida gratis, así que estaba agradecida por aquel regalo.
  Pero un día, un chico joven de unos dieciocho años llegó a la recepción del motel, completamente borracho, casi sin poder tenerse en pie. Apenas podía decir su nombre, pero mi madre entendió que aquel chico rubio, de ojos azules y con cara de niño indefenso se llamaba Jude.
  Se encargó especialmente de acompañarlo a la habitación, ayudándole a subir las escaleras, mientras el balbuceaba cosas sin sentido como un niño pequeño. Le tumbó en la cama, quitándole los zapatos con cuidado, desabrochándole el cinturón de los vaqueros cuando el pedía insistentemente que necesitaba mear, y acompañándole al váter, esperando a su lado mientras no podía ni apuntar a la taza.
  Se tomó la libertad de desnudarle, le quitó aquella camiseta sudada que casi formaba parte de su piel, tragándose su vergüenza tiró los calzoncillos a las baldosas del baño y le sentó en la bañera, abriendo el grifo del agua fría completamente, intentando que volviera a su estado sobrio y natural.
  Él no paraba de repetirle que era preciosa, que estaba viendo a un ángel caído del cielo, que no sabía donde estaba pero creía encontrarse en el Paraíso.
  Usó una toalla blanca para secarle con cuidado, en la moqueta de la habitación, la misma que utilizó para envolverle la cintura, ya que no tenía ropa limpia para ponerle. Él intentaba abrir los ojos y mirarla, y cada vez que lo hacía escupía palabras bonitas con olor a whisky.
  Volvió a tumbarle en la cama, le tapó un poco con la sábana, y dejó la luz de la mesilla encendida. Pero cuando ya se iba, el le suplicó entre gemidos que se quedara, que tenía miedo de quedarse solo, que no se sentía bien… como si fuera un crío pequeño que llora a su madre para conseguir algo.
  Y ella, enternecida por aquel misterioso extraño, diferente a todos los huéspedes que había conocido hasta entonces, se dejó llevar por primera vez en su vida, sin pensar en las consecuencias de sus actos, cegada por aquellos ojos azules. Se desnudó y se tumbó junto a él, tan solo haciéndole compañía, abandonando la recepción del motel a su suerte, quizá esperando que a la mañana siguiente él le arrebataría su virginidad. Y así fue.
  Aquel chico desconocido se despertó muy pronto por la mañana, apenas consciente de donde estaba, y no pudo creer lo que veía cuando descubrió a aquella chica joven y preciosa, tumbada junto a él. Pensó que quizás sería una broma. Pensó que quizás seguiría borracho. Intentó despertarla, acariciándole uno de sus hombros desnudos. Pero cuando ella abrió los ojos y sonrió con aquella sonrisa suya, su instinto fue imposible de controlar. Así que la cogió y se la puso encima… y el resto de la historia te la puedes imaginar. –Sentenció, mirándome por primera vez directamente a los ojos.
  Ahora todo tenía explicación. Mi amor, mi Jaden, aquel chico tan especial que acababa de confesarme su secreto, era fruto del polvo de una noche entre una adolescente más joven que yo y un chico desconocido, huésped del motel donde ella trabajaba.
  Aquella historia, a mis ojos tan irreal, era la explicación para que Jaden estuviera allí junto a mí, una noche de finales de abril.
  Me pregunté si alguien más que no fuera yo conocería aquello. Me pregunté cómo terminaría aquella historia. Pero no quise expresar mis dudas, no hizo falta que lo hiciera.
  -Aquel chico desapareció esa misma noche, abandonó el motel tan misteriosamente como había entrado en él. Y mi madre, además de sufrir una bronca de su jefa por abandonar la recepción durante horas de trabajo; tuvo que comprar un test de embarazo dos semanas después. Un test de embarazo que dio positivo. Un test de embarazo que la trajo de nuevo a la realidad, aquella realidad tan horrible que había tenido que vivir antes, pero que al fin y al cabo no era otra cosa sino la vida real. No pudo con el embarazo sola. Tuvo que pedir ayuda a mi abuela, aquella mujer que había quedado abandonada en Texas, pero que no dudó en prestarle ayuda a su hija, a pesar de lo irresponsable que había sido.
  Mi abuela vendió la casa en la que vivía, y con aquellos ahorros pudo comprar una casa en Queens, lo suficientemente decente para vivir las dos, sin complicaciones. Como aún se consideraba joven y fuerte, obligó a su hija a quedarse en casa, ya que el embarazo estaba resultando complicado debido a lo joven que era; mientras que ella empezó a trabajar en una fábrica de productos químicos.
  Y los años pasaron, mi madre pudo comprarse otra casa tras años de esfuerzo trabajando en la tienda, hasta hoy.
  Y esta es la historia de mi vida, puede parecerte patética, pero es lo que hay.
  -¿Patética? –Exclamé.
  Le miré a los ojos con detenimiento, y le di un beso en la mejilla. Sabía el esfuerzo que le había causado soltar todo aquello. Quizá era la primera vez, y había sido especialmente difícil.
  -Probablemente pensarás que mi familia no es normal, que mi vida no pude ser más rara. Si es así, te comprendo.
  -No importa lo que yo piense –le susurré, acercando mi boca a la suya. –Esto que has hecho me ha aclarado muchas cosas.
  -¿Cómo cuáles? –Me preguntó, reprimiendo un beso.
  -Ahora entiendo por qué eres tan especial. Esas vivencias a las que tú llamas “raras”, son la clave para hacernos más fuertes, para hacernos pensar. Ahora puedo ver por qué eres una persona tan resistente, tan increíble y tan madura. ¿Pero sabes lo mejor?
  -No.
  -Lo mejor es que tenías dos opciones. Podrías haberte deprimido durante toda tu vida, pensando en que nunca has tenido un padre, o actuando en contra de tu madre. Pero por otro lado, tú has cogido la opción correcta, sin darte cuenta. Has optado por aceptarlo sin preguntarte nada más, por apoyar a tu madre y reconocer lo mucho que ha luchado, sin olvidar a tu abuela, que ha estado ahí desde el principio.
  Y el hecho de que hayas hecho eso te convierte en alguien mucho más especial que cualquier persona especial que haya en el mundo.
  -Lo mejor de todo es que he podido contar esto a alguien –continuó diciendo él, en mi lugar. –Pero sin duda, lo mejor de todo, es que tú has sido ese alguien. –Concluyó, zanjando la conversación.
  Sentí esa excitación y felicidad que había sentido cuando le vi por primera vez. Sentí que debía canalizarla de algún modo. Y lo hice, besándole de una manera especial, de la manera más cómplice y dulce que lo había hecho nunca, agradeciéndole el esfuerzo de aquella noche.



Capítulo 63

  Las cosas marchaban mejor que bien desde aquel día en Long Beach. Era como si una confianza se hubiera instalado entre nosotros, que nos hacía comportarnos como si nos conociéramos de toda la vida, como si aquella barrera que existía entre nosotros ya hubiera hecho historia. Y aquello era una gran sensación, una sensación casi de victoria.
  Debido a mi naturaleza, por la cual debía pasar la mayor parte del tiempo dándole vueltas a alguna idea, pensé justo después de que Jaden me confesara aquella historia de su “no padre”, que yo nunca le había hablado de mi familia. Lo cierto es que no tenía mucho que contar. Ni hermanos, ni tíos, ni primos. Solo mi madre, y los padres de ella. Los únicos abuelos que tenía. Mi padre había muerto en un accidente de coche, cuando yo tenía seis años. Algo que recordaba haber confesado a June cuando ella me contó lo de su madre. Para ser sinceros, y aunque la sinceridad pueda ser dura en ciertas ocasiones, aquello no había sido un duro golpe para mí. Nunca había tenido especial contacto con mi padre. Viajaba y trabajaba demasiado, y un día, de pronto, simplemente viajó lejos, aunque aquella vez para no volver más. Suponía que a los seis años ya era una edad suficiente para entenderlo.
  Quizá por ello pasé aquellas Navidades tan a gusto con la compañía de Danielle y su novio, con Monique y Mark. Porque se les veía unidos, una familia que se quería y luchaba por reunirse en cuanto tenían ocasión, por no perder las buenas costumbres. Y a pesar de que Mark era tan “especial”, por llamarlo de algún modo, quería mucho a su hermana, y eso me expresaba cierta ternura, teniendo en cuenta que no sabía lo que era tener una. Y por eso cuando escuché la historia de Jaden, y entendí aquella especial unión entre su madre y su abuela, me emocioné y sentí algo agradable al ver el amor de aquella pequeña familia. Y a pesar de que la relación con mi madre nunca había sido muy fraternal, y siempre me había considerado independiente y ajena a rollos familiares, todo aquello me hacía sentir bien.
  Y de esta manera, todos estos temas me llevaron a recordar mi diecisiete cumpleaños, que llegaría muy pronto.
  Concretamente, nací el 1 de mayo de 1994, un domingo por la mañana. Lo sabía a ciencia cierta porque mi madre me había contado la historia miles de veces. Y aquello no era una expresión. Miles de veces.
  Mi madre había ido a pasar unos días de vacaciones a una isla cercana a Formentera, aprovechando que mi padre estaba en uno de sus viajes de trabajo. Yo tenía que haber nacido en junio, pero según mi madre me había cansado ya de estar ahí, había apreciado el olor del mar, y me había revelado contra el mundo; provocándole un parto de urgencia en aquella pequeña isla, en un lugar parecido a un hospital, pero que no llegaba a serlo del todo.
  Y aquella era mi pequeña historia, la primera de todas. La historia de mi llegada al mundo.
  Y no sabía cómo, pero todos se habían enterado de que mi cumpleaños llegaría pronto, y pensaban hacerme una buena fiesta, aunque yo no había dudado de ello en ningún momento.
  Como sabían que no era partidaria de grandes celebraciones, o fiestas con muchos invitados; June se encargó de pedir prestado a uno de sus contactos un ático-local de ensayos situado en Long Island, propiedad de un amigo de su hermano que tocaba en una banda de Queens.
  Y así, ella misma había preparado la sala, había encargado comida y unas pizzas, algo de ponche –especialmente para mí –había dicho, ya que conocía mi aversión por el alcohol, algo de música, y había conseguido llenar el minibar con la ayuda de otro amigo de su hermano, éste mayor de edad. Íbamos a ser pocos, tan solo las chicas, Reese, Jaden y yo.
  Y allí estábamos todos, una noche de principios de mayo, en aquel local quizá demasiado cálido, con el suelo de madera y las paredes forradas con pósters de grupos de música rock, para mí desconocidos. Tan solo unas velas iluminaban la estancia, y la música, tranquila, iluminaba la estancia. June elegía las canciones, que conectaba desde su Ipod al equipo de música, y alternaba esta tarea con escapadas breves al baño, acompañada de Reese. Me sentía especialmente satisfecha cada vez que los veía juntos, consciente de que había hecho un pequeño favor a la humanidad. Realmente, los dos eran iguales. Los dos habían pasado la mitad de su adolescencia de flor en flor, intentando encontrar algún polen que fuera lo suficientemente bueno. Hasta que al fin, aquel incidente con una de las “amigas” de Reese en el centro comercial, sumado a mi sermón hacia June, había conseguido abrirles los ojos. Ahora eran una pareja que discutía unas veintitrés veces diarias, pero no era nada anormal.
  Lyla seguía centrada en sus campeonatos, que parecían volverse más importantes por momentos, y ni siquiera pensaba en invertir su tiempo buscando a alguien. Yo suponía que tampoco lo necesitaba, sería feliz así, dedicándose a aquello que verdaderamente le apasionaba. De Jason no había vuelto a saber nada. La última noticia que tenía de él, fue que había decidido tener al niño que esperaba su novia. Nada más. Ni una llamada, mensaje, correo o carta después de aquella visita inesperada. Estaba segura de que Lyla aún pensaba en aquello, pero conociendo su postura, siempre reservada, sabía que nunca más hablaría sobre el tema.
  Ingrid era feliz. Había descubierto que su verdadera pasión era entrenar con las animadoras cada tarde, y llegar a poder ser entrenadora algún día. Seguía manteniendo aquella dulzura de niña, que por suerte, aún no se había quebrado.
  Shanna cuidaba de sus niños copiosamente, y según decía, invertía gran parte del dinero que ganaba con aquel trabajo en comprar telas y material de costura, para diseñar sus propios trajes, y coserlos ella misma, que más tarde llevaba a pequeñas tiendas de Queens, para recibir algo a cambio, o simplemente obtener la aprobación de los diseñadores allí presentes.
  Mark aparecía poco por casa, tan solo por las noches, cuando desde mi cama, oía un motor encendido que se filtraba por la ventana abierta, y después sus pasos y la puerta, que se cerraba suavemente tras él.
  Apenas habíamos hablado desde el “accidente”. Al menos, no tanto como antes. Quizá había dejado de ser su “hermanita” como él me llamaba a veces, y aunque no había tensión cuando hablaba conmigo; estaba segura de que para él nada era lo mismo. Me evitaba, eso estaba claro. Lo único que sabía, y que en parte me tranquilizaba, era que seguía con Traci. A veces los oía, pegaba la oreja a la pared y escuchaba su voz aguda, algunos grititos histéricos… y esas cosas en las que prefería no pensar.
  Y yo… Bueno yo era muy feliz. Simplemente, feliz. Sin más. Era más feliz de lo que nunca lo había sido. En esos momentos podía comprender que mi vida anterior tan solo había sido “estable”, por llamarla de algún modo, en comparación con aquella nueva vida, llena de cosas increíbles, y con algo que creía haber conocido anteriormente, pero de lo que sin duda, estaba equivocada: El amor.
  Creía haberme enamorado antes. Un amor frustrado, que solo me había traído aquel vacío en el pecho, aquella sensación que no me dejaba respirar cuando llegaba, inesperadamente. Yo creía haberme enamorado antes, pero en aquel momento, me preguntaba sí realmente sabía lo que era el amor. ¿Es que acaso alguien podía saberlo con total certeza? No. ¿Cómo podías definirlo con seguridad, si en cada persona se experimentaba de una manera distinta? Sus síntomas no podían ser definidos como los de una gripe. Y sí eso no era posible, ¿Realmente alguien sabría como definirlo, nombrando sus síntomas, uno a uno? La respuesta que yo había encontrado era un “no” rotundo. Claro que no se podía definir, ni siquiera intentar hacerlo. Nadie había sabido anteriormente, ni nadie podría hacerlo nunca. Como tantas otras veces, la ironía llamó a mi puerta, y Jaden se acercó, con un vaso de ponche en la mano. Se sentó junto a mí en el sofá, y yo sonreí al ver su sonrisa. Ambas se arrastraban mutuamente, se incitaban a salir y extenderse en nuestros rostros. Siempre.
  Aquella noche estaba especialmente guapo e irresistible. Había escogido una camiseta de manga corta y cuello de pico, a rayas negras y blancas, con unos pantalones vaqueros negros y zapatillas altas del mismo color. Nada fuera de lo normal, pero, misteriosamente, aquel día sentía una atracción especial por él. Quizá fuera la luna, llena, que podía ver a través de un ventanal situado detrás del sofá, o rollos similares.
  No sabía qué era, pero lo evidente es que no podía dejar de mirarle, su pelo claro, revuelto, sus manos rodeando las mías.
  -¿Qué te pasa? –me susurró al oído, entrelazando sus manos con las mías.
  Sonreí algo avergonzada, sintiéndome estúpida.
  -Hoy estás muy guapo. –Afirmé, esta vez mirando hacia la ventana.
  Me obligó a mirarle, y observé su sonrisa detenidamente, aquella que contrastaba con la luz tenue y anaranjada del local.
  -Tú si que estás preciosa. –Me dijo, besándome los labios con tanta suavidad que apenas pude notar el roce.
  Me observé brevemente. Había escogido un vestido corto de palabra de honor, azulado y con flores en tonos rojizos, amarillos y verdes, con unas bailarinas color marrón claro. Me había recogido el pelo en un moño informal, con una cinta verde adornada con una pequeña flor blanca. Un poco de color rojo en los labios, y eso era todo. Bastante sencilla, como siempre.
  -Yo creo que tú me ves así –rehusé, recorriéndole el contorno de los labios con los dedos –porque en realidad no llevo nada especial.
  -Puede que no lo sea realmente –afirmó, rizando aún más uno de mis rizos –pero quizá eres tú la que lo hace especial.
  -Tú si que sabes –susurré, sin poder evitar esbozar una sonrisa.
  Observé la estancia, la música baja, chill out, la tranquilidad del momento. June y Reese habían escapado de nuevo al baño, que novedad. Las chicas se reían sobre algo al parecer muy gracioso. Nosotros estábamos apartados, en un sofá de la esquina, aunque era evidente que ellas eran conscientes de ello, y lo hacían posible.
  No quise evitar besarle, en aquel momento no podía hacer nada por evitarlo. Sentí su lengua inundando mi boca, sus labio inferior recorriendo el mío superior, la dulzura de aquel beso, quizás algo salvaje. Noté su mano recorriendo mi pierna, subiendo cada vez más hacia donde terminaba el vestido, buscando con avidez. Pero no me molestó, sino que contesté rodeándole el cuello con las manos, revolviéndole el pelo por detrás, inclinándome más hacia él, tumbándole en el sofá. ¿Acaso aquella era yo? Yo nunca hacia eso. Nunca me dejaba llevar por mis emociones o sentimientos. Siempre me reservaba, siempre esperaba los momentos de soledad para exteriorizarlo todo. Sabía que había gente cerca, pero ¿por qué en esos momentos no me era posible parar? Empecé a pensar que quizá me alguien me había echado algo raro en la bebida. Sí, era lo único que explicaba aquella extraña sensación de deseo.
  Me aparté bruscamente cuando noté a June acercarse, con una sonrisa triunfal en la cara, mirándome con sorna.
  -Parejita –murmuró, agachándose ante nosotros –voy a poneros algo de música… ya sabéis, para que podáis descargar vuestras pasiones y esas cosas.
  -Qué considerada –afirmó Jaden, con fastidio, al ver interrumpido aquel momento.
  ¿Acaso no las desatabas tú con Reese en el baño, hace unos minutos? Pensé.
  June se alejó contoneándose y riendo, hacia el equipo de música.
  -Odio esto –susurré a Jaden, cuando ya no estaba cerca.
  Él no pudo evitar reírse.
  -Tienes demasiados prejuicios. –Dijo, levantándose.
  Le observé un momento. ¿Por qué se levantaba? Estábamos bien ahí sentados…
  -Vamos a bailar, ¿acaso no has oído a June? –Dijo, estirando un brazo hacia mí para ayudarme.
  -¿Bailar? –Pregunté, siguiéndole hacia el centro de la estancia. –Creo que no recuerdas la noche del baile…
  -No lo haces mal –me interrumpió, rodeándome la cintura con una mano, y colocándome las manos detrás de su cuello, suavemente –el problema es que tú crees así. Solo tú.
  -¿Acaso no todo el mundo lo cree? –Pregunté, mirando hacia abajo, con cuidado de no pisarle.
  -Mira a tu alrededor –me dijo con una sonrisa, mientras dábamos vueltas muy despacio.
  Observé la estancia detenidamente. En ese momento éramos los únicos situados en el centro para bailar, pero en contra de mi pronóstico, nadie nos miraba. Cada uno se ocupaba de su conversación, June ponía música mientras Reese le comía la oreja, y las chicas seguían riéndose, quizá algo afectadas por el alcohol; pero nadie se molestaba en mirar hacia nosotros. Eso me tranquilizó, pero me resultó extraño a la vez.
  -¿Te das cuenta? –Dijo, interrumpiendo mis cavilaciones. –Nadie te mira. Nadie se preocupa de que des un paso en falso y me destroces un pie, ni siquiera yo mismo.
  -¿Destrozarte un pie? –Farfullé, con el ceño fruncido.
  Soltó una carcajada, cerca de mi boca.
  -Solo quería hacerte enfadar. Estás muy guapa cuando te enfadas… con esos colores en las mejillas.
  -Típico –mascullé, poniendo los ojos en blanco.
  Empezó entonces a sonar “Across the Universe”, versionada por Fiona Apple, y sonreí porque sabía que June la había encontrado en mi Ipod, y había tenido el detalle de incluirla en el repertorio de aquella noche.
  Desde luego aquella chica estaba mal de la cabeza, pero no se le pasaba ni una.
  Giramos suavemente, y yo me apoyé en su hombro, sintiendo algo parecido a un cosquilleo en mi estómago al notar su piel contra mi mejilla. Desde luego aquella noche estaba medio gilipollas, yo. No entendía a que se debía tanta efusividad. No tenía explicación.
  Pasamos mucho tiempo así, agarrados, con mi cuello apoyado en su hombro, y sus manos detrás de mi cintura, respirando muy cerca el uno del otro. Pasaron minutos, y quizá puede que horas. Aquella sensación era demasiado buena como para dejar de experimentarla. Podría haberme pasado así toda la noche, con la luz tenue reflejada en la cara, notando su respiración cerca de mi oreja, dando vueltas acompasadamente.
  Pero a las pocas horas, tres quizá, aparecieron aporreando la puerta un grupo de adolescentes alocados, todos conocidos del equipo de Jaden, animadoras del instituto o amigos de June. Al parecer, había habido un soplo de “una fiesta con alcohol”, como ellos le llamaban, y se habían sentido “muy ofendidos” al no haber sido invitados. Pero todo desde el cariño, claro; había gritado un chico con acné precoz.
  Casi parecía imposible frenarles, aquella masa de veinte adolescentes sedientos de fiesta y bebidas alcohólicas. A mí ya no me importaba: no me quedaba mucho tiempo allí. Prefería huir con Jaden a un lugar más tranquilo, o meternos en su coche a hablar, simplemente.
  Así que estuvimos allí unas dos horas más, tres quizá, bailando y observando a la gente borracha, con actitudes promiscuas. Era divertido verles. Y sí, por raro que pudiera parecer, entre todos habían conseguido que me divirtiera. Objetivo conseguido.
  Pero al fin llegaba la hora, la más deseada en mi caso, la hora de marcharme, acompañada de Jaden, que me llevaría a casa. Esa sensación de decir adiós a tus amigos, ¿te vas sola?, no, me voy con mi novio. Já. Podía decir que me iba con mi chico, que me llevaba en coche hasta la puerta de casa, asegurándose de que estuviera bien. Aquello si que era irreal.
  Nos despedimos de aquella masa, en la que apenas se distinguían los que habíamos sido en un principio, y montamos en el coche, con su particular ronroneo, tan querido, inexplicablemente, por mí.
  La noche era bastante cálida y el aire en el coche estaba comprimido, apenas podía sentir una mínima brisa. Tenía las palmas de las manos sudorosas, y la nuca empapada. Definitivamente me habían puesto algo raro en la bebida.
  Jaden conducía tranquilo, y de vez en cuando se giraba para mirar cómo dibujaba en el vaho de los cristales. Me gustaba verle conducir, me hacía sentir cómo si viviera dentro de una película, como casi todos los momentos que pasaba con él. Aún seguía sintiendo esa sensación de que todo era demasiado bueno para ser verdad, de que aquello no podía ser mi vida.
  Sentí otra vez aquellas ganas insoportables de besarle, sentí que necesitaba hacerle parar el coche y que me sujetara entre sus brazos como él tan bien sabía hacer.
  Quizá convendría que llegara a casa y me diera una ducha, había oído que las sustancias químicas se eliminaban del organismo de esa manera.
  -Quería hablar contigo de algo –dijo, a la vez que apagaba el motor, unos pasos alejados de la puerta de mi casa.
  ¿Hablar? ¿Por qué hablar? ¿No podía mejor besarme, que era más sencillo?
  -¿Sobre qué? –Pregunté con un hilo de voz, tragándome las ganas de lanzarme sobre él.
  Se giró para mirarme y deseé que no lo hubiera hecho: la luz tenue de la luna se reflejaba en su pelo, revuelto y ligeramente humedecido por el calor de la noche. Podía sonar cursi, pero era completamente cierto. Así no podía, aquello no ayudaba para nada. Agradecí profundamente que empezara a hablar, e intenté, no sin esfuerzo, centrarme en sus palabras.
  -Sé que durante el último mes no nos hemos visto mucho, por los entrenamientos, la obra de teatro y los exámenes finales –Dijo, mirándome a los ojos. –Y bueno, quería decirte que lo siento, siento no poder pasar tanto tiempo contigo como me gustaría, y sé que no te hace gracia que ocupe parte de ese tiempo ensayando la obra, con Sarah precisamente… –Añadió, bajando el tono de la voz repentinamente.
  Le miré durante unos segundos, y sonreí. No necesitaba decir nada sobre aquello, estaba segura de todo.
  Sentí la necesidad de liberar lo que había estado reprimiendo toda la noche, de aprovechar ese momento a solas, de tan solo, simplemente, dejarme llevar.
  Y ante su sorpresa lo hice.
  Me abalancé sobre él poco a poco, agarrándole fuertemente la camiseta con una mano, y sujetando su nuca con la otra. Le besé poco a poco, despacio, y él correspondió, al principio un poco cohibido, pero poco después siguió mi ritmo, empezó a besarme por cada una de las partes del cuello, siguió por la clavícula y el lóbulo de la oreja, y yo sentí como aquella sensación se volvía cada vez más insoportable, haciéndome sudar y sin poder evitar emitir algún que otro jadeo.
  Sudaba y jadeaba. Estaba empezando a entender qué quería. Estaba empezando a comprender mi situación. No había nada en la bebida. Era yo misma. Mi cuerpo… pedía más. Necesitaba más de él, llegar más allá. Sentirle cada vez más cerca, como si nunca pudiera irse.
  Me avergoncé de mi misma, sintiéndome culpable por aquello. Aquella culpabilidad que me abrumaba por ser alguien que no era yo. Por comportarme como una extraña y actuar como tal.
  Pude notar mi mano deslizándose por debajo de su camiseta, noté el tacto de su piel húmeda y sentí mi corazón palpitar tan fuerte en mis tímpanos, que creí que podría oírse en todo el coche.
  Seguí mis brazos cuando desabrocharon uno de los botones de sus vaqueros, aturdida por aquellos besos, los ojos cerrados, el pulso de la sangre en mis venas.
  Dejé que él cumpliera su parte, noté su mano, tan cálida, deslizarse por mi columna, buscando una cremallera que bajar. Sentí la necesidad de ayudarle, cogiéndole de una mano y guiándola por su camino.
  Me levanté el vestido, experimentando cada vez más ese calor insoportable… Y de pronto todo se detuvo.
  Jaden me miró, con unos ojos casi irreconocibles, despeinado, las mejillas enrojecidas. Intenté reanudarlo todo, pero él me detuvo, acariciándome suavemente la mejilla, y alejando mi cara de la suya.
  ¿Por qué? Quise gritar, con fastidio. Las cosas iban bien… ¿Por qué paras amor? ¿Por qué, si tú también quieres que ocurra?
  Le miré, intentando que todas estas dudas se reflejaran en mi rostro, dándole vía libre para contestarlas.
  -No quiero esto –contestó finalmente, con una voz tan ronca como irreconocible. –No quiero esto para ti. No quiero que sea de esta manera. Tú te mereces algo mucho mejor… No una primera vez en un coche viejo.
  -Vaya –contesté, con un susurro casi inaudible.
  Recapacité durante unos instantes, mirando a mi alrededor. La calle estaba desierta, y el sol comenzaba a filtrarse por entre los edificios. Los cristales del coche estaban empañados, cubiertos de vaho, y el ambiente era cerrado, apenas traspirable. Él quería algo mejor para mí. No quería que mi primera vez fuera tan mediocre, en medio de una calle desierta, en un coche viejo. Quería que fuera única. Él, él se había permitido el lujo de parar. Él, con su testosterona a flor de piel. Él, adolescente con hormonas efervescentes. Él, tan solo lo había hecho por mí.
  Le miré sonriente, feliz, agradecida en el fondo. Le besé dulcemente en los labios, un beso corto, casi imperceptible, con miedo de que pudiera despertar otra vez aquella sensación.
  Y bajé del coche, sin decir una palabra más. Sabía que me estaba mirando cuando abrí la puerta de casa, sabía que sonreía, aunque no le estuviera viendo.
  “La primera vez”, había dicho. Incluso había sido sensible en ese punto. Aunque según mi punto de vista, aquello era obvio.









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