domingo, 30 de octubre de 2011

Capítulos 64 y 65


Capítulo 64

  Las horas previas al musical fueron interminables. Apenas vi a Jaden, y pasé todo el tiempo en el salón de actos del instituto, preparando el decorado y cumpliendo órdenes de la señora Ronald. No era la única, y todos aquellos voluntarios, pelotas o que tenían papeles secundarios como yo; se encontraban en mi misma situación.
  Yo sabía que mientras tanto Jaden pasaba el rato con Sarah, ensayando incesantemente, también bajo las órdenes de la señora Ronald.
  La última vez que lo había visto me había comportado de una manera tan rara que ni yo misma me había reconocido. Para ser exactos, había sido una “gata en celo”, en toda regla. Me avergonzaba incluso pensarlo, pero era demasiado tarde para intentar engañarme.
  Llevaba cinco meses viviendo en una nube, apenas sin enterarme de lo que pasaba a mi alrededor, prendada de aquel chico de perfecta sonrisa. Incluso aún había momentos en los que pensaba que nada de aquello era real, que nada tan bueno podía pasarme a mí, aquella chica que había dejado de creer en el amor por vivir uno frustrado.
  Aquellas horas entre pinceles y decorados me permitieron reflexionar bastante, y llegué a la conclusión de que debía dar las gracias. Para mí nunca había existido un Dios que nos vigilara, y siempre había pensado que, en el caso de que así fuera, tendría que estar pasándoselo genial allá arriba.
  Quizá el olor a pegamento me había ablandado el cerebro, pero mis conclusiones ya eran claras. La vida me había brindado una oportunidad en plena adolescencia. Me había regalado todo aquello, y gracias a lo que fuera lo estaba aprovechando. Yo había huido de mi casa, había huido de “un amor” frustrado, había huido de las escasas relaciones con mi madre. Lo había dejado todo atrás, pensando que las cosas podrían ir mucho mejor. Ciertamente se suele decir que las huidas nunca son beneficiosas, que huir no es una solución. Me reía yo del que dijo eso… en mi caso era totalmente diferente.
  Vivía en la ciudad de mis sueños, aquella en la que todo el mundo habla con deseo y frenesí. Había conocido a unos amigos tan especiales que en ocasiones creía que habían sido fabricados para mi camino. Sabía lo que era vivir en una familia con menos química que la mía, hablar con una madre que sufría por la escasa relación con su hijo adolescente. Había experimentado esa sensación de no ser hija única, y tenía un hermano extraño que me protegía y que a la vez se sentía atraído por mí, según había observado tras aquel “incidente”. Un chico inalcanzable para muchas chicas del instituto, popular y capitán del equipo. Un tío bueno de ojos azules y pelo oscuro que actuaba como mi hermano mayor, aunque en una ocasión ese pequeño detalle le pasara inadvertido. Pero lo más importante de aquel regalo había sido él, sin ninguna duda.
  Aquel chico de pelo claro y sonrisa perfecta, aquel chico del que sin duda me había enamorado. Mi primer amor, mi “teenage dream”. Aquel con el que había sentido cosas que nunca antes habían sido posibles. Un chico que había vivido grandes dificultades en su corta vida, pero que a pesar de ello había sido capaz de superarlas y agradecer a su madre y abuela todo lo que había hecho por él, sin guardar verdadero rencor a aquel padre suyo desaparecido.
  ¿Existía otro chico como él, o parecido? Era consciente de que no. Obviamente no existen dos personas iguales en el mundo, pero dudaba de que hubiera algún adolescente con su misma situación que no hubiera optado por la rebeldía y el odio hacia la familia. Él era especial, sin duda. El regalo más importante que me había llegado, la parte principal.
  Observé el capó del coche de madera que estaba pintando. Ya casi estaba terminado. Era el coche de los “malos” de Grease. El coche del cara cráter. Había necesitado un gran cubo de pintura negra para poder pintarlo entero. De los pequeños detalles se encargarían las chicas del club de artes plásticas, yo tan solo era una colaboradora en todo aquello.
  Miré el reloj que había colocado en la pared. Ya eran las nueve. Mi jornada había terminado. Recogí mi bolsa, abandonada en un rincón, y salí como pude del “backstage”, esquivando cajas de cartón, figuras gigantes de madera o botes de pintura. Ya no quedaba nadie trabajando. La gente se había ido yendo progresivamente, y yo ni siquiera me había dado cuenta, pensando en todo aquello que ocupaba mi mente. Ni siquiera la señora Ronald estaba presente. Quizá se había tomado un descanso, que falta le hacía, a decir verdad. Llevaba semanas trabajando sin descanso en todo aquello, convencida de que sería un gran acontecimiento al que acudiría todo Queens.
  Abandoné la estancia y me dirigí hacia los vestuarios, avanzando por el pasillo. Quizá Ingrid entrenaba aquella tarde, y podía volver con ella a casa. O quizá el mismo Jaden me llevara en su coche, que aunque viejo, me parecía el más cómodo del mundo tras una jornada como la de aquel día. Los vestuarios estaban desiertos, y no parecía haber nadie por allí escondido, o en las duchas. Me observé en un gran espejo que había junto a la entrada: tenía un aspecto horrible. Mi pelo, recogido en un moño alto, estaba salpicado por pintura de diversos colores. Al igual que mi cara, por la que discurrían churretones de pintura, en su mayoría de color negro. Mi ropa era algo parecido, aunque por suerte había contado con ello y había elegido la más vieja para la ocasión. Sabía, sin ninguna duda, que iría a la basura lo más pronto posible.
  Miré a mi alrededor, intentando encontrar a alguien a la que preguntar por Ingrid, pero no hizo falta, porque enseguida apareció ella misma por la puerta, con su singular traje de animadora.
  Parecía cansada, y las gotas de sudor se agolpaban en su pelo húmedo y su frente. Quizá el entrenamiento había sido demasiado duro aquel día.
  -¡Rebeca! –Exclamó, con cierta sorpresa. –Tú por aquí…
  -Sí, acabo de terminar con los decorados –afirmé.
  -Sí, parece evidente –contestó, examinándome de arriba abajo. –Deberías ducharte. ¿Tienes ropa?
  -Sí, me he traído algo de recambio, por si acaso.
  -Pues aprovecha y date una ducha.
  -¿Puedo? Ni siquiera soy de ningún equipo…
  -Eso no importa –contestó, sonriendo –además, he salido antes porque tengo que acompañar a mi madre a hacer unas cosas. Aún tardarán en salir las demás.
  -Bien –contesté, tirando la bolsa al suelo con cansancio –me vendrá bien, la verdad.
  Ingrid asintió con una sonrisa y se perdió por el camino hacia las taquillas, en busca de su mochila. Rebusqué entre mis cosas, y encontré la camiseta del instituto y unos pantalones de chándal. En cambio me faltaba lo más importante.
  -Aquí tienes una toalla –dijo Ingrid, apareciendo de nuevo. –También puedes utilizar mis cosas, están en mi bolsa de aseo.
  -Bien –afirmé. –Justo lo que necesitaba.
  Desapareció en una ducha y el sonido del agua me hizo despertarme de mi estupor y ponerme en marcha.
  El agua caliente en mi pelo me erizó el vello de los brazos, paradójicamente para el mes de mayo. Noté mis músculos abarrotados relajarse, después de permanecer tantas horas en una misma postura.
  La sensación de estupor volvió a aparecer, y solo volví en mi cuando oí a Ingrid mascullar algo.
  -¿Tú qué haces aquí? –susurró.
  Ya no se oía el agua de su ducha, y pude oírla murmurar.
  -¿Ingrid? –dije, alzando la voz.
  No obtuve respuesta. Tan solo oí de nuevo la ducha de al lado, en la que volvía a correr el agua.
  -Ingrid –insistí. – ¿Me hablabas a mí?
  Me envolví con la toalla y apagué el grifo, confusa. Tras unos momentos de profundo silencio, pude oírla de nuevo.
  -Eh no, no –titubeó –era una compañera, animadora. Había entrado para decirme algo… nada importante.
  -Joder –mascullé –me habías asustado ¿sabes?
  Salí de la ducha y me dirigí hacia el banco donde había puesto mi ropa. ¿Dónde se había metido esta vez? No se le veía por ningún sitio. Suspiré. No tenía ganas de llamarla, estaba demasiado agotada.
  Abrí la mochila buscando mis zapatillas y apareció entre mis cosas una pequeña caja de terciopelo azul. La cogí sorprendida. ¿Pero qué…? Sonreí. Una compañera animadora ¿eh?... Ya. Miré a mi alrededor buscándole, pero era demasiado tarde. Había sido muy rápido, conociendo el riesgo que traía entrar a los vestuarios del sexo opuesto. ¿A qué se debía aquello?
  Abrí la cajita con sumo cuidado, casi temerosa de romperla, observando su interior con una sonrisa. Había un pequeño pergamino, casi minúsculo, y justo debajo de él, otra caja más pequeña que la anterior. Lo abrí con una curiosidad creciente, deseosa de saber el por qué de todo aquello. Era su letra, sus palabras.
 
  Probablemente te preguntarás a que se debe todo esto. –decía la primera línea. Sonreí. Evidentemente había dado en el clavo.
  Hace poco fue tu cumpleaños, y no pude regalarte nada decente. He estado ahorrando, y quiero que te quedes esto. Pero espera, no abras la caja, al menos antes de leer esto.
  No sé si habrás oído alguna vez que en Europa, concretamente en Roma, los enamorados escriben sus nombres en un candado, y tiran la llave al río. Según ellos, eso simboliza que estarán juntos para siempre, ya que la llave nunca será encontrada. Lo corroboro, ya que veo difícil que esto sea posible. –Sonreí, emocionada. Claro que había oído la historia. Yo era europea…
  En fin, me he informado sobre esto porque es una tradición europea, y como aún no he olvidado de dónde vienes, quería que tuvieras algo así. No solo como regalo de cumpleaños, también quiero que tiremos la llave al lago Kissena, juntos, ya que esa fue “nuestra primera cita”, o algo parecido a eso.
  Así que te juro que en cuanto terminemos toda la historia del musical, te secuestraré una tarde y cumpliré lo prometido.
  Además, necesito sobornarte un poco, porque ya que ahora eres mayor que yo –aunque no por mucho tiempo –pensé que ya puedes fijarte en tíos mayores que yo… tú me entiendes.
  -Imbécil –pensé.
  Espero verte pronto, porque de verdad que lo necesito.
  Sabes que te quiero, pero tengo que escribirlo también aquí.
  Jaden.
 
   No pude evitar soltar una lagrimilla con esas palabras. Era evidente que conocía toda aquella historia de los candados, y desde que era pequeña había soñado con que algún día yo también cumpliría ese ritual con alguien que me quisiera. Había soñado con ser como esas chicas que se paseaban de la mano con sus novios, y se besaban, y parecía que nada más en el mundo era importante para ellos.
    Por eso no pude evitar llorar cuando abrí la segunda cajita, yo, que nunca lloraba, yo, que casi se me había olvidado cómo hacerlo, y que lo evitaba a toda costa.
  Un colgante de plata, fino, venía perfectamente recogido en esa última caja. De él colgaba un minúsculo candado, al parecer también de plata, con  pequeños brillantes alrededor de la cerradura, y un grabado en la parte de atrás.
 
  “Jaden & Rebeca = Teenage Dream”

  Jaden y Rebeca… sueño adolescente.
  Ese fue el momento culminante de mi emoción. Lloraba y reía en mi soledad, entre vaho de ducha y toallas colgadas. Lloraba y reía de alegría. Lloraba y reía porque sabía, y al fin me había dado cuenta de ello, que todo eso era verdad, y que ese día de mayo sería recordado como el momento en que se cumplió mi sueño de la infancia, el momento en el que mi primer amor me leyó la mente, haciéndome feliz con algo tan simple como un candado, que simbolizaba nuestro sueño adolescente, aquel que siempre había esperado. 
   

Capítulo 65

  La peluca rosa me picaba. Los leggins rosas también. Los pies me dolían con esas cuñas de plástico. El atuendo dejaba mucho que desear, y ser una “chica rosa” era jodido. Pero era lo que tocaba, y a pesar de las incomodidades estaba feliz. La gente corría de un lado a otro en el backstage, terminando de vestirse o maquillarse, y algunos asomaban la cabeza por las rendijas del telón para comprobar que sus padres y hermanos estaban sentados entre el público.
  Yo le debía una a Mark, y a Monique, claro. Me había quedado estupefacta al verle allí sentado en las filas de atrás, con su madre al lado. Su cara lo decía todo, y su mirada paseándose con desdén por el salón de actos, también. No entendía el por qué de aquello, era consciente del suplicio que suponía para él pasar las dos horas que duraba el musical ahí sentado, y yo estaba completamente segura de que su madre le había obligado a ir. No pude hacer otra cosa que reírme de la situación, que no dejaba de ser graciosa.
  La madre y abuela de Jaden también estaban allí, en las primeras filas. No tenía ni idea de si conocían el talento de Jaden para cantar y bailar, pero si no era así, iban a flipar, literalmente. Y ya era raro que una abuela de sesenta y pico años flipara.
  Supuse que mi madre también habría querido estar ahí. No le había contado nada de aquello, por temor a que saliera a flote su emotividad, tan presente en ella. Ya le contaría todo una vez hubiera pasado.
  Buscaba a Jaden con nerviosismo, mirando entre la gente y moviéndome de un lado a otro. Aún no había podido darle las gracias por aquel regalo, para mí tan especial. Además, necesitaba verle con aquellos pantalones apretados y el tupé.
  Miré otra vez a través del telón: la sala cada vez se llenaba más, y pude distinguir a las chicas y a Reese en la parte de atrás.
  Faltaban pocos minutos para que comenzara, y la histeria era cada vez más palpable. Habíamos ensayado durante casi dos meses varias veces a la semana, pero supuse que nunca era suficiente.
  Noté una presencia detrás de mí, que me apartó de aquellos pensamientos que no me convenían.
  Era él. Él, con aquel tupé engominado que le resaltaba la sonrisa aún más. O quizá no, pero para mí siempre sería lo más importante de su rostro. Él, con sus pantalones ajustados negros que terminaban en los tobillos, y aquella chupa de cuero que le hacía peligrosamente sexy. Él, que me miraba esperando algún comentario por mi parte... o quizá observaba mi atuendo, que tampoco pasaba inadvertido.
  -Hola –le susurré, pasándole la mano por la nuca, lentamente, procurando no despeinarle.
  Me observó más detenidamente, con expresión divertida.
  -Eres una autentica “pink girl” –me dijo, acariciándome el pelo con los dedos. La peluca rosa, para ser exactos.
  -Y tu un “Jaden Travolta” muy sexy. –Contesté, besándole despacio.
  -Supongo que verías aquel regalo…
  -¿Qué si lo vi? –Le interrumpí, quitándole el resto de pintalabios de los labios.
  Le cogí la mano y la llevé hasta mi cuello, procurando demostrarle que decía la verdad. Me miró sonriendo levemente, observando el candado, ya entre sus dedos.
  -Es solo un detalle, nada del otro mundo…
  -¿Bromeas? –Mascullé. –Llevo esperando toda mi vida a que un chico perfecto como tú, del que estuviera enamorada, me regalara algo como esto. Puedo asegurarte que para mí no es un simple detalle. Has cumplido uno de mis sueños de la infancia…
  -Me alegro de que te guste –murmuró, cogiéndome la cara entre las manos.
  Me atreví a pasarle la mano entre los mechones de pelo que caían por su frente, sintiendo la misma sensación insoportable que había sentido el día de mi fiesta, notando como el sudor me empapaba las manos y la nuca.
  -Supongo que tenemos que prepararnos –dijo, apartándome ligeramente, y supuse que se había dado cuenta de mi reacción.
  -Sí, ya falta poco –contesté en un susurro ahogado, intentando controlar mi impulso de seguir besándole.
  La señora Ronald no tardó en anunciarnos y los aplausos estallaron efusivamente en la sala. Miré a Jaden una vez más antes de salir, y su sonrisa me dijo que aquel casting al que me había presentado dos meses atrás, había sido una de las mejores decisiones en mucho tiempo.

  El musical “Grease” del Forest Hills High School aquel año fue uno de los mejores que se habían representado en mucho tiempo en aquel centro.
  Al menos esa era la opinión de padres, vecinos, profesores y hasta periódicos de la zona.
  Todo pareció ser perfecto. “El vestuario era inmejorable, y el decorado mostraba con claridad el gran esfuerzo de los alumnos. Los bailarines eran prácticamente profesionales, y se rumoreaba que muchos cantantes podrían entrar en Julliard si así se lo proponían”. Yo lo veía una gran exageración, pero la opinión de todos los presentes estaba de acuerdo con estas afirmaciones.
  “En especial había destacado un adolescente, aquel que había desempeñado el papel del carismático Danny Sucko. Su nombre era Jaden, y a pesar de que aseguraba no haber recibido clases de canto ni baile en toda su vida, su talento sobre el escenario ponía en duda estas declaraciones. Su desenvoltura, su forma de moverse y su voz habían dejado impresionados a todos los presentes, e incluso su foto realizando el famoso paso de baile que había hecho famoso a John Travolta treinta años atrás, había aparecido en algunos artículos de periódicos del barrio. Sin duda, debería replantearse sus estudios, y quizá debería pensar en dedicarse al teatro o realizar algún casting para una prestigiosa academia, que no dudaría en acogerle entre sus alumnos más aventajados.”
  La alegría que sentía yo al leer esas líneas no podía ser expresable fácilmente. Sentir que tu novio era uno de los adolescentes más aclamados en aquellos momentos, y que fácilmente podría optar a reconocidas escuelas como Julliard –según aquel periodista y su columna –hacía que me sintiera más orgullosa de él de lo que ya lo estaba normalmente.
  Desde el primer momento en que lo había visto bailar en la Prom de Navidad, sabía que tenía una gracia especial. Y no había sido menos aquel momento en que cogió su guitarra y me cantó, el primer día que entré en su casa.
  Sin ninguna duda, aquel chico neoyorquino que se había convertido en mi novio tenía algo. Y a pesar de que pudiera resultar banal, mi atracción hacia él aumentó tras el musical, cuando todos reconocieron públicamente lo impresionados que habían quedado al verle hacer lo que mejor sabía.
  Tantas horas apartado de él, soportando los celos que sentía –aunque injustificados –cuando pasaba más tiempo con Sarah que conmigo, habían valido la pena.
 
 




“La totalidad de este libro está registrada por su autor. Cualquier intento de copia se considerará una violación de los derechos de Propiedad Intelectual del autor”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario