lunes, 28 de noviembre de 2011

¡URGENTE!

Hola a todas.
Estoy segura de que al ver que hay una entrada nueva pero no es un capítulo os sorprenderéis, puede que incluso os mosquee que lleve tanto tiempo sin actualizar esto. Por eso me dirijo a vosotras ahora, para explicaros mis motivos.
Como algunas sabréis, estoy haciendo 2º de Bachillerato, y he tenido dos semanas agotadoras de examenes. Esto, unido a que me arreglaron el ordenador hace dos días después de tenerlo dos semanas sin funcionar, explica por qué no he podido pasarme por aquí. 
Además, sabéis que siempre intento actualizar esto lo máximo posible, cambiar fotos según el contenido de los capítulos, diseño, etc. Así que prefiero esperar a cuando esté libre (no queda nada ya, por suerte), y hacerlo bien. 
Como muchas sabréis, el final del libro está ahí, cerquita ya. Supongo que algunas os lo habréis imaginado, al ver cómo han cambiado el curso de los acontecimientos, el cambio radical de la historia. Me da mucha penita, la verdad, porque he disfrutado mucho con este libro, y que se acabe siempre es triste. Pero bueno, así es la vida, y os garantizo que si las cosas van bien, y el libro se publica formalmente, en librerías, HABRÁ SEGUNDA PARTE. Tan solo necesito un empujoncito, que mucha más gente se una a leer el libro, para que las editoriales se den cuenta de la existencia del blog, y lo lean. Publicar es casi imposible, si eres desconocido y no te lo puedes financiar.
Así que una vez más seré pesada, y os pediré que le paséis esta dirección a vuestras vecinas, amigas, compañeras, primas... todas las chicas que conozcáis, nunca estaría de más, y así el empujoncito sería posible.
Os tengo que pedir otro favor, (que pesadita estoy hoy, el último ya). Nunca he sabido a ciencia cierta el número de personas que leían el libro, de manera oficial, cada uno de los capítulos. Siempre he ido bastante perdida en este tema, por eso os quiero pedir este último favor. A todas aquellas personas que lean el libro habitualmente, os pido que me mandéis un correo a: rebecacuenca94@hotmail.com y me lo confirméis. Es suficiente un "Me llamo ---- tengo ---- años y leo habitualmente tu novela". Con eso es más que suficiente, y me ayudaríais muchísimo. ¿Por qué necesito saberlo? Ya que apenas quedan seis capítulos para que termine el libro (desgraciadamente es así), me gustaría saber quiénes estaríais interesadas en que hiciera un Twitcam, al terminarlo, por si queréis preguntarme cualquier cosa, lo que sea. Si me llegan muchos correos, lo haré con mucha ilusión además. Si apenas me llegan, lo suspenderé. 
Y aquí, acaba mi testamento. Os vuelvo a pedir, por favor, lo del correo. Es un simple "click" con unas cuantas palabras, y significa mucho para que me haga una idea real de esto.
Muchas gracias por vuestro tiempo, aquí os dejo mi Twitter para que me preguntéis cualquier cosa que queráis: @CallmeRebeca
Siempre a vuestra disposición, un besito grande a todas :)

domingo, 13 de noviembre de 2011

Capítulo 68


Capítulo 68

  Era una noche de últimos de mayo. Hacía muchísimo calor, y a pesar de ser un jueves corriente, las calles de Queens se llenaban de gente. Imaginaba cómo estaría Manhattan, entonces.
  Llevaba unos pantalones cortos y camiseta de tirantes, y no sólo porque quisiera reivindicarme contra las normas del Forest Hills fuera de horas de clase, sino porque era lo único adecuado para los treinta y cinco grados que sufríamos en ese momento.
  Estaba sentada en las gradas, leyendo Hamlet, que nos había mandado Candy para los finales de literatura; mientras esperaba a que Jaden terminara sus entrenamientos.
  Prefería no imaginar el suplicio que estarían pasando los jugadores, cuando el calor se sumaba a los duros entrenamientos de final de temporada.
  Me gustaba oír los sticks rozar rápidamente la hierba, como en un suspiro, unidos a los jadeos de los jugadores. Debía reconocer que era un juego bastante “sexy”, por llamarlo de alguna forma.
  Las cosas habían marchado muy bien durante las últimas dos semanas, tras la celebración del musical, y obviamente, lo que siguió después de éste. Nuestro gran momento.
  No habíamos hablado de lo que había pasado, aunque prefería que fuera así. Quizá, tiempo después, en algún momento, lo recordaríamos. Sí, estaba segura de ello. Quizá cincuenta años después, sentados en nuestras butacas en el porche, contemplando un atardecer en Los Hamptons. No pedía, apenas. Quizá debería empezar a trabajar.
  Sonreí. Sarah había desaparecido. Sí, nos había dado ese tremendo gusto a todos. Nadie había hablado de ella, aunque yo estaba segura de que no lo hacían porque yo estaba delante. Quizá las chicas lo comentaran, o supieran algo. La verdad es que no me importaba lo más mínimo, y aunque me sintiera cruel y culpable, prefería que hubiera vuelto con su padre, madre o con quien fuera… pero lejos de nosotros. Sí, me sentía culpable. ¿Y?
  En el campo de al lado estaban las animadoras. Podía ver a Ingrid desde dónde estaba sentada. Había oído comentar a June que se veía con un chico. Al parecer un año menor que nosotras, “un crío con acné”, según June. Creía saber quién era. Últimamente le había visto hablando con un chico rubio y alto, del equipo de baloncesto. La verdad es que aparentaba nuestra edad o un año más.
  Me fastidiaba que Ingrid no me lo hubiera dicho, pero era lógico, pensándolo mejor. Si a las demás las conocía desde hacía años y no les había hablado de ello, ¿por qué a mí, que me conocía de pocos meses? Además, siempre había sido reservada. Sí, una chica dulce y reservada.
  Sonó el timbre, y los jugadores se arrastraron –literalmente –hacia los vestuarios. Sin duda había sido una jornada agotadora, y aquel calor abrasador no ayudaba nada. Vi a Jaden correr hacia mí, aún con el stick en la mano. Mi jugador de hockey favorito.
  -Nena, salgo en un minuto –me gritó desde abajo, dándome un beso fugaz en los labios y alejándose rápidamente con los demás.
  -¿Cómo que nena? –Le grité, desde la distancia.
  Sonrió, sacudiendo la cabeza. En realidad me encantaba.
  Habíamos quedado en ir hasta el lago Kissenna después de su entrenamiento, a pesar de que fuera jueves. Debíamos hacer nuestro “ritual”. Monique no estaría en casa, ya me había asegurado de ello, y Jane siempre entendía a su hijo, fuera lo que fuera que hubiese que entender. Así que no habría problemas de salir un rato por la noche, aunque al día siguiente hubiera instituto. Yo había sugerido que fuéramos el viernes, pero Jaden había dicho que no, que ya me explicaría por qué. Y sus sorpresas siempre eran buenas, por lo que me subí a su coche sin dudarlo.
  Lo que para mí era un candado con nuestros nombres y aquella frase tan bonita, era para él una llave de unos cinco centímetros, también de plata, con el mismo grabado, que llevaba colgada en su muñeca. Y ya lo había comprobado. Obviamente ésa no era la llave que tiraríamos al lago, sino la que habría mi candado. Su llave era algo totalmente simbólico, pero no dejaba de ser un detalle perfecto para mí.
  Cuando nos adentramos entre los árboles, ya verdes, al contrario que en otoño, que formaban formas de todos los colores imaginables; inundaron mi mente muchos recuerdos de aquel otoño-invierno que pasamos con nuestra cámara bajo el brazo. Entre ellos recordé mi torpe caída al agua helada, que me costó una gripe y una semana en cama. Recordé también cómo lo até para que no pudiera seguirme, y nos caímos entre las hojas secas. Esas historias que parecen de película, y piensas que nunca pueden pasar en la vida real… y menos a ti.
  Apenas nos acabañábamos de conocer y ya se podía respirar ese “feeling” que nos unía. Sin duda, era algo especial que había estado desde el primer momento.
  Era noche casi cerrada, aunque las farolas que había junto al lago hacían su trabajo. La luz era muy tenue, y la luna, que pude interpretar según mis escasos conocimientos, era creciente. Se reflejaba en las pequeñas ondas del agua, con una tonalidad distinta en cada parte de él. Algo tan sencillo y tan precioso a la vez, era posible.
  Nos sentamos en la hierba húmeda, recién regada, muy cerca de la orilla. Sin duda el lugar más fresco para la ocasión. Estuvimos observando el agua durante largo rato, sin que fuera necesario decir nada, tan sólo recostados, mis manos con las suyas, sus dedos en mi pelo. Nada más, tan simple como eso.
  No existe cosa más relajante en el mundo que mirar la luna reflejada en el agua, observar las ondas que produce el viento. O quizá sí, pero yo aún no la conocía.
  -Jaden –susurré, intentando librarme de mi estupor.
  Asintió, aunque no dijo nada.
  -¿Por qué has decidido venir hoy aquí, en lugar de mañana? No entiendo…
  -Vinimos aquí por primera vez el 12 de diciembre. –Dijo, observándome, intentando que atara cabos. Sacudió la cabeza, sonriendo. –Hoy es doce de mayo. Una especie de “quintomesario”, o algo parecido…
  -Entiendo –interrumpí, pensativa. – ¿Eres consciente de que tienes la novia menos detallista del mundo? Ni siquiera me acuerdo de las cosas…
  -Vamos, no pasa nada –rió. Me abrazó aún más fuerte. Hacía calor, pero no importaba. –Al menos estoy yo, que procuro estar al tanto.
  -Sí, y eso me gusta –dije, abalanzándome sobre él.
  Esta vez era yo quién estaba encima. Joder, que mente más sucia, pensé, recriminándome. Le besé, juguetona, los labios y el lóbulo de la oreja izquierda. Nos abandonamos a las caricias durante un rato, rodando por la hierba, riéndonos. En esos momentos si que hubiera querido desnudarme allí mismo. ¿Por qué no? ¿Quién podría impedírnoslo? Quizá un guardia calvo con uniforme gris… Bah, se le ablandaría el corazón al ver dos adolescentes enamorados.
  -Necesito hacerlo ya –gemí, apenas sin poder hablar de tanto reírme.
  Jaden levantó la cabeza y me miró sorprendido. Miró hacia ambos lados.
  -¿Aquí? ¿Ahora? –Murmuró, con una mirada inquisitiva.
  Solté una carcajada.
  -Quiero lanzar la llave al lago, imbécil –dije más alto, estirándole del brazo para que se levantara.
  -Ya decía yo que no te creía tan pervertida –contestó él, andando detrás de mí.
  Le dí un pequeño empujoncito, aunque no demasiado fuerte. Tuve en cuenta mi gripe, provocada por algo parecido.
  Caminamos hacía una zona dónde el agua era mucho más profunda, dónde ya “no existía” una orilla. Ese era el lugar perfecto: no quedaríamos como gilipollas si no desapareciera en el fondo del lago.
  Me tendió otra cajita de terciopelo oscuro, como la que me había dado semanas atrás.
  -Sé que quieres hacerlo tú –me susurró, cerrando mi puño sobre la llave.
  Le besé, sin poder evitarlo.
  -No, no –contrarresté –quiero que lo hagamos los dos, ¿vale? Aunque sea imposible.
  -As you wish –contestó, con una leve inclinación de cabeza.
  Puse los ojos en blanco. Sí, también amaba esa película.
  Le cogí de la mano, encerrando mi mano en la suya. Así los dos podríamos tocarla, y lanzarla, participar en ello, juntos.
  -¿Juras amarme y respetarme, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe? –Susurré, intentando no reírme.
  Me miró enarcando una ceja.
  -Creí que no estabas de acuerdo con los matrimonios…
  -¿Lo juras? –Le interrumpí, sacudiéndole el brazo.
  -Debo admitir que estoy asustado… pero sí, lo juro.
  -Muy bien. Yo también, ¿vale? –Dije, con una sonrisa.
  Tomé la iniciativa, y contando en mis adentros hasta tres, moví el brazo hacía adelante y él siguió mi impulso.
  La llave desapareció con un leve sonido, bastante lejos, más de lo que yo esperaba. Observé las ondas que produjo, que se expandieron varios metros.
  -Está hecho amor –le dije, lanzándome a su cuello.
  Me besó muy fuerte, y yo me agarré más fuerte a él.
  -Me has llamado amor –susurró cerca de mi boca, apartándome un mechón de pelo de la frente. –A ti te cuesta decir esa palabra.
  -¿Qué dices? –dije sonriendo, apartándome un poco para mirarle. –No me psicoanalices ¿vale? Mira: amor, amor, amor, amor, amor… Te quiero, amor. ¿Feliz?
  -Mucho –contestó, y me besó aún más fuerte que antes.
  Yo pensaba que no íbamos a poder parar, que seguiríamos hasta llegar a lo inevitable, que nada nos importaría. Nos tumbaríamos debajo de un árbol y gritaríamos –lo más silenciosamente posible –cuánto nos queríamos. Hacer el amor frente a la luna, reflejada en un lago, enfrente de la caseta del guardia. Morbo, ¿no? Podía haber sido así, pero mi móvil comenzó a sonar, y aunque seguí a Jaden hacia dónde me llevaba, casi a rastras de besarnos tan salvajemente; insistía, una y otra vez, y al final, con un suspiro, seguido de otro de su parte, tuve que cogerlo.
  Era June. ¿June a esas horas? Debería estar con Reese en alguna cama. Parecía nerviosa.
  -Rebeca, es importante –dijo, con voz cortante.
  Me incorporé, alerta. Jaden se dio cuenta, siempre lo hacía. Me miró, preguntándome con la mirada.
  -Claro, dime. –Contesté, visiblemente asustada.
  -Ingrid no está. No la encuentran. La policía está aquí, creen que ha desaparecido. –Balbuceó, con un sollozo.
   Me puse de pie. Casi no podía sostener el teléfono, me estaba mareando. Jaden me miró, preocupado, pidiéndome que le diera el móvil.
  -Por favor, habla –me dijo, acercándose cada vez más a mí.
  No podía ser. Ingrid. La habíamos visto hacía apenas una hora, la había visto yo, con su traje de animadora. Estaba en el instituto.
  Sentía que iba a vomitar.
  -June –dije, con un hilo de voz –June, nosotros la hemos visto esta noche. La he visto hace apenas una hora, en el entrenamiento, estaba allí, estoy segura. Quizá se le haya hecho tarde y aún sigue allí…
  No hubo respuesta.
  -¿Estás ahí? –Pregunté, ante la mirada nerviosa de Jaden.
  Al cabo de unos segundos volvieron a hablar. Era una voz de hombre.
  -¿Hola? –Dijo la voz.
  -Sí, dígame –contesté, sacando fuerzas para no desmayarme.
  -Alfred Rogers. Agente de policía de Nueva York. ¿Hablo con una menor?
  -Sí, sí. –Contesté, como una autómata.
  -¿Sería posible que acudiera a casa…?
  -¿A casa de Ingrid? –Interrumpí, aunque arrepintiéndome después. –Sí, es posible. Llegaremos en quince minutos.
  Colgué el teléfono. Me temblaban las manos y las piernas, no podía ser verdad.
  -Beck, reacciona ya ¡por favor! –Gritó Jaden, zarandeándome para que “despertara”. –Dime qué ha pasado.
  -Ingrid ha desaparecido –susurré. –Debemos ir a su casa, está la policía esperándonos.
  Observé su expresión horrorizada durante unos instantes. Acto seguido, perdí el conocimiento.
 
 



“La totalidad de este libro está registrada por su autor. Cualquier intento de copia se considerará una violación de los derechos de Propiedad Intelectual del autor”.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Capítulos 66 y 67


Capítulo 66

  Cuando terminó el musical, el público permaneció aplaudiendo en la sala durante quince minutos, que conté, minuciosamente, con el reloj de pared que veía desde el escenario.
  Según la señora Ronald, era una falta de educación abandonar la sala antes de que la gente terminara de aplaudir, por lo que tuvimos que permanecer todo el tiempo sonriendo y saludando, de vez en cuando.
  Yo intentaba mirar a Jaden, que seguía pegado a Sarah, aquel grano en el culo que después de ese beso final que tanto me había costado ver, no le quitaba el brazo de la cintura, y sonreía a los presentes mostrando su trofeo, o compañero de reparto, para ser más exactos. La peluca rubia le quedaba fatal, y sabía que no era la única persona en fijarse en ese detalle, ya que June me hacía señas desde el fondo de la sala, mirando a Sarah y después a mí, y por último volviéndola a mirar, haciendo muecas extrañas con las que no podía evitar reírme.
  Supuse que cuando terminara todo iríamos juntos a celebrar el éxito de la obra, a juzgar por el público, que aplaudía insistentemente.
  Supuse mal, porque en contra de cualquier coherencia, cuando al fin entramos al backstage, ellos ya no estaban allí sentados. Y después no volvieron a aparecer.
  Cuando por fin se acabó todo y era tiempo de felicitaciones entre el elenco, Jaden se acercó a mí, y con cierta sorpresa, me cogió por la cintura, elevándome unos palmos del suelo.
  Me besó, impidiéndome soltar cualquier exclamación.
  -¿Y esto? –Le pregunté, no sin cierto esfuerzo.
  -¿Has visto al público? –Casi gritó –les ha encantado Bec, les ha encantado de verdad… Podía notarlo en el ambiente.
  -Lo sé, se palpaba, sin ninguna duda. –Contesté, mordiéndole el labio inferior.
  Vi entonces pasar a Sarah entre la gente, saludando con una sonrisa a los demás, dando las gracias por las felicitaciones. Me miró brevemente, con una expresión de satisfacción.
  ¿Satisfecha, perra? Pensé. A ver si te gusta esto también. Puse ambas manos en el culo de MI novio y le acerqué hacia mí violentamente, obligándole a que me besara, más salvajemente que de costumbre.
  Cuando volví a mirar, ya no estaba. Yo tan sólo pude sonreír, y sentirme ganadora.
  Una vez nos cambiamos, y me deshice de esa peluca rosa que me picaba horriblemente, fui a saludar a Monique y Mark, y esperé que Jaden estuviera también con su madre y abuela.
  -Gracias por venir –dije, cuando Monique me estrechó entre sus brazos, como a ella tanto le gustaba.
  -¿Bromeas? –Contestó, con emoción –Ha sido increíble, Rebeca, de verdad. El escenario, el decorado, la preparación, los bailes… todo. Increíble. No sabía que cantaras y bailaras también.
  -Yo tampoco –contesté, sonriendo. –Lo cierto es que me sorprendí a mí misma. Había cantado antes, pero en la ducha y poco más…
  -Eso no hace falta que lo jures, hermanita –me interrumpió Mark, con una palmada amistosa en el brazo.
  -Vamos, nunca canto en la ducha –le recriminé –era una expresión ¿sabes?
  -De vez en cuando, cuando intento dormir mis ocho horas diarias y tu te levantas antes que yo –eso es casi siempre –si que nos deleitas con alguna de Katy Perry.
  -Venga –contesté, frunciendo el ceño.
  -Me alegro de que lo hagas, cariño. No le viene nada mal levantarse un poco más pronto, de vez en cuando.
  -Siento interrumpir esta conversación tan animada –ironía –pero debo irme. –Dijo Mark, desapareciendo entre la gente, que ya abandonaba sus asientos. Vi a Traci en la puerta, con su traje de animadora, y comprendí su marcha repentina.
  -Lo has hecho muy bien, de verdad –continuó Monique –a él también le ha gustado, pero ya sabes cómo es…
  -Sí, lo se –la interrumpí –pero quiero darte las gracias por obligarlo a venir. Ha sido un detalle, supongo que te habrá costado…
  -Bah, cinco pavos. –Dijo, soltando una carcajada.
  No pude evitar reírme. Propio de Mark, dejarse sobornar. Aunque por cinco pavos… debía darle las gracias por cometer semejante ¿bajeza?
  -Bueno, debo irme ya –dije, al comprobar que Jaden me hacía señas desde la puerta, ya con sus vaqueros normales y su pelo recién mojado.
  -Claro –contestó Monique con una sonrisa, mirando hacia esa dirección. –Te veré mañana, tengo guardia esta noche.
  -Sí, claro –le dije, alejándome ya.
  -Felicítale a él también, de mi parte –Exclamó desde cierta distancia.
  -Lo haré –contesté, moviendo los labios.
  Sonreí.
 
  Esquivé a la gente que hablaba en grupos y comenzaba a abandonar la sala para encontrarme con él de una vez por todas.
  Le abracé en cuanto le tuve delante, dejándolo algo sorprendido.
  -¿Y este ataque repentino de efusividad? –Preguntó, arrastrándome para alejarnos de la gente.
  -Has dejado impresionados a todos, lo sabes ¿no? –Dije, mientras él me miraba con curiosidad. –Debería estar cabreada contigo por haberme quitado protagonismo…
  -Te juro que no era mi intención –Dijo, pasándome la mano por el pelo –ya será para menos, te lo aseguro.
  -Oye, tu modestia me repatea ¿sabes? –Dije, haciendo un mohín.
  Me miró con expresión divertida, y me agarró del brazo alejándome de allí.
  Al fin éramos libres, sentados entre viejos decorados en la parte más oscura del backstage, tan sólo iluminado por una lámpara de pie que alguien había olvidado apagar.
  Nos sentamos entre unos cojines rodeados de viejos disfraces, ahora desparramados por el suelo, tras lo que había sido, quizá, una clase de teatro para niños.
  El sitio era cálido, y aunque cualquier persona capaz de ver podía calificarlo como cutre, para mí era de lo más acogedor.
  Y lo más importante, es que no había nadie alrededor. Tan solo podía oír a la gente, alejándose, probablemente dirigiéndose hacia sus casas tras un día tan largo.
  -Estoy orgullosa de tener un novio tan perfecto como tú –susurré, casi avergonzándome de la cursilada infame que acababa de soltar.
  -Es obvio que estés orgullosa –contestó Jaden, enseñándome los dientes con una de sus sonrisas.
  Le golpeé suavemente en el hombro. ¿Había hecho pesas, últimamente?
  -Yo estoy orgulloso de tener a una novia española que sabe hacer tortilla de patata dijo, con un acento marcado que me hizo reír. – ¿Lo he dicho bien?
  -Bah, casi eres total spanish –contesté, poniendo énfasis al pronunciar las eses. –Pero lo cierto es que no sé hacer tortilla de patata. Ni nada parecido. Soy una completa inútil en la cocina…
  -¿Enserio? –Dijo, pasándome las yemas de los dedos por la nuca. Sentí un escalofrío. –Entonces, ¿qué haré yo casado con una mujer que no sabe cocinar?
  -¿Perdón? –Pregunté, ahora si en un total spanish. –No conocía esa faceta tuya…
  -Yo tampoco –me interrumpió, acercándose más a mí, besándome suavemente –porque es mentira… Me conformaré con que tengamos hijos preciosos, ¿tú cuántos quieres?
  -Cariño, me preocupas –dije, alejándome un poco para mirarle a los ojos –jamás pensé que a los diecisiete años pensaría en el número de hijos que quiero tener.
  -No tiene importancia, todas las parejas adolescentes de más de tres meses de duración hablan del tema –dijo, volviéndose a acercar más a mí, recostándome suavemente entre los cojines.
  No respondí. Notaba mi pulso más acelerado, podía ver mi pecho subir y bajar estrepitosamente. Estaba junto a mí, apoyado en su mano derecha, mirándome como una preciosa estatua romana.
  -Ya que lo mencionas –dije, con un gran esfuerzo, intentando disimular mi injustificado ataque de pánico –Ya que lo mencionas, te diré que quiero tener gemelas. Solo dos chicas, nada de niños. Dos niñas, a poder ser pelirrojas y de ojos claros.
  -Vaya –susurró, pasándose las manos por el pelo. –Pues lo veo difícil. Mira, creo que tengo un antepasado pelirrojo, quizá esos genes salgan a la luz…
  -Calla –le interrumpí, riéndome entrecortadamente. –No me importa que tengan el pelo y los ojos oscuros. Aunque si quiero que sean gemelas, ya que sus padres nunca tuvieron hermanos… que no se sientan ellas igual de solas, ¿vale?
  -Bec –me susurró, acercándose más, incorporándose a pocos centímetros arriba de mí. –Jamás había pensado en ese pequeño detalle, pero ahora veo que es importante. Lo intentaré ¿vale?
  Deseé que no estuviera hablando enserio. Tan solo pude contestar un simple “bien”, que sonó algo apagado y fue seguido por un beso.
  Un beso largo, en el que él tomó la iniciativa. Un beso en el que pude sentir el sabor de su boca, y apenas me produjo pudor pensar en ello. Un beso tierno, pero quizá algo salvaje al mismo tiempo. La cosa no quedó ahí.
  Volví a sentir esa horrible sensación de la otra vez, ahora ya identificada para mí, aquella sensación que me producía sudor frío en las manos y la nuca, o hacía latir mi corazón mucho más rápido de lo que debería.
  Esa sensación se incrementó cuando, por un impulso cuya procedencia desconocía, comencé a deslizar mis manos por el torso de Jaden, intentando evitar su camiseta, un obstáculo para mí.
  Pareció sorprenderse, pero con una sonrisa tranquilizó mi “ataque”, y él mismo se incorporó para quitarse la camiseta, reduciéndola a una pequeña mancha oscura y difusa al fondo de la habitación.
  Le miré con ansiedad, con los ojos muy abiertos. ¿Acaso pretendía algo más que simples besos y caricias? Imbécil, pensé. Claro que lo pretendía. De hecho, ya había empezado. ¿Pero acaso no buscaba yo lo mismo? ¿Acaso aquellos síntomas no estaban relacionados con el deseo, con las ganas de ir más allá? Relajé mi mente por unos instantes, mientras él apenas se daba cuenta de mis pensamientos y seguía besándome la boca, el cuello, la oreja. ¿Qué debía hacer? Si le pedía que parase, quedaría como una completa gilipollas. Además, ¡que coño! Ni yo misma quería que pasara eso. Llegué a la conclusión de que lo mejor era intentar controlar ese pánico inexplicable, tan solo vivir la situación, seguir el curso de las cosas. Y así lo hice.

Capítulo 67
  
  Sus besos parecían de lo más suaves y tiernos, aunque yo los percibía como salvajes y desesperados. Podía notar su corazón a través de su pecho, ya desnudo, su pulso acelerado. Tenía el pelo húmedo por el sudor, y pensé que quizá hacía demasiado calor ahí dentro.
  Noté cómo acariciaba mis caderas, deslizando mi camiseta hacia arriba, intentando deshacerse de ella. Colaboré, tragándome mi ansiedad y palpable vergüenza, y al final salió disparada junto a la de él. Jamás había estado en sujetador delante de un chico. Sin embargo, me alegraba de que él fuera el primero. Sí… el primero.
  Aquella sensación que yo solía confundir con una pastilla de éxtasis, pronto volvió a aparecer, moviendo mis manos automáticamente.
  Rodeé su cuello con mis brazos, atrayéndolo más hacia mí, y el respondió besándome suavemente las caderas, el ombligo, las clavículas… Me acarició suavemente el pecho, produciéndome una sensación similar a miles de hormigas recorriendo mi piel. Todo el mundo debería dejarse acariciar alguna vez. Experimentar esa sensación que produce una caricia suave, un roce apenas perceptible en la piel. Para mí era como pequeñas descargas eléctricas que me traían placer.
  Estaba a gusto, y mi nerviosismo había desaparecido casi en su totalidad, ahora solo me mantenía alerta.
  Sabía cuál era el siguiente paso… o al menos eso creía. Aparté mi mano derecha de su cuello para acercarla al botón de sus pantalones vaqueros. ¿Debía hacerlo, después de todo? Sentí la necesidad de preguntar algo evidente, antes de dar ese paso.
  -Jaden –gemí, con una voz irreconocible. –Jaden, ¿y si nos ven?
  Dejó de besarme el cuello y me miró, sonriendo levemente. Tenía el pelo empapado, y eso hacía que quisiera seguir con mi objetivo.
  -No te preocupes, todo el mundo se ha ido ya. –Contestó, acariciándome el rostro sudoroso con las manos –lo tengo controlado, ya sabes… entrenamientos hasta tarde.
  Asentí levemente y me armé de valor. Desabroché aquel botón, y eso sólo hizo que todo fuera más deprisa. Él se aceleró, mi pulso también. No tardó en quitarme los pantalones. En pocos minutos estábamos los dos casi desnudos, tumbados entre esos cojines viejos.
  La sensación siguiente fue indescriptible. Sentía amor, eso estaba claro. Deseaba hacerlo, deseaba sus caricias, sus roces, sus besos. Lo deseaba a él. Nunca jamás había sentido algo así, pero ahora que podía notarlo por primera vez, era increíble. Sentía que brillaba, que iba a explotar de alegría… o excitación. Me gustaba, me encantaba todo aquello.
  Seguí besándole por todas partes, con avidez, con deseo, sin poder dejar escapar algún suspiro.
   Él parecía sentir la misma necesidad que yo de tocarme, abrazarme, recorrerme el cuerpo con los labios.
  Mi cuerpo pedía más, intenté desabrocharme el sujetador. Al fin y al cabo, ¿qué me importaba ya?
   Jaden me ayudó, ante mi intento fallido, y con una agilidad que no me gusto nada, tiró el sujetador lejos, precipitándose en la cabeza de un maniquí.
  Suspiré, intentando reírme. Me miró enarcando una ceja, intentando entender qué me hacía gracia. Miró al maniquí. Sonrió.
  -Tú, salido mental… ¿No te da vergüenza? –Gritó hacia su dirección.
  Solté una carcajada que sonó como un grito agudo. Estaba loco. Sí, mi novio estaba loco, pero a mí me encantaba.
  Me miré el cuerpo. El sujetador había volado por los aires. Ya no quedaba nada, y mi pecho estaba al descubierto ante él. Ya estaba casi desnuda, delante de un chico. Nunca jamás.
  Necesitaba algo para poder seguir. Algo urgente.
  -Cariño –gemí –necesito que apagues la luz. ¿Vale?
  Me miró con una expresión de ternura que me partió el alma. Pero cumplió mis deseos.
  La oscuridad llenó la estancia, y tan sólo se veía la luz de la luna a través de la pequeña ventana, en lo alto de la pared.
  Los minutos siguientes pasaron rápidos, entre besos, caricias, risas, suspiros. Ni siquiera quería preguntarme cuándo llegaría el momento culminante. Me sentía demasiado feliz en esos momentos, disfrutando de una sensación como aquella.
  Noté cómo Jaden me quitaba las bragas… ¿con los dientes? No, no podía ser verdad. Solté una carcajada nerviosa que pareció excitarlo más, recorriéndome con más ansia.
  De pronto se paró, sin saber por qué, y pude ver su rostro frente al mío, iluminado por el pequeño haz de luz que entraba por la ventana.
  -¿Estás segura de esto? –Me preguntó, con una mirada algo extraña.
  ¿Estaba segura? Jamás me lo había planteado antes. Le miré, miré dentro de sus ojos. Recordé algunos momentos solo nuestros, que se pasaron por mi mente como rápidos flashes. Asentí. Mi novio sonrió.
  Apenas sentí dolor. Quizá fuera tan sólo un tópico. Jaden tuvo mucho cuidado, y yo confiaba en él, así que todo fue perfecto. Sí, sencillamente perfecto.
  Iba despacio, muy despacio, y cada vez que sentía mi pulso un poco más acelerado, paraba hasta que me repusiera.
  Aquella sensación posterior, fue sencillamente indescriptible.
  Era como la culminación de nuestra atracción, de nuestra necesidad, de nuestro amor. Sí, era la culminación de nuestro amor. La manera más importante de demostrarlo, de sentirlo. Un momento de los dos, que quedaría para siempre grabado en mi memoria.
  Había sido una primera vez especial. Una primera vez en el backstage del teatro de un instituto, en Nueva York, una noche de mayo, con Jaden, mi chico, el que sin duda llevaba esperando toda la vida.
  Sabía que jamás olvidaría las caricias y los besos de aquella noche, tan especiales. Sabía que recordaría ese día de mayo para siempre.











“La totalidad de este libro está registrada por su autor. Cualquier intento de copia se considerará una violación de los derechos de Propiedad Intelectual del autor”.