domingo, 13 de noviembre de 2011

Capítulo 68


Capítulo 68

  Era una noche de últimos de mayo. Hacía muchísimo calor, y a pesar de ser un jueves corriente, las calles de Queens se llenaban de gente. Imaginaba cómo estaría Manhattan, entonces.
  Llevaba unos pantalones cortos y camiseta de tirantes, y no sólo porque quisiera reivindicarme contra las normas del Forest Hills fuera de horas de clase, sino porque era lo único adecuado para los treinta y cinco grados que sufríamos en ese momento.
  Estaba sentada en las gradas, leyendo Hamlet, que nos había mandado Candy para los finales de literatura; mientras esperaba a que Jaden terminara sus entrenamientos.
  Prefería no imaginar el suplicio que estarían pasando los jugadores, cuando el calor se sumaba a los duros entrenamientos de final de temporada.
  Me gustaba oír los sticks rozar rápidamente la hierba, como en un suspiro, unidos a los jadeos de los jugadores. Debía reconocer que era un juego bastante “sexy”, por llamarlo de alguna forma.
  Las cosas habían marchado muy bien durante las últimas dos semanas, tras la celebración del musical, y obviamente, lo que siguió después de éste. Nuestro gran momento.
  No habíamos hablado de lo que había pasado, aunque prefería que fuera así. Quizá, tiempo después, en algún momento, lo recordaríamos. Sí, estaba segura de ello. Quizá cincuenta años después, sentados en nuestras butacas en el porche, contemplando un atardecer en Los Hamptons. No pedía, apenas. Quizá debería empezar a trabajar.
  Sonreí. Sarah había desaparecido. Sí, nos había dado ese tremendo gusto a todos. Nadie había hablado de ella, aunque yo estaba segura de que no lo hacían porque yo estaba delante. Quizá las chicas lo comentaran, o supieran algo. La verdad es que no me importaba lo más mínimo, y aunque me sintiera cruel y culpable, prefería que hubiera vuelto con su padre, madre o con quien fuera… pero lejos de nosotros. Sí, me sentía culpable. ¿Y?
  En el campo de al lado estaban las animadoras. Podía ver a Ingrid desde dónde estaba sentada. Había oído comentar a June que se veía con un chico. Al parecer un año menor que nosotras, “un crío con acné”, según June. Creía saber quién era. Últimamente le había visto hablando con un chico rubio y alto, del equipo de baloncesto. La verdad es que aparentaba nuestra edad o un año más.
  Me fastidiaba que Ingrid no me lo hubiera dicho, pero era lógico, pensándolo mejor. Si a las demás las conocía desde hacía años y no les había hablado de ello, ¿por qué a mí, que me conocía de pocos meses? Además, siempre había sido reservada. Sí, una chica dulce y reservada.
  Sonó el timbre, y los jugadores se arrastraron –literalmente –hacia los vestuarios. Sin duda había sido una jornada agotadora, y aquel calor abrasador no ayudaba nada. Vi a Jaden correr hacia mí, aún con el stick en la mano. Mi jugador de hockey favorito.
  -Nena, salgo en un minuto –me gritó desde abajo, dándome un beso fugaz en los labios y alejándose rápidamente con los demás.
  -¿Cómo que nena? –Le grité, desde la distancia.
  Sonrió, sacudiendo la cabeza. En realidad me encantaba.
  Habíamos quedado en ir hasta el lago Kissenna después de su entrenamiento, a pesar de que fuera jueves. Debíamos hacer nuestro “ritual”. Monique no estaría en casa, ya me había asegurado de ello, y Jane siempre entendía a su hijo, fuera lo que fuera que hubiese que entender. Así que no habría problemas de salir un rato por la noche, aunque al día siguiente hubiera instituto. Yo había sugerido que fuéramos el viernes, pero Jaden había dicho que no, que ya me explicaría por qué. Y sus sorpresas siempre eran buenas, por lo que me subí a su coche sin dudarlo.
  Lo que para mí era un candado con nuestros nombres y aquella frase tan bonita, era para él una llave de unos cinco centímetros, también de plata, con el mismo grabado, que llevaba colgada en su muñeca. Y ya lo había comprobado. Obviamente ésa no era la llave que tiraríamos al lago, sino la que habría mi candado. Su llave era algo totalmente simbólico, pero no dejaba de ser un detalle perfecto para mí.
  Cuando nos adentramos entre los árboles, ya verdes, al contrario que en otoño, que formaban formas de todos los colores imaginables; inundaron mi mente muchos recuerdos de aquel otoño-invierno que pasamos con nuestra cámara bajo el brazo. Entre ellos recordé mi torpe caída al agua helada, que me costó una gripe y una semana en cama. Recordé también cómo lo até para que no pudiera seguirme, y nos caímos entre las hojas secas. Esas historias que parecen de película, y piensas que nunca pueden pasar en la vida real… y menos a ti.
  Apenas nos acabañábamos de conocer y ya se podía respirar ese “feeling” que nos unía. Sin duda, era algo especial que había estado desde el primer momento.
  Era noche casi cerrada, aunque las farolas que había junto al lago hacían su trabajo. La luz era muy tenue, y la luna, que pude interpretar según mis escasos conocimientos, era creciente. Se reflejaba en las pequeñas ondas del agua, con una tonalidad distinta en cada parte de él. Algo tan sencillo y tan precioso a la vez, era posible.
  Nos sentamos en la hierba húmeda, recién regada, muy cerca de la orilla. Sin duda el lugar más fresco para la ocasión. Estuvimos observando el agua durante largo rato, sin que fuera necesario decir nada, tan sólo recostados, mis manos con las suyas, sus dedos en mi pelo. Nada más, tan simple como eso.
  No existe cosa más relajante en el mundo que mirar la luna reflejada en el agua, observar las ondas que produce el viento. O quizá sí, pero yo aún no la conocía.
  -Jaden –susurré, intentando librarme de mi estupor.
  Asintió, aunque no dijo nada.
  -¿Por qué has decidido venir hoy aquí, en lugar de mañana? No entiendo…
  -Vinimos aquí por primera vez el 12 de diciembre. –Dijo, observándome, intentando que atara cabos. Sacudió la cabeza, sonriendo. –Hoy es doce de mayo. Una especie de “quintomesario”, o algo parecido…
  -Entiendo –interrumpí, pensativa. – ¿Eres consciente de que tienes la novia menos detallista del mundo? Ni siquiera me acuerdo de las cosas…
  -Vamos, no pasa nada –rió. Me abrazó aún más fuerte. Hacía calor, pero no importaba. –Al menos estoy yo, que procuro estar al tanto.
  -Sí, y eso me gusta –dije, abalanzándome sobre él.
  Esta vez era yo quién estaba encima. Joder, que mente más sucia, pensé, recriminándome. Le besé, juguetona, los labios y el lóbulo de la oreja izquierda. Nos abandonamos a las caricias durante un rato, rodando por la hierba, riéndonos. En esos momentos si que hubiera querido desnudarme allí mismo. ¿Por qué no? ¿Quién podría impedírnoslo? Quizá un guardia calvo con uniforme gris… Bah, se le ablandaría el corazón al ver dos adolescentes enamorados.
  -Necesito hacerlo ya –gemí, apenas sin poder hablar de tanto reírme.
  Jaden levantó la cabeza y me miró sorprendido. Miró hacia ambos lados.
  -¿Aquí? ¿Ahora? –Murmuró, con una mirada inquisitiva.
  Solté una carcajada.
  -Quiero lanzar la llave al lago, imbécil –dije más alto, estirándole del brazo para que se levantara.
  -Ya decía yo que no te creía tan pervertida –contestó él, andando detrás de mí.
  Le dí un pequeño empujoncito, aunque no demasiado fuerte. Tuve en cuenta mi gripe, provocada por algo parecido.
  Caminamos hacía una zona dónde el agua era mucho más profunda, dónde ya “no existía” una orilla. Ese era el lugar perfecto: no quedaríamos como gilipollas si no desapareciera en el fondo del lago.
  Me tendió otra cajita de terciopelo oscuro, como la que me había dado semanas atrás.
  -Sé que quieres hacerlo tú –me susurró, cerrando mi puño sobre la llave.
  Le besé, sin poder evitarlo.
  -No, no –contrarresté –quiero que lo hagamos los dos, ¿vale? Aunque sea imposible.
  -As you wish –contestó, con una leve inclinación de cabeza.
  Puse los ojos en blanco. Sí, también amaba esa película.
  Le cogí de la mano, encerrando mi mano en la suya. Así los dos podríamos tocarla, y lanzarla, participar en ello, juntos.
  -¿Juras amarme y respetarme, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe? –Susurré, intentando no reírme.
  Me miró enarcando una ceja.
  -Creí que no estabas de acuerdo con los matrimonios…
  -¿Lo juras? –Le interrumpí, sacudiéndole el brazo.
  -Debo admitir que estoy asustado… pero sí, lo juro.
  -Muy bien. Yo también, ¿vale? –Dije, con una sonrisa.
  Tomé la iniciativa, y contando en mis adentros hasta tres, moví el brazo hacía adelante y él siguió mi impulso.
  La llave desapareció con un leve sonido, bastante lejos, más de lo que yo esperaba. Observé las ondas que produjo, que se expandieron varios metros.
  -Está hecho amor –le dije, lanzándome a su cuello.
  Me besó muy fuerte, y yo me agarré más fuerte a él.
  -Me has llamado amor –susurró cerca de mi boca, apartándome un mechón de pelo de la frente. –A ti te cuesta decir esa palabra.
  -¿Qué dices? –dije sonriendo, apartándome un poco para mirarle. –No me psicoanalices ¿vale? Mira: amor, amor, amor, amor, amor… Te quiero, amor. ¿Feliz?
  -Mucho –contestó, y me besó aún más fuerte que antes.
  Yo pensaba que no íbamos a poder parar, que seguiríamos hasta llegar a lo inevitable, que nada nos importaría. Nos tumbaríamos debajo de un árbol y gritaríamos –lo más silenciosamente posible –cuánto nos queríamos. Hacer el amor frente a la luna, reflejada en un lago, enfrente de la caseta del guardia. Morbo, ¿no? Podía haber sido así, pero mi móvil comenzó a sonar, y aunque seguí a Jaden hacia dónde me llevaba, casi a rastras de besarnos tan salvajemente; insistía, una y otra vez, y al final, con un suspiro, seguido de otro de su parte, tuve que cogerlo.
  Era June. ¿June a esas horas? Debería estar con Reese en alguna cama. Parecía nerviosa.
  -Rebeca, es importante –dijo, con voz cortante.
  Me incorporé, alerta. Jaden se dio cuenta, siempre lo hacía. Me miró, preguntándome con la mirada.
  -Claro, dime. –Contesté, visiblemente asustada.
  -Ingrid no está. No la encuentran. La policía está aquí, creen que ha desaparecido. –Balbuceó, con un sollozo.
   Me puse de pie. Casi no podía sostener el teléfono, me estaba mareando. Jaden me miró, preocupado, pidiéndome que le diera el móvil.
  -Por favor, habla –me dijo, acercándose cada vez más a mí.
  No podía ser. Ingrid. La habíamos visto hacía apenas una hora, la había visto yo, con su traje de animadora. Estaba en el instituto.
  Sentía que iba a vomitar.
  -June –dije, con un hilo de voz –June, nosotros la hemos visto esta noche. La he visto hace apenas una hora, en el entrenamiento, estaba allí, estoy segura. Quizá se le haya hecho tarde y aún sigue allí…
  No hubo respuesta.
  -¿Estás ahí? –Pregunté, ante la mirada nerviosa de Jaden.
  Al cabo de unos segundos volvieron a hablar. Era una voz de hombre.
  -¿Hola? –Dijo la voz.
  -Sí, dígame –contesté, sacando fuerzas para no desmayarme.
  -Alfred Rogers. Agente de policía de Nueva York. ¿Hablo con una menor?
  -Sí, sí. –Contesté, como una autómata.
  -¿Sería posible que acudiera a casa…?
  -¿A casa de Ingrid? –Interrumpí, aunque arrepintiéndome después. –Sí, es posible. Llegaremos en quince minutos.
  Colgué el teléfono. Me temblaban las manos y las piernas, no podía ser verdad.
  -Beck, reacciona ya ¡por favor! –Gritó Jaden, zarandeándome para que “despertara”. –Dime qué ha pasado.
  -Ingrid ha desaparecido –susurré. –Debemos ir a su casa, está la policía esperándonos.
  Observé su expresión horrorizada durante unos instantes. Acto seguido, perdí el conocimiento.
 
 



“La totalidad de este libro está registrada por su autor. Cualquier intento de copia se considerará una violación de los derechos de Propiedad Intelectual del autor”.

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