miércoles, 2 de noviembre de 2011

Capítulos 66 y 67


Capítulo 66

  Cuando terminó el musical, el público permaneció aplaudiendo en la sala durante quince minutos, que conté, minuciosamente, con el reloj de pared que veía desde el escenario.
  Según la señora Ronald, era una falta de educación abandonar la sala antes de que la gente terminara de aplaudir, por lo que tuvimos que permanecer todo el tiempo sonriendo y saludando, de vez en cuando.
  Yo intentaba mirar a Jaden, que seguía pegado a Sarah, aquel grano en el culo que después de ese beso final que tanto me había costado ver, no le quitaba el brazo de la cintura, y sonreía a los presentes mostrando su trofeo, o compañero de reparto, para ser más exactos. La peluca rubia le quedaba fatal, y sabía que no era la única persona en fijarse en ese detalle, ya que June me hacía señas desde el fondo de la sala, mirando a Sarah y después a mí, y por último volviéndola a mirar, haciendo muecas extrañas con las que no podía evitar reírme.
  Supuse que cuando terminara todo iríamos juntos a celebrar el éxito de la obra, a juzgar por el público, que aplaudía insistentemente.
  Supuse mal, porque en contra de cualquier coherencia, cuando al fin entramos al backstage, ellos ya no estaban allí sentados. Y después no volvieron a aparecer.
  Cuando por fin se acabó todo y era tiempo de felicitaciones entre el elenco, Jaden se acercó a mí, y con cierta sorpresa, me cogió por la cintura, elevándome unos palmos del suelo.
  Me besó, impidiéndome soltar cualquier exclamación.
  -¿Y esto? –Le pregunté, no sin cierto esfuerzo.
  -¿Has visto al público? –Casi gritó –les ha encantado Bec, les ha encantado de verdad… Podía notarlo en el ambiente.
  -Lo sé, se palpaba, sin ninguna duda. –Contesté, mordiéndole el labio inferior.
  Vi entonces pasar a Sarah entre la gente, saludando con una sonrisa a los demás, dando las gracias por las felicitaciones. Me miró brevemente, con una expresión de satisfacción.
  ¿Satisfecha, perra? Pensé. A ver si te gusta esto también. Puse ambas manos en el culo de MI novio y le acerqué hacia mí violentamente, obligándole a que me besara, más salvajemente que de costumbre.
  Cuando volví a mirar, ya no estaba. Yo tan sólo pude sonreír, y sentirme ganadora.
  Una vez nos cambiamos, y me deshice de esa peluca rosa que me picaba horriblemente, fui a saludar a Monique y Mark, y esperé que Jaden estuviera también con su madre y abuela.
  -Gracias por venir –dije, cuando Monique me estrechó entre sus brazos, como a ella tanto le gustaba.
  -¿Bromeas? –Contestó, con emoción –Ha sido increíble, Rebeca, de verdad. El escenario, el decorado, la preparación, los bailes… todo. Increíble. No sabía que cantaras y bailaras también.
  -Yo tampoco –contesté, sonriendo. –Lo cierto es que me sorprendí a mí misma. Había cantado antes, pero en la ducha y poco más…
  -Eso no hace falta que lo jures, hermanita –me interrumpió Mark, con una palmada amistosa en el brazo.
  -Vamos, nunca canto en la ducha –le recriminé –era una expresión ¿sabes?
  -De vez en cuando, cuando intento dormir mis ocho horas diarias y tu te levantas antes que yo –eso es casi siempre –si que nos deleitas con alguna de Katy Perry.
  -Venga –contesté, frunciendo el ceño.
  -Me alegro de que lo hagas, cariño. No le viene nada mal levantarse un poco más pronto, de vez en cuando.
  -Siento interrumpir esta conversación tan animada –ironía –pero debo irme. –Dijo Mark, desapareciendo entre la gente, que ya abandonaba sus asientos. Vi a Traci en la puerta, con su traje de animadora, y comprendí su marcha repentina.
  -Lo has hecho muy bien, de verdad –continuó Monique –a él también le ha gustado, pero ya sabes cómo es…
  -Sí, lo se –la interrumpí –pero quiero darte las gracias por obligarlo a venir. Ha sido un detalle, supongo que te habrá costado…
  -Bah, cinco pavos. –Dijo, soltando una carcajada.
  No pude evitar reírme. Propio de Mark, dejarse sobornar. Aunque por cinco pavos… debía darle las gracias por cometer semejante ¿bajeza?
  -Bueno, debo irme ya –dije, al comprobar que Jaden me hacía señas desde la puerta, ya con sus vaqueros normales y su pelo recién mojado.
  -Claro –contestó Monique con una sonrisa, mirando hacia esa dirección. –Te veré mañana, tengo guardia esta noche.
  -Sí, claro –le dije, alejándome ya.
  -Felicítale a él también, de mi parte –Exclamó desde cierta distancia.
  -Lo haré –contesté, moviendo los labios.
  Sonreí.
 
  Esquivé a la gente que hablaba en grupos y comenzaba a abandonar la sala para encontrarme con él de una vez por todas.
  Le abracé en cuanto le tuve delante, dejándolo algo sorprendido.
  -¿Y este ataque repentino de efusividad? –Preguntó, arrastrándome para alejarnos de la gente.
  -Has dejado impresionados a todos, lo sabes ¿no? –Dije, mientras él me miraba con curiosidad. –Debería estar cabreada contigo por haberme quitado protagonismo…
  -Te juro que no era mi intención –Dijo, pasándome la mano por el pelo –ya será para menos, te lo aseguro.
  -Oye, tu modestia me repatea ¿sabes? –Dije, haciendo un mohín.
  Me miró con expresión divertida, y me agarró del brazo alejándome de allí.
  Al fin éramos libres, sentados entre viejos decorados en la parte más oscura del backstage, tan sólo iluminado por una lámpara de pie que alguien había olvidado apagar.
  Nos sentamos entre unos cojines rodeados de viejos disfraces, ahora desparramados por el suelo, tras lo que había sido, quizá, una clase de teatro para niños.
  El sitio era cálido, y aunque cualquier persona capaz de ver podía calificarlo como cutre, para mí era de lo más acogedor.
  Y lo más importante, es que no había nadie alrededor. Tan solo podía oír a la gente, alejándose, probablemente dirigiéndose hacia sus casas tras un día tan largo.
  -Estoy orgullosa de tener un novio tan perfecto como tú –susurré, casi avergonzándome de la cursilada infame que acababa de soltar.
  -Es obvio que estés orgullosa –contestó Jaden, enseñándome los dientes con una de sus sonrisas.
  Le golpeé suavemente en el hombro. ¿Había hecho pesas, últimamente?
  -Yo estoy orgulloso de tener a una novia española que sabe hacer tortilla de patata dijo, con un acento marcado que me hizo reír. – ¿Lo he dicho bien?
  -Bah, casi eres total spanish –contesté, poniendo énfasis al pronunciar las eses. –Pero lo cierto es que no sé hacer tortilla de patata. Ni nada parecido. Soy una completa inútil en la cocina…
  -¿Enserio? –Dijo, pasándome las yemas de los dedos por la nuca. Sentí un escalofrío. –Entonces, ¿qué haré yo casado con una mujer que no sabe cocinar?
  -¿Perdón? –Pregunté, ahora si en un total spanish. –No conocía esa faceta tuya…
  -Yo tampoco –me interrumpió, acercándose más a mí, besándome suavemente –porque es mentira… Me conformaré con que tengamos hijos preciosos, ¿tú cuántos quieres?
  -Cariño, me preocupas –dije, alejándome un poco para mirarle a los ojos –jamás pensé que a los diecisiete años pensaría en el número de hijos que quiero tener.
  -No tiene importancia, todas las parejas adolescentes de más de tres meses de duración hablan del tema –dijo, volviéndose a acercar más a mí, recostándome suavemente entre los cojines.
  No respondí. Notaba mi pulso más acelerado, podía ver mi pecho subir y bajar estrepitosamente. Estaba junto a mí, apoyado en su mano derecha, mirándome como una preciosa estatua romana.
  -Ya que lo mencionas –dije, con un gran esfuerzo, intentando disimular mi injustificado ataque de pánico –Ya que lo mencionas, te diré que quiero tener gemelas. Solo dos chicas, nada de niños. Dos niñas, a poder ser pelirrojas y de ojos claros.
  -Vaya –susurró, pasándose las manos por el pelo. –Pues lo veo difícil. Mira, creo que tengo un antepasado pelirrojo, quizá esos genes salgan a la luz…
  -Calla –le interrumpí, riéndome entrecortadamente. –No me importa que tengan el pelo y los ojos oscuros. Aunque si quiero que sean gemelas, ya que sus padres nunca tuvieron hermanos… que no se sientan ellas igual de solas, ¿vale?
  -Bec –me susurró, acercándose más, incorporándose a pocos centímetros arriba de mí. –Jamás había pensado en ese pequeño detalle, pero ahora veo que es importante. Lo intentaré ¿vale?
  Deseé que no estuviera hablando enserio. Tan solo pude contestar un simple “bien”, que sonó algo apagado y fue seguido por un beso.
  Un beso largo, en el que él tomó la iniciativa. Un beso en el que pude sentir el sabor de su boca, y apenas me produjo pudor pensar en ello. Un beso tierno, pero quizá algo salvaje al mismo tiempo. La cosa no quedó ahí.
  Volví a sentir esa horrible sensación de la otra vez, ahora ya identificada para mí, aquella sensación que me producía sudor frío en las manos y la nuca, o hacía latir mi corazón mucho más rápido de lo que debería.
  Esa sensación se incrementó cuando, por un impulso cuya procedencia desconocía, comencé a deslizar mis manos por el torso de Jaden, intentando evitar su camiseta, un obstáculo para mí.
  Pareció sorprenderse, pero con una sonrisa tranquilizó mi “ataque”, y él mismo se incorporó para quitarse la camiseta, reduciéndola a una pequeña mancha oscura y difusa al fondo de la habitación.
  Le miré con ansiedad, con los ojos muy abiertos. ¿Acaso pretendía algo más que simples besos y caricias? Imbécil, pensé. Claro que lo pretendía. De hecho, ya había empezado. ¿Pero acaso no buscaba yo lo mismo? ¿Acaso aquellos síntomas no estaban relacionados con el deseo, con las ganas de ir más allá? Relajé mi mente por unos instantes, mientras él apenas se daba cuenta de mis pensamientos y seguía besándome la boca, el cuello, la oreja. ¿Qué debía hacer? Si le pedía que parase, quedaría como una completa gilipollas. Además, ¡que coño! Ni yo misma quería que pasara eso. Llegué a la conclusión de que lo mejor era intentar controlar ese pánico inexplicable, tan solo vivir la situación, seguir el curso de las cosas. Y así lo hice.

Capítulo 67
  
  Sus besos parecían de lo más suaves y tiernos, aunque yo los percibía como salvajes y desesperados. Podía notar su corazón a través de su pecho, ya desnudo, su pulso acelerado. Tenía el pelo húmedo por el sudor, y pensé que quizá hacía demasiado calor ahí dentro.
  Noté cómo acariciaba mis caderas, deslizando mi camiseta hacia arriba, intentando deshacerse de ella. Colaboré, tragándome mi ansiedad y palpable vergüenza, y al final salió disparada junto a la de él. Jamás había estado en sujetador delante de un chico. Sin embargo, me alegraba de que él fuera el primero. Sí… el primero.
  Aquella sensación que yo solía confundir con una pastilla de éxtasis, pronto volvió a aparecer, moviendo mis manos automáticamente.
  Rodeé su cuello con mis brazos, atrayéndolo más hacia mí, y el respondió besándome suavemente las caderas, el ombligo, las clavículas… Me acarició suavemente el pecho, produciéndome una sensación similar a miles de hormigas recorriendo mi piel. Todo el mundo debería dejarse acariciar alguna vez. Experimentar esa sensación que produce una caricia suave, un roce apenas perceptible en la piel. Para mí era como pequeñas descargas eléctricas que me traían placer.
  Estaba a gusto, y mi nerviosismo había desaparecido casi en su totalidad, ahora solo me mantenía alerta.
  Sabía cuál era el siguiente paso… o al menos eso creía. Aparté mi mano derecha de su cuello para acercarla al botón de sus pantalones vaqueros. ¿Debía hacerlo, después de todo? Sentí la necesidad de preguntar algo evidente, antes de dar ese paso.
  -Jaden –gemí, con una voz irreconocible. –Jaden, ¿y si nos ven?
  Dejó de besarme el cuello y me miró, sonriendo levemente. Tenía el pelo empapado, y eso hacía que quisiera seguir con mi objetivo.
  -No te preocupes, todo el mundo se ha ido ya. –Contestó, acariciándome el rostro sudoroso con las manos –lo tengo controlado, ya sabes… entrenamientos hasta tarde.
  Asentí levemente y me armé de valor. Desabroché aquel botón, y eso sólo hizo que todo fuera más deprisa. Él se aceleró, mi pulso también. No tardó en quitarme los pantalones. En pocos minutos estábamos los dos casi desnudos, tumbados entre esos cojines viejos.
  La sensación siguiente fue indescriptible. Sentía amor, eso estaba claro. Deseaba hacerlo, deseaba sus caricias, sus roces, sus besos. Lo deseaba a él. Nunca jamás había sentido algo así, pero ahora que podía notarlo por primera vez, era increíble. Sentía que brillaba, que iba a explotar de alegría… o excitación. Me gustaba, me encantaba todo aquello.
  Seguí besándole por todas partes, con avidez, con deseo, sin poder dejar escapar algún suspiro.
   Él parecía sentir la misma necesidad que yo de tocarme, abrazarme, recorrerme el cuerpo con los labios.
  Mi cuerpo pedía más, intenté desabrocharme el sujetador. Al fin y al cabo, ¿qué me importaba ya?
   Jaden me ayudó, ante mi intento fallido, y con una agilidad que no me gusto nada, tiró el sujetador lejos, precipitándose en la cabeza de un maniquí.
  Suspiré, intentando reírme. Me miró enarcando una ceja, intentando entender qué me hacía gracia. Miró al maniquí. Sonrió.
  -Tú, salido mental… ¿No te da vergüenza? –Gritó hacia su dirección.
  Solté una carcajada que sonó como un grito agudo. Estaba loco. Sí, mi novio estaba loco, pero a mí me encantaba.
  Me miré el cuerpo. El sujetador había volado por los aires. Ya no quedaba nada, y mi pecho estaba al descubierto ante él. Ya estaba casi desnuda, delante de un chico. Nunca jamás.
  Necesitaba algo para poder seguir. Algo urgente.
  -Cariño –gemí –necesito que apagues la luz. ¿Vale?
  Me miró con una expresión de ternura que me partió el alma. Pero cumplió mis deseos.
  La oscuridad llenó la estancia, y tan sólo se veía la luz de la luna a través de la pequeña ventana, en lo alto de la pared.
  Los minutos siguientes pasaron rápidos, entre besos, caricias, risas, suspiros. Ni siquiera quería preguntarme cuándo llegaría el momento culminante. Me sentía demasiado feliz en esos momentos, disfrutando de una sensación como aquella.
  Noté cómo Jaden me quitaba las bragas… ¿con los dientes? No, no podía ser verdad. Solté una carcajada nerviosa que pareció excitarlo más, recorriéndome con más ansia.
  De pronto se paró, sin saber por qué, y pude ver su rostro frente al mío, iluminado por el pequeño haz de luz que entraba por la ventana.
  -¿Estás segura de esto? –Me preguntó, con una mirada algo extraña.
  ¿Estaba segura? Jamás me lo había planteado antes. Le miré, miré dentro de sus ojos. Recordé algunos momentos solo nuestros, que se pasaron por mi mente como rápidos flashes. Asentí. Mi novio sonrió.
  Apenas sentí dolor. Quizá fuera tan sólo un tópico. Jaden tuvo mucho cuidado, y yo confiaba en él, así que todo fue perfecto. Sí, sencillamente perfecto.
  Iba despacio, muy despacio, y cada vez que sentía mi pulso un poco más acelerado, paraba hasta que me repusiera.
  Aquella sensación posterior, fue sencillamente indescriptible.
  Era como la culminación de nuestra atracción, de nuestra necesidad, de nuestro amor. Sí, era la culminación de nuestro amor. La manera más importante de demostrarlo, de sentirlo. Un momento de los dos, que quedaría para siempre grabado en mi memoria.
  Había sido una primera vez especial. Una primera vez en el backstage del teatro de un instituto, en Nueva York, una noche de mayo, con Jaden, mi chico, el que sin duda llevaba esperando toda la vida.
  Sabía que jamás olvidaría las caricias y los besos de aquella noche, tan especiales. Sabía que recordaría ese día de mayo para siempre.











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