domingo, 18 de diciembre de 2011

Capítulos 71 y 72

Capítulo 71

  Pasaron los días y las semanas, y llegó junio… sin noticias de Ingrid. Habíamos dedicado cada segundo en buscarla, habíamos trabajado en total más de ciento cincuenta personas en su búsqueda. Pero todo había sido en vano. Nadie la vio aquel día de mayo, nadie había llamado a Mischa para darle una buena noticia, y los policías tan sólo decían que estaban haciendo todo lo posible, y que era normal que el proceso fuera largo.
  Desde siempre, había pensado que lo peor que puede pasarte en la vida es perder a un familiar, una madre que siempre esté ahí o un hijo pequeño al que quieras por encima de todo. Me equivocaba. Había descubierto que lo peor en el mundo era que alguien desapareciera. Cualquier amigo o familiar. Si tu hijo muere, sabes que se ha ido para siempre. Puedes ir a ver su tumba y llevarle flores. Pero en cambio, con las desapariciones no sabes nada. Quizá haya muerto, o quizá esté encerrado en un sótano oscuro, en unas condiciones ínfimas, siendo sometido a tortura. No sabes nada. Y por eso sufres.
  Eso pasaba con Ingrid. Al parecer, su padre era un importante hombre de negocios, y había abandonado su trabajo para venir a Nueva York y contratar a los mejores detectives de la ciudad, que ayudaran en la búsqueda de “su pequeña”, como él la llamaba.
  Todos estábamos en ello, todos trabajábamos día y noche, con escasas horas de descanso… pero todo era en vano. Parecía que se la había tragado la tierra. Ni una pista, ni una persona que la hubiera visto, ni rastro de su olor… Nada.
  Aquella situación era jodidamente frustrante. Cada minuto que pasaba en el día, no podía evitar preguntarme qué sería de ella, dónde estaría o si habría muerto. Era la peor sensación que había sentido nunca, porque no podía hacer nada. Y aunque lo hiciera, no encontrábamos respuestas.
  Mischa apenas comía, y parecía haber adelgazado diez quilos, a pesar de su delgadez preocupante, antes de que su hija desapareciera. Acudía a todas las reuniones con una sonrisa que se pintaba cada mañana, y tenía palabras amables para todos.
  Para mí eso era admirable. Yo no me creería capaz de levantarme cada mañana, cuidar de mi otra hija y agradecer a todo el mundo lo que estaba haciendo.
  Ahora Mischa estaba dejando de ser persona, para convertirse en un cadáver. Se volvió pálida según pasaban los días, y sus manos eran tan flacas que las venas resaltaban en su piel. Siempre llevaba gafas de sol, y miraba todo el tiempo al suelo. La espera le estaba absorbiendo la vida, como el reloj de arena cuando se agota el tiempo.
  Abigail había dejado de hablar. Acompañaba a su madre a todas partes y obedecía, todo sin mediar palabra con nadie. Miraba fijamente a todo el mundo y observaba con atención aquello que le parecía interesante, pero había dejado de comunicarse con el mundo.
  Yo observaba muchas veces a aquella niña, con sus ojos azules y su pelo rubio claro, su cara de niña inocente. Quizá aquella experiencia la obligara a dejar de serlo. Quizá Ingrid hubiera dejado de serlo también, abandonando a esa niña dulce e ingenua que vivía en su interior.
  Debido a la falta de éxito, no hubo más remedio que reducir nuestras horas de búsqueda. Después de tres semanas infructuosas, cada uno se fue a su casa, prometiendo quedar cada viernes para volver a intentarlo.
  June era la que peor se había tomado aquello. Nunca había visto tanta tristeza y frustración en sus ojos. Ella no era así. Podía notar la culpabilidad que sentía por haber fracasado en el intento, y a pesar de que todos intentábamos hablar con ella, ella no quería hablar con nadie. Ni siquiera dejaba que Reese se acercara.
  Todo se había vuelto una jodida mierda. Los tiempos en que todos éramos felices y estábamos juntos habían quedado atrás. Ya nada era igual, y no podíamos pretender que lo fuera.
  Mi preocupación era doble, a pesar de todo. La carta recibida hacía tres semanas seguía siendo un secreto para todo el mundo. Tan solo mi madre me había demostrado que no podía estar más feliz por mi regreso. Según ella, había sido un error marcharme tanto tiempo, y se alegraba de que por fin hubiera llegado el momento… Todo lo contrario a la tristeza y la culpabilidad que sentía yo. Para mí, aquello era una clara traición hacia todos. Hacia Monique, ya que había visto en mi a la Danielle que ya no estaba con ella, y había sentido de nuevo lo que era tener una hija. A mis amigos, porque me lo habían dado todo desde el primer momento, y sin conocerme me habían integrado sin pensárselo. A Mark, porque yo me había convertido en su “hermanita pequeña”, como él me llamaba, aquella que nunca había podido tener. Y a pesar de lo que había pasado entre nosotros aquella jodida tarde, yo prefería seguir pensando que todo seguía igual que cuando decidió aceptar mi llegada, a pesar del esfuerzo que eso le había supuesto. Pero sobre todo, era una traición hacia Jaden. Mi novio, aquel chico tan especial e irreal que había estado conmigo durante seis meses, que para mí ya eran años. Aquel que se había portado conmigo como nadie lo había hecho jamás. Aquel chico tan detallista, del que me había enamorado, quizá demasiado. Mi primer amor, sin duda… Y ahora debía dejarle. Eso sí era traición. Y no era justo.
  Antes de que ocurriera nada, antes de que empezáramos a salir y me enamorara de él, yo había sentido miedo de que ocurriera. Había sido cuidadosa de que eso no pasara, había intentado no fijarme en él. Y aún recordaba mi estúpida reacción cuando me besó por primera vez, después del baile, cuando veíamos aquella luna roja y enorme. Quizá nada de aquello debería haber pasado, quizá así hubiera sido todo más fácil.
  Sabía que debía enfrentarme a la realidad, tarde o temprano. Tan sólo quedaban ocho días para que me fuera. Ya había empezado a guardar toda mi ropa, a recoger mis libros y reorganizar la habitación. Tan solo me quedaba hacer lo más importante, y también lo más duro para mí. Decírselo a él.
  Quedamos en el lago Kissenna. El único lugar donde creí que quizá podríamos relajarnos, o en el peor de los casos, recordarlo todo y hacer las cosas más difíciles. Tan solo era cuestión de intentarlo.
  A pesar de ser un día de junio y del calor que había hecho en los últimos días, aquel día había estado lloviendo y no hacía demasiado calor. Así que nos sentamos en el césped aún mojado, enfrente del lago. Nuestra comunicación se había reducido tanto que ni siquiera teníamos nada que decir. Tan solo yo, y debía hacerlo pronto.
  -Tengo algo que decirte –dije, intentando que mi voz sonara firme.
  Le observé. Estaba pensativo, mirando el lago, y ni siquiera me miró cuando oyó mi voz. Abrí la boca para decir algo, pero la cerré, acto seguido. No sabía qué más podía hacer.
  -Dime –dijo de pronto, mirándome por primera vez.
  Pude notar la tristeza en su mirada, la decepción. Lo que tenía que decirle, sin duda, le haría sentir mucho peor. Tomé aire.
  -El otro día llego una carta a mi casa –comencé, observándome aún más detalladamente.
  Me miró, pidiéndome en silencio que siguiera.
  -Era de la agencia de intercambio –dije, con voz ronca. Carraspeé. –El motivo de la carta…
  -Es que te vas –me interrumpió, tajante.
  Le miré fijamente. Tenía una expresión extraña en él. ¿Odio tal vez? No podía ser… No podía odiarme. Sentí cómo volvía aquel nudo a mi garganta, haciendo que fuera difícil respirar.
  -Jaden, yo…
  -¿Qué? –volvió a interrumpirme, alzando la voz. –Ah ya sé. Me vas a decir que lo sientes. Genial, ahórrate tus palabras.
   Le miré horrorizada, apretando la mandíbula. No, no, no, no, no… Por favor, eso no. Jaden no podía sentirse así… por mi culpa.
  Comencé a llorar, y enterré la cabeza en las rodillas. Mi pecho se movía convulsionándose, y no podía dejar de sollozar, respirando con dificultad. Iba a morirme allí mismo. Si, me tiraría al lago y me dejaría morir. El silencio era lo peor. El silencio, que olía a decepción y frustración. Noté cómo Jaden me ponía la mano en el hombro.
  -¡Gilipollas! –grité, fuera de mí. – ¡Eso es lo que eres! ¡¿Crees que a mí no me duele que pase todo esto?! ¿¡Crees que no quiero morirme en este mismo instante?! ¡Te equivocas!

  Jaden me miró con los ojos muy abiertos por la sorpresa. Intentó acariciarme la cara, pero le quité la mano con violencia.
  -No quiero que me toques, ni que te acerques a mí –sollocé, en voz baja. –Ahora mismo me tiraré al lago. Sí, quiero morirme. ¿Lo entiendes? Desapareceré.
  Me levanté y comencé a correr por el césped, con la cara empañada en lágrimas y esquivando a duras penas los árboles que se ponían a mi paso. No podía pensar con claridad, pero tan sólo deseaba huir y dejar atrás ese dolor que me oprimía el pecho.
  -¡Rebeca! –Gritó Jaden, detrás de mí. Pude oír sus pisadas detrás de mí. Aceleré el paso. – ¡Rebeca, joder vuelve aquí! ¡No hagas ninguna gilipollez! ¿Me oyes?
  Corrí más y más rápido, ante la mirada de la gente que paseaba por allí, al ver a una adolescente con el rimmel corrido y las mejillas empapadas. Corrí más y más rápido hasta que llegué a la parada del metro, y asegurándome de que Jaden ya no estaba allí, cogí el primer tren que me llevaría a casa. Tuve que cogerme muy fuerte de las barras para no caerme. Algunas personas me miraban con lástima, otras con desdén. Yo no podía dejar de pensar en la cara de Jaden al decirme aquellas palabras.





Capítulo 72

  Al día siguiente no fui al instituto. Me encerré en mi habitación y escribí una nota a Monique, que colgué en la nevera, pidiéndole que no me molestara, que estaba “enferma”. Realmente lo estaba. Pero no era una enfermedad cualquiera como mi gripe del pasado invierno, sino una ansiedad que me oprimía el pecho y me hacía llorar, hasta que me dormía, agotada. Pasaba tantas horas sollozando que al final no me quedaban más lágrimas, y entonces me dormía. Sin embargo, no tardaba en despertar poco tiempo después, sintiendo que algo me oprimía el pecho, y tenía que agarrarme fuerte a las sábanas y morder la almohada para no gritar de agobio y rabia. Era horrible, porque no tenía remedio. No existía una aspirina que curara ese dolor de pecho, o me ayudara a dormir. Y no pretendía comenzar con los valiums tan pronto.
  Monique vino a visitarme a la hora de comer, un día después de que comenzara mi reclusión. Tan solo había salido de la cama para ir al baño, y no tenía ni necesidad ni ganas de comer, así que había obviado aquello. Abrió la puerta con cuidado, y con el rabillo del ojo vi una bandeja en sus manos. Me hice la dormida lo mejor que pude, y como pensaba que realmente estaba enferma y necesitaba descansar, no me despertó. Se lo agradecí profundamente.
  Durante aquellas horas interminables en las que dividí mi tiempo en contemplar la pared, llorar y dormir, no dejaba de pensar en Jaden y sus palabras, su cara de resignación y decepción, y mi reacción, sin duda desmesurada. La culpabilidad era lo que más me afectaba, y según creía provocaba aquella impotencia. Su reacción había sido horrible, pero la mía, sin duda, mucho peor. Me había dejado llevar por la desesperación, tan presente en las últimas semanas, y no había pensado en mis palabras. Debía haber sido más fuerte, pero todo aquello era demasiado para mí. Lo de Ingrid era demasiado difícil de llevar, y aquellos billetes de avión, mi silencio durante tanto tiempo para no empeorar las cosas… Era demasiada carga para mí.
  Pasé un día entero queriendo morirme, no negaré que lo pensé. Prefería abandonar el mundo antes que seguir viviendo con aquello, que sin duda me estaba superando. Me encerré en mí misma, y apenas hablé con Monique o Mark, que vinieron a ver cómo me encontraba. Éste último parecía especialmente preocupado, e insistía en que le contara la verdad. Creí convencerle de que tan solo era la presión por la desaparición de Ingrid, que me había provocado estrés y dolor de cabeza fuerte. No estaba segura de que hubiera quedado conforme con mi excusa.
  Las chicas también se interesaron por mí, y llamaron a casa varias veces, aunque Monique les dijo que no podía hablar, y que no se preocuparan.
  Al cabo de un día en cama, decidí levantarme. Monique no estaba en casa, y quería aprovechar ese momento para seguir preparando mi equipaje. No valía la pena posponerlo más, debía hacerlo de cualquier manera. Así que me levanté, a pesar de mi debilidad, y fui metiendo en mi gran maleta todas mis cosas, intentando no pensar demasiado en nada. Era de noche, y abrí la ventana después de tenerla cerrada durante dos días. El calor era casi insoportable.
  Había recibido dos mensajes de mi madre, diciéndome que me esperaba impaciente, y que había llamado a la poca familia que teníamos para darme la bienvenida. Genial. Me encantaba la idea.
  No sabía cuándo llegaría Monique de trabajar, y prefería dejarme todo listo antes de que volviera, para volver pronto a la cama.
  Me concentré en guardar todo meticulosamente ordenado, dejando tan sólo un par de vaqueros y varias camisetas. Al fin y al cabo tan sólo me quedaban allí siete días, ya había terminado mis finales y no pensaba volver al instituto.
  Puse la música alta, a pesar de que eran las once de la noche, ya que me ayudaba a no concentrarme en mis pensamientos. Sonaba una de Paramore cuando oí, por encima de Hayley Williams, que alguien estaba golpeando la ventana. Pegué un salto, asustada. Dejé la camiseta que estaba doblando encima de la cama, y bajé el volumen del Ipod. Me acerqué a la ventana, pero sin asomarme, intentando escuchar si alguien me hablaba. No oí nada, y pocos segundos después, otra piedrecita se precipito hacia el vidrio, rebotando y desapareciendo en la oscuridad.
  Quizá fuera algún violador o asesino en serie, aunque esa no era la forma tradicional de atacar. Me acerqué aún más a la ventana, y subiéndome al escritorio, me agaché, asomando tan solo una parte de la cabeza. Mierda, no podía ver nada. Me incorporé un poco más, y entonces lo vi. Era él. Jaden. Aquel al que la noche anterior, había pedido que no volviera nunca más. Aquel que me reavivaba mi dolor de pecho, ahora justo cuando empezaba a esconderse para dejarme descansar.
  -¡Rebeca! –exclamó cuando me vio, en un susurro.
  Le miré, pero aquel nudo que volvía a instalarse en mi garganta no me dejó decir nada.
  -Por favor, necesito hablar contigo –suplicó.
  Tenía un aspecto irreconocible, ni siquiera se parecía a Jaden, aquel chico de dieciséis años y sonrisa perfecta, que yo casi había olvidado. Parecía especialmente preocupado, incluso más que en las semanas anteriores. No pude controlar mis sentimientos, ya no tenía sentido intentarlo. Noté cómo las lágrimas corrían por mis mejillas, otra vez. Respiré profundamente ahogando un sollozo, intentando hablar.
  -Jaden –dije, no demasiado alto.
  -Beck baja por favor –insistió él, con el ceño aún más fruncido que antes, y con la preocupación más presente en sus ojos castaños.
  Asentí para mis adentros, y me bajé de la mesa de un salto, esquivando todos los trastos desperdigados en el suelo de mi habitación, bajando las escaleras de tres en tres. Cuando abrí la puerta y lo vi ahí, no pude evitar derrumbarme de nuevo, y él se acercó a mí, abrazándome, dejando que llorara con él, entre sus brazos.
  Apenas había pasado un día sin tenerlo junto a mí, sin sentir su abrazo, y ya lo echaba tanto de menos que no quería soltarle. No podía parar de llorar, de descargar toda la rabia, tristeza y culpabilidad. Me sentía débil como nunca antes, y le pedí a Jaden que nos sentáramos en las escaleras del porche, por que sentía que apenas podía mantenerme en pie.
  Pasó mucho tiempo antes de que pudiera dejar de llorar, y él estuvo todo el tiempo ahí, sin decir nada, pero sin dejar de abrazarme ni un segundo.
  Cuando fui capaz de mirarle dos segundos seguidos sin sollozar, él me acarició suavemente la mejilla.
  -Lo siento tanto –balbuceé. –Siento haberte dicho todas esas cosas, sabes que no era enserio ¿verdad? ¿Lo sabes?
  Sonrió ligeramente, y me miró con infinita ternura en sus ojos.
  -El único que tiene que pedir perdón soy yo. –Dijo, al fin. –A ti, por lo que te dije. Fui un completo gilipollas.
  Me reí, sorbiendo nerviosamente por la nariz. Estaba empezando a pensar que me había vuelto bipolar.
  -Por fin vuelves a ser mi chica –dijo, besándome dulcemente. Sus besos sabían a sal, la sal de mis lágrimas.
  -Te quiero –le dije, revolviéndole el pelo. –Te juro que eres lo mejor que he tenido nunca. Desde que tengo memoria, te lo juro.
 Por un momento pensé que iba a llorar como yo, pero su mueca se volvió una sonrisa torcida.
  Sentí un poco de felicidad, y mi dolor de pecho volvió a esconderse. Si pudiera permanecer así para siempre, sintiendo su respiración cerca de mí. Pero era demasiado tarde. En siete días su respiración estaría a miles de kilómetros de mí. No había vuelta atrás, ni una solución razonable.
  Empecé a sentir la presión en el pecho de nuevo, acompañada de náuseas, cuando oí ruidos al final de la calle. Jaden y yo nos volvimos, sobresaltados, acostumbrados a aquella tranquilidad de la noche. Parecían gritos y risas, quizá de jóvenes. Era extraño, porque nunca pasaba nadie por allí, era una zona demasiado tranquila. Los vecinos no tardarían en levantarse y amenazar a aquellos adolescentes.
  Jaden se levantó para adivinar quién estaba al final de la calle, y me ayudó, tendiéndome sus brazos.
  Esperamos cinco minutos, mirando sorprendidos hacia donde provenían las voces.
  No tardaron en aparecer un grupo de chavales de entre dieciocho y veinte años, gritando y riendo, visiblemente borrachos. Todos llevaban botellas en las manos, botellas de alcohol medio vacías, y uno de ellos parecía ser el mono de feria, intentando trepar por las farolas, o saltando encima de los coches. Eran unos bándalos, sin duda.
  Me agarré más fuerte a la cintura de Jaden, y él, por simple reflejo, también lo hizo. Intenté fijarme aún más en aquellos tíos, entornando los ojos para intentar ver a pesar de la escasez de la luz.
  -Joder –farfulló Jaden, poniéndose alerta, de pronto.
  Le miré ansiosa.
  -¿Qué pasa? –Pregunté, tirándole de la camiseta.
  Jaden siguió mirando a aquellos tíos, ahora parados en medio de la carretera, apretando las mandíbulas con fuerza. Parecía cabreado. Le miré esperando respuestas, impaciente.
  -Mira ahí –respondió, con rabia.
  Miré a través de aquellos chicos, intentando encontrar a alguno en particular. Pegué un salto al verlo. Era Mark. Estaba completamente borracho, riendo y diciendo cosas sin sentido, balanceándose de un lado a otro. Intenté acercarme a él, pero Jaden me agarró aún más fuerte.
  -Debemos ayudarle –gemí, dejando ver mi preocupación. –Mírale, completamente borracho, no sabe ni dónde está.
  Jaden no me respondió, pero tampoco fue necesario: Mark miró hacia nuestra dirección, y cambió la expresión de su rostro al vernos.
  Su sonrisa se tornó extraña, quizás maliciosa, y por un momento dejó de seguir a sus amigos en sus gilipolleces. Le miré sorprendida, preguntándome qué pasaría entonces.
  -¡Tíos, mirad quién está aquí! –gritó, dirigiéndose a aquellos cafres. –Es mi hermanita y su novio maricón.
  -¿Qué coño dices? –Salté, como un resorte, sin poder creer lo que acababa de oír.
  Jaden se puso delante de mí, y Mark se acercó a un más, a pocos pasos de nosotros, con todos sus amigos detrás de él.
  -Lo que oyes –bramó, elevando la voz. De pronto dejó de reír y se puso muy serio. Noté cómo se movían con nerviosismo las aletas de su nariz, y apretaba la mandíbula con fuerza. –Este tío es un hijo de puta que juega contigo.
  -¿Qué coño estás diciendo, Mark? –Grité, con rabia. –Mira, estás demasiado borracho, creo que sería mejor que entraras a casa.
  Todos ellos estallaron en carcajadas, dándose palmaditas en el hombro, y coreando los comentarios estúpidos de Mark.
  -¿Nunca has oído decir que los borrachos siempre dicen la verdad? –Dijo con sorna, acercándose un poco más a Jaden.
  Me coloqué rápidamente delante de él, y miré a los ojos a Mark, desafiante.
  -Mira, no entiendo qué está pasando aquí, pero creo que deberías tranquilizarte…
  -¿Tranquilizarme? –Me interrumpió, con una risotada. Miró de arriba abajo a Jaden, que seguía sin abrir la boca, alerta. –Yo estoy muy tranquilo hermanita. El problema es que tú pareces gilipollas, y no quieres darte cuenta de las cosas.
  -¡No se te ocurra insultarla! –Gritó Jaden, y me agarré fuerte a su camiseta, temblando.
  Los amigos continuaron con sus bromas, aunque Mark volvió a su expresión sombría, y tiró la botella de cerveza al suelo, que rodó por el césped camino a la carretera.
  Miré a mi alrededor con ansiedad, preguntándome por qué los vecinos no habrían salido ya.
  -¿Y quién me lo va a decir? –Escupió Mark, acercando su cabeza a la de Jaden. – ¿Tú, niñato de mierda?
  Fue una milésima de segundo, en la que mi atención se distrajo, y todo cambió de pronto.
  Fui arrojada al césped con una fuerza que me dejó sin respiración durante unos segundos, sin poder darme cuenta de qué estaba pasando. Algo me había golpeado en la boca del estómago, y me había dejado aturdida, sin saber qué ocurría. Intenté dar la vuelta sobre mi misma para ver de dónde provenían aquellos gritos y golpes, pero me costó unos minutos poder hacerlo. Unos minutos demasiado largos.
  Al fin pude incorporarme, notando una punzada de dolor agudo en mi sien que casi me provocó otra caída. Lo que ví a continuación me provocó otros segundos de parálisis, segundos demasiado valiosos en aquellos momentos.
  Todos aquellos bestias estaban agrupados en un mismo punto, rodeando a Mark, gritando y animándole. Mark tenía algo en la mano, y pegaba con fuerza y rabia, dando golpes hacia donde se dirigían las miradas de todos ellos. Me llevó poco tiempo saber que pegaban a Jaden.
  Grité con toda la fuerza de mis pulmones, intentando hacerme oír por encima de sus gritos, pidiendo ayuda. Me levanté rápidamente del suelo, y corrí hacia ellos, intentando atravesar aquellos cuerpos de 1,80, pegando puñetazos a sus espaldas de hierro, pataleando, en vano. Nada era capaz de moverles, ni hacerles parar. Incluso intenté algunas palabras con Mark, pero nada funcionó.
  Sentí de nuevo la impotencia y la rabia, el dolor de estómago y de pecho, las náuseas, el dolor agudo de cabeza. Me costaba respirar. Empleé toda mi energía en gritar, pedir ayuda, suplicarles que pararan…
  Hasta que llego él. Era un señor de unos sesenta años, que había visto regar el césped en la casa de enfrente, en algunas ocasiones. Llegó con una pala de excavar, pegando gritos y amenazando con que había llamado a la policía. Fue oír esta última palabra, y todos salieron corriendo, tambaleándose, incluido Mark, y desaparecieron al final de la calle. Con ellos se fueron los gritos, y cesaron los golpes, y tan solo pude oír mi llanto como único sonido. El hombre se acercó a mí, y se agachó a mi altura.
  -¿Estás bien? –Me preguntó, visiblemente preocupado. –No te preocupes, he llamado a la policía y a la ambulancia. No tardarán en llegar.
  Asentí, intentando respirar, intentando darle las gracias.
  -Intenta tranquilizarte –me dijo –voy a mi casa a hablar con mi mujer. No tardaré en volver.
  Y desapareció en la oscuridad, dejándome allí con mis sollozos.
  Hice un gran esfuerzo para levantarme, a pesar de que me dolían las costillas por aquel fuerte golpe. Me arrastré hacia Jaden, que yacía unos metros separado de mí, sin moverse. Solté un grito al ver su cara, empañada en sangre, su camiseta sucia y rota, su expresión, sin vida.
  -Por favor, por favor, te lo suplico –sollocé, tumbándome encima de él. –Te lo suplico, Jaden, despierta.
  Él no se movió, no respondió a mis súplicas. Ni siquiera notaba mi roce contra su piel ensangrentada, ni siquiera podía ver si seguía teniendo nariz. Necesitaba seguir despierta para poder salvarle, para seguir pidiéndole que se despertara, pero el dolor de cabeza era tan fuerte que un sopor comenzó a apoderarse de mí, provocando que cayera junto a él, inerte.
  Tan solo pude ver una luz blanca al final de la oscuridad, y sentí un profundo alivio al notar que era la ambulancia al final de la calle.











¡URGENTE!


Hola a todas.
Como muchas sabréis, el final del libro está ahí, cerquita ya. Supongo que algunas os lo habréis imaginado, al ver cómo han cambiado el curso de los acontecimientos, el cambio radical de la historia. Me da mucha penita, la verdad, porque he disfrutado mucho con este libro, y que se acabe siempre es triste. Pero bueno, así es la vida, y os garantizo que si las cosas van bien, y el libro se publica formalmente, en librerías, HABRÁ SEGUNDA PARTE. Tan solo necesito un empujoncito, que mucha más gente se una a leer el libro, para que las editoriales se den cuenta de la existencia del blog, y lo lean. Publicar es casi imposible, si eres desconocido y no te lo puedes financiar.
Así que una vez más seré pesada, y os pediré que le paséis esta dirección a vuestras vecinas, amigas, compañeras, primas... todas las chicas que conozcáis, nunca estaría de más, y así el empujoncito sería posible.
Os tengo que pedir otro favor, (que pesadita estoy hoy, el último ya). Nunca he sabido a ciencia cierta el número de personas que leían el libro, de manera oficial, cada uno de los capítulos. Siempre he ido bastante perdida en este tema, por eso os quiero pedir este último favor. A todas aquellas personas que lean el libro habitualmente, os pido que me mandéis un correo a: rebecacuenca94@hotmail.com y me lo confirméis. Es suficiente un "Me llamo ---- tengo ---- años y leo habitualmente tu novela". Con eso es más que suficiente, y me ayudaríais muchísimo. ¿Por qué necesito saberlo? Ya que apenas quedan seis capítulos para que termine el libro (desgraciadamente es así), me gustaría saber quiénes estaríais interesadas en que hiciera un Twitcam, al terminarlo, por si queréis preguntarme cualquier cosa, lo que sea. Si me llegan muchos correos, lo haré con mucha ilusión además. Si apenas me llegan, lo suspenderé. 
Y aquí, acaba mi testamento. Os vuelvo a pedir, por favor, lo del correo. Es un simple "click" con unas cuantas palabras, y significa mucho para que me haga una idea real de esto.
Muchas gracias por vuestro tiempo, aquí os dejo mi Twitter para que me preguntéis cualquier cosa que queráis: @CallmeRebeca
Siempre a vuestra disposición, un besito grande a todas :)


“La totalidad de este libro está registrada por su autor. Cualquier intento de copia se considerará una violación de los derechos de Propiedad Intelectual del autor”.

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